Añorar el presidencialismo imperial

Extrañamente extraña que, a raíz del más reciente sainete de Rocha Moya,  las mejores conciencias de la comentocracia nacional, aquellos que en los 80 y 90 nos quitaron las cadenas e impulsaron una transición gatopardista para garantizar que nada transitara, próceres democráticos como Denise Dresser, José Woldenberg, Lorenzo Córdova, Luis Carlos Ugalde, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Jorge Castañeda, Sergio Aguayo y Claudio X. González Guajardo, extrañen los años dorados del presidencialismo mexicano. Esa noble institución que se sostuvo en facultades metaconstitucionales —control del partido, candidaturas, sucesión, gobernadores y legisladores—, y en contrapesos débiles e inexistentes.

Extraña, pero no sorprende, porque a todas luces era una maravilla no tenerse que angustiar con la incertidumbre de que este o aquel pudiera resultar electo, una maravilla saber que el elegido por el elegido sería el elegido. Una maravilla despertar con la banca nacionalizada, encadenarnos a un tratado de libre comercio que postró la economía nacional a las necesidades de nuestro vecino del norte, ver salir a los 26 ministros que integraban a Suprema Corte, tener en la AFI un FBI guanabana, padecer la militarización del país para combatir a los rivales del cártel que encabezaba García Luna, o atestiguar la acelerada desestructuración del Estado.

No soy fatalista a la manera de los otrora libertadores que nos quitaron las cadenas. Estoy conciente que ese presidencialismo que tanto ellos como nosotros y ustedes, añoramos, no ha desaparecido por completo, ahí está la transferencia del control de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional, y la enorme capacidad de establecer la agenda legislativa para la transformación del marco constitucional, pero de que no es lo mismo, no es lo mismo. Sigue siendo una presidencia fuerte pero no omnipotente y omnipresente, ya no queda claro “¿quién manda? […] porque una Presidenta que manda sólo a veces, sobre algunos, cuando la dejan, no termina de mandar” —como melancólicamente pregunta y sostiene la doctora Dresser.

Entrados en gastos

Eso de que la presidenta gobierne pero no deba mandar sobre todos y todo es cosa de panfletos que buscan regresar a un régimen donde los detractores eran solapados y recompensados desde el gobierno que simulaban criticar. Se extraña una presidencia que no solo dirija la administración pública federal y ejecute leyes, sino que también absorba las atribuciones de todos los poderes, ¿que es eso de que federalismo no sea sinónimo de obediencia vertical a los mandatos de Palacio Nacional? Los límites son propios de los limitados, no de la presidencia imperial que añoran las mejores conciencias de la comentocracia nacional.

Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo,
publicado por Casa Editorial Abismos.

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