Hay momentos en la vida pública de un país que condensan años de dolor en unos cuantos instantes. El lunes, durante la conferencia de prensa de la presidenta, el general Trevilla casi rompe en llanto al referirse a los elementos caídos en cumplimiento de su deber; hablamos de todo un gesto humano que condensa lo que ha sido la realidad del dolor que deja consigo la lucha contra el crimen. En ese instante que pasará a la historia, el general cargó sobre sus hombros el peso de miles de víctimas, nos mostró el rostro de una institución que, bajo una perspectiva distinta a la de la guerra contra el narco de Felipe Calderón, se enfrentó de manera valiente a los generadores de violencia.
El abatimiento del llamado “Mencho”, líder del CJNG, no es un asunto menor, se trata de uno de los principales articuladores de la violencia criminal contemporánea en México que sembró terror y convirtió regiones enteras en zonas de guerra no declarada.
Por eso, el llanto del general para nada representa debilidad, sino una catarsis pues se trata del desahogo de quien sabe que en cada operativo se presentan consecuencias humanas profundas como en este caso. Sin embargo, mientras millones de mexicanos sentimos un orgullo profundo, no dejan de aparecer los comentócratas que prefieren el mezquino cálculo político, negándose a reconocer que hoy el combate a la delincuencia organizada se realiza con determinación y se rehúsan a admitir que el Estado está recuperando territorio, autoridad y legitimidad con acciones contundentes como esta. Aquí lo lamentable es que se exijan resultados inmediatos al mismo tiempo que se desprecia cualquier avance si este no encaja con su narrativa, por eso resulta una verdadera lástima que se les olvide que la seguridad se construye con estrategia, inteligencia, coordinación y, sí, con el uso legítimo de la fuerza.
Ahora bien, combatir a los grandes generadores de violencia no excluye la obligación de combatir las causas. La pobreza estructural, la desigualdad lacerante, la descomposición comunitaria y la corrupción institucional han sido históricamente el caldo de cultivo del crimen organizado. Luego entonces, pretender que la pacificación dependa exclusivamente de operativos armados sería tan ingenuo como pensar que los programas sociales no resultan importantes para desarticular cárteles transnacionales dado que la paz verdadera exige ambas dimensiones: autoridad y justicia social.
En este punto cobra relevancia la visión de un nuevo partido que emerge en el debate público: el Partido PAZ. En su Declaración de Principios se afirma que la nación necesita reconciliación, reconstrucción del tejido social y un nuevo pacto basado en libertad, igualdad y respeto a la ley lo que en este país no se puede tomar como retórica abstracta sino como reconocimiento de que la violencia no es solo un fenómeno criminal, sino una fractura moral, económica y cultural. PAZ plantea, entre sus ejes centrales, la pacificación nacional, la transformación de la cultura política y la formación de nuevos liderazgos éticos, es decir: no solo enfrentar al delincuente, sino transformar las condiciones que lo producen a partir de ejercer autoridad, de dignificar la vida comunitaria y de recuperar el sentido de nación.
El orgullo que muchos mexicanos sentimos por el papel del Ejército y la guardia nacional en esta coyuntura es el reconocimiento pleno de que el Estado no puede abdicar de su deber de proteger. Debemos comprender que la fuerza pública no es enemiga de la paz cuando esta se ejerce bajo la ley pues se trata nada más y nada menos de su condición previa.
Por esa razón, el llanto del general simboliza algo más profundo: el cansancio de una guerra prolongada y la esperanza de que estemos entrando en una etapa distinta, la de la reconciliación sin impunidad donde ni la justicia sea venganza ni la paz sea resignación. Nuestro país necesita una nueva generación de liderazgos que entiendan que la seguridad no es una bandera partidista, si el Partido PAZ aspira a convertirse en esa alternativa, su reto es enorme pues debe demostrar que puede articular autoridad, ética y comunidad para impulsar un nuevo pacto social donde la vida y la paz sean valores superiores a cualquier cálculo electoral. Hoy, el llanto del general en un país que ha sufrido demasiado desde la absurda guerra contra el narco puede representar la posibilidad de recuperar la esperanza de vivir sin miedo. En esa esperanza radica la verdadera victoria de nuestras fuerzas armadas y de su Comandanta Suprema.
- Luis Tovar
Secretario General de la Fundación para la Defensa del Medio Ambiente. FUDEMAH
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