Aunque ya llevaba meses escuchando montones de historias y un torrente de metáforas sobre la majestuosidad de lo que le esperaba, a don Hernando se le debieron haber caído los calzones cuando vio por primera vez la megalópolis de la cuenca de México, la gran México-Tenochtitlán. En su vida había visto un portento civilizatorio de ese tamaño…, ni de cerca. Considere usted… El capitán Cortés había nacido apenas 34 años antes en un pueblito en el que vivían menos de dos mil almas: Medellín en 1485 era una pequeña villa castellana de la región de Extremadura, situada sobre una colina junto al río Guadiana. Dominada por su castillo medieval y rodeada de tierras agrícolas y ganaderas, vivía principalmente del cultivo de cereales, olivares y la cría de ovejas. Sus calles estrechas y casas de piedra recordaban las secuelas recientes de la Reconquista. Claro, mozuelo, conoció la ciudad de Salamanca: una de las ciudades más prestigiosas del reino de Castilla, que en 1500 debió de haber estado habitada por cerca de quince mil gentes. Sus calles de piedra dorada bullían con estudiantes, clérigos, comerciantes y nobles llegados de distintos territorios. Bajo el reinado de los Reyes Católicos, la ciudad vivía un momento de prosperidad cultural, con iglesias, conventos y edificios universitarios en expansión. Para el joven Hernán Cortés, que llegó allí para estudiar leyes, Salamanca ofrecía un primer contacto con el humanismo, la política y las ambiciones del mundo castellano en plena era de expansionismo. Luego, tres años después, el joven llegó nada menos que una de las dos ciudades más grandes de España en ese momento, Sevilla, la que bullía con la vida de unas sesenta mil personas. Para los ojos de un extremeño como Cortés, en 1503, Sevilla debió haberle parecido una colosal desmesura y un espectáculo de diversidad: un hervidero humano de mercaderes genoveses, marineros vizcaínos, esclavos africanos, frailes, soldados, pícaros y burócratas de la Corona que abarrotaban las callejas alrededor de la catedral y del puerto sobre el Guadalquivir, por donde comenzaban a entrar las riquezas y noticias del recién descubierto Nuevo Mundo. Aquel año, además, la ciudad acababa de convertirse en el centro neurálgico de la expansión ultramarina castellana con la creación de la Casa de Contratación, institución destinada a controlar el comercio y los viajes hacia las Indias.
Hernán Cortés cruzó el Atlántico por ocasión primera en 1504; cuando tenía alrededor de 19 años partió a La Española. Cuando desembarcó en Santo Domingo encontró una ciudad improvisada, ruda, y al mismo tiempo altiva: el principal enclave castellano en el Caribe y la primera capital duradera del imperio español en el Nuevo Mundo. Levantada a orillas del río Ozama, la población mezclaba construcciones de madera, bohíos y algunas pocas construcciones de piedra en edificación; por sus calles polvorientas transitaban funcionarios reales, soldados hambrientos de fortuna, frailes, comerciantes, aventureros recién llegados de Europa y sobrevivientes curtidos por las enfermedades, el hambre y las violentas campañas de conquista. El aire, cargado de trópico, olía a puerto y a eventualidad: Santo Domingo era todavía más un campamento que una ciudad colonial.
Siete años después arribó a un asentamiento español aún más pequeño: Santiago de Cuba. Santiago, en 1511, era un asentamiento precario de chozas y construcciones rudimentarias entre las montañas y una bahía profunda, sitiada por mosquitos. En la diminuta villa convivían soldados, burócratas, sacerdotes, aventureros y población taína sometida por la conquista, en total no más de medio millar.
Así que, imaginemos, incluso cuando don Hernando conoció el antañón mundo indígena mesoamericano en Cempoala debió de haber quedado boquiabierto: tan sólo en términos poblacionales, Cempoala era aproximadamente entre 40 y 100 veces más grande que Santiago de Cuba. Incluso usando cálculos conservadores, la diferencia era brutal. Recordemos que Bernal Díaz del Castillo describe Cempoala con una mezcla de asombro urbano y fascinación por la abundancia. En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España insiste en que era una población “muy grande”, llena de casas bien construidas, patios y aposentos amplios, y subraya el movimiento incesante de hombres y mujeres, animales, alimentos y tributos. Le impresiona especialmente el orden urbano y la densidad humana, algo que para soldados curtidos en las Antillas resultaba insólito: “No sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas…” Y ya traía yo a cuento aquí la semana pasada la sorpresota que se llevaron los ibéricos cuando llegaron a Tlaxcala. Los hispanos quedaron anonadados…
Pues México-Tenochtitlán era descomunal incluso comparada con Tlaxcala. Las estimaciones varían, pero Tenochtitlán tenía entre 250 mil y 300 mil habitantes en 1519, mientras que la ciudad de Tlaxcala acaso rondaba entre 30 mil y 50 mil. En otras palabras: la capital mexica era aproximadamente entre cinco y siete veces más grande.
Pero el verdadero vértigo, aquel que seguramente dejó a don Hernando no sólo descalzonado, sino despojado de toda certeza europea, estaba en la escala regional. Porque aquello no era simplemente una ciudad, por muy monumental que fuera; era la Cuenca de México completa, una superpotencia demográfica con cerca de millón y medio de habitantes distribuidos en unos siete mil kilómetros cuadrados. Una densidad alucinante de hasta doscientas personas por kilómetro cuadrado que convertía al valle en un sistema urbano interconectado, una red de ciudades-estado que bullían como un hormiguero humano sobre el agua. Si Tlaxcala había sido un choque para los sentidos, Tenochtitlán fue el descontón mental: una metrópolis compacta, imperial y acuática que borraba cualquier mapa conocido por el extremeño. Mientras que en Castilla la gente vivía dispersa en campos y villas, aquí el paisaje entero era una ciudad que respiraba, cultivaba y comerciaba al unísono. Al poner un pie en aquella calzada, debió haber sentido que su mundo —el de las murallas de piedra, los latifundios medievales y las villas europeas— era apenas un boceto ante la complejidad tecnológica, estética y demográfica de aquella civilización…
@gcastroibarra
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