El mundial 2026 va muriendo. Y en lo que respecta a México, la fiesta definitivamente se ha terminado. Varias cosas pude ver y sentir en estas semanas de irrealidad. Para empezar, vi cómo la estrategia de Ricardo Salinas Pliego, de utilizar el torneo como trampolín se fue al carajo. Fue bautizado con un epíteto, en efecto machista, pero de génesis popular, que aniquiló a su aparato de propaganda. El embustero magnate tuvo que salir huyendo a vacacionar, en gesto de indiferencia, no solo hacia su potencial electorado, sino hacia sus propios lacayos, que se quedaron haciendo una cobertura limitada de la justa y demostrando que son una fórmula ya gastada.
Experimenté la energía del pueblo durante los partidos, cuyo visionado se convirtió en carnavalesco ritual colectivo, para luego pasar a desbordantes celebraciones masivas. Parte de ello lo viví de la mano de mi hijo, y espero que guarde con celo esos buenos recuerdos cuando su infancia quede atrás. Bañados de espuma, aturdidos de tamborazos y cansados por ser días laborales, salimos a experimentar las mieles del triunfo por las calles de Neza. Autos y motos pitaban, desconocidos se abrazaban. Agentes del caos lanzaban por los aires a incautos, y otros, sucumbían ante el embeleso de las libaciones, para al siguiente día acudir a sus actividades arrastrando el aporreado esqueleto. Aunque se adoptó el “¿Y si sí?” que impulsó Televisa, esto solo supuso una especie de tregua, pero volvemos a las hostilidades con la empresa de medios otrora aliada del poder neoliberal más nocivo.
El pueblo mexicano, como ya lo ha demostrado en otras ocasiones, es capaz de entregarse al frenesí hasta donde se pueda, para luego volver a sus obligaciones propias de la ciudadanía, seguir con atención el avance de la derecha en Latinoamérica, acudir puntual a las urnas para refrendar su voto en favor de la izquierda, así como exigir y criticar cuando sea pertinente. Lo repito: al pueblo no tenemos nada que regatearle, y menos cuando solo está demostrando ser feliz. ¿No es ese el objetivo de la izquierda?
Vi cómo la derecha mexicana intentó con ahínco y con presupuesto utilizar el mundial para desprestigiar a los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Clara Brugada, utilizando a sus amigos de los medios para dar entrevistas alarmistas y falaces en las que, o bien invitaban a foráneos a no visitar las ciudades mexicanas que harían de sede mundialista, o expresaban su supuesta vergüenza por dar una mala imagen o calificaban de fracaso la organización de los eventos. Lo malo para ellos, que no hacían otra cosa, sino propaganda a palos de ciego, fue que inundan las redes los testimonios de visitantes de otros estados o extranjeros sobre lo bien que se sintieron en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. Adjetivos como maravilloso, irrepetible, entrañable, hermoso y otros tantos por el estilo, son las medallas que se llevan, según palabras de los visitantes, tanto las ciudades, como las personas que los recibieron con los brazos abiertos y los volvieron parte de la fiesta.
En las redes sociales, la música popular hizo simbiosis con cómo se vive el mundial para aportar epicidad y a veces hasta melancolía a la experiencia. El reciente fallecimiento de Carlos ‘Indio’ Solari, ídolo de masas en Argentina, nos ha entregado múltiples montajes con su música. La afición lo porta como bandera orgullosamente. Y en México se abrió paso la música de Juan Gabriel, una vez más. Quedarán grabadas a fuego las imágenes aéreas del Paseo de la Reforma con la coda de Hasta que te conocí. Al final, el pueblo decide con qué combinan mejor las mieles de la victoria o de la derrota, y la era audiovisual permite que cada quien se sirva a su gusto.
Tras la eliminación de México, vi cómo un niño se arrodillaba y levantaba las manos al cielo en gesto imploratorio. La sabia mano de su madre lo levantaba y le recordaba que no es para tanto, que mañana será otro día, y que vencer a la oscuridad en nuestro interior es parte de crecer. Ese es nuestro camino. Sé que nunca nos desviaremos.
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