El Mundial de los Mexicanos

En política existen momentos que parecen pequeños, pero que terminan enviando mensajes poderosos. La inauguración de la Copa Mundial de la FIFA en México fue uno de ellos.

Mientras algunos esperaban una ceremonia cargada de simbolismos políticos, protagonismos innecesarios o disputas partidistas, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por una ruta distinta: dejar que el evento fuera de los mexicanos y para los mexicanos. No buscó reflectores adicionales ni convirtió una celebración deportiva en una plataforma política. En tiempos donde muchos gobernantes consideran indispensable aparecer en el centro de cualquier acontecimiento relevante, la decisión resultó significativa.

Más aún cuando existían llamados a manifestaciones y protestas en los alrededores del estadio. La presidenta decidió mantenerse al margen de cualquier confrontación mediática y observar el evento desde otro espacio, privilegiando la prudencia política sobre el espectáculo. Fue una señal de serenidad institucional en un momento donde cualquier incidente habría sido utilizado para alimentar la polarización.

Y el resultado fue evidente

La ceremonia fue un recorrido emotivo por la identidad nacional. La representación de las culturas originarias, las referencias a las raíces prehispánicas y la riqueza cultural de México recordaron al mundo que nuestro país es mucho más que noticias sobre violencia, migración o disputas políticas. México es historia, tradición, creatividad y orgullo.

La participación de los artistas invitados estuvo a la altura del escenario. La interpretación del Himno Nacional por Alejandro Fernández aportó solemnidad y sentimiento a un momento que millones de mexicanos siguieron dentro y fuera del país. No fue solamente una interpretación musical; fue una expresión de identidad nacional que conectó con una audiencia que lleva años esperando que el mundo vea también la mejor cara de México.

Mención aparte merece la cobertura televisiva. Los narradores y comentaristas lograron transmitir el significado emocional de una nación que vuelve a colocarse ante los ojos del planeta. En varios momentos, la narrativa dejó de ser deportiva para convertirse en una reflexión sobre lo que significa ser mexicano. Más de uno terminó con un nudo en la garganta.

Porque al final, más allá del fútbol, lo que estaba en juego era algo mucho más importante: la capacidad de un país de mostrarse unido, orgulloso de sus raíces y consciente de su potencial.

Sin embargo, el entusiasmo de una celebración nacional no debe hacernos olvidar las asignaturas pendientes.

Mientras millones celebraban, existen miles de madres y padres que continúan buscando respuestas sobre el paradero de sus hijos desaparecidos. Su dolor no desaparece porque haya un Mundial, ni porque exista crecimiento económico, ni porque se inauguren grandes obras. Su lucha sigue siendo una deuda moral del Estado mexicano.

Por ello resulta indispensable que las instituciones responsables actúen con firmeza. Cada expediente debe investigarse, cada denuncia debe atenderse y cada servidor público que incumpla con su obligación debe asumir las consecuencias. La justicia no puede depender de la presión social ni de la capacidad de las víctimas para organizar manifestaciones. La ley debe funcionar por sí misma.

La credibilidad de cualquier gobierno, sin importar su origen partidista, se fortalece cuando demuestra que nadie está por encima de la ley y que las instituciones responden a los ciudadanos. Las manifestaciones relacionadas con desapariciones no deberían existir porque la autoridad tendría que haber cumplido previamente con su obligación. Cuando una madre sale a las calles para exigir respuestas, es porque alguien en alguna oficina dejó de hacer su trabajo.

En ese mismo contexto se inscriben las demandas de la CNTE y las movilizaciones sociales que han marcado las últimas semanas. La respuesta de la presidenta durante su conferencia matutina fue clara: diálogo, apertura y disposición para escuchar, pero también respeto al marco institucional y a la viabilidad financiera del Estado. Gobernar implica escuchar, pero también tomar decisiones.

Y hablando de política, la noche anterior tuve oportunidad de observar el programa Tercer Grado, donde se abordaron diversos temas de la actualidad nacional y regional. Particularmente me pareció interesante el análisis de Denise Maerker, una periodista cuya trayectoria se ha distinguido por la precisión de sus observaciones y por la capacidad de separar los hechos de las pasiones partidistas.

Dentro de la discusión surgió nuevamente el nombre del gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez Salinas. Algunos panelistas plantearon la posibilidad de que, en algún momento, pudiera asumir una responsabilidad de mayor alcance dentro del PRI nacional.

La idea no parece descabellada

El PRI atraviesa una de las etapas más complejas de su historia. Pasó de ser la fuerza política dominante durante décadas a enfrentar una profunda crisis de identidad, liderazgo y representación. En ese contexto, figuras con resultados de gobierno, cercanía con la ciudadanía y capacidad de diálogo podrían convertirse en activos importantes para la reconstrucción partidista.

Manolo Jiménez ha mantenido una relación institucional con el gobierno federal, particularmente con la presidenta Sheinbaum, entendiendo que la colaboración entre distintos niveles de gobierno beneficia más a los ciudadanos que la confrontación permanente. Esa actitud refleja algo que la política mexicana necesita con urgencia: madurez democrática.

La política moderna no debería basarse en el enfrentamiento constante, el elitismo o las divisiones artificiales entre mexicanos. Debe enfocarse en resolver problemas, construir acuerdos y generar beneficios tangibles para la población. Los ciudadanos esperan resultados, no espectáculos. Esperan soluciones, no discursos interminables. Esperan gobiernos que funcionen, independientemente de los colores partidistas.

México todavía enfrenta enormes desafíos en seguridad, justicia, salud, educación e infraestructura. Nadie puede afirmar que el trabajo está terminado. Pero también sería injusto negar los avances cuando estos existen.

Quizá esa fue la verdadera enseñanza de la inauguración mundialista: cuando México decide trabajar unido, cuando deja a un lado los intereses de grupo y pone por delante un objetivo común, demuestra de qué está hecho.

Durante una jornada que cruzó husos horarios y fronteras, mientras algunos países despertaban, otros terminaban su día y muchos más seguían el evento entrada la noche, el protagonista no fue un partido político, ni un gobierno, ni una oposición.

El protagonista fue México

Y ese, más que cualquier discurso, fue el mejor mensaje que pudo enviarse al mundo.

México todavía enfrenta enormes retos. Las familias que buscan a sus desaparecidos merecen respuestas, los ciudadanos exigen mejores condiciones de seguridad, los trabajadores demandan oportunidades y las nuevas generaciones esperan un país cada vez más justo y competitivo. Pero también es válido reconocer los momentos que unen, inspiran y recuerdan que, por encima de nuestras diferencias, compartimos una misma identidad.

El Mundial apenas comienza. Vendrán partidos, emociones, triunfos y derrotas deportivas. Pero la inauguración dejó algo más importante que un espectáculo de primer nivel: recordó que cuando México se presenta ante el mundo con orgullo, cultura, historia y dignidad, difícilmente existe escenario más poderoso.

Porque al final, más allá del fútbol, de la política y de las diferencias ideológicas, hay algo que sigue latiendo con fuerza en millones de personas dentro y fuera de nuestras fronteras: el orgullo de ser mexicano.

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