La reciente reunión entre Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y María Eugenia Campos Galván no fue simplemente un encuentro entre personajes del mismo espectro político. Fue la imagen de una forma de entender el país, una especie de reunión de viejas élites que durante décadas gobernaron México y cuyos resultados siguen pesando sobre millones de personas.
Fox llegó al poder prometiendo un cambio histórico. Se presentó como la alternativa al viejo régimen y como el rostro de una nueva transición democrática. Sin embargo, su gobierno terminó profundizando muchas de las políticas económicas heredadas del neoliberalismo y dejando intactas estructuras de desigualdad que afectaban a millones de mexicanos.
Después vino Calderón. Un sexenio marcado por la llamada guerra contra el narcotráfico, una estrategia que transformó radicalmente la vida pública mexicana. Dentro de su alianza comprobada con el cartel de Sinaloa, los homicidios se dispararon, regiones enteras quedaron atrapadas entre la violencia y el país entró en una espiral cuyas consecuencias siguen presentes hasta nuestros días.
Y ahora aparece Maru Campos. Representante de una nueva generación panista que, sin embargo, parece mantener intactas muchas de las viejas lógicas políticas. Un gobierno estatal cuestionado por distintos temas de transparencia, por su relación con grupos de poder tradicionales y recientemente por las polémicas relacionadas con la presencia de agencias extranjeras en territorio mexicano.
Por eso la fotografía importa. Porque no muestra únicamente a tres políticos. Muestra la continuidad de un proyecto político que durante años apostó por la privatización, la concentración económica, la subordinación de lo público a intereses privados y una visión donde el mercado debía resolver prácticamente todo.
Es la imagen de un modelo que entendía el desarrollo como crecimiento para unos cuantos y que consideraba los programas sociales poco más que una molestia presupuestal.
Desde la izquierda, la crítica no es personal. Es histórica. No se trata de cuestionar una reunión entre adversarios políticos; eso es parte natural de la democracia. Se trata de recordar qué representan esos liderazgos en el debate nacional.
Representan una etapa donde el Estado fue reducido sistemáticamente en sus capacidades sociales.
Representan gobiernos que apostaron por la tecnocracia mientras millones permanecían excluidos.
Representan una visión donde la estabilidad económica era celebrada incluso cuando convivía con profundas desigualdades.
Y representan, también, una clase política que durante mucho tiempo creyó que gobernar consistía en administrar el país desde arriba sin escuchar demasiado a quienes estaban abajo.
Por supuesto, la izquierda no está exenta de errores ni de contradicciones. Ningún proyecto político serio puede afirmar lo contrario. Pero existe una diferencia fundamental.
Mientras aquellos gobiernos colocaron en el centro las recetas del mercado, los proyectos progresistas han intentado colocar en el centro a las personas.
Mientras unos hablaron de derrama económica, otros hablan de derechos.
Mientras unos confiaron en que la riqueza eventualmente llegaría a todos, otros sostienen que la justicia social debe construirse deliberadamente.
La fotografía entre Fox, Calderón y Maru Campos termina siendo, en realidad, una definición política. No es una imagen del futuro. Es una imagen de aquello que buena parte del país decidió dejar atrás.
Y quizás por eso resulta tan simbólica: porque más que una reunión de liderazgos vigentes, parece el retrato de una época que se resiste a aceptar que México cambió.
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