En México, cada vez que la educación pública intenta dejar de ser un instrumento de reproducción social, aparece el escándalo. No es nuevo. Lo nuevo es la virulencia con la que ciertos sectores celebran la salida de Marx Arriaga Navarro como si se tratara de una victoria cultural. Hablaremos de eso a continuación.
Desde que asumió responsabilidades clave en la transformación curricular de la Secretaría de Educación Pública, Arriaga fue convertido en símbolo. No se discutían solamente libros de texto; se discutía el poder de definir qué deben aprender las infancias mexicanas.
La ultraderecha —articulada en organizaciones empresariales, opinadores conservadores y grupos que añoran el modelo estandarizado de evaluación— construyó una narrativa sencilla: “ideologización”, “adoctrinamiento”, “peligro comunista”. El repertorio clásico.
Pero detrás del ruido mediático hay algo más profundo: la pérdida de monopolio sobre el sentido común educativo y la pérdida dentro del negocio de impresión y diseño de los libros de texto (revisar a Grupo Prisa, Editorial Santillana, etc.)
La llamada Nueva Escuela Mexicana no es solo un rediseño de contenidos. Es una ruptura con la lógica de la educación como entrenamiento para el mercado. Mientras el paradigma anterior priorizaba competencias medibles y estándares internacionales, la NEM introdujo comunidad, territorio, pensamiento crítico y vinculación social. Eso es lo que incomoda.
La educación deja de girar exclusivamente en torno a la productividad y vuelve a hablar de justicia social, historia, memoria colectiva. Y eso, para ciertos sectores, es inadmisible.
Se ha querido caricaturizar a Arriaga como un ideólogo radical. Sin embargo, la verdadera radicalidad fue cuestionar la naturalización del modelo neoliberal en las aulas.
Decir que los libros de texto son políticos no es un escándalo: es una obviedad histórica. Toda selección de contenidos es una toma de postura. Lo que incomodó no fue que hubiera ideología, sino que ya no fuera la misma.
La celebración de su destitución de Marx revela más sobre sus detractores que sobre su gestión. Cuando la educación pública intenta hablar de desigualdad estructural, colonialismo interno o comunidad, el reflejo conservador es inmediato: acusar, simplificar, deslegitimar.
El conflicto alrededor de Arriaga no fue personal. Fue simbólico. Fue una batalla por el relato educativo del país. La salida de Marx Arriaga puede celebrarse en ciertos círculos como una victoria. Pero si algo dejó claro este episodio es que la educación sigue siendo el terreno donde se disputan los proyectos de nación.
Y en esa disputa, quienes hoy festejan no están defendiendo la neutralidad pedagógica. Están defendiendo su propia hegemonía. Porque cuando la educación cambia de lenguaje, cambia también la imaginación política de un país.
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