El que la guerra sea la continuación de la política por otros medios, o la política sea la continuación de la guerra, demuestra que el voto es la continuación del paredón de fusilamiento por otros medios. Ese es el uso que le da la clase privilegiada a lo que llaman la fiesta de la democracia, el voto como elemento para ajusticiar a quienes osan votar en sentido opuesto al que la clase privilegiada necesita que voten, para condenar al ostracismo a quienes viven en el ostracismo. El problema aparece, cuando el voto mayoritario se manifiesta en sentido opuesto a la clase privilegiada, cuando los marginados dejan de temer a la marginalidad.
Si el voto deja de ser una herramienta del escarnio público y se convierte en bache para quienes detentan el poder de facto, no queda más remedio que recurrir a adoradores de Joseph Goebbels, como Natalia Torres, Ignacio Abello, las juventudes PANistas, o el decadente tío Richie, a quienes “les turbo vale madres” declarar absurdo dar el mismo peso al voto de una persona con doctorado, que al de alguien que lo único que hace es “echar la güeva todo el día”; que sólo debe votar quien tiene el conocimiento mínimo de lo que hace el Estado; que el voto lo ejerza el hombre de la casa pensando en su esposa, en sus hijos, y en sí mismo. Recurrir a esos demócratas totalitarios que entienden que nada amenaza más a su democracia que una mayoría que no se preocupa por los derechos de la clase privilegiada.
Y no es que estos ideólogos de la reacción posmoderna ignoren que las condiciones materiales determinan el ser social de los sujetos, que establecen un horizonte de lo posible y lo que no es posible. No es que ignoren que quien se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir tiene comprometido su tiempo, su cuerpo y su energía vital, limitando el desarrollo de sus capacidades. O que el objetivo de la democracia debería ser equilibrar la balanza entre quienes más tienen y quienes menos tienen. No, estos próceres de la derecha lo entienden perfectamente y por ello se lanzan en contra del voto universal, para conjurar la amenaza que representa para las buenas costumbres, el stau quo y la gente bonita.
Entrados en gastos
Si votar sirviera de algo, como falsamente se dice que dijo Mark Twain, no nos dejarían hacerlo. Nadie con dos dedos de inteligencia se preocupa porque el voto masivo vaya a transformar las condiciones materiales que determinan al ser social. No. Lo que les preocupa es que el voto desbordado de la masa alimenta el orgullo de la masa por la masa misma, alimenta cierto sentido de pertenencia en el que se deja de temer al paredón de fusilamiento, en el que la marginalidad se convierte en identidad colectiva y deja de ser sentencia individual. Eso no podemos permitirlo, no, si queremos que la clase privilegiada siga viviendo privilegiadamente.
- Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
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