Categoría: Opinión

  • El chayote produce amnesia

    El chayote produce amnesia

    En México ha hecho más daño un periodista corrupto que un narcotraficante, luego de que saquearon el sector Salud en beneficio personal y ahora aseguran que el narcotráfico es el gran problema de México, y, todavía, tienen el cinismo de que es el peor servicio del mundo. Son mercenarios que, inexplicablemente, tienen un público cautivo, desarrollan la idea para coincidir con la oposición y convertir la mentira en verdad. No se trata sólo de hacer de la mentira una verdad luego de repetirla mil veces sino de ofrecer al ciudadanos común, poco ilustrado y peor informado la noticia que ellos quieren escuchar.

    Cuando los cheques del IMSS para los columnistas consentidos por el viejo sistema, éstos nunca se quejaron del servicio que dejaban sin presupuesto, pero dejaron de recibir sus cheques y, en ese momento reclamaron que el sistema de salud era deficiente en México, incluso aseguran todavía que es el peor servicio del mundo. Y entonces, todo conservador tiene una queja por el mal servicio, que no hay sillas, si hay sillas están rotas, no hay medicamentos, no hay buena atención. Llegan a sus clínicas no sólo por un dolor de cabeza sino para tener tema de plática de su aburrida vida clase mediera.

    Esta práctica de sangrar el presupuesto de salud se llevó a cabo por muchos años, ocasionando alargar enfermedades y provocar muertes, tal vez más que el crimen organizado, porque fueron muchos años de saqueo y los chayoteros no eran pocos.

    Incluso más de uno de los muy famosos columnistas de la derecha no sólo mantiene adicciones de drogas sino que tiene buena relación con capos.

    La relación de complicidad con los funcionarios públicos fue permanente con los columnistas quienes recibían información de primera mano para atacar a otros políticos, incluso del mismo partido, y lo exhibían como producto de una investigación periodística que todos adoptaban como veraz. Esta guerra por posiciones políticas tuvo como campo de batalla los medios, y como armas la ingenuidad de los mexicanos que aceptaban, como hechos consumados, lo que decían estos personajes más cercanos al enriquecimiento ilícito que a la verdad.

    Los delitos se miden por sus consecuencias y no por la clasificación que los medios hacen de ellos, porque de ser así, sería un delito repartir programas sociales, a juzgar por la posición de los medios convencionales en México.

    No se trata de hacer del narcotráfico un delito menor, pero sí de vincular las consecuencias de pagos ilegales a los periodistas con dinero del presupuesto público, principalmente en el rubro de la salud, para que los “líderes de opinión” vivan con lujos, una vida muy similar a la de los capos de la droga.

    Si las consecuencias son las muertes, el número de muertos por falta de presupuesto ocasionado por sangrar el presupuesto del sector salud, otorgado por más de medio siglo, destinado a los columnistas es un número desconocido, pero no será una cantidad muy lejana al número de muertos en la lucha por el narcotráfico, ocasionada por los capos, quienes arriesgan sus vidas en el sucio negocio que practican, mientras sus compañeros de lujos y canonjías, sólo arriesgan la credibilidad.

  • El fútbol no nació para unos cuantos

    El fútbol no nació para unos cuantos

    Hay algo profundamente contradictorio en el Mundial que hoy se juega en México. Mientras nuestras calles se llenan de aficionados de todo el mundo, los estadios reciben a miles de personas y las cámaras muestran al planeta la alegría de nuestro país, millones de mexicanas y mexicanos observan esa misma fiesta desde afuera. El torneo está aquí, se juega en nuestras ciudades, moviliza nuestros servicios públicos y presume la calidez de nuestra gente, pero para una enorme parte de la población entrar a un estadio es, simplemente, imposible. Esa es la otra cara del Mundial de la que casi no se habla.

    La FIFA celebra cifras históricas de ingresos, los patrocinadores convierten cada partido en un escaparate global y el futbol confirma que es una de las industrias más rentables del planeta. Sin embargo, detrás del espectáculo también existe una pregunta incómoda: ¿de qué sirve organizar la mayor fiesta del futbol si quienes sostienen este deporte con su pasión quedan excluidos de ella?

    La respuesta está en la forma en que el futbol ha cambiado en las últimas décadas. Lo que nació en los barrios, en las colonias y en las canchas públicas hoy se encuentra cada vez más condicionado por la lógica del mercado. Los boletos alcanzan precios inaccesibles para la mayoría, la reventa multiplica su costo hasta volverlos inalcanzables y las experiencias “premium” parecen importar más que la posibilidad de que una familia trabajadora pueda asistir a un partido.

    No se trata de negar que un Mundial genere riqueza o impulse el turismo. México recibe visitantes, crea empleos temporales y fortalece su imagen ante el mundo. El problema aparece cuando el éxito del torneo comienza a medirse únicamente por los ingresos que produce y deja de preguntarse quién puede disfrutar realmente de esa riqueza. Cuando la capacidad económica se convierte en el principal filtro para acceder al espectáculo, el futbol deja de ser un espacio de encuentro y empieza a reflejar las mismas desigualdades que existen fuera del estadio.

    Esa contradicción resulta especialmente preocupante porque la propia FIFA insiste en presentar al futbol como un lenguaje universal, un instrumento de inclusión y una herramienta para acercar a los pueblos. Pero ningún discurso sobre la inclusión puede sostenerse si millones de personas quedan excluidas por razones económicas. La universalidad del futbol pierde sentido cuando la mayor parte de la afición solo puede participar desde una pantalla.

    Por eso es momento de poner sobre la mesa un tema que durante años ha permanecido en segundo plano: los derechos de las y los aficionados.

    Con demasiada frecuencia se habla de ellos únicamente como consumidores. Se les ofrecen productos, experiencias y paquetes turísticos, pero rara vez se les reconoce como el verdadero corazón del espectáculo. Sin embargo, sin su pasión cotidiana no existirían los contratos de televisión, las marcas globales ni las ganancias históricas que hoy presume la FIFA. El futbol es una industria porque antes fue una comunidad.

    Reconocer los derechos de las y los aficionados significa entender que merecen mucho más que un asiento en la tribuna. Significa exigir procesos transparentes para la venta de boletos, mecanismos eficaces para combatir la reventa que lucra con la ilusión de miles de personas y políticas que garanticen localidades accesibles para la población del país anfitrión. Significa también que reciban información clara sobre precios, condiciones de compra y servicios, sin abusos ni prácticas que favorezcan únicamente a intermediarios o plataformas de especulación.

    Pero esos derechos no terminan al cruzar la puerta del estadio. También incluyen el derecho a disfrutar del evento en condiciones dignas de seguridad, movilidad y accesibilidad; a contar con transporte público suficiente, espacios seguros para las familias, infraestructura incluyente para personas con discapacidad y servicios que respondan a la enorme concentración de personas que genera un torneo de esta magnitud. La experiencia mundialista no debería convertirse en una carrera de obstáculos económicos y logísticos.

    Hablar de derechos de los aficionados también implica reconocer que las ciudades anfitrionas y sus habitantes hacen posible el Mundial. Son las comunidades las que reciben a millones de visitantes, las que adaptan su movilidad, las que aportan recursos públicos y las que convierten sus calles en una auténtica celebración. Resulta razonable, entonces, exigir que el legado del torneo no quede únicamente en balances financieros, sino también en mejores espacios públicos, infraestructura útil para la población y políticas que fortalezcan el acceso al deporte una vez que el último partido haya terminado.

    México está demostrando una vez más que su mayor riqueza no son únicamente sus estadios, sino su gente. Son las miles de personas que reciben con alegría a quienes nos visitan, las que llenan las calles de música y celebración y las que hacen del futbol una expresión popular antes que un producto comercial. Sería profundamente injusto que muchos de esos mexicanos solo pudieran contemplar desde afuera una fiesta organizada en su propio país.

    Porque el verdadero éxito de un Mundial no debería medirse únicamente por la derrama económica, las ganancias de la FIFA o los récords de audiencia. También debería medirse por la cantidad de niñas que entraron por primera vez a un estadio, por las familias trabajadoras que pudieron compartir esa experiencia y por los jóvenes que descubrieron que el futbol también les pertenece.

    México ya le está demostrando al mundo que sabe organizar una Copa del Mundo. Ahora hace falta demostrar algo todavía más importante: que somos capaces de defender la esencia de este deporte frente a quienes pretenden convertirlo únicamente en un negocio.

    El fútbol nació del pueblo y siempre le pertenecerá. Los patrocinadores cambian, los contratos terminan y las directivas se van. Pero la afición permanece todos los días. Porque ningún patrocinador canta un gol, ninguna corporación hace vibrar una tribuna y ningún contrato millonario hace latir un estadio. El alma del fútbol tiene un solo nombre: su gente.

    Jueza Amarande Riojas Orozco

  • MUNDIAL IMPERIAL

    MUNDIAL IMPERIAL

    Más allá de la competencia futbolística que cada cuatro años genera una gran fiesta a nivel mundial, la derrama económica que produce es cada vez más impresionante, por lo que es lógica la intervención de personajes que solo buscan el beneficio económico, como es el caso del presidente de Estados Unidos, quien, sin tener idea de lo que significa la práctica del deporte más popular del mundo, se encuentra involucrado buscando sacar el mayor beneficio económico y una distracción para tapar sus absurdas decisiones.

    Los decesos, los desplazados y los invadidos están quedando en segundo plano. Al parecer, el Mundial de Fútbol ha beneficiado al país más violento, el más corrupto, el más injusto, el que se dice país de las libertades: libertad para corromper, para consumir, para robar, para abusar, para violentar, para invadir… En fin, la realidad ha superado la ficción.

    Asimismo, en nuestro país los corruptos opositores tratan de aprovechar la fiesta para beneficiarse y presentarse de manera descarada como parte de la élite, de los pocos que pueden asistir a un evento tan popular en otro tiempo. El caso del misógino y evasor Ricardo Salinas Pliego ha quedado como una muestra de lo que significa el poder del pueblo, cuando, en unos segundos y en una frase, un joven puntualizó lo que significa este personaje para la mayoría del pueblo.

    El mote dirigido al dueño de la televisora del Ajusco le quedará enmarcado para toda su vida… ¡Ahí va, la perrita de Trump!

  • TRIAGE: “Guerra en el paraíso”, 35 años de nombrar la guerra que quisieron borrar en los sexenios del PRIAN

    TRIAGE: “Guerra en el paraíso”, 35 años de nombrar la guerra que quisieron borrar en los sexenios del PRIAN

    En el aniversario de la imprescindible novela de Carlos Montemayor, a 79 años de su nacimiento.

    Por Alexandro Guerrero

    Este 13 de junio se conmemoran 79 años del nacimiento de Carlos Montemayor (13 de junio de 1947, Parral, Chihuahua) y su novela Guerra en el paraíso cumple 35 años de publicada en 1991. La fecha doble importa: el escritor que nació en el norte le puso voz, cuerpo y territorio a la guerra sucia del sur. No envejeció: sigue ardiendo.

    14 años caminando la sierra para escribir un país

    Montemayor no hizo novela de escritorio. Entrevistó a campesinos, exguerrilleros, militares y viudas. Subió a Atoyac. El resultado es una prosa que huele a cafetal, a lluvia y a pólvora. No hay bronces ni santos: hay hombres con hambre, miedo, rabia y dudas. Lucio Cabañas es maestro rural y comandante, pero también se enferma, se equivoca, carga muertos. La novela le devolvió lo humano cuando el Estado solo quería un fantasma.

    Nombró la guerra sucia antes que los informes oficiales, aquí es importantísimo subrayar que en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador el conocido como archivo de la Dirección Federal de Seguridad en el Archivo General de la Nación fue puesto a disposición sin más censura de investigadores y público en general.

    Vuelos de la muerte. El Quemado. La prisión militar de Atoyac. La desaparición forzada como política de Estado. Todo está ahí con fechas, nombres, geografía. Años antes de la FEMOSPP o la Comisión de la Verdad de Guerrero, Montemayor ya había hecho el expediente literario. Por eso incomodó al poder y a cierta izquierda: no construyó mártires perfectos, construyó personas.

    La batalla de los lenguajes

    El parte militar dice “se procedió a la limpieza del área”. El campesino dice “la noche estaba preñada de tiros”. El guerrillero dice “si nos matan, que no nos maten callados”. Montemayor no traduce: los pone a pelear en la página. Y ahí se ve quién da las órdenes y quién pone los cuerpos.

    Leerla en 2026: el paraíso sigue en guerra

    A 35 años de su publicación, y a 79 del nacimiento de su autor, duele porque el mapa cambió poco. Guerrero sigue militarizado. La siembra de amapola se volvió disputa minera y criminal. Los desaparecidos ya no son solo de los 70: son de Iguala, Chilapa y Acapulco. “Guerra sucia” se volvió “guerra contra el narco”, pero el mecanismo es parecido. Por eso Guerra en el paraíso no es nostalgia: es manual para entender cómo el Estado nombra, desaparece y calla.

    El legado de Montemayor: la literatura como archivo vivo

    A 79 años de su nacimiento, Montemayor nos recuerda que la novela puede ser testimonio, tribunal, archivo y poema sin pedirle permiso al poder. Abrió brecha para toda la narrativa que después se atrevió a mirar la violencia de frente. No quiso hacer coyuntura. Quiso hacer tierra. Y esa tierra todavía guarda nombres. Esos que se repitieron en Ayotzinapa entre calles y herederos caciquiles como un sino trágico.

  • Obedecer o resistir: México ante el Imperio que llama ‘democracia’ a su jaula

    Obedecer o resistir: México ante el Imperio que llama ‘democracia’ a su jaula

    Hay una incomodidad que los gobiernos latinoamericanos raras veces se atreven a nombrar en voz alta: que la democracia liberal, tal como la promueve y exige Estados Unidos, no es un ideal político desinteresado, sino un mecanismo de administración del poder ajeno. Claudia Sheinbaum, presidenta de México, ha adoptado una postura que, sin declararlo con esa crudeza, apunta precisamente en esa dirección: la soberanía nacional no se negocia, la cooperación bilateral debe ser entre iguales, y ninguna presión externa justifica la subordinación de un Estado a los intereses de otro. Es una posición elemental en teoría, y subversiva en la práctica.

    Desde mediados del siglo XX, Washington ha tenido una preferencia consistente por los regímenes democrático-liberales en su esfera de influencia, no porque la democracia sea intrínsecamente buena para los pueblos —la historia de las intervenciones estadounidenses en América Latina desmiente esa narrativa con una brutalidad documentada—, sino porque ese modelo ofrece canales institucionalizados, élites locales funcionalmente dependientes del capital transnacional, medios de comunicación susceptibles de financiamiento externo, y una oposición siempre disponible para ser activada cuando el gobierno en turno deja de ser conveniente. La democracia liberal, en este contexto, no es el gobierno del pueblo: es el gobierno del pueblo administrado desde afuera.

    México no escapa a esa lógica estructural. Es una economía profundamente integrada a la de Estados Unidos a través del TMEC, con una frontera compartida de más de tres mil kilómetros, una diáspora de millones de ciudadanos en territorio norteamericano, y una dependencia histórica del capital estadounidense en sectores estratégicos. Eso no convierte a México en una colonia, pero sí en un Estado cuya soberanía opera en márgenes que el vecino del norte ha contribuido a definir. Reconocer esa realidad no es derrotismo: es el punto de partida honesto para cualquier política exterior digna.

    Lo que hace notable la postura de Sheinbaum es precisamente que no finge que esos márgenes no existen, pero tampoco los acepta como inmutables. Su insistencia en que la relación con Washington debe basarse en el respeto mutuo y la cooperación institucional —no en la subordinación— es una forma de reclamar el espacio soberano posible dentro de una asimetría innegable. No es el maximalismo retórico del antiimperialismo de trinchera, sino algo más difícil: la gestión cotidiana de una independencia relativa frente a un poder absoluto. Y eso, en el contexto geopolítico actual, tiene un costo real.

    Porque el Imperio no acepta bien la insubordinación moderada. Las presiones sobre México en materia de seguridad, migración, política de drogas y relaciones con China no son solicitudes de cooperación técnica: son formas de recordarle a Ciudad de México dónde está el límite de su autonomía. Cada vez que un funcionario estadounidense amenaza con aranceles, cada vez que un senador republicano pide designar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas para tener pretexto de intervención, cada vez que se condiciona la asistencia a reformas que convengan a intereses corporativos del norte, se está ejerciendo una forma de soberanía vicaria: la idea de que México puede gobernarse, siempre que no gobierne demasiado.

    En ese escenario, defender la no injerencia en asuntos internos no es una posición arcaica heredada del nacionalismo revolucionario del siglo pasado. Es una necesidad estratégica para cualquier proyecto político que aspire a algo distinto del continuismo neoliberal. Si el Estado mexicano no puede definir su política energética, su modelo de seguridad, su relación con los recursos naturales o su posición ante conflictos internacionales sin pedir permiso en Washington, entonces la soberanía es un ornamento constitucional y no una realidad operativa.

    La presidenta Sheinbaum hereda una doctrina —la del Presidente López Obrador— que hizo de la no intervención un eje de política exterior, con sus virtudes y sus contradicciones. Las virtudes son evidentes: México recuperó en esos años una voz propia en foros internacionales, se negó a ser arrastrado a consensos automáticos, y mantuvo relaciones funcionales con gobiernos de distintos signos ideológicos sin alinearse subordinadamente con ningún bloque. Las contradicciones también lo son: la soberanía proclamada coexistió con una violencia interna que el Estado no supo o no quiso contener, y con una economía que siguió siendo estructuralmente dependiente.

    Ese es el nudo que ninguna retórica antiimperialista resuelve sola: la soberanía formal no basta si no va acompañada de soberanía material, es decir, de capacidad real del Estado para proteger a su población, redistribuir la riqueza, y controlar su territorio. México puede declarar su independencia de Washington todos los días y seguir siendo rehén de sus propias élites extractivas, de la corrupción institucionalizada y de la economía criminal que en muchas regiones ha sustituido al Estado. El antiimperialismo que no mira hacia adentro es una ideología incompleta.

    Y sin embargo, frente a la alternativa —la integración subordinada, la aceptación de que ser vecino de Estados Unidos implica ser su extensión administrativa—, la postura de Sheinbaum representa un mínimo ético y político irrenunciable. No injerencia, cooperación sin subordinación, respeto a la autodeterminación: estos no son principios ingenuos. Son, en el mejor de los casos, las condiciones mínimas para que un país de cien millones de personas pueda seguir siendo algo más que un mercado cautivo y una zona de amortiguamiento geopolítica. Defenderlos, en el México de 2025, no es un gesto heroico. Es, apenas, lo menos que se puede hacer.

  •  Derechos digitales

     Derechos digitales

    En el capítulo doce de la Cartilla de Derechos de las Mujeres se trata el tema del espacio digital. Dice textualmente: “¿Sabías que tienes derecho al acceso a Internet? En nuestro país el 63% de las mujeres no usan internet porque no tienen los conocimientos para hacerlo.

    El espacio digital es un punto de encuentro virtual, donde se interactúa a través de plataformas o aplicaciones. Sin embargo, para acceder a este espacio es necesario contar con equipos tecnológicos, calidad de conexión, habilidades de interacción y más herramientas que marcan una exclusión al espacio digital. A esto se le llama brecha digital.

    Estar conectada y saber cómo usar las herramientas digitales de manera segura te permite tener acceso a la información y a estar en contacto con personas que te ayudan a generar redes de apoyo para tu vida. Tenemos derecho a navegar por los espacios digitales sin vivir violencia y a expresarnos sin miedo ni censura; a recibir protección en caso de que vivamos acoso digital, extorsión, amenazas de difusión de imágenes tuyas o de que éstas sean utilizadas sin tu consentimiento.

    Tanto las plataformas de redes sociales como las autoridades tienen la obligación de poner a tu alcance formas de reporte accesibles en caso de que vivas violencia digital. Tienes derecho a la privacidad en internet y a que se respeten tus comunicaciones privadas y no sean reveladas públicamente, también a que tus datos personales estén protegidos por cualquier plataforma que uses, como redes sociales (Facebook, Instagram, X, TikTok, entre otras) o portales de tiendas electrónicas. Es tu derecho controlar cómo se recopilan, almacenan y utilizan tus datos en línea, por eso hay que leer muy bien antes de aceptar cualquier término en dichos espacios.

    Para tener acceso a internet gratuito, los gobiernos tienen la obligación de generar la infraestructura necesaria en lugares públicos como plazas, parques o escuelas. La violencia digital está reconocida en la Ley General de Acceso a una Vida Libre de Violencia en el Artículo 20 Quáter y en la Ley Olimpia, vigente en los Códigos Penales de todos los estados del país, que reconoce y sanciona cualquier violencia ejercida en el espacio digital.”

  • La soberanía del sujeto / Magnifica Humanitas III

    La soberanía del sujeto / Magnifica Humanitas III

    Dediqué mis dos entregas previas —Intemperie espiritual y Datismo— a una panorámica del malestar civilizatorio que expone Magnifica Humanitas, la encíclica del Papa León XIV. Cierro este tríptico analizando la propuesta que el pontífice ofrece al orbe. Tras el diagnóstico —la fractura antropológica, la fragmentación de Babel y la erosión del trabajo humano—, los capítulos finales del documento presentan una ruta hacia la reconstrucción de la dignidad humana. Se trata de una propuesta ética de resistencia frente a la hegemonía de la automatización.

    La soberanía de la persona

    El corazón doctrinario de la encíclica late en su cuarto capítulo. León XIV eleva el tono y marca una línea roja que, más nos vale, el avance tecnológico no debería cruzar. El Papa articula una defensa contundente de lo que podríamos denominar el “santuario interior” de cada ser humano. En un mundo donde el perfilado predictivo de la gente —la capacidad de los algoritmos para anticipar nuestras decisiones antes de que nosotros mismos las tomemos— se ha normalizado, el jerarca católico reivindica el derecho a la imprevisibilidad. Usted tiene derecho a cambiar de gustos. Todos debemos resguardar la posibilidad de escapar de la predicción algorítmica. En la era de la datamancia, la excentricidad deja de ser un capricho y se convierte en una necesidad cívica.

    La manipulación algorítmica ataca la estructura misma de la conciencia. Cuando nuestras opciones se limitan a lo que ya nos gusta, filtradas y presentadas por sistemas que persiguen la rentabilidad de nuestra atención, la libertad se convierte en una ilusión óptica. El Papa sostiene que hay ámbitos que deben permanecer, por ley y por ética, fuera del alcance del procesamiento de datos: la salud, la educación, la justicia y, sobre todo, la intimidad de la conciencia. Es una crítica frontal al “capitalismo de vigilancia” que intenta convertir el pensamiento humano en un denso input informativo para la máquina. Al declarar que la persona no es una variable, el Papa invoca la soberanía que trasciende lo jurídico: es una soberanía ontológica. Para la teología y la filosofía, el ser humano debe resguardar un “residuo” de misterio que ninguna potencia computacional podrá jamás descifrar. Proteger este misterio es, en última instancia, el acto de resistencia política más urgente de nuestro tiempo.

    Hacia una pedagogía del asombro

    León XIV diagnostica el agotamiento del modelo educativo occidental, el cual ha sucumbido a la lógica de la eficiencia: aprender para producir, aprender para ser un dato más de la maquinaria económica. Frente a esto, el Papa propone la recuperación de las humanidades como herramientas de supervivencia mental.

    El “asombro” al que se refiere el pontífice es una facultad cognitiva que nos permite detenernos, valorar la falta, desear… La sobreinformación nos impide ver el bosque tras los árboles, el asombro es el freno de emergencia. Es la capacidad de mirar al otro —al vecino, al extraño, al que piensa distinto— y reconocer en él no una categoría sociológica ni un perfil de usuario, sino una alteridad radical que exige hospitalidad. El otro tampoco es un número. El Papa sugiere que debemos educar en la “lentitud contemplativa”. Mientras el algoritmo acelera el pensamiento para eliminar la duda, la pedagogía del asombro la cultiva, pues es en la duda donde germina el pensamiento crítico y la capacidad de amar. En esencia, el Papa aboga por el rescate de la subjetividad frente a la objetivación técnica, invitándonos a ser sujetos activos y no meros receptores pasivos de información algorítmica.

    La caridad en la era de los datos

    La encíclica evita caer en el tecnopesimismo burdo o en la nostalgia reaccionaria, y cierra con una conclusión que amarra todas las piezas. Su propuesta es pragmática y esperanzadora: la tecnología no debe ser demonizada, pero sí debe ser gobernada por la caridad. En el lenguaje papal, la caridad no es caridad entendida como filantropía, sino como amor político: el compromiso con el bien común que sitúa al prójimo en el centro de todas las decisiones técnicas.

    Urge un nuevo contrato social digital, una gobernanza global de la inteligencia artificial que sea transparente, auditable y, sobre todo, responsable ante la dignidad humana. El Papa propone que la IA no sólo se mida por su eficiencia o rentabilidad, sino por su capacidad para fomentar la fraternidad humana. La conclusión es una síntesis brillante: la técnica debe volver a ser un instrumentum, un medio subordinado a un fin humano, y nunca un telos, un fin en sí mismo. El futuro no es un destino inevitable, sino una construcción abierta: si no somos capaces de humanizar la tecnología, seremos irremediablemente tecnificados nosotros.

    Magnifica Humanitas es un documento de época. León XIV desmantela la pretensión de neutralidad de los algoritmos y activa el debate en el terreno donde siempre debió estar: en la ética, en la política y en la innegociable dignidad de la persona. 

    El datismo no caerá por decreto papal ni por una ley técnica; caerá, si es que llega a caer, cuando decidamos que nuestra vida vale más que la suma de nuestros clics. En la intemperie espiritual que habitamos, la encíclica nos ofrece, al menos, una luz de esperanza: la confirmación de que, incluso en la saturación de los datos, el ser humano sigue siendo el único capaz de darle significado al mundo. Esa, precisamente, es nuestra mayor responsabilidad y nuestra libertad más profunda.

    @gcastroibarra

  • Autopercepción autopercibida

    Autopercepción autopercibida

    Vivir en tiempos de autopercepción es una ventaja histórica que, afortunadamente,  ha impregnado todas las esferas de nuestra existencia. La legolización identitaria —el que una realidad compleja se fragmente en bloques modulares intercambiables, diseñados para ensamblarse de múltiples formas, a costa de simplificar o estandarizar su contenido— no es ajena al quehacer político de nuestra noble y siempre honesta clase dirigente. Basta con que un gobierno se autoproclame de izquierda, para que ese gobierno sea de izquierda. Que su actuar dice otra cosa, ¿a quien le importa? Son de izquierda porque dicen que son de izquierda.

    Sólo así se entiende lo que sucede en México con el Mundial de Fútbol, no es la ley de la FIFA, es justicia social. Pintar de morado la infraestructura urbana en lugar de arreglarla, la renovación del AICM, la modernización de la línea 2 del Metro y del Tren Ligero, y la puesta en marcha del tren Buenavista–AIFAno son parte de parte de las “garantías gubernamentales” que la FIFA exige expresamente, son actos de justicia social (Brugada dixit). Igual que lo es la exención total de impuestos que México (Estados Unidos y Canadá negociaron esquemas limitados) otorgó a la FIFA. Justicia social que apuesta por la derrama económica neoliberal, que no entra en un pleito con la FIFA para no correr el riesgo de dejar de ser sede mundialista.

    Izquierda que se doblega ante el capital extranjero no deja de ser izquierda, reza el manual de autopercepción gubernamental, y Topolobampo con su planta de amoniaco y metanol es otra muestra de ello. El capital extranjero manda y el gobierno de izquierda considera que no hay nada socialmente más justo que poner en riesgo la vida humana, los ecosistemas y la cultura de los pueblos originarios.

    Entrados en gastos

    El que la CNTE sirva a la derecha, con bloqueos de infraestructura, plantones, toma simbólica de espacios y acciones de presión de alto impacto, no es autopercepción identitaria. La CNTE de  izquierda era diferente, realizaba bloqueos de infraestructura, plantones, toma simbólica de espacios y acciones de presión de alto impacto. La Coordinadora derechizada, que exige a Morena gobernar como un gobierno de izquierda, lucha por privilegios: pensiones, reforma educativa, democracia sindical, mejora salarial y de condiciones laborales; la Coordinadora, cuando era de izquierda e increpaba al PRIAN, luchaba por derechos: pensiones, reforma educativa, democracia sindical, mejora salarial y de condiciones laborales. El cambio es innegable. Pero no todo es malo, mientras la CNTE se recorrió a la derecha, el SNTE se autopercibe de izquierda, en especial Alfonso Cepeda Salas (otrora colaborador de la camarada Elba Esther Gordillo), secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y senador por Morena, el magisterio está en buenas manos.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • El Mundial de los Mexicanos

    El Mundial de los Mexicanos

    En política existen momentos que parecen pequeños, pero que terminan enviando mensajes poderosos. La inauguración de la Copa Mundial de la FIFA en México fue uno de ellos.

    Mientras algunos esperaban una ceremonia cargada de simbolismos políticos, protagonismos innecesarios o disputas partidistas, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por una ruta distinta: dejar que el evento fuera de los mexicanos y para los mexicanos. No buscó reflectores adicionales ni convirtió una celebración deportiva en una plataforma política. En tiempos donde muchos gobernantes consideran indispensable aparecer en el centro de cualquier acontecimiento relevante, la decisión resultó significativa.

    Más aún cuando existían llamados a manifestaciones y protestas en los alrededores del estadio. La presidenta decidió mantenerse al margen de cualquier confrontación mediática y observar el evento desde otro espacio, privilegiando la prudencia política sobre el espectáculo. Fue una señal de serenidad institucional en un momento donde cualquier incidente habría sido utilizado para alimentar la polarización.

    Y el resultado fue evidente

    La ceremonia fue un recorrido emotivo por la identidad nacional. La representación de las culturas originarias, las referencias a las raíces prehispánicas y la riqueza cultural de México recordaron al mundo que nuestro país es mucho más que noticias sobre violencia, migración o disputas políticas. México es historia, tradición, creatividad y orgullo.

    La participación de los artistas invitados estuvo a la altura del escenario. La interpretación del Himno Nacional por Alejandro Fernández aportó solemnidad y sentimiento a un momento que millones de mexicanos siguieron dentro y fuera del país. No fue solamente una interpretación musical; fue una expresión de identidad nacional que conectó con una audiencia que lleva años esperando que el mundo vea también la mejor cara de México.

    Mención aparte merece la cobertura televisiva. Los narradores y comentaristas lograron transmitir el significado emocional de una nación que vuelve a colocarse ante los ojos del planeta. En varios momentos, la narrativa dejó de ser deportiva para convertirse en una reflexión sobre lo que significa ser mexicano. Más de uno terminó con un nudo en la garganta.

    Porque al final, más allá del fútbol, lo que estaba en juego era algo mucho más importante: la capacidad de un país de mostrarse unido, orgulloso de sus raíces y consciente de su potencial.

    Sin embargo, el entusiasmo de una celebración nacional no debe hacernos olvidar las asignaturas pendientes.

    Mientras millones celebraban, existen miles de madres y padres que continúan buscando respuestas sobre el paradero de sus hijos desaparecidos. Su dolor no desaparece porque haya un Mundial, ni porque exista crecimiento económico, ni porque se inauguren grandes obras. Su lucha sigue siendo una deuda moral del Estado mexicano.

    Por ello resulta indispensable que las instituciones responsables actúen con firmeza. Cada expediente debe investigarse, cada denuncia debe atenderse y cada servidor público que incumpla con su obligación debe asumir las consecuencias. La justicia no puede depender de la presión social ni de la capacidad de las víctimas para organizar manifestaciones. La ley debe funcionar por sí misma.

    La credibilidad de cualquier gobierno, sin importar su origen partidista, se fortalece cuando demuestra que nadie está por encima de la ley y que las instituciones responden a los ciudadanos. Las manifestaciones relacionadas con desapariciones no deberían existir porque la autoridad tendría que haber cumplido previamente con su obligación. Cuando una madre sale a las calles para exigir respuestas, es porque alguien en alguna oficina dejó de hacer su trabajo.

    En ese mismo contexto se inscriben las demandas de la CNTE y las movilizaciones sociales que han marcado las últimas semanas. La respuesta de la presidenta durante su conferencia matutina fue clara: diálogo, apertura y disposición para escuchar, pero también respeto al marco institucional y a la viabilidad financiera del Estado. Gobernar implica escuchar, pero también tomar decisiones.

    Y hablando de política, la noche anterior tuve oportunidad de observar el programa Tercer Grado, donde se abordaron diversos temas de la actualidad nacional y regional. Particularmente me pareció interesante el análisis de Denise Maerker, una periodista cuya trayectoria se ha distinguido por la precisión de sus observaciones y por la capacidad de separar los hechos de las pasiones partidistas.

    Dentro de la discusión surgió nuevamente el nombre del gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez Salinas. Algunos panelistas plantearon la posibilidad de que, en algún momento, pudiera asumir una responsabilidad de mayor alcance dentro del PRI nacional.

    La idea no parece descabellada

    El PRI atraviesa una de las etapas más complejas de su historia. Pasó de ser la fuerza política dominante durante décadas a enfrentar una profunda crisis de identidad, liderazgo y representación. En ese contexto, figuras con resultados de gobierno, cercanía con la ciudadanía y capacidad de diálogo podrían convertirse en activos importantes para la reconstrucción partidista.

    Manolo Jiménez ha mantenido una relación institucional con el gobierno federal, particularmente con la presidenta Sheinbaum, entendiendo que la colaboración entre distintos niveles de gobierno beneficia más a los ciudadanos que la confrontación permanente. Esa actitud refleja algo que la política mexicana necesita con urgencia: madurez democrática.

    La política moderna no debería basarse en el enfrentamiento constante, el elitismo o las divisiones artificiales entre mexicanos. Debe enfocarse en resolver problemas, construir acuerdos y generar beneficios tangibles para la población. Los ciudadanos esperan resultados, no espectáculos. Esperan soluciones, no discursos interminables. Esperan gobiernos que funcionen, independientemente de los colores partidistas.

    México todavía enfrenta enormes desafíos en seguridad, justicia, salud, educación e infraestructura. Nadie puede afirmar que el trabajo está terminado. Pero también sería injusto negar los avances cuando estos existen.

    Quizá esa fue la verdadera enseñanza de la inauguración mundialista: cuando México decide trabajar unido, cuando deja a un lado los intereses de grupo y pone por delante un objetivo común, demuestra de qué está hecho.

    Durante una jornada que cruzó husos horarios y fronteras, mientras algunos países despertaban, otros terminaban su día y muchos más seguían el evento entrada la noche, el protagonista no fue un partido político, ni un gobierno, ni una oposición.

    El protagonista fue México

    Y ese, más que cualquier discurso, fue el mejor mensaje que pudo enviarse al mundo.

    México todavía enfrenta enormes retos. Las familias que buscan a sus desaparecidos merecen respuestas, los ciudadanos exigen mejores condiciones de seguridad, los trabajadores demandan oportunidades y las nuevas generaciones esperan un país cada vez más justo y competitivo. Pero también es válido reconocer los momentos que unen, inspiran y recuerdan que, por encima de nuestras diferencias, compartimos una misma identidad.

    El Mundial apenas comienza. Vendrán partidos, emociones, triunfos y derrotas deportivas. Pero la inauguración dejó algo más importante que un espectáculo de primer nivel: recordó que cuando México se presenta ante el mundo con orgullo, cultura, historia y dignidad, difícilmente existe escenario más poderoso.

    Porque al final, más allá del fútbol, de la política y de las diferencias ideológicas, hay algo que sigue latiendo con fuerza en millones de personas dentro y fuera de nuestras fronteras: el orgullo de ser mexicano.

  • La derecha quiere golpe, no liderazgo

    La derecha quiere golpe, no liderazgo

    La polarización originada por la amenaza de un golpe de estado ha reducido las alternativas políticas. Estar contra la Presidenta es estar a favor del golpe de Estado y estar a favor del gobierno de Claudia Sheinbaum, significa alejar esa posibilidad.
    Reducir alternativas no es una elección que fortalezca la democracia; sin embargo, estamos en tiempo de guerra.

    Para la embestida de la ultraderecha con rostro de mujer, con discursos engañabobos, que contrata Salinas Pliego como hostes de importación, Estados Unidos, no es una amenaza para nadie, negando no sólo la historia sino la lucha de los pueblos oprimidos en el mundo entero.

    La visión de los conservadores tiene un faro que terminó por convertirse en mito, el poderío de Estados Unidos. Llaman imperio a un país que sólo porque dice serlo le creen. Ha perdido todas las guerras, su pueblo vive en la miseria, la quinta parte de sus habitantes son adictos y está endeudado con su peor enemigo.

    Con una democracia inexistente, que, con sólo dos partidos dice representar a 338 millones de ciudadanos. La política colonialista del vecino del norte que no pesa ya, ni pisa fuerte. Está en decadencia.

    Al evidenciarse un golpe de Estado en proceso con la presencia de espías de la CIA en México, a quienes abrió la puerta la panista Maru Campos, ahora la derecha tiene la consigna de negar que existe, por lo menos en proceso. En medio de una política externa radical del delirante Trump, y una convulsión mundial por los energéticos, sería muy ingenuo pensar que los espías eran turistas y las armas de juguete.

    A la oposición, los medios y Estados Unidos les urge reducir la aceptación de la Presidenta Claudia Sheinbaum aunque sea de manera artificial, porque en la medida que se reduce su aprobación popular, aumentan las posibilidades de un golpe de Estado. Es esa proporción la que ha detenido, una embestida mayor.

    El nado sincronizado inició con un lapsus de Azucena Uresti, creyendo que el porcentaje de rechazo de Trump era aceptación y tenía mayor popularidad que Claudia Sheinbaum, fue el banderazo de salida para iniciar la batalla por la descalificación de su apoyo popular.

    Después apareció la encuesta de El Universal que difundía una reducción tan rápida como ilógica en la aceptación de Morena y de la Presidenta. Sorprendió a todos menos a la oposición. Después publicó El País y W Radio, una encuesta realizada por Enkoll, con el título tendencioso: “La aprobación de Sheinbaum cae siete puntos tras la crisis de Sinaloa y Chihuahua”.

    Llama poderosamente la atención el hecho de que hayan sido medios de comunicación los que mandaron a elaborar dichas encuestas, en tiempos que no son previos a elecciones.

    Así, la narrativa de los medios ofrece su propia interpretación: “Su respaldo sigue siendo alto (70.1 por ciento), pero buena parte de esa calificación continúa sostenida por los programas sociales”.

    La lectura de los medios muestra el desconocimiento de la asimilación de la población sobre sus derechos, que, desde hace años, sabe que los programas sociales son un derecho, elevados a rango constitucional, no parte de la publicidad electoral. El derecho en México ahora tiene destinatario pero no remitente.