Hay políticos que buscan convencer con argumentos y otros que parecen creer que la mejor manera de demostrar poder es mediante los insultos, los empujones y la intimidación. Carlos Gutiérrez Mancilla, diputado federal del PRI, parece encajar en esta segunda categoría.
Sus recientes enfrentamientos con figuras de otras fuerzas políticas, entre ellos Gerardo Fernández Noroña, Arturo Ávila y Jorge Álvarez Máynez, vuelven a poner sobre la mesa una pregunta necesaria: ¿en qué momento la política dejó de ser un espacio para debatir y se convirtió en un espectáculo de confrontaciones físicas?
Porque una cosa es defender una postura con firmeza y otra muy distinta es recurrir a la agresión para intentar imponerse. El porrismo no es valentía, ni los golpes son argumentos.
También debemos hablar de la cultura machista que atraviesa estas conductas. Durante décadas se ha asociado la masculinidad con imponerse por la fuerza, intimidar al adversario y demostrar que nadie puede cuestionar al hombre que ocupa una posición de poder. Esa lógica también se reproduce en la política y debe ser cuestionada, sin importar quién la ejerza o contra quién se dirija.
Un representante popular no debería necesitar recurrir a la violencia para demostrar autoridad. Su responsabilidad es legislar, proponer soluciones y representar a la ciudadanía, no convertir las diferencias políticas en riñas.
Y que Mancilla pertenezca al PRI tampoco es un detalle menor en términos simbólicos. El partido que gobernó México durante décadas carga con una historia de autoritarismo, corporativismo y prácticas de control político. Sería injusto afirmar que todos sus militantes actúan de la misma manera, pero sí es legítimo cuestionar cuando sus representantes reproducen comportamientos que recuerdan aquellas “viejas” formas de ejercer el poder.
La democracia mexicana ha costado décadas de luchas sociales y políticas. No podemos normalizar que quienes ocupan cargos públicos regresen a la lógica de la intimidación y la fuerza.
Además, cuando las dirigencias toleran estas conductas o evitan establecer límites claros, también deben responder por la cultura política que permiten dentro de sus organizaciones.
México necesita legisladores que discutan los problemas del país, no políticos que conviertan cada desacuerdo en un ring. La ciudadanía merece propuestas sobre seguridad, empleo, salud y servicios públicos, no espectáculos de agresividad partidista.
Y esto debe exigirse por igual a todas las fuerzas políticas: ningún partido tiene derecho a justificar la violencia cuando la ejerce uno de los suyos. La tribuna es para las ideas, no para los golpes.
Carlos Gutiérrez Mancilla puede defender al PRI y confrontar a sus adversarios todo lo que quiera. Lo que no debería hacer es confundir la representación popular con el porrismo.
Porque la política democrática consiste en convencer, no intimidar; en debatir, no agredir; en transformar la realidad, no reproducir las prácticas autoritarias del pasado.
México necesita representantes del pueblo, no porros con fuero.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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