Categoría: Opinión

  • México tiene memoria

    México tiene memoria

    No demerito el esfuerzo, la consistencia ni la determinación que ha mostrado Rafael Alejandro Moreno Cárdenas, hoy senador de la República y dirigente nacional del Partido Revolucionario Institucional, por recuperar votos y tratar de colocar nuevamente al PRI en una posición relevante dentro de la política mexicana. Se puede estar de acuerdo o no con él, pero sería injusto negar que está dando una batalla frontal. Ha documentado señalamientos de corrupción, ha llevado acusaciones contra el gobierno mexicano a instancias internacionales y ha elevado considerablemente el tono de su confrontación política. En agosto de 2026 informó que acudió ante la Organización de las Naciones Unidas para denunciar lo que considera violaciones de derechos y libertades en México, además de otras acciones emprendidas en Estados Unidos. Alejandro Moreno parece haberse decidido a jugar políticamente el todo por el todo y, cuando declara que incluso su propia seguridad está en riesgo, pretende dejar claro que no piensa retroceder. Como dirigente de oposición podrá ser cuestionado por muchas cosas, pero difícilmente puede decirse que esté escondido o que haya bajado la guardia.

    El problema para Alejandro Moreno es que su adversario más difícil quizá no sea Claudia Sheinbaum, Morena o el gobierno federal. Su adversario más complicado es algo que ningún dirigente puede derrotar desde una tribuna: la memoria de los mexicanos. Porque México tiene memoria, y ése es probablemente el mayor problema que enfrenta el PRI cuando intenta convencer a la sociedad de que representa nuevamente una alternativa de gobierno. Durante décadas el PRI no solamente gobernó México: prácticamente se confundió con el propio Estado. Controló la Presidencia de la República, la inmensa mayoría de las gubernaturas, congresos, organizaciones sindicales y buena parte de la estructura institucional del país. Por eso resulta imposible pedirle hoy al ciudadano que juzgue al partido únicamente por lo que dice su actual dirigente. Cuando el PRI pide otra oportunidad, inevitablemente aparecen los recuerdos de lo que ocurrió cuando tuvo prácticamente todo el poder.

    Las generaciones más jóvenes quizá conozcan las grandes crisis económicas mexicanas solamente por lo que les cuentan sus padres o sus abuelos, pero millones de mexicanos todavía recuerdan perfectamente lo ocurrido. En agosto de 1982 México informó a sus acreedores que ya no podía cumplir plenamente con el servicio de su deuda externa, episodio que el Fondo Monetario Internacional identifica como el comienzo de la gran crisis latinoamericana de deuda. José López Portillo terminó su gobierno en medio de devaluaciones, inflación, fuga de capitales y una economía profundamente deteriorada, y Miguel de la Madrid recibió un país que durante años padecería las consecuencias. Después vendrían nuevas turbulencias hasta llegar a diciembre de 1994 y la crisis de 1995, cuando el PIB mexicano se contrajo alrededor de 6.2%. Para quienes vivieron aquellos años no se trata de una gráfica económica: hubo familias que perdieron casas, negocios, automóviles, ahorros y patrimonios construidos durante décadas; las tasas de interés se dispararon, el poder adquisitivo se desplomó y miles de hogares quedaron atrapados en deudas que parecían imposibles de pagar. Esa generación difícilmente puede escuchar hablar del antiguo modelo mexicano sin recordar lo que le costó sobrevivirlo.

    Después llegó otro capítulo todavía más doloroso: la violencia. Y aquí debemos ser históricamente justos, porque sería absurdo responsabilizar exclusivamente al PRI de toda la violencia mexicana. La llamada guerra contra el narcotráfico se intensificó durante el gobierno de Felipe Calderón, del PAN, y fue precisamente durante esos años cuando organizaciones como Los Zetas alcanzaron niveles aterradores de poder en distintas regiones del país. Los mexicanos conocimos palabras que nunca debieron normalizarse: levantones, cuotas, casas de seguridad, decapitados, fosas clandestinas. Comerciantes que pagaban extorsiones para poder abrir sus negocios, familias que evitaban viajar de noche, balaceras en plena ciudad y ciudadanos que simplemente desaparecían. Morena ni siquiera existía todavía como partido político nacional; obtuvo su registro hasta 2014. Por eso resulta poco serio pretender que la violencia mexicana nació en 2018. Lo que hoy padecemos tiene raíces mucho más antiguas, construidas durante décadas de impunidad, corrupción institucional, expansión del crimen organizado y complicidades políticas de distintos colores.

    Los veracruzanos sabemos perfectamente de qué estoy hablando. Quienes vivimos aquellos años recordamos lo que significaba escuchar historias de secuestros, extorsiones, desapariciones y enfrentamientos. Y después llegó uno de los símbolos nacionales de la corrupción política: Javier Duarte de Ochoa, gobernador priista de Veracruz entre 2010 y 2016. Duarte terminó declarándose culpable en un proceso federal y en 2018 fue condenado a nueve años de prisión por operaciones con recursos de procedencia ilícita y asociación delictuosa. Su nombre dejó de representar únicamente a un exgobernador para convertirse en un símbolo de una época. ¿Cómo pedirle entonces a un veracruzano que simplemente olvide? Veracruz también recuerda los años de Fidel Herrera y la transformación que sufrió la seguridad del estado durante aquella época. Podemos discutir responsabilidades específicas y debemos evitar adjudicar delitos sin sentencia, pero lo que nadie puede borrar es la percepción y la experiencia de una sociedad que vio deteriorarse dramáticamente su entorno.

    Y Veracruz ofrece además otro ejemplo de las decisiones que durante años fueron presentadas bajo el lenguaje de la modernización. En 2015 se entregó por treinta años la operación del sistema de agua de Veracruz y Medellín a una empresa mixta en la que participaron capitales privados, entre ellos Odebrecht Ambiental y Aguas de Barcelona. La documentación del propio ORFIS acredita aquella estructura. Se nos dijo durante décadas que privatizar significaba modernizar, invertir y hacer más eficientes los servicios. La pregunta, después de años de controversias por tarifas, servicio e infraestructura, sigue siendo válida: ¿realmente mejoró la vida del ciudadano? Porque privatizar por sí mismo nunca fue garantía de eficiencia; cuando una concesión pública carece de suficiente competencia, vigilancia y rendición de cuentas, lo único que puede cambiar es quién cobra la factura.

    Lo mismo puede preguntarse sobre el modelo energético que durante años privilegió la participación de grandes compañías extranjeras. Iberdrola llegó a convertirse en uno de los actores privados más importantes del sector eléctrico mexicano y desarrolló numerosas centrales, particularmente de ciclo combinado. Sus defensores argumentarán, con razón, que la inversión privada aportó capacidad de generación, capital y tecnología. Pero el ciudadano común tiene derecho a hacer una pregunta mucho más sencilla: ¿esa transformación se reflejó proporcionalmente en tarifas eléctricas más bajas para las familias? Si el argumento era que abrir sectores estratégicos al capital privado necesariamente produciría mejores servicios y menores costos, entonces los resultados también deben evaluarse desde el recibo que llega a la casa y no solamente desde los estados financieros de las empresas.

    Pero el problema histórico del PRI es todavía más profundo porque la memoria mexicana tiene nombres y apellidos: Javier Duarte, Roberto Borge, César Duarte, Mario Marín, Tomás Yarrington, Humberto Moreira y otros personajes que, con situaciones jurídicas diferentes que deben distinguirse con rigor, terminaron asociados públicamente con escándalos, investigaciones o procesos que dañaron profundamente la imagen del partido. Tomás Yarrington, exgobernador priista de Tamaulipas, fue condenado en Estados Unidos en 2023 a nueve años de prisión después de declararse culpable de aceptar más de 3.5 millones de dólares en sobornos ilegales y utilizar parte de esos recursos para adquirir propiedades en Estados Unidos. César Duarte fue extraditado desde Estados Unidos a México en 2022 para enfrentar acusaciones relacionadas con peculado y asociación delictuosa. Mario Marín continúa vinculado judicialmente al caso de la periodista Lydia Cacho. Roberto Borge pasó años privado de la libertad y, aunque en 2026 fue absuelto del cargo de delincuencia organizada dato que también debe decirse continuó enfrentando otro proceso bajo prisión domiciliaria. Humberto Moreira fue durante años objeto de fuertes cuestionamientos relacionados con la deuda de Coahuila, aunque sería irresponsable convertir acusaciones políticas en condenas que jurídicamente no existen.

    Ésa es precisamente la diferencia entre memoria y propaganda. No necesitamos inventarle nada al pasado para entender por qué el PRI tiene dificultades para reconstruirse. Los tamaulipecos recuerdan a Yarrington; los chihuahuenses, a César Duarte; los poblanos, a Mario Marín; los quintanarroenses, a Roberto Borge; los veracruzanos, a Javier Duarte. Cada entidad conserva sus propias historias, y ésas pesan mucho más que cualquier espectacular de campaña. Alejandro Moreno puede recorrer el país denunciando los errores de Morena y seguramente encontrará muchos que señalar, pero antes de pedirle al ciudadano que vuelva a confiar en el PRI necesita responder una pregunta muchísimo más complicada: ¿qué hizo el PRI para garantizar que aquello no vuelva a ocurrir?

    Ahora bien, tampoco podemos convertir esta reflexión en propaganda para Morena. México no se transformó mágicamente en un país perfecto en diciembre de 2018. Sigue existiendo corrupción, siguen existiendo homicidios, extorsiones y desapariciones, existen regiones donde el crimen organizado conserva un poder intolerable, hay deficiencias graves en servicios de salud y existen decisiones del gobierno que merecen ser cuestionadas. La oposición tiene no solamente el derecho, sino la obligación de investigar y denunciar. México necesita contrapesos, instituciones fuertes, periodistas incómodos y partidos capaces de fiscalizar al poder. Si Alejandro Moreno presenta pruebas de corrupción, deben investigarse independientemente de quién resulte involucrado. Y si funcionarios de Morena cometen delitos, deberán responder exactamente igual que los funcionarios del PRI o del PAN. La memoria no puede ser selectiva.

    Pero tampoco puede ignorarse que el México actual presenta indicadores sociales que ayudan a explicar por qué una parte importante de la población continúa respaldando el proyecto político iniciado en 2018. El salario mínimo general pasó de 88.36 pesos diarios en 2018 a 315.04 pesos en 2026, mientras que en la Zona Libre de la Frontera Norte llegó a 440.87 pesos diarios. La CONASAMI calcula una recuperación acumulada muy importante del poder adquisitivo durante ese periodo. Asimismo, la medición de pobreza multidimensional reportó una reducción de 41.9% de la población en 2018 a 29.6% en 2024, equivalente a aproximadamente 13.4 millones de personas menos en condición de pobreza. Habrá quienes atribuyan esa reducción a los programas sociales, quienes destaquen el aumento salarial y quienes señalen otros factores económicos; probablemente exista una combinación de todos ellos. Lo importante es reconocer que para millones de mexicanos esos cambios son tangibles y tienen un peso político enorme.

    También existe una apuesta evidente por la infraestructura pública. El país ha vuelto a hablar de trenes de pasajeros, carreteras, hospitales, puertos, energía y grandes proyectos de inversión gubernamental. La administración de Claudia Sheinbaum anunció un programa de infraestructura pública y mixta de varios billones de pesos hacia 2030, así como decenas de proyectos hospitalarios y más de dos mil kilómetros de infraestructura ferroviaria proyectada. Naturalmente habrá que evaluar cuánto cuestan esas obras, si se terminan a tiempo, si funcionan, si los contratos fueron transparentes y si producen el beneficio prometido. Ésa es precisamente la tarea de una oposición responsable. Pero políticamente existe una diferencia importante: mientras durante décadas se dijo que el Estado debía retirarse de numerosos espacios económicos, hoy existe nuevamente una visión donde el Estado pretende ser un participante activo en infraestructura y desarrollo.

    Por eso, sinceramente, cuando observo al gobierno actual no veo aquella caricatura simplista que durante años algunos sectores han intentado vender de un México convertido inevitablemente en una economía socialista. Veo un país donde continúan operando bancos privados, constructoras privadas, industrias, comercios, desarrolladores inmobiliarios, inversión extranjera y grandes corporaciones, pero al mismo tiempo existe una política de incremento salarial, programas sociales y mayor participación gubernamental en determinados sectores estratégicos. Se puede estar de acuerdo o no con ese modelo, pero reducir toda discusión a “comunismo contra democracia” empobrece enormemente el debate.

    Y aquí es donde PRI y PAN enfrentan posiblemente su mayor problema hacia el futuro. No basta con decirle a México que Morena está equivocado. Tienen que explicar qué ofrecen ellos que sea mejor y, sobre todo, por qué el ciudadano debería creerles. El PRI obtuvo aproximadamente 11% de la votación en la elección federal de diputados de 2024, mientras Morena superó el 40%. Es una diferencia brutal para un partido que alguna vez gobernó prácticamente todo el territorio nacional. Ese resultado demuestra que la crisis del PRI no existe únicamente en las encuestas o en los comentarios de redes sociales: está escrita en las urnas.

    Alejandro Moreno puede denunciar, confrontar, viajar a Washington, acudir ante organismos internacionales y levantar la voz desde el Senado. Puede reconstruir estructuras territoriales y buscar candidatos competitivos. Puede incluso lograr que el PRI recupere algunos espacios. Pero su verdadera batalla no es contra Claudia Sheinbaum. Su batalla es contra las imágenes que aparecen en la mente de millones de mexicanos cuando escuchan las tres letras de su partido. Contra el padre que perdió un negocio durante una crisis, contra la familia que vio multiplicarse una deuda hipotecaria, contra el comerciante que pagó derecho de piso, contra el ciudadano que vivió los años más violentos de Tamaulipas o Veracruz, contra quienes vieron gobernadores salir de sus palacios de gobierno para terminar enfrentando tribunales y prisiones.

    Eso no significa que Morena tenga garantizado eternamente el respaldo popular. Sería un enorme error que sus dirigentes lo creyeran. Morena también está construyendo desde ahora la memoria con la que será juzgado mañana. Cada caso de corrupción que no investigue, cada acto de impunidad que tolere, cada familia víctima de violencia que no pueda proteger, cada hospital que no funcione, cada obra que desperdicie recursos públicos y cada abuso de poder que permita terminarán algún día formando parte de su propio expediente histórico. Ningún partido tiene derecho de propiedad sobre México y ningún gobierno puede escapar indefinidamente del juicio de sus ciudadanos.

    Por eso reconozco el esfuerzo de Alejandro Moreno. México necesita oposición y necesita dirigentes dispuestos a enfrentar al poder. Pero una cosa es reconocer su batalla y otra muy distinta pensar que los mexicanos están dispuestos a regresar automáticamente a lo que existía antes. El PRI y el PAN necesitan ofrecer algo más profundo que nostalgia, alianzas electorales o rechazo a Morena. Necesitan construir una propuesta para el México que viene y demostrar, con hechos y no únicamente con discursos, que entendieron las razones por las que millones de ciudadanos les dieron la espalda.

    Porque los gobiernos cambian, los presidentes terminan sus sexenios, los gobernadores dejan los palacios, los dirigentes nacionales eventualmente entregan sus cargos y hasta los partidos que parecían eternos pueden desaparecer. Lo que permanece es lo vivido por la gente. Alejandro Moreno puede librar muchas batallas políticas y quizá ganar algunas de ellas, pero la más difícil no se libra en el Senado, en Washington, en Nueva York ni frente a Claudia Sheinbaum. Se libra dentro de la memoria colectiva de un país que ha vivido demasiado como para olvidar fácilmente.

    Y México tiene memoria.

  • DOS AÑOS DE UNA PRESIDENTA, OCHO AÑOS DE UN MÉXICO QUE CAMBIA

    DOS AÑOS DE UNA PRESIDENTA, OCHO AÑOS DE UN MÉXICO QUE CAMBIA

    Hay gobiernos que simplemente administran el calendario y hay momentos políticos que terminan por definir una época. México vive uno de esos instantes decisivos: por primera vez en más de dos siglos de historia independiente, una mujer encabeza el Poder Ejecutivo Federal. El dato sacude nuestra memoria histórica, pero su verdadero valor rebasa la anécdota biográfica o la fecha electoral; habla de un país que transformó la manera en que entiende el poder y, sobre todo, a quienes les pertenece ejercerlo. Para las mujeres que consagramos nuestra vida a la función pública y al servicio de la nación, este parteaguas marca una ruta sin retorno.

    La llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a la Presidencia de la República no fue un hecho aislado ni un regalo de quienes durante años concentraron las decisiones del país. Es parte de un cambio que comenzó hace ocho años y que puso en el centro otras prioridades y una idea distinta de gobierno: escuchar y atender a las mayorías. Durante décadas, los espacios donde se tomaban las decisiones más importantes estuvieron alejados de muchas mexicanas y mexicanos. Hoy, que una niña mexicana pueda crecer sabiendo que la Presidencia de la República también puede ser ocupada por una mujer, rompe con una idea que durante generaciones parecía inamovible. No se trata solamente de quién ocupa la banda presidencial, sino de que las nuevas generaciones sepan que ningún cargo, por importante que sea, tiene dueño y que las mujeres también pueden llegar a los lugares donde se decide el rumbo de México.

    Reconocer con orgullo que hoy una mujer ocupa la Presidencia de México no significa darle un cheque en blanco ni dejar de señalar lo que debe hacerse mejor. La igualdad no necesita elogios por el simple hecho de ser mujer; necesita mujeres capaces de gobernar con firmeza, tomar decisiones difíciles, rendir cuentas y responder ante quienes les dieron su confianza, sin olvidar jamás la verdad, la honestidad, el respeto y la lealtad al pueblo de México.

    A una Presidenta no se le demuestra lealtad con silencios ni con aplausos incondicionales, sino acompañando el proyecto de país, señalando lo que debe corregirse y exigiendo resultados. Al final, su legado no dependerá solamente de haber abierto una puerta que durante mucho tiempo estuvo cerrada para las mujeres, sino de lo que logre hacer desde ella: defender la soberanía de México, cuidar el dinero público y conseguir que las decisiones del gobierno se traduzcan en mejores condiciones de vida para las familias.

    Para entender si ese cambio existe, hay que mirar más allá de los discursos y revisar los resultados. De acuerdo con el Segundo Informe de Gobierno, entre 2018 y 2024 alrededor de 13.4 millones de personas salieron de la pobreza, mientras la población en situación de pobreza pasó de 41.9 a 29.5 por ciento. También 13 millones de mexicanos se incorporaron a la clase media. Estas son cifras que pueden parecer lejanas detrás de una pantalla, pero estas se traducen en familias que hoy tienen mayores posibilidades de cubrir sus necesidades y construir un patrimonio.

    El salario mínimo pasó de 248.93 pesos en 2024 a 315 pesos en 2026 y acumula, según el informe, un incremento real de 153% desde 2019. A ello se suma una red de programas de bienestar que en 2026 alcanza a 42 millones de personas y un sistema de becas que beneficia a 19.5 millones de estudiantes de escuelas públicas. Pero para millones de familias, esto representa un ingreso adicional, una oportunidad educativa o la posibilidad de que un hijo permanezca en la escuela.

    En cuanto hace a un aspecto económico, México registró una inversión extranjera directa de 41 mil millones de dólares en 2025, alcanzó 22.8 millones de empleos formales en julio de 2026 y mantuvo niveles de desempleo históricamente bajos. Las exportaciones llegaron a cerca de 665 mil millones de dólares en 2025 y el Plan México contempla 14 Polos de Desarrollo Económico para impulsar inversión, industria y empleo. El reto ahora es que ese crecimiento no se quede en los indicadores macroeconómicos y termine reflejándose en mejores salarios, más oportunidades y mayor bienestar para las comunidades.

    En el sector salud también existen avances, ya que durante estos dos primeros años se pusieron en operación 32 hospitales, además de nuevas obras y ampliaciones que buscan aumentar la capacidad de atención. De igual forma en cuanto hace a vivienda, se reportan 518 mil casas contratadas, así como la reestructuración de créditos que durante años resultaron prácticamente impagables para millones de familias. Estas son medidas que se toman para que el Estado vuelva a ser capaz de responder cuando una familia necesita atención médica, una vivienda o una oportunidad para salir adelante.

    Pero ningún proyecto de transformación puede considerarse completo si la gente no puede vivir tranquila. Por eso en el tema de seguridad, el Gobierno reporta una reducción de 51 por ciento en el promedio diario de homicidios dolosos entre septiembre de 2024 y julio de 2026, además de miles de personas detenidas y armas aseguradas. Y claro que son resultados importantes, pero no suficientes para un México, donde todavía hay regiones sometidas por la violencia y muchas familias que viven con temor. La seguridad no se mide únicamente en estadísticas: se mide cuando una madre puede dejar salir a su hija, cuando un comerciante puede abrir su negocio, cuando una persona puede regresar a casa sin preguntarse si llegará con vida, cuando la gente camina tranquila sin temor a ser violentada.

    Como jueza lo constato todos los días: la legitimidad de un régimen no se defiende con discursos ni con buenas voluntades, sino con hechos y resoluciones que transformen la vida diaria de la gente común. Detrás de cada expediente, de cada audiencia, de cada resolución, hay familias mexicanas que no piden favores ni dádivas, sino estricto debido proceso, respuesta pronta de sus autoridades y castigo efectivo a los culpables.

    El verdadero patriotismo dentro de la función pública exige que las garantías consagradas en el texto constitucional dejen de ser postulados teóricos y se conviertan en realidades materiales que protejan al débil frente al abusivo.

    Por eso, reconocer lo avanzado no significa cerrar los ojos frente a lo que falta. La violencia que persiste en distintas regiones, la impunidad, los delitos cometidos contra las mujeres y la necesidad de fortalecer nuestro sistema de justicia siguen siendo deudas que no pueden esperar. Una transformación verdadera necesita instituciones fuertes, operadores honestos y decisiones técnicamente sólidas. Necesita también ciudadanos que no renuncien a su derecho de exigir cuentas, incluso cuando coincidan con el rumbo del gobierno.

    Una mujer en Palacio Nacional adquiere su máxima dimensión histórica cuando ese liderazgo se traduce en ministerios públicos eficaces, en una disminución real de la violencia contra las mujeres, en acceso equitativo a la salud y la educación y en oportunidades que permitan a las familias vivir con dignidad. Porque el mayor triunfo de este tiempo histórico no radica únicamente en contar con una primera Presidenta, sino en lograr que, después de su sexenio, el ejercicio del poder en manos de una mujer se asuma como una normalidad democrática indiscutible.

    Sí, son dos años de una Presidencia firme, ocho años de una transformación que modificó la conversación pública y una patria que todavía tiene deudas históricas por saldar. Apoyar lo que ha funcionado no obliga a callar frente a lo que debe corregirse. Al contrario: exigir mejores resultados también es una forma de defender a México.

    Porque la verdadera transformación no termina cuando cambia quien ocupa la Presidencia. Apenas comienza cuando los ciudadanos pueden mirar a su gobierno y decir, mi vida ha cambiado para bien. Ya que como bien sentenció la jurista Ruth Bader Ginsburg: “Las mujeres pertenecen a todos los lugares donde se toman decisiones”.

  • Resistencia Alessandra

    Resistencia Alessandra

    Cada vez que la derecha organiza un evento sin gente no sólo se trata de un Movimiento sin bases, sino de un distractor que entretiene tanto a autoridades como a la gente mientras la derecha planea algo contundente y agresivo contra el gobierno de la 4T.

    Con un discurso eminentemente fascista la alcaldesa de Cuauhtémoc, convoca a la gente a algo que pareciera una convocatoria contra un imaginario “narcogobierno”, de ahí que lo demás pareciera simple, frágil, débil, pero efectivo a la hora de llamar la atención.

    Entre frases como “México no le pertenece a ningún gobierno y México no le pertenece a una sola persona; “México es de todos”, o “”Cada reunión deberá terminar en una acción, cada compromiso tendrá un responsable”.

    Es decir, el inicio de una revuelta, como proyecto paralelo, según su discurso, aunque en el momento del encuentro distractor sólo haya 20 personas. Dos eventos con el mismo fin, uno inofensivo pero escandaloso; el otro, peligroso y discreto, que podría ser el nombramiento del sustituto de Cerimedo, o la designación del líder del golpe de estado suave, o quién será el candidato a la presidencia de la república de la derecha, o el nuevo Mecenas, o simplemente, quién encabezará a la oposición sin candidaturas ni liderazgo. Es decir, de manera soterrada pero en una articulación de fuerzas diferente más allá del aburrido rompecabezas de declaraciones sin coherencia ni congruencia que todavía no termina de armar el conservadurismo.

    Rojo de la Vega, encabezó la celebración a un año de la marcha La Resistencia y convocó a la organización social para defender el voto y vencer a lo que llamó “narcogobierno”.

    Este 31 de agosto de 2025, siempre un día antes del informe de la Presidenta, algunos ciudadanos recorrieron calles de la alcaldía Cuauhtémoc en una movilización convocada por la alcaldesa. Desde las 11 de la mañana, contingentes a pie y en motocicletas, avanzaron desde la Diana Cazadora, hasta llegar al Parque México, donde se pronunció un discurso de rancio conservadurismo.

    Los asistentes portaron pancartas con frases como “México no se vende” y “No vamos a ser Cuba”.

    No ubo mucha asistencia ni recorrido amplio, ni difusión extensa, simplemente un acto con acarreados y desinformados temerosos de que México se convierta en Cuba o Venezuela. Esta vez el tema fue el narcogobierno, y seguramente habrá un nuevo objetivo y una nueva consigna el próximo año, cuando Alessandra esté a punto de dejar el cargo, ante la derrota electoral.

    La proximidad de las elecciones y la falta de proyectos propios obligaron a la alcaldesa a rascar en el pasado lo que considera añejas glorias y lánguidas batallas. Debe activar simpatías si quiere competir para reelegirse, pero, al mismo tiempo, hacerle el juego a una ultraderecha, donde es peón, cada vez más desesperada porque el poder se aleja cada día más.

    La oradora única, a un año de su primera pasarela, amenazó con más encuentros para capacitarse y proponer acciones en esta organización. Es decir, toda una revolución de relanzamiento a su candidatura y distraer a medios y la población de lo que se hace en lo oscurito para tomar el poder, a sangre y fuego.

  • De sancionar a restaurar: la nueva ley Ambiental (LGEEPA)

    De sancionar a restaurar: la nueva ley Ambiental (LGEEPA)

    Hay daños ambientales que ninguna multa puede deshacer. Un río contaminado no se limpia con una transferencia bancaria. Un acuífero afectado no recupera su calidad porque una empresa pague una sanción. Y un ecosistema destruido puede tardar décadas en volver a funcionar, si es que alguna vez lo consigue. Esa realidad explica el cambio más importante detrás de la nueva legislación ambiental que el gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa: pasar de castigar después del daño a prevenirlo y, cuando ocurra, obligar a repararlo.

    La iniciativa, presentada a finales de agosto, busca sustituir el marco de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente, vigente desde 1988, y será discutida por el Congreso en el periodo ordinario que comienza en septiembre. La LGEEPA construyó buena parte de la arquitectura ambiental moderna de México: impacto ambiental, ordenamiento ecológico, áreas naturales protegidas, inspección y sanciones. Pero después de casi cuatro décadas, sus instrumentos enfrentan problemas ambientales mucho más complejos.

    Uno de ellos está en los incentivos. Cuando reparar el daño resulta más costoso que pagar una sanción, la multa corre el riesgo de convertirse en un costo más de operación. La nueva propuesta intenta romper esa lógica: que contaminar y pagar dejen de ser, en la práctica, operaciones equivalentes.

    La Manifestación de Impacto Ambiental, conocida como MIA, seguirá siendo una pieza central. Antes de desarrollar determinadas obras, un proyecto debe identificar qué impactos podría provocar y cómo pretende prevenirlos o mitigarlos. La nueva lógica busca mirar además los efectos acumulativos, regionales y de largo plazo e incorpora la Evaluación Ambiental Estratégica para introducir las variables ambientales desde la planeación y no cuando prácticamente todo está decidido.

    Eso puede parecer técnico hasta que una autoridad ambiental ordena detener una operación.

    Las facultades de inspección, seguridad y sanción permiten que un incumplimiento serio tenga consecuencias inmediatas: medidas urgentes, clausuras temporales o definitivas e incluso suspensión o revocación de autorizaciones. En hidrocarburos, minería, infraestructura o industria, eso puede significar detener una instalación completa. La regulación ambiental no es un requisito periférico: puede determinar si una inversión continúa operando.

    Ahí aparece el cambio de fondo. La reparación gana terreno frente a la sanción económica. Siempre que sea posible, deberá privilegiarse recuperar el ecosistema afectado; la compensación quedaría como mecanismo excepcional cuando reparar directamente resulte imposible o desproporcionado. El principio parece sencillo, pero modifica el cálculo económico: pagar por contaminar no debería ser una alternativa frente a reparar.

    También adquieren relevancia los convenios de reparación o compensación. Una empresa podría comprometer acciones concretas antes de concluir el procedimiento sancionador, pero no bastaría con promesas. Las medidas deberán acreditar resultados medibles y equivalencia ecológica, además de mantener indicadores de seguimiento que, en determinados casos, se extenderían por al menos diez años. Restaurar deja así de ser solamente una obligación jurídica para convertirse en un compromiso técnico, financiero y operativo de largo plazo.

    Por eso los regulados deberían comenzar a prepararse antes de que concluya la discusión legislativa. Revisar sistemas de gestión ambiental, actualizar riesgos, fortalecer seguros y garantías, verificar compensaciones existentes y documentar mejor las medidas preventivas no tendría que esperar a la entrada en vigor. Quienes se anticipen enfrentarán una transición menos complicada; quienes sigan viendo el cumplimiento ambiental como un expediente por completar probablemente descubrirán que el nuevo estándar exige mucho más.

    El reto para el Estado será igual de grande. Evaluar impactos acumulativos, determinar responsabilidades, valorar daños y supervisar restauraciones durante años requiere especialistas, presupuesto y coordinación entre Semarnat, PROFEPA, ASEA, estados y municipios. Una legislación ambiciosa sin instituciones capaces de aplicarla puede terminar convertida en una colección de buenas intenciones. La discusión, entonces, no debería reducirse a multas más altas o nuevos trámites. Lo que está en juego es el sistema de incentivos con el que México protegerá su patrimonio natural durante las próximas décadas.

    Durante años medimos la fortaleza ambiental del Estado por cuántas inspecciones realizaba, cuántas multas imponía o cuántas instalaciones clausuraba. Quizá sea momento de medir algo más importante: cuántos daños consiguió evitar y cuánto de lo destruido logró recuperar. Porque una política ambiental moderna no demuestra su fuerza cuando encuentra a quién cobrar después del daño. La demuestra cuando consigue que prevenir sea más conveniente que destruir y restaurar sea más importante que pagar.

  • En la izquierda luchamos por la riqueza

    En la izquierda luchamos por la riqueza

    Hay algo profundamente revelador en algunas de las campañas mediáticas que, una y otra vez, buscan convertir a los hijos de Andrés Manuel López Obrador en protagonistas de una especie de novela negra nacional.

    A Andy lo persiguen con una intensidad que pocas veces se observa cuando se trata de otros apellidos de la política mexicana. Fotografías, viajes, restaurantes, ropa, amistades, propiedades, visas y hasta detalles de su vida personal terminan convertidos en titulares que parecen tener un objetivo más político que periodístico: construir la idea de que todo aquel que provenga de la izquierda debe vivir en la austeridad absoluta o, de lo contrario, será acusado de hipócrita.

    Y aquí hay que hacer una precisión fundamental: si existe una conducta ilegal, corrupción o tráfico de influencias, que se investigue y se sancione. Nadie debería estar por encima de la ley por ser hijo de un expresidente, militante de Morena o integrante de cualquier otro partido.

    Pero una cosa es investigar y otra muy distinta es construir una narrativa donde el pecado parece ser simplemente tener dinero. Porque ahí aparece uno de los argumentos más tramposos de la derecha: decir que quienes somos de izquierda queremos que la gente sea pobre.

    No. La izquierda no romantiza la pobreza. La izquierda quiere acabar con ella. La diferencia es enorme.

    Romantizar la pobreza sería decirle a una familia que debe conformarse con no tener agua potable, con una vivienda precaria, con un salario que no alcanza, con una escuela sin condiciones o con servicios de salud deficientes porque “así vive el pueblo”.

    Eso no es izquierda. Eso sería crueldad. Lo que históricamente hemos planteado desde la izquierda es exactamente lo contrario: que todas las personas tengan derecho a vivir bien. Que una familia trabajadora pueda comprar una casa digna. Que una joven pueda estudiar en una buena universidad. Que un campesino pueda vivir de su tierra. Que un trabajador tenga un salario suficiente.

    Que una persona pueda viajar, conocer el mundo, comer bien, vestir bien y tener acceso a la tecnología sin que todo eso sea patrimonio exclusivo de quienes nacieron en una familia privilegiada. Queremos riqueza.

    Pero aquí está la diferencia fundamental: queremos una sociedad rica, no una sociedad con unos cuantos multimillonarios rodeados de millones de personas empobrecidas. Queremos que la prosperidad se democratice.

    Y por eso resulta tan curioso cuando algunos sectores conservadores intentan presentar cualquier aspiración material de la izquierda como una contradicción. ¿Acaso alguien que defiende la justicia social debe pedir perdón por querer vivir bien? ¿Acaso defender a los trabajadores significa que los trabajadores tienen que permanecer pobres para demostrar que son auténticos? ¿Acaso luchar contra la desigualdad significa que nadie puede aspirar a tener una casa bonita, un buen automóvil, viajar o construir un patrimonio?

    Por supuesto que no. El problema nunca ha sido que una persona tenga dinero. El problema es cómo se obtiene ese dinero, si existe corrupción, si hay abuso del poder, si se utilizan recursos públicos para beneficio privado o si las reglas son distintas para unos y para otros. Y eso debe aplicarse a todos.

    Lo mismo para un hijo de López Obrador que para un hijo de cualquier empresario, gobernador, expresidente o dirigente político. Porque si de verdad queremos combatir la corrupción, necesitamos reglas universales, no campañas selectivas.

    Redes sociales

  • La cosecha de AMLO y los resultados a dos años de Claudia; Segundo Informe

    La cosecha de AMLO y los resultados a dos años de Claudia; Segundo Informe

    Nuestra Presidenta llegó a dar su Segundo Informe no solo en representación de sí misma y de su gobierno, sino también de un proyecto político que comenzó a tomar forma con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia en 2018. Se paró en el Patio de Honor para informar, sí, sobre los resultados de sus dos años de gobierno, pero también para hacer la cosecha de un modelo de Estado que sembró nuestro expresidente López Obrador.

    La baja en homicidios dolosos de más del 51% es el resultado conjunto de una estrategia de seguridad que ha puesto el fortalecimiento de las instituciones, la coordinación entre las fuerzas de seguridad y principalmente la atención a las causas de la violencia en el centro de la política pública.

    El énfasis en atender las causas, como quitarles a los jóvenes de las manos al crimen organizado, está dando una gran cosecha después de ocho años de transformación. Pensemos, por ejemplo, en aquellos jóvenes que pudieron continuar sus estudios de secundaria a partir de 2018 gracias a los programas sociales, en lugar de quedar expuestos a la falta de oportunidades y a las redes de reclutamiento del crimen organizado. Son generaciones que hoy están llegando a la juventud y cuyos efectos, entre muchos otros factores, también comienzan a reflejarse en las cifras de seguridad nacionales.

    Esto, por supuesto, sumado a la gran estrategia de seguridad e inteligencia que está llevando a cabo el actual gobierno, con una visión que combina la prevención, la atención de las causas y el combate frontal a quienes generan violencia.

    Otros logros, como el crecimiento del salario mínimo, la reducción de la pobreza, la ampliación de los programas sociales, la construcción de infraestructura estratégica y el fortalecimiento de la inversión pública, muestran que esta transformación es una combinación de 8 años de estrategia de desarrollo, de un sexenio y dos años que están constantemente demostrando que el camino era el correcto.

    Durante estos ocho años de continuidad se ha construido una forma distinta de entender la responsabilidad del Estado, priorizando así uno que recupera su capacidad de invertir, que amplía derechos sociales, que fortalece el ingreso de los trabajadores y que utiliza los recursos públicos para generar bienestar.

    Y aquí es donde los dos años de Claudia Sheinbaum adquieren una dimensión particular. No se trata simplemente de continuar lo que ya existía, sino de demostrar que el proyecto puede mantenerse, profundizarse y producir nuevos resultados bajo una nueva administración, que la ruta está siendo viable debido a los resultados que ya son tangibles y que seguir por ahí nos seguirá fortaleciendo como Patria.

    Porque la cosecha no es únicamente de un gobierno o un informe de lo que se está haciendo más, hablamos de la cosecha de un proyecto que comenzó a sembrarse en 2018 y que hoy, bajo el liderazgo de nuestra Presidenta, sigue dando resultados.

  • Trump obtiene vía libre para continuar el polémico salón de baile en la Casa Blanca

    Trump obtiene vía libre para continuar el polémico salón de baile en la Casa Blanca

    La Corte Suprema de Estados Unidos levantó la orden que frenaba las obras, aunque el proyecto todavía enfrenta una demanda.

    La Corte Suprema de Estados Unidos autorizó al presidente Donald Trump a continuar, por ahora, la construcción de un nuevo salón de baile en la Casa Blanca, en una decisión dividida de 5 votos contra 4. El proyecto había sido detenido por un tribunal federal debido a cuestionamientos sobre el procedimiento utilizado para realizar las obras.

    La mayoría conservadora de la Corte determinó que la organización que presentó la demanda, el National Trust for Historic Preservation, probablemente no tenía legitimación legal suficiente para llevar el caso. Sin embargo, la resolución no determinó que la construcción sea legal, por lo que la demanda continuará en tribunales inferiores.

    El presidente de la Corte Suprema, John Roberts, se unió a los tres jueces liberales que votaron en contra de la decisión y advirtió que la remodelación de la Casa Blanca es “probablemente ilegal”, debido a que el Congreso no habría autorizado expresamente la construcción. El National Trust también expresó su decepción y destacó que la Corte no resolvió el fondo del conflicto.

    Trump celebró el fallo y aseguró que las obras podrán avanzar sin nuevas amenazas legales inmediatas. El proyecto contempla un salón destinado a galas y cenas de Estado, además de un búnker militar que el gobierno justifica por motivos de seguridad nacional, como parte de las remodelaciones que el mandatario impulsa durante su segundo mandato.

  • Alessandra contra la cultura y la comunidad

    Alessandra contra la cultura y la comunidad

    Nadie con sentido común puede exigirle a la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo, un mínimo conocimiento sobre cultura.

    El retiro de las estatuas de Fidel Castro y Ernesto Guevara, no sólo es una falta de respeto a la historia, además de ser un símbolo mundial, es una expresión artística que la burócrata de poca monta no entiende.

    El arte y la voluntad popular están muy lejos de Alessandra Rojo de la Vega no sólo no entiende de esto, se niega a entenderlo, y cae en el delito de robo y secuestro contra la sociedad y extrae su legado en nombre de las ideas delirantes que le caracterizan.

    Ahora, le alquila, presta o vende a la empresa privada de Similares la Casa Cultura Alfonso Reyes, que fue entregada a la comunidad durante la construcción del metro, para convertirla en un dispensario, provocando la ira de los vecinos de la colonia Vista Alegre, quienes se organizan contra tal disposición unilateral de Alessandra Rojo de la Vega sobre los cambios que tiene previsto efectuar en el recinto que por 52 años ha mantenido actividades.

    La educación es otro de los temas que desconoce la alcaldesa porque para ella un reciento de aprendizaje, arte, cultura y comunidad, no es nada.

    Contrario a la transparencia que promueve, en esta ocasión la alcaldesa no transmitió por sus redes sociales y tampoco emitió comunicado alguno de forma oficial. Sólo se difundió una tarjeta informativa que fue criticada por los residentes porque menciona que ha construido alianzas para “ampliar las actividades y servicios que puedan ofrecerse en la casa de cultura una vez concluidos los trabajos”.

    Esto representa una manera de imponer ala sociedad mexicana una población hipocondriaca, imposición que sistemáticamente ha introyectado a la derecha para someterla al miedo permanente. Laboratorios farmacéuticos, el PRIAN, empresarios, el clero, prefieren una sociedad temerosa a la enfermedad que a cualquier otro problema social, porque así pueden cambiar de bando.

    La enfermedad es dúctil a la hora de colocarla el cualquier partido político como trinchera, como sucedió durante la pandemia, desde luego con la complicidad d ellos medios convencionales que han hecho de la sociedad un sector obsesivamente preocupado por la salud. Un segmento de la clase media al que siempre le duele algo, otro que sólo tiene la enfermedad como tema de conversación, otro del precio de los medicamentos, otro de la escasez, etc. En realidad, están enfermos de aburrimiento.

    La salud es un tema que fue introducido en la parte más porosa de la sociedad para ser manipulada y conducirla a través del miedo al manejo de su voluntad.

    Cinco de cada 10 comerciales de la televisión abierta corresponden a productos medicinales, es decir, una evidente convocatoria a la automedicación en nombre de una salud cuyos síntomas son impuestos desde la televisión.

    Es en ese panorama de Alessandra consideró que manejar temas de salud le daría las simpatías populares que tanto le hacen falta, resultó al revés.

    Las arbitrariedades de la alcaldesa de Cuauhtémoc llegan a extremos de delito, que finalmente se revierte a la hora de votar, porque entre sus delirios considera que la gente la quiere y la admira, por lo que intenta reelegirse.

  • “Regresar a la normalidad”

    “Regresar a la normalidad”

    De acuerdo con una reportera en la Mañanera del Pueblo de la semana pasada, es una frase que pronunció Omar García Harfuch, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México en alguna conferencia.

    La reportera le preguntó a la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a qué podría referirse el Secretario, la respuesta, como en otros casos, resultó vaga o poco directa con referencia al tema y le explicó a la reportera todo lo que se hace cotidianamente en el Gabinete de Seguridad para la construcción de la paz y se refirió a varias acciones, que van desde las acciones de las fuerzas armadas, hasta la aplicación de los Programas Sociales, mejoramiento del Sector Salud, aunque en Educación se sigue golpeando a los maestros y a las instituciones educativas de todos los niveles. Todo esto es cierto aunque todavía falte mucho para lograr la meta necesaria.

    Recuerdo el tema de “regresar a la normalidad” durante la pandemia de Covid 19 y su significado era bastante claro y fácil de entender, pero en lo que se refiere a seguridad, habría que hacer otro tipo de precisiones en la pregunta y, por supuesto, en la respuesta.

    Tristemente hoy, la normalidad es la violencia y la aparición de nuevos tipos y formas de delinquir, aunque las antiguas siguen vivas, como el asalto al transeúnte, el robo a casa habitación, el robo de auto y demás cochinadas de las que hay que cuidarse a diario. Nosotros sin armas y ellos con muchas muy grandotas.

    Se nota la acción del Gabinete de Seguridad y de algunas fuerzas policiacas en los estados y municipios, pero para lograr la ansiada paz, falta mucho por hacer. Eso, lograr la paz tendría que ser la normalidad, pero en tanto sigamos viviendo bajo el yugo del capitalismo, se ve un tanto difícil.

    Sin embargo, hay una respuesta a la pregunta de la joven reportera, que refirió haber estado muy pequeña cuando ocurrió el fraude electoral que llevó al espurio Felipe Calderón (pura materia FE CAL) y quiero adelantarme a responder un poquito lo que era “la normalidad” en los tiempos en que yo tenía la edad de la citada compañera reportera, y procedo.

    En mi infancia y adolescencia, a pesar de vivir bajo el yugo de un estado represor, con el PRI de López Mateos, Diaz Ordaz y Echeverría, los niños en la Ciudad de México, entonces México, Distrito Federal, esa que Carlos Fuentes llamó “La región más transparente del aire”, podíamos salir a la calle y jugar a las patadas (eso no era futbol) o tochito y cuidarnos solamente de los coches, que siempre se paraban y esperaban a que nos hiciéramos a un lado al grito de “¡coche, coche!

    También podíamos salir a “andar en bici”, los que la teníamos y visitar a otros cuates para en bola andar juntos en las bicicletas o visitando a alguna niña cuyos encantos nos tenían embobados, o tal vez simplemente a sentir el aire en la cara soltando el manubrio y dirigiendo la bici con el movimiento del tórax, la cadera y las piernas para evadir algún obstáculo en el pavimento, o tal vez inventar una pista de obstáculos en algún terreno baldío con montículos de cascajo. Al final, regresar a casa a obscuras, quizás rapados o muy sucios, pero felices y sin nada que lamentar.

    Se podía ir a pie al parque cercano o a dónde hubiera una chancha de básquet para jugar un rato y organizar las retas sin preocuparnos de otra cosa que de aprender y divertirnos, tal vez simplemente a ir al cerro a mirar la ciudad desde allá. No había mucho por lo que preocuparse, eso sí, de preferencia siempre con uno o dos cuates más, o el hermano menor o mayor y ya.

    Éramos capaces de tomar agua de las fuentes de riego de algunos parques. Siempre salir después de hacer la tarea y de comer, regresar cuando ya casi no había luz natural; cuando empezaba a encenderse la “luz mercurial” dónde la había. El miedo que podíamos tener, era a perder el juego, a que se ponchara una llanta de la bici, o a que empezara a llover y llegáramos a casa empapados con el consiguiente regaño de mamá y a la regadera.

    La normalidad era no tener miedo y saber que el país podía ser bueno si los gobiernos y los dueños del dinero pagaban lo justo a la gente, pero eso no pasó y también era parte de la normalidad.

    Luego lo cotidiano fue saber que aquello se había terminado cuando el Estado Mexicano, usando a su Ejército y a sus policías, golpeaba, encarcelaba y asesinaba a trabajadores, ya fueran ferrocarrileros, electricistas o maestros y a estudiantes o a cualquiera que los cuestionara. El Estado se volvió represor, asesino de su Pueblo, dictatorial, antidemocrático, opresor, puramente violento y demás maldades capitalistas y esa fue la normalidad, así que la violencia tiene una historia más lejana que el neoliberalismo, viene del Estado Burgués, defensor del capital y sus personeros desclasados, pero se generaliza con la estupidez de Calderón con su declaratoria de guerra, que además de recursos económicos, se ha llevado demasiadas vidas y terminó con la pingüe paz que alguna vez, fue la normalidad en casi todo el país, excepto siempre, para los más pobres y desfavorecidos de la Patria, a los que el capitalismo ve como fuerza de trabajo barata para deprimir los sueldos de los ocupados.

    La normalidad tendría que ser que las infancias vivieran esa niñez de cuento que algunos tuvimos el privilegio de disfrutar y tendría que ser igual para todos, además, tendría que ser una en la que los padres pudieran disfrutar de ver a sus hijos educarse y crecer en paz y con cercanía. La normalidad tendría que ser una en la que a los jóvenes les llamara el corazón para tener hijos y formar familias, lo que ya rara vez hacen porque saben que sus ingresos a muy duras penas les alcanza para sí mismos. Y no, esa no fue la normalidad de la que habló la Doctora Sheinbaum, per estoy seguro de que es la que ella y la mayoría de los mexicanos queremos construir. Al carajo, como dijo AMLO, con los dueños del dinero, que sea la fuerza laboral de México la que construya y venza. Es un ideal y todo es mi humilde opinión.

  • IR DETRÁS DEL DINERO

    IR DETRÁS DEL DINERO

    En un mensaje enviado por la red social X el embajador de los Estados Unidos en México Ronald Johnson menciona el ataque por parte de sus autoridades a un “supuesto” caso de lavado de dinero mediante transferencias con identidades falsas en Minnesota, pertenecientes al CJNG creado en el sexenio de Felipe Calderón, cuando se declaró la guerrera contra los cárteles distintos al de Sinaloa, cuando contaba con Genaro García Luna como secretario de seguridad pública, sentenciado en Estados Unidos por narcotráfico.

    También señala que el monto aproximado es de 750,000 dólares, un monto menor si tomamos en cuenta las incautaciones de los últimos meses por parte de las autoridades en nuestro país.

    Lo que sorprende es el señalamiento de Johnson cuando declara que “hay que ir detrás del dinero”. Al parecer el embajador ignora las estrategias por parte de las agencias de su gobierno, tanto la DEA como la CIA cuentan con el control a nivel interno e internacional en todos los procesos, en el negocio más lucrativo para su país, después del de la guerra.

    Las ocurrencia del embajador al hacer mención de que “hay que ir detrás del dinero” solo lo compromete, porque de ser así, al final del camino solo se encuentra La Casa Blanca.