Por estos días, en que el aparato mediático intenta infructuosamente revivir las viejas glorias de los mundiales pasados, vienen a mi mente los recuerdos de la selección mexicana de fútbol coronándose en la final de la Copa Oro 1993, celebrada en el entonces estadio Azteca, frente a una selección estadounidense con mucho entusiasmo, pero que en esos tiempos era amateur. Recuerdo también las imágenes de Carlos Salinas de Gortari festejando en el palco con los brazos en alto, y después en el vestidor con los jugadores.
Salinas no era aficionado al fútbol, pero se mostró cercano a la selección y reforzó, junto con Televisa, la noción de que los once de verde eran poco menos que un símbolo patrio más. Igualmente, no era católico, y sin embargo otorgó el reconocimiento a la iglesia católica como institución en 1992. También había traído a Juan Pablo Segundo a oficiar misa en medio del entonces marginal Valle de Chalco Solidaridad en 1990. Ese sí que era populismo.
Pero en esta ocasión no me centrare en las “bondades” del gobierno neoliberal tan anhelado por algunos pocos, sino que he querido sentar el antecedente de cómo empezó el manejo de masas a través del fútbol en México. Y aunque vendrá quien me diga que en realidad la pasión comenzó a suscitarse en la segunda mitad de los 50, con el ‘campeonísimo’ Chivas, la realidad es que, con el neoliberalismo se empezó a explotar de manera más consciente la cultura de masas. Para muestra, está Ronald Reagan metiendo una cita de Volver al futuro en un discurso de 1986.
Desde esos ingenuos años 90 en México, se buscó promover a la selección de fútbol como fuente de pasión y nacionalismo exacerbado. Mucho de esto se logró a través de las pantallas de Televisa y con la mediación de Luis de Llano, quien ya había sido productor de las transmisiones y promocionales durante el mundial de 1986, celebrado en México, donde la selección incluso grabó un tema musical. Sin embargo, el alcance de la televisión no era tan masivo en esos momentos, aparte de que estaba abierta la herida social del terremoto del 85.
En 1990, un fraude con las edades de los jugadores en selecciones inferiores causó que México fuera marginado de participar en Italia 90 a manera de sanción. La generación de los 90 sucumbió a la expectativa creada por Televisa a través de su cobertura del paso de una selección que ciertamente comenzaba a obtener resultados decentes. Se vivió un bien llevado romance entre el representativo y la afición durante varios mundiales, aunque siempre se fracasaba, pero la narrativa mediática era eficaz en el control de daños, siempre ensalzando el pundonor, el carácter y demás chapuzas que mantenían viva la puesta en escena.
Pasaron los años. La Federación Mexicana de Fútbol, junto con Televisa, Azteca y demás empresas que la manejaban, cayeron en el mismo error que les pasó factura a políticos y empresarios en 2018: subestimar la capacidad de las masas para politizarse. Cada vez es menos la gente que concibe a la selección nacional como un elemento de nacionalismo. Muchos creadores de contenido, no solo en materia política, sino también de fútbol, han contribuido a que el fútbol profesional por fin sea visto como el negocio que realmente es; un negocio más soportado por la publicidad que por los resultados.
En el marco del mundial que se realizará este año en EEUU, Canadá y México (solo 10 partidos de los 104), hay voces que quisieran que volviera la euforia de antaño. Al parecer, solo los más despolitizados e indiferentes a toda problemática social están metidos actualmente en la euforia mundialista. Y para muestra las entrevistas con los asistentes al amistoso México vs. Portugal; opiniones lamentables y total desconexión con la realidad. Y se trataba, por cierto, de un sector de gran poder adquisitivo.
En lo particular, me quedo con el fútbol como práctica que me mantiene en forma y como mi fuente de endorfinas. Que los descerebrados se queden cantando el Cielito lindo mientras la politización del país avanza.
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