Hasta aquí llegamos

La semana pasada echamos una mirada a la erosión del matrimonio. Observemos ahora el otro costado del fenómeno: ¿qué está pasando con los matrimonios que sí se celebran? ¿Cuántos terminan disolviéndose y en qué condiciones?

De acuerdo con los datos disponibles del INEGI más recientes, en 2024 se registraron 161,932 divorcios en el país. La cifra cobra sentido puesta en perspectiva. La tasa de divorcios por cada mil personas de 18 años y más pasó de 1.52 en 2015 a 1.79 en 2024. No es un salto explosivo, pero muestra una tendencia sostenida. Después de la caída atípica de 2020 —por la pandemia— ocurrió una recuperación que confirma que la tendencia no es coyuntural: en México, la gente se divorcia más que antes.

En 2024 se celebraron 486,645 matrimonios y ocurrieron 161,932 divorcios. Traducido: por cada 100 matrimonios, hubo 33.3 divorcios. En 2015 la relación era 22.2. De nuevo: de 22.2 a 33.3. No hablamos de un apocalipsis conyugal, pero sí de una transformación clara en la estabilidad legal de la pareja.

Ahora, ¿por qué se divorcian las parejas en México? Dato clave: 2 de cada 3 (67.2 %) de los divorcios fueron incausados y 1 por mutuo consentimiento. Las causas tradicionales —adulterio, violencia, abandono— hoy son estadísticamente marginales. El divorcio incausado, es decir, que no requiere probar una falta específica, es el más frecuente en 24 entidades del país. La ley ha internalizado un cambio cultural: ya no hace falta justificar la ruptura; basta la voluntad, basta ya no querer seguir juntos. El matrimonio se sostiene mientras ambas partes quieran sostenerlo. Cuando esa voluntad se extingue, el vínculo puede disolverse sin jaloneos jurídicos.

Desde una perspectiva sociológica, esto es coherente con lo observado con los matrimonios: la vida íntima se está desinstitucionalizando. La pareja ya no es una estructura rígida garantizada por presión social o religiosa, sino un acuerdo revocable.

Esta metamorfosis no pasa sólo en suelo mexicano. Estados Unidos sigue siendo el referente, aunque con un matiz curioso: mientras su tasa de divorcios se mantiene muy alta (cerca del 45% de los primeros matrimonios), la cifra se ha estabilizado porque, simplemente, la gente se casa menos y más tarde.

En América Latina, el panorama es vibrante y dispar: Argentina y Brasil lideran la región en la agilización de trámites. En Brasil, tras la implementación del “divorcio directo”, las cifras han alcanzado picos históricos, superando los 2.5 divorcios por cada mil habitantes en años recientes. Chile es el caso más dramático de aceleración. Fue el último país de Occidente en legalizar el divorcio (2004) y, tras un inicio tímido, hoy muestra una tendencia al alza que ya compite con los promedios regionales.

Si cruzamos el Atlántico, el escenario europeo nos muestra hacia dónde podría dirigirse la curva. En la Unión Europea, la relación entre nupcialidad y ruptura es casi de vértigo. Países como España y Portugal presentan tasas de disolución que a menudo superan el 70 % o incluso el 80 % en relación con los matrimonios celebrados cada año. En el Viejo Continente, el matrimonio ha dejado de ser el anclaje de la familia para convertirse, en muchos casos, en un contrato de duración definida por la satisfacción emocional mutua. Lo que en México hoy vemos como un salto de once puntos en una década, en Europa es ya un paisaje consolidado: el fin de la era de la indisolubilidad.

Otro ángulo importante es el de la prole. En los divorcios judiciales de 2024, 55% de los matrimonios disueltos no tenía menores de edad al momento de la separación. Es decir, más de la mitad de los divorcios no involucran custodia infantil. Entre quienes sí tenían hijos, lo más común fue tener uno (22%) o dos (16%). O sea que, en muchos casos, la ruptura ocurre cuando la etapa de crianza intensa ya pasó o nunca existió.

¿Qué hay de la duración de los matrimonios que se disuelven? 34% de los matrimonios que terminaron en 2024 tenían 21 años o más de duración legal, es decir, eran uniones largas. En el otro extremo, 19% duraron entre uno y cinco años. El divorcio no es monopolio ni de las parejas “recién casadas” ni de las “que ya lo intentaron todo”; atraviesa todo el ciclo vital.

Si juntamos las dos caras de la moneda —menos matrimonios y más divorcios— el resultado es claro: en México cada vez hay menos matrimonios y es más probable que acaben en divorcio. Con todo, conviene no caer en simplificaciones. Que haya más divorcios no implica necesariamente más fracaso; quizá pueda implicar más libertad para salir de relaciones insatisfactorias o dañinas. 

La pregunta incómoda es otra: ¿estamos mejor preparados para construir relaciones duraderas en un contexto que valora la flexibilidad por encima de la permanencia? Porque una cosa es que el marco legal facilite la salida, y otra muy distinta que nosotros sepamos gestionar el conflicto, la rutina, las expectativas irreales y las presiones económicas que tensionan cualquier proyecto de vida compartida.

La pareja contemporánea es más flexible, sí, pero también más contingente. Es lógico que la incertidumbre se perciba por todos lados.

Hasta aquí llegamos…

  • @gcastroibarra

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