Cuando el Senado se convierte en espejo del país

Esta semana, el miércoles, en la Cámara de Senadores de México, presenciamos uno de esos episodios que parecen sacados de la televisión, pero que en realidad definen el rumbo de una nación. La discusión sobre el llamado “Plan B” de la reforma electoral en México 2026 no solo evidenció posturas políticas encontradas, sino algo mucho más profundo: el estado emocional, ético y social de nuestra clase política.

Hubo senadores que subieron a tribuna con argumentos, con pasión y con una aparente intención de construir. Discursos que apelaban a la conciencia, al futuro, a la necesidad de un mejor país. Pero también, y es imposible ignorarlo vimos a otros que parecían hablar desde el enojo, desde la confrontación constante, desde una narrativa cargada más de resentimiento que de propuesta.

Uno de los momentos más reveladores fue cuando se señaló, con toda claridad, la contradicción política: lo que antes fue impulsado por algunos sectores, hoy es rechazado por los mismos. La revocación de mandato, por ejemplo, pasó de ser una bandera a convertirse en una incomodidad. Esa incongruencia no pasa desapercibida para una ciudadanía cada vez más informada.

Particularmente preocupante resulta observar el papel de partidos históricos como el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional. Instituciones con trayectoria, con cuadros preparados, con historia en la construcción del país, hoy representadas al menos en este debate por figuras que no logran transmitir claridad, liderazgo ni dirección. Da la impresión de que algunos aún operan bajo esquemas de un México que ya no existe: el de la élite cerrada, el del clasismo, el de la desconexión social.

Y es que México cambió. La mayoría del país no vive en burbujas. Somos millones los que trabajamos, los que entendemos la realidad desde el esfuerzo diario, no desde privilegios heredados. Ese México real difícilmente se ve reflejado en ciertos discursos que siguen apostando por la división social.

Pero quizá el momento más simbólico no estuvo en la tribuna.

Fue una escena casi invisible: una trabajadora del Senado, visiblemente cansada, subiendo con los vasos de agua para los legisladores. Nadie al menos de lo que se pudo observar le dio las gracias. Ese pequeño gesto dice mucho. El clasismo, ese que muchos niegan, sigue presente incluso en los espacios donde se legisla en nombre del pueblo.

En contraste, la conducción de la sesión por parte de la presidencia del Senado buscó mantener orden, respeto y equilibrio en medio del caos. No fue tarea fácil. Las acusaciones cruzadas, las provocaciones y los intentos de desestabilizar el debate fueron constantes.

En lo político, destacó la participación de Saúl Monreal, quien fue llevado al límite en varios momentos, así como el discurso directo y estructurado de Gerardo Fernández Noroña, que, como en otras ocasiones, logró marcar una línea clara en su narrativa.

También es importante destacar ausencias que, sin duda, tienen peso en el equilibrio político del Senado, como la de Miguel Ángel Yunes Márquez, cuya trayectoria ha sido clave en votaciones de alto impacto. No obstante, su espacio estuvo respaldado por una figura de amplia experiencia y presencia política como Miguel Ángel Yunes Linares, quien ha demostrado a lo largo de los años su capacidad para incidir en momentos relevantes. De igual forma, la ausencia de Yeidckol Polevnsky no pasa desapercibida, ya que se trata de perfiles con peso político propio, que han sabido participar y aportar en decisiones determinantes para el rumbo del país.

Ahora, el foco se traslada a la Cámara de Diputados. Lo aprobado en el Senado apenas es una parte del proceso. Lo que sigue definirá si esta reforma avanza, se modifica o se convierte en otro capítulo más de polarización política.

Pero más allá de leyes y votos, hay una reflexión que no podemos evitar.

Durante el debate, se mencionó incluso la posibilidad de intervenciones externas, particularmente de Estados Unidos, en asuntos de seguridad en México. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y más cercana.

La verdadera intervención empieza en casa.

No se trata de fuerzas extranjeras ni de soluciones externas. Se trata de decisiones individuales y colectivas: de no normalizar la ilegalidad, de no involucrarse con actividades ilícitas, de no formar parte directa o indirectamente de estructuras criminales. De poco sirve cualquier estrategia de seguridad si como sociedad seguimos alimentando los mismos problemas que queremos erradicar.

No se cambia un país con discursos encendidos ni con confrontaciones estériles.

Se cambia con congruencia, con responsabilidad y, sobre todo, con respeto. Incluso en los detalles más pequeños… como dar las gracias.

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