Alzheimer, cáncer y el fin de la resignación médica

En semanas recientes, casi en paralelo y desde centros de investigación distintos, comenzaron a difundirse avances científicos que no prometen curas inmediatas, pero sí algo igual de relevante: cuestionar límites que durante décadas parecieron inamovibles. No son anuncios espectaculares ni hallazgos aislados, sino resultados recientes, publicados y comunicados con cautela, que obligan a detenerse y pensar. Analizarlos desde Ingeniería Política resulta pertinente porque, cuando la ciencia se aproxima a fronteras históricas de la enfermedad, lo que entra en juego no es solo el conocimiento médico, sino la forma en que una sociedad decide ordenar expectativas, prioridades y recursos públicos.

Algunas enfermedades se volvieron destino antes de encontrar solución. Alzheimer y cáncer de páncreas fueron dos de ellas. En el caso del Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa progresiva que afecta a más de 50 millones de personas en el mundo y que constituye la principal causa de demencia, el deterioro de la memoria y de la autonomía se asumió durante años como inevitable. La medicina logró describir sus efectos, pero no alterar su curso. Sin embargo, estudios recientes en modelos animales han permitido identificar con mayor precisión dónde ocurre la ruptura: no solo en la pérdida neuronal, sino en el fallo de los mecanismos que consolidan la memoria en el hipocampo durante el descanso. El cerebro aprendería, pero no lograría fijar los recuerdos de forma estable.

De manera paralela, investigaciones desarrolladas en la Universidad de Harvard exploran otra vía distinta, no derivada de ese hallazgo, pero igualmente relevante. Sus experimentos, también en modelos murinos, analizan el papel del litio en cerebros con Alzheimer y sugieren que un déficit de este elemento estaría asociado al deterioro cognitivo. Al modularlo, se observarían mejoras en ciertas funciones de memoria. No se habla de tratamientos ni de aplicaciones clínicas inmediatas, pero sí de una línea de trabajo que desplaza el enfoque tradicional y abre la posibilidad de intervenir procesos específicos sin reducir la enfermedad a una explicación única.

Algo similar ocurre con el cáncer de páncreas, considerado el tumor más letal de la oncología moderna, con una supervivencia a cinco años inferior al diez por ciento. Su agresividad, el diagnóstico tardío y, sobre todo, su capacidad para desarrollar resistencias lo convirtieron en un límite histórico. Por eso resulta relevante el trabajo del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, encabezado por el equipo de Mariano Barbacid, que demostró en ratones que una terapia triple dirigida a KRAS, EGFR y STAT3 podría eliminar tumores sin recaídas ni resistencias. No es una cura, pero sí una ruptura conceptual frente a décadas de frustración terapéutica.

Leídos en conjunto, estos avances comparten una característica poco común: no se apoyan en intuiciones ni en discursos aspiracionales, sino en evidencia experimental verificable, publicada y revisada por pares. En el Alzheimer, los estudios en modelos animales permiten aislar con precisión el fallo en la consolidación de la memoria y explorar, desde frentes distintos, cómo intervenirlo sin borrar la complejidad de la enfermedad. En el cáncer de páncreas, la numeralia del CNIO resulta difícil de ignorar: eliminación completa del tumor en ratones, ausencia de resistencias y supervivencia prolongada tras el tratamiento combinado. No son resultados extrapolables aún a humanos, pero sí pruebas de concepto sólidas que muestran algo inédito: que incluso los padecimientos más intratables empiezan a ofrecer puntos concretos de intervención.

No estamos ante curas ni ante milagros, sino ante algo más difícil y más valioso: el inicio de una conversación distinta. Cuando la ciencia deja de aceptar el destino y empieza a interrogar sus límites, lo que cambia no es solo el pronóstico médico, sino la manera en que una sociedad decide cuánto tiempo, recursos y paciencia está dispuesta a invertir para mover una frontera que durante años pareció intocable.

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