Hay momentos en los que la política debe hacerse a un lado para darle paso a la solidaridad humana. Hoy es uno de ellos.
Nuestra solidaridad está con el pueblo venezolano. Un pueblo trabajador, noble y profundamente generoso que, además de los años de dificultades económicas, sociales y políticas que ha enfrentado, ahora vuelve a sufrir una tragedia humanitaria tras los devastadores terremotos registrados esta semana. Las cifras de víctimas y daños continúan aumentando mientras miles de familias esperan ayuda, rescate y atención médica. Diversos gobiernos y organismos internacionales ya han comenzado a enviar brigadas, recursos y asistencia humanitaria, algo que merece ser reconocido porque, frente al sufrimiento humano, no deberían existir fronteras ideológicas.
He tenido la fortuna de conocer a muchos venezolanos. Siempre me he encontrado con personas educadas, trabajadoras y con un enorme corazón. Ojalá muy pronto puedan reconstruir sus vidas y recuperar la estabilidad que durante tantos años les ha sido negada. Ningún pueblo merece vivir permanentemente entre la incertidumbre y la tragedia.
En los últimos días también hemos visto cómo la discusión política latinoamericana vuelve a polarizarse a raíz de las elecciones en Colombia. Como siempre ocurre, las redes sociales se llenan de quienes intentan reducir cualquier debate a una simple etiqueta: izquierda o derecha.
Personalmente creo que ese es precisamente uno de los grandes errores de nuestra región.
Escucho constantemente a personajes del PAN y del PRI autodenominarse representantes de la derecha democrática. Sin embargo, muchos de ellos gobernaron durante décadas dejando enormes pendientes en materia de corrupción, desigualdad, pobreza y privilegios. Difícilmente pueden reclamar hoy una superioridad moral que millones de ciudadanos simplemente ya no les reconocen.
Al mismo tiempo, tampoco considero que cualquier gobierno que impulse programas sociales deba ser automáticamente catalogado como un gobierno de izquierda radical. Gobernar para reducir la pobreza, ampliar el acceso a la salud, fortalecer la educación o generar mayores oportunidades para quienes menos tienen debería ser una obligación de cualquier administración, sin importar el color del partido.
Al final, el ciudadano común no despierta preguntándose si vive bajo un gobierno de izquierda o de derecha. Despierta preguntándose si tendrá empleo, si encontrará medicamentos para su familia, si podrá pagar la escuela de sus hijos y si tendrá oportunidades para salir adelante.
Eso es lo verdaderamente importante.
México atraviesa un debate intenso sobre el rumbo de las políticas sociales, la cobertura de salud y los programas de bienestar. Es válido discutir sus resultados, exigir mejoras y señalar aquello que aún no funciona. La crítica responsable fortalece la democracia. Pero también es importante reconocer cuando existen esfuerzos dirigidos a colocar a la población más vulnerable en el centro de las decisiones públicas.
La verdadera discusión no debería ser quién gana la batalla ideológica, sino qué políticas públicas realmente mejoran la calidad de vida de las personas.
Mientras América Latina continúa inmersa en debates políticos, el deporte vuelve a demostrar que puede unir a millones.
La Selección Mexicana está realizando un extraordinario papel en el Mundial. Más allá de los resultados deportivos, cada triunfo representa algo mucho más importante: miles de niños vuelven a ponerse una camiseta, salen al parque con un balón y sueñan con representar algún día a su país.
Ese quizá sea el mayor legado del deporte.
Un niño inspirado por un futbolista es un niño menos expuesto a la delincuencia, a las adicciones o a la desesperanza. El deporte enseña disciplina, respeto, trabajo en equipo y perseverancia. Forma ciudadanos antes que atletas.
Ojalá los gobiernos comprendieran que invertir en canchas, espacios deportivos, cultura y educación no es un gasto, sino una de las mejores estrategias de prevención social.
Hoy América Latina necesita menos odio y más solidaridad. Menos etiquetas ideológicas y más soluciones. Menos confrontación permanente y más políticas que permitan a cualquier familia vivir con dignidad.
Porque al final, cuando ocurre una tragedia como la que hoy vive Venezuela o cuando millones celebran unidos un gol de la Selección Mexicana, queda claro que los pueblos tienen muchas más cosas que los unen que aquellas que los dividen.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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