El divo de todes

El año 2016 fue en particular tortuoso para mí. Concursé por una plaza de confianza en el IMSS que supuestamente era de técnico teatral, aunque en realidad era empleado como cargador y chalán de diversas actividades en las que francamente no tenía experiencia alguna. Eso, sumado al trato vejatorio por parte de las autoridades de prestaciones sociales de la época, me dio un año laboral terrorífico que me orilló a volver a mi base. Asimismo, recuerdo que ese año inició con el fallecimiento de David Bowie, y mientras me movía por la ciudad para dar clases de inglés escuchaba algunas de sus canciones, con el fin de paliar otro dolor: el que mi hermana Lucía permaneciera internada y al poco tiempo falleciera por una hepatitis fulminante.

Para finales de agosto de ese mismo año, tuve que pedir permiso en el IMSS para abocarme a la traducción de 580 hojas de embalaje que se requerían como prueba en un litigio corporativo. La presión era tal, que experimenté vómito, diarrea y hasta llanto. Durante el inclemente proceso de captura de datos, comenzó a llegarme desde radio, televisión e internet, la información sobre el deceso de Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como Juan Gabriel. Aunque yo lo respetaba desde la distancia, y dada mi condición de mexicano, había escuchado su obra de una u otra forma toda mi vida, tampoco me consideraba seguidor suyo.

La cobertura mediática fue muy intensa a partir de ese 28 de agosto y hasta días después. Logré salir del atolladero laboral con algunas secuelas, pero el tiempo lo fue curando todo. Y durante los años venideros fui descubriendo no solo más canciones suyas, sino también el alcance de su personalidad, su carisma y, sobre todo, su lucha, tácita, pero férrea, en contra del machismo y la homofobia, de la que indudablemente salió triunfador.

Apenas dos días después de la muerte de Juan Gabriel, Nicolás Alvarado, un intelectual ya olvidado que creció al amparo del poder, publicó un artículo desafortunado sobre el fallecido. Vertía en él su menosprecio con sesgo de clase, que en el fondo fue el espíritu con el cual la élite intelectual de décadas pasadas trataba de guiar a la obnubilada población hacia la alta cultura. Se comenzaba entonces a gestar cada vez más el movimiento de despertar de conciencias catalizado por las redes. Alvarado fue de los primeros personajes públicos en experimentar lo que se denomina ‘funa’. Se le había otorgado la dirección de TV UNAM, y fue tal el repudio popular manifestado a través de redes, que terminó dimitiendo del prestigioso cargo. Juanga era demasiado grande.

Juan Gabriel es tendencia en redes frecuentadas por jóvenes, porque se erige en estos tiempos como un pionero tácito de la lucha contra la homofobia, la discriminación y los prejuicios. Los estudiosos de la sociología descubren en él a una figura poderosa e inusitada que representa la caótica y al mismo tiempo festiva identidad mexicana, que es dual como muchas deidades primigenias; de ánimo desbordante y al mismo tiempo una subyacente melancolía. Los estudiosos de la música descubren a un intérprete pulcro y perfeccionista, y a un compositor ecléctico que con efectividad podría desenvolverse en la balada, el boogie, la ranchera, el R&B o incluso el rock.

Capitalizó como una enorme ventaja el no ajustarse al arquetipo del cantante macho que para la industria siempre había sido una garantía.

He visto a hombres machistas disfrutando su música sin ambages, a gente de todas las clases sociales cantando a todo pulmón alguna pieza que les despierta intensas emociones. Hasta que te conocí se convirtió en el épico himno de nuestra pueril ilusión mundialista en este 2026. He aplaudido y cantado de principio a fin su concierto del Palacio de Bellas Artes en una sala de cine junto a un elenco que incluía a fans de rock argentino, de metal y de pop. El nodo central es Juanga.

Es muy interesante darnos cuenta cómo nuestra sociedad va experimentando un proceso tal de evolución en el que ya no resulta vergonzante el gusto por manifestaciones de la cultura popular y ancestral, que durante mucho tiempo fueron sobreexplotadas por el poder mediático. El legado de Alberto Aguilera sigue vigente. A veces sus canciones me recuerdan a ese doloroso 2016 en que perdí a una hermana, pero también redescubrí a una gran figura con quien compartir mis penas.

X: @miguelmartinfe
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