La idea de que Estados Unidos agita el fantasma del comunismo para proteger los intereses de su clase dominante no es nueva, pero adquiere una relevancia distinta en el contexto geopolítico actual, marcado por el ascenso económico de China y el relativo estancamiento del modelo estadounidense. Durante décadas, el anticomunismo funcionó como un pegamento ideológico capaz de unificar a sectores sociales muy diversos bajo una misma bandera: la defensa de la “libertad” frente a un enemigo que se presentaba como monolítico y amenazante.
Sin embargo, un análisis crítico de esta narrativa sugiere que su función real ha sido menos defender valores democráticos que blindar un sistema de acumulación de capital cada vez más concentrado en pocas manos.
El argumento central de quienes sostienen esta tesis es que la retórica anticomunista cumple una función de contención ideológica interna. Al presentar cualquier propuesta de redistribución, regulación económica o fortalecimiento del Estado social como un paso hacia el totalitarismo, se logra desactivar el debate antes de que este pueda cuestionar la estructura misma de la propiedad y la riqueza. En este sentido, el miedo al comunismo no operaría tanto contra una potencia extranjera como contra la posibilidad de que la propia ciudadanía estadounidense desarrolle una conciencia crítica sobre la desigualdad que genera su propio sistema económico.
Paralelamente, el ascenso de China como potencia industrial, tecnológica y comercial ha puesto en evidencia las limitaciones del modelo estadounidense basado en la financiarización, la desindustrialización y la proyección de poder militar como herramienta de control geoeconómico. Mientras Washington ha invertido enormes recursos en gasto militar y en el mantenimiento de una red global de bases y alianzas, Pekín ha concentrado buena parte de su esfuerzo en infraestructura, manufactura avanzada, energías renovables e inversión en cadenas de suministro globales, como lo demuestra la iniciativa de la Franja y la Ruta. Esta diferencia de estrategias ha permitido a China consolidarse como el principal socio comercial de gran parte del mundo, incluyendo regiones tradicionalmente bajo la órbita de influencia estadounidense.
Desde esta perspectiva, la insistencia en calificar a China de “amenaza comunista” cumpliría una doble función: por un lado, deslegitimar su modelo de desarrollo estatal-capitalista ante la opinión pública occidental, evitando que se analice seriamente como una alternativa viable; por otro, desviar la atención de las propias contradicciones internas del capitalismo estadounidense, como el aumento de la desigualdad, el deterioro de la infraestructura pública, la crisis de vivienda o el endeudamiento estructural de amplias capas de la población.
Resulta significativo que buena parte del discurso político estadounidense contemporáneo evite un análisis riguroso de por qué China ha logrado sacar a cientos de millones de personas de la pobreza en pocas décadas, prefiriendo en cambio reducir el debate a categorías ideológicas simplificadas.
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