Categoría: Opinión

  • Obedecer o resistir: México ante el Imperio que llama ‘democracia’ a su jaula

    Obedecer o resistir: México ante el Imperio que llama ‘democracia’ a su jaula

    Hay una incomodidad que los gobiernos latinoamericanos raras veces se atreven a nombrar en voz alta: que la democracia liberal, tal como la promueve y exige Estados Unidos, no es un ideal político desinteresado, sino un mecanismo de administración del poder ajeno. Claudia Sheinbaum, presidenta de México, ha adoptado una postura que, sin declararlo con esa crudeza, apunta precisamente en esa dirección: la soberanía nacional no se negocia, la cooperación bilateral debe ser entre iguales, y ninguna presión externa justifica la subordinación de un Estado a los intereses de otro. Es una posición elemental en teoría, y subversiva en la práctica.

    Desde mediados del siglo XX, Washington ha tenido una preferencia consistente por los regímenes democrático-liberales en su esfera de influencia, no porque la democracia sea intrínsecamente buena para los pueblos —la historia de las intervenciones estadounidenses en América Latina desmiente esa narrativa con una brutalidad documentada—, sino porque ese modelo ofrece canales institucionalizados, élites locales funcionalmente dependientes del capital transnacional, medios de comunicación susceptibles de financiamiento externo, y una oposición siempre disponible para ser activada cuando el gobierno en turno deja de ser conveniente. La democracia liberal, en este contexto, no es el gobierno del pueblo: es el gobierno del pueblo administrado desde afuera.

    México no escapa a esa lógica estructural. Es una economía profundamente integrada a la de Estados Unidos a través del TMEC, con una frontera compartida de más de tres mil kilómetros, una diáspora de millones de ciudadanos en territorio norteamericano, y una dependencia histórica del capital estadounidense en sectores estratégicos. Eso no convierte a México en una colonia, pero sí en un Estado cuya soberanía opera en márgenes que el vecino del norte ha contribuido a definir. Reconocer esa realidad no es derrotismo: es el punto de partida honesto para cualquier política exterior digna.

    Lo que hace notable la postura de Sheinbaum es precisamente que no finge que esos márgenes no existen, pero tampoco los acepta como inmutables. Su insistencia en que la relación con Washington debe basarse en el respeto mutuo y la cooperación institucional —no en la subordinación— es una forma de reclamar el espacio soberano posible dentro de una asimetría innegable. No es el maximalismo retórico del antiimperialismo de trinchera, sino algo más difícil: la gestión cotidiana de una independencia relativa frente a un poder absoluto. Y eso, en el contexto geopolítico actual, tiene un costo real.

    Porque el Imperio no acepta bien la insubordinación moderada. Las presiones sobre México en materia de seguridad, migración, política de drogas y relaciones con China no son solicitudes de cooperación técnica: son formas de recordarle a Ciudad de México dónde está el límite de su autonomía. Cada vez que un funcionario estadounidense amenaza con aranceles, cada vez que un senador republicano pide designar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas para tener pretexto de intervención, cada vez que se condiciona la asistencia a reformas que convengan a intereses corporativos del norte, se está ejerciendo una forma de soberanía vicaria: la idea de que México puede gobernarse, siempre que no gobierne demasiado.

    En ese escenario, defender la no injerencia en asuntos internos no es una posición arcaica heredada del nacionalismo revolucionario del siglo pasado. Es una necesidad estratégica para cualquier proyecto político que aspire a algo distinto del continuismo neoliberal. Si el Estado mexicano no puede definir su política energética, su modelo de seguridad, su relación con los recursos naturales o su posición ante conflictos internacionales sin pedir permiso en Washington, entonces la soberanía es un ornamento constitucional y no una realidad operativa.

    La presidenta Sheinbaum hereda una doctrina —la del Presidente López Obrador— que hizo de la no intervención un eje de política exterior, con sus virtudes y sus contradicciones. Las virtudes son evidentes: México recuperó en esos años una voz propia en foros internacionales, se negó a ser arrastrado a consensos automáticos, y mantuvo relaciones funcionales con gobiernos de distintos signos ideológicos sin alinearse subordinadamente con ningún bloque. Las contradicciones también lo son: la soberanía proclamada coexistió con una violencia interna que el Estado no supo o no quiso contener, y con una economía que siguió siendo estructuralmente dependiente.

    Ese es el nudo que ninguna retórica antiimperialista resuelve sola: la soberanía formal no basta si no va acompañada de soberanía material, es decir, de capacidad real del Estado para proteger a su población, redistribuir la riqueza, y controlar su territorio. México puede declarar su independencia de Washington todos los días y seguir siendo rehén de sus propias élites extractivas, de la corrupción institucionalizada y de la economía criminal que en muchas regiones ha sustituido al Estado. El antiimperialismo que no mira hacia adentro es una ideología incompleta.

    Y sin embargo, frente a la alternativa —la integración subordinada, la aceptación de que ser vecino de Estados Unidos implica ser su extensión administrativa—, la postura de Sheinbaum representa un mínimo ético y político irrenunciable. No injerencia, cooperación sin subordinación, respeto a la autodeterminación: estos no son principios ingenuos. Son, en el mejor de los casos, las condiciones mínimas para que un país de cien millones de personas pueda seguir siendo algo más que un mercado cautivo y una zona de amortiguamiento geopolítica. Defenderlos, en el México de 2025, no es un gesto heroico. Es, apenas, lo menos que se puede hacer.

  •  Derechos digitales

     Derechos digitales

    En el capítulo doce de la Cartilla de Derechos de las Mujeres se trata el tema del espacio digital. Dice textualmente: “¿Sabías que tienes derecho al acceso a Internet? En nuestro país el 63% de las mujeres no usan internet porque no tienen los conocimientos para hacerlo.

    El espacio digital es un punto de encuentro virtual, donde se interactúa a través de plataformas o aplicaciones. Sin embargo, para acceder a este espacio es necesario contar con equipos tecnológicos, calidad de conexión, habilidades de interacción y más herramientas que marcan una exclusión al espacio digital. A esto se le llama brecha digital.

    Estar conectada y saber cómo usar las herramientas digitales de manera segura te permite tener acceso a la información y a estar en contacto con personas que te ayudan a generar redes de apoyo para tu vida. Tenemos derecho a navegar por los espacios digitales sin vivir violencia y a expresarnos sin miedo ni censura; a recibir protección en caso de que vivamos acoso digital, extorsión, amenazas de difusión de imágenes tuyas o de que éstas sean utilizadas sin tu consentimiento.

    Tanto las plataformas de redes sociales como las autoridades tienen la obligación de poner a tu alcance formas de reporte accesibles en caso de que vivas violencia digital. Tienes derecho a la privacidad en internet y a que se respeten tus comunicaciones privadas y no sean reveladas públicamente, también a que tus datos personales estén protegidos por cualquier plataforma que uses, como redes sociales (Facebook, Instagram, X, TikTok, entre otras) o portales de tiendas electrónicas. Es tu derecho controlar cómo se recopilan, almacenan y utilizan tus datos en línea, por eso hay que leer muy bien antes de aceptar cualquier término en dichos espacios.

    Para tener acceso a internet gratuito, los gobiernos tienen la obligación de generar la infraestructura necesaria en lugares públicos como plazas, parques o escuelas. La violencia digital está reconocida en la Ley General de Acceso a una Vida Libre de Violencia en el Artículo 20 Quáter y en la Ley Olimpia, vigente en los Códigos Penales de todos los estados del país, que reconoce y sanciona cualquier violencia ejercida en el espacio digital.”

  • La soberanía del sujeto / Magnifica Humanitas III

    La soberanía del sujeto / Magnifica Humanitas III

    Dediqué mis dos entregas previas —Intemperie espiritual y Datismo— a una panorámica del malestar civilizatorio que expone Magnifica Humanitas, la encíclica del Papa León XIV. Cierro este tríptico analizando la propuesta que el pontífice ofrece al orbe. Tras el diagnóstico —la fractura antropológica, la fragmentación de Babel y la erosión del trabajo humano—, los capítulos finales del documento presentan una ruta hacia la reconstrucción de la dignidad humana. Se trata de una propuesta ética de resistencia frente a la hegemonía de la automatización.

    La soberanía de la persona

    El corazón doctrinario de la encíclica late en su cuarto capítulo. León XIV eleva el tono y marca una línea roja que, más nos vale, el avance tecnológico no debería cruzar. El Papa articula una defensa contundente de lo que podríamos denominar el “santuario interior” de cada ser humano. En un mundo donde el perfilado predictivo de la gente —la capacidad de los algoritmos para anticipar nuestras decisiones antes de que nosotros mismos las tomemos— se ha normalizado, el jerarca católico reivindica el derecho a la imprevisibilidad. Usted tiene derecho a cambiar de gustos. Todos debemos resguardar la posibilidad de escapar de la predicción algorítmica. En la era de la datamancia, la excentricidad deja de ser un capricho y se convierte en una necesidad cívica.

    La manipulación algorítmica ataca la estructura misma de la conciencia. Cuando nuestras opciones se limitan a lo que ya nos gusta, filtradas y presentadas por sistemas que persiguen la rentabilidad de nuestra atención, la libertad se convierte en una ilusión óptica. El Papa sostiene que hay ámbitos que deben permanecer, por ley y por ética, fuera del alcance del procesamiento de datos: la salud, la educación, la justicia y, sobre todo, la intimidad de la conciencia. Es una crítica frontal al “capitalismo de vigilancia” que intenta convertir el pensamiento humano en un denso input informativo para la máquina. Al declarar que la persona no es una variable, el Papa invoca la soberanía que trasciende lo jurídico: es una soberanía ontológica. Para la teología y la filosofía, el ser humano debe resguardar un “residuo” de misterio que ninguna potencia computacional podrá jamás descifrar. Proteger este misterio es, en última instancia, el acto de resistencia política más urgente de nuestro tiempo.

    Hacia una pedagogía del asombro

    León XIV diagnostica el agotamiento del modelo educativo occidental, el cual ha sucumbido a la lógica de la eficiencia: aprender para producir, aprender para ser un dato más de la maquinaria económica. Frente a esto, el Papa propone la recuperación de las humanidades como herramientas de supervivencia mental.

    El “asombro” al que se refiere el pontífice es una facultad cognitiva que nos permite detenernos, valorar la falta, desear… La sobreinformación nos impide ver el bosque tras los árboles, el asombro es el freno de emergencia. Es la capacidad de mirar al otro —al vecino, al extraño, al que piensa distinto— y reconocer en él no una categoría sociológica ni un perfil de usuario, sino una alteridad radical que exige hospitalidad. El otro tampoco es un número. El Papa sugiere que debemos educar en la “lentitud contemplativa”. Mientras el algoritmo acelera el pensamiento para eliminar la duda, la pedagogía del asombro la cultiva, pues es en la duda donde germina el pensamiento crítico y la capacidad de amar. En esencia, el Papa aboga por el rescate de la subjetividad frente a la objetivación técnica, invitándonos a ser sujetos activos y no meros receptores pasivos de información algorítmica.

    La caridad en la era de los datos

    La encíclica evita caer en el tecnopesimismo burdo o en la nostalgia reaccionaria, y cierra con una conclusión que amarra todas las piezas. Su propuesta es pragmática y esperanzadora: la tecnología no debe ser demonizada, pero sí debe ser gobernada por la caridad. En el lenguaje papal, la caridad no es caridad entendida como filantropía, sino como amor político: el compromiso con el bien común que sitúa al prójimo en el centro de todas las decisiones técnicas.

    Urge un nuevo contrato social digital, una gobernanza global de la inteligencia artificial que sea transparente, auditable y, sobre todo, responsable ante la dignidad humana. El Papa propone que la IA no sólo se mida por su eficiencia o rentabilidad, sino por su capacidad para fomentar la fraternidad humana. La conclusión es una síntesis brillante: la técnica debe volver a ser un instrumentum, un medio subordinado a un fin humano, y nunca un telos, un fin en sí mismo. El futuro no es un destino inevitable, sino una construcción abierta: si no somos capaces de humanizar la tecnología, seremos irremediablemente tecnificados nosotros.

    Magnifica Humanitas es un documento de época. León XIV desmantela la pretensión de neutralidad de los algoritmos y activa el debate en el terreno donde siempre debió estar: en la ética, en la política y en la innegociable dignidad de la persona. 

    El datismo no caerá por decreto papal ni por una ley técnica; caerá, si es que llega a caer, cuando decidamos que nuestra vida vale más que la suma de nuestros clics. En la intemperie espiritual que habitamos, la encíclica nos ofrece, al menos, una luz de esperanza: la confirmación de que, incluso en la saturación de los datos, el ser humano sigue siendo el único capaz de darle significado al mundo. Esa, precisamente, es nuestra mayor responsabilidad y nuestra libertad más profunda.

    @gcastroibarra

  • Autopercepción autopercibida

    Autopercepción autopercibida

    Vivir en tiempos de autopercepción es una ventaja histórica que, afortunadamente,  ha impregnado todas las esferas de nuestra existencia. La legolización identitaria —el que una realidad compleja se fragmente en bloques modulares intercambiables, diseñados para ensamblarse de múltiples formas, a costa de simplificar o estandarizar su contenido— no es ajena al quehacer político de nuestra noble y siempre honesta clase dirigente. Basta con que un gobierno se autoproclame de izquierda, para que ese gobierno sea de izquierda. Que su actuar dice otra cosa, ¿a quien le importa? Son de izquierda porque dicen que son de izquierda.

    Sólo así se entiende lo que sucede en México con el Mundial de Fútbol, no es la ley de la FIFA, es justicia social. Pintar de morado la infraestructura urbana en lugar de arreglarla, la renovación del AICM, la modernización de la línea 2 del Metro y del Tren Ligero, y la puesta en marcha del tren Buenavista–AIFAno son parte de parte de las “garantías gubernamentales” que la FIFA exige expresamente, son actos de justicia social (Brugada dixit). Igual que lo es la exención total de impuestos que México (Estados Unidos y Canadá negociaron esquemas limitados) otorgó a la FIFA. Justicia social que apuesta por la derrama económica neoliberal, que no entra en un pleito con la FIFA para no correr el riesgo de dejar de ser sede mundialista.

    Izquierda que se doblega ante el capital extranjero no deja de ser izquierda, reza el manual de autopercepción gubernamental, y Topolobampo con su planta de amoniaco y metanol es otra muestra de ello. El capital extranjero manda y el gobierno de izquierda considera que no hay nada socialmente más justo que poner en riesgo la vida humana, los ecosistemas y la cultura de los pueblos originarios.

    Entrados en gastos

    El que la CNTE sirva a la derecha, con bloqueos de infraestructura, plantones, toma simbólica de espacios y acciones de presión de alto impacto, no es autopercepción identitaria. La CNTE de  izquierda era diferente, realizaba bloqueos de infraestructura, plantones, toma simbólica de espacios y acciones de presión de alto impacto. La Coordinadora derechizada, que exige a Morena gobernar como un gobierno de izquierda, lucha por privilegios: pensiones, reforma educativa, democracia sindical, mejora salarial y de condiciones laborales; la Coordinadora, cuando era de izquierda e increpaba al PRIAN, luchaba por derechos: pensiones, reforma educativa, democracia sindical, mejora salarial y de condiciones laborales. El cambio es innegable. Pero no todo es malo, mientras la CNTE se recorrió a la derecha, el SNTE se autopercibe de izquierda, en especial Alfonso Cepeda Salas (otrora colaborador de la camarada Elba Esther Gordillo), secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y senador por Morena, el magisterio está en buenas manos.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • El Mundial de los Mexicanos

    El Mundial de los Mexicanos

    En política existen momentos que parecen pequeños, pero que terminan enviando mensajes poderosos. La inauguración de la Copa Mundial de la FIFA en México fue uno de ellos.

    Mientras algunos esperaban una ceremonia cargada de simbolismos políticos, protagonismos innecesarios o disputas partidistas, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por una ruta distinta: dejar que el evento fuera de los mexicanos y para los mexicanos. No buscó reflectores adicionales ni convirtió una celebración deportiva en una plataforma política. En tiempos donde muchos gobernantes consideran indispensable aparecer en el centro de cualquier acontecimiento relevante, la decisión resultó significativa.

    Más aún cuando existían llamados a manifestaciones y protestas en los alrededores del estadio. La presidenta decidió mantenerse al margen de cualquier confrontación mediática y observar el evento desde otro espacio, privilegiando la prudencia política sobre el espectáculo. Fue una señal de serenidad institucional en un momento donde cualquier incidente habría sido utilizado para alimentar la polarización.

    Y el resultado fue evidente

    La ceremonia fue un recorrido emotivo por la identidad nacional. La representación de las culturas originarias, las referencias a las raíces prehispánicas y la riqueza cultural de México recordaron al mundo que nuestro país es mucho más que noticias sobre violencia, migración o disputas políticas. México es historia, tradición, creatividad y orgullo.

    La participación de los artistas invitados estuvo a la altura del escenario. La interpretación del Himno Nacional por Alejandro Fernández aportó solemnidad y sentimiento a un momento que millones de mexicanos siguieron dentro y fuera del país. No fue solamente una interpretación musical; fue una expresión de identidad nacional que conectó con una audiencia que lleva años esperando que el mundo vea también la mejor cara de México.

    Mención aparte merece la cobertura televisiva. Los narradores y comentaristas lograron transmitir el significado emocional de una nación que vuelve a colocarse ante los ojos del planeta. En varios momentos, la narrativa dejó de ser deportiva para convertirse en una reflexión sobre lo que significa ser mexicano. Más de uno terminó con un nudo en la garganta.

    Porque al final, más allá del fútbol, lo que estaba en juego era algo mucho más importante: la capacidad de un país de mostrarse unido, orgulloso de sus raíces y consciente de su potencial.

    Sin embargo, el entusiasmo de una celebración nacional no debe hacernos olvidar las asignaturas pendientes.

    Mientras millones celebraban, existen miles de madres y padres que continúan buscando respuestas sobre el paradero de sus hijos desaparecidos. Su dolor no desaparece porque haya un Mundial, ni porque exista crecimiento económico, ni porque se inauguren grandes obras. Su lucha sigue siendo una deuda moral del Estado mexicano.

    Por ello resulta indispensable que las instituciones responsables actúen con firmeza. Cada expediente debe investigarse, cada denuncia debe atenderse y cada servidor público que incumpla con su obligación debe asumir las consecuencias. La justicia no puede depender de la presión social ni de la capacidad de las víctimas para organizar manifestaciones. La ley debe funcionar por sí misma.

    La credibilidad de cualquier gobierno, sin importar su origen partidista, se fortalece cuando demuestra que nadie está por encima de la ley y que las instituciones responden a los ciudadanos. Las manifestaciones relacionadas con desapariciones no deberían existir porque la autoridad tendría que haber cumplido previamente con su obligación. Cuando una madre sale a las calles para exigir respuestas, es porque alguien en alguna oficina dejó de hacer su trabajo.

    En ese mismo contexto se inscriben las demandas de la CNTE y las movilizaciones sociales que han marcado las últimas semanas. La respuesta de la presidenta durante su conferencia matutina fue clara: diálogo, apertura y disposición para escuchar, pero también respeto al marco institucional y a la viabilidad financiera del Estado. Gobernar implica escuchar, pero también tomar decisiones.

    Y hablando de política, la noche anterior tuve oportunidad de observar el programa Tercer Grado, donde se abordaron diversos temas de la actualidad nacional y regional. Particularmente me pareció interesante el análisis de Denise Maerker, una periodista cuya trayectoria se ha distinguido por la precisión de sus observaciones y por la capacidad de separar los hechos de las pasiones partidistas.

    Dentro de la discusión surgió nuevamente el nombre del gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez Salinas. Algunos panelistas plantearon la posibilidad de que, en algún momento, pudiera asumir una responsabilidad de mayor alcance dentro del PRI nacional.

    La idea no parece descabellada

    El PRI atraviesa una de las etapas más complejas de su historia. Pasó de ser la fuerza política dominante durante décadas a enfrentar una profunda crisis de identidad, liderazgo y representación. En ese contexto, figuras con resultados de gobierno, cercanía con la ciudadanía y capacidad de diálogo podrían convertirse en activos importantes para la reconstrucción partidista.

    Manolo Jiménez ha mantenido una relación institucional con el gobierno federal, particularmente con la presidenta Sheinbaum, entendiendo que la colaboración entre distintos niveles de gobierno beneficia más a los ciudadanos que la confrontación permanente. Esa actitud refleja algo que la política mexicana necesita con urgencia: madurez democrática.

    La política moderna no debería basarse en el enfrentamiento constante, el elitismo o las divisiones artificiales entre mexicanos. Debe enfocarse en resolver problemas, construir acuerdos y generar beneficios tangibles para la población. Los ciudadanos esperan resultados, no espectáculos. Esperan soluciones, no discursos interminables. Esperan gobiernos que funcionen, independientemente de los colores partidistas.

    México todavía enfrenta enormes desafíos en seguridad, justicia, salud, educación e infraestructura. Nadie puede afirmar que el trabajo está terminado. Pero también sería injusto negar los avances cuando estos existen.

    Quizá esa fue la verdadera enseñanza de la inauguración mundialista: cuando México decide trabajar unido, cuando deja a un lado los intereses de grupo y pone por delante un objetivo común, demuestra de qué está hecho.

    Durante una jornada que cruzó husos horarios y fronteras, mientras algunos países despertaban, otros terminaban su día y muchos más seguían el evento entrada la noche, el protagonista no fue un partido político, ni un gobierno, ni una oposición.

    El protagonista fue México

    Y ese, más que cualquier discurso, fue el mejor mensaje que pudo enviarse al mundo.

    México todavía enfrenta enormes retos. Las familias que buscan a sus desaparecidos merecen respuestas, los ciudadanos exigen mejores condiciones de seguridad, los trabajadores demandan oportunidades y las nuevas generaciones esperan un país cada vez más justo y competitivo. Pero también es válido reconocer los momentos que unen, inspiran y recuerdan que, por encima de nuestras diferencias, compartimos una misma identidad.

    El Mundial apenas comienza. Vendrán partidos, emociones, triunfos y derrotas deportivas. Pero la inauguración dejó algo más importante que un espectáculo de primer nivel: recordó que cuando México se presenta ante el mundo con orgullo, cultura, historia y dignidad, difícilmente existe escenario más poderoso.

    Porque al final, más allá del fútbol, de la política y de las diferencias ideológicas, hay algo que sigue latiendo con fuerza en millones de personas dentro y fuera de nuestras fronteras: el orgullo de ser mexicano.

  • La derecha quiere golpe, no liderazgo

    La derecha quiere golpe, no liderazgo

    La polarización originada por la amenaza de un golpe de estado ha reducido las alternativas políticas. Estar contra la Presidenta es estar a favor del golpe de Estado y estar a favor del gobierno de Claudia Sheinbaum, significa alejar esa posibilidad.
    Reducir alternativas no es una elección que fortalezca la democracia; sin embargo, estamos en tiempo de guerra.

    Para la embestida de la ultraderecha con rostro de mujer, con discursos engañabobos, que contrata Salinas Pliego como hostes de importación, Estados Unidos, no es una amenaza para nadie, negando no sólo la historia sino la lucha de los pueblos oprimidos en el mundo entero.

    La visión de los conservadores tiene un faro que terminó por convertirse en mito, el poderío de Estados Unidos. Llaman imperio a un país que sólo porque dice serlo le creen. Ha perdido todas las guerras, su pueblo vive en la miseria, la quinta parte de sus habitantes son adictos y está endeudado con su peor enemigo.

    Con una democracia inexistente, que, con sólo dos partidos dice representar a 338 millones de ciudadanos. La política colonialista del vecino del norte que no pesa ya, ni pisa fuerte. Está en decadencia.

    Al evidenciarse un golpe de Estado en proceso con la presencia de espías de la CIA en México, a quienes abrió la puerta la panista Maru Campos, ahora la derecha tiene la consigna de negar que existe, por lo menos en proceso. En medio de una política externa radical del delirante Trump, y una convulsión mundial por los energéticos, sería muy ingenuo pensar que los espías eran turistas y las armas de juguete.

    A la oposición, los medios y Estados Unidos les urge reducir la aceptación de la Presidenta Claudia Sheinbaum aunque sea de manera artificial, porque en la medida que se reduce su aprobación popular, aumentan las posibilidades de un golpe de Estado. Es esa proporción la que ha detenido, una embestida mayor.

    El nado sincronizado inició con un lapsus de Azucena Uresti, creyendo que el porcentaje de rechazo de Trump era aceptación y tenía mayor popularidad que Claudia Sheinbaum, fue el banderazo de salida para iniciar la batalla por la descalificación de su apoyo popular.

    Después apareció la encuesta de El Universal que difundía una reducción tan rápida como ilógica en la aceptación de Morena y de la Presidenta. Sorprendió a todos menos a la oposición. Después publicó El País y W Radio, una encuesta realizada por Enkoll, con el título tendencioso: “La aprobación de Sheinbaum cae siete puntos tras la crisis de Sinaloa y Chihuahua”.

    Llama poderosamente la atención el hecho de que hayan sido medios de comunicación los que mandaron a elaborar dichas encuestas, en tiempos que no son previos a elecciones.

    Así, la narrativa de los medios ofrece su propia interpretación: “Su respaldo sigue siendo alto (70.1 por ciento), pero buena parte de esa calificación continúa sostenida por los programas sociales”.

    La lectura de los medios muestra el desconocimiento de la asimilación de la población sobre sus derechos, que, desde hace años, sabe que los programas sociales son un derecho, elevados a rango constitucional, no parte de la publicidad electoral. El derecho en México ahora tiene destinatario pero no remitente.

  • La izquierda se impone en Perú y frena el regreso del fujimorismo

    La izquierda se impone en Perú y frena el regreso del fujimorismo

    La segunda vuelta presidencial de Perú de 2026 volvió a mostrar la profunda polarización política que vive el país. En una elección sumamente cerrada, el candidato de izquierda Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, consiguió una ligera ventaja sobre Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular, consolidando un resultado que fue interpretado por amplios sectores sociales como un rechazo al retorno del fujimorismo al poder y una apuesta por un proyecto político orientado hacia mayores transformaciones sociales.

    Con más del 95 por ciento de las actas procesadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), Roberto Sánchez mantenía una ventaja mínima sobre Fujimori, en una de las contiendas más disputadas de la historia reciente peruana. El respaldo al candidato de izquierda se concentró principalmente en las regiones rurales y en los sectores populares, mientras que la ex primera dama encontró sus principales apoyos en Lima y entre los votantes residentes en el extranjero.

    La victoria de la izquierda representó para millones de peruanos la posibilidad de impulsar cambios estructurales en un país marcado por la desigualdad, la inestabilidad política y el descontento con las élites tradicionales. Roberto Sánchez centró su campaña en propuestas para fortalecer los programas sociales, promover una mayor participación del Estado en la economía y abrir el debate sobre una reforma constitucional que permita responder a las demandas de los sectores históricamente excluidos.

    El resultado electoral también significó un nuevo revés para Keiko Fujimori, quien llegó a esta elección con el peso de un apellido que continúa generando fuertes divisiones en la sociedad peruana. Hija del expresidente Alberto Fujimori, condenado por corrupción y violaciones a los derechos humanos, la líder de Fuerza Popular enfrentó nuevamente un elevado rechazo entre los votantes, quienes asociaron su candidatura con prácticas autoritarias y con una clase política señalada por escándalos de corrupción.

    Más allá del estrecho margen, la ventaja obtenida por Roberto Sánchez fue vista por sus simpatizantes como una victoria popular y un mensaje de rechazo al retorno del fujimorismo. La elección de 2026 volvió a demostrar que el apellido Fujimori continúa siendo uno de los factores más polarizantes de la política peruana.

  • TRIAGE: “La pelota no se mancha”: teleSUR convierte el Mundial 2026 en una murga de resistencias del sur global ante el fascismo

    TRIAGE: “La pelota no se mancha”: teleSUR convierte el Mundial 2026 en una murga de resistencias del sur global ante el fascismo

    Por Alexandro Guerrero

    Con el grito de Diego Armando Maradona como bandera, teleSUR lanzó su cobertura especial rumbo a la Copa del Mundo de la FIFA 2026 bajo el lema “La pelota no se mancha”. Más que una consigna deportiva, la propuesta se presenta como un manifiesto cultural que defiende al fútbol como territorio de identidad, memoria y resistencia latinoamericana.

    Maradona, el punto de partida

    La frase elegida: “El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Eso no le queda la menor duda a nadie. La pelota no se mancha” funciona como eje conceptual. Para Patricia Villegas, presidenta de teleSUR, el lema responde a un momento donde “el fútbol está más permeado, intentan ensuciarlo de una manera muy fuerte, con otras lógicas, pero el fútbol resiste porque es un hecho cultural de enorme importancia”.

    La murga uruguaya pone la música

    El corazón cultural del proyecto es un videoclip interpretado por La Gran Muñeca, murga fundada en 1921 y emblema del carnaval uruguayo. La canción, producida por Agustín Amuedo con arreglos corales y coproducción de Germán Pirri, cruza chacarera, tango, milonga y candombe. Amuedo la definió como “una alquimia sonora, rítmica y energética” pensada para representar la diversidad del continente.

    El coro lo integran Agustín Amuedo, Gonzalo Imbert, Rodrigo Poloni, Nicolás Grandal, Mathias Ferro, Daniel Mega, Guillermo Capo y Fabricio Ramírez. En guitarras, Poly Rodríguez; en percusión, Franco Perdomo, Martín Alaniz y Hernán Berriel. La dirección audiovisual es de Manuel Fernández Ceballo, con producción y cámara de Santiago Vivacqua.

    Montevideo, el escenario

    El rodaje eligió dos locaciones con peso simbólico: el Estudio Vivace, en el Palacio Salvo, y el Club Estrella del Sur, ícono del fútbol de barrio. La elección refuerza el enfoque territorial y comunitario, “evitando artificios y priorizando la autenticidad”.

    Daniel Mega, integrante de La Gran Muñeca, explicó la traducción de la frase de Maradona a la letra: “Por más que haya muchas cosas negativas atrás, lo esencial, la pelota, no se va a manchar”. Y agregó: “Preferimos honrar la esencia del juego, que es la pelota. Era la que nos conectaba a todos en el grupo de amigos”.

    Una línea que viene de “De Zurda”

    La alianza entre teleSUR, el fútbol y la cultura popular no es nueva. En 2015, La Gran Muñeca participó en un homenaje al programa “De Zurda”, conducido por Maradona y Víctor Hugo Morales durante dos Copas del Mundo. El nuevo videoclip retoma esa narrativa, destacando “la emoción, la memoria colectiva y la amistad entre los pueblos” como elementos centrales del relato informativo.

    México como centro y las mujeres en la cancha

    La cobertura tendrá como punto central de transmisión México, con corresponsales en Nueva York y Toronto. Villegas aclaró que la decisión trasciende la logística: “Es también aprovechar para demostrar ese enorme país, hoy clave en la unión, integración, en la idea fuerza de la independencia, de la soberanía”. Destacó además que tanto México como Venezuela están gobernados por mujeres.

    Esa mirada se traslada a los contenidos. Entre los formatos innovadores aparece el podcast “La cancha es nuestra”, conducido por cuatro periodistas y relatoras. Marina Aguirre, presentadora de teleSUR, explicó: “La mujer siempre ha estado relegada no solo en la cancha, también en la cobertura”. El programa abordará estadísticas, análisis táctico, técnico y social. “Hay que ser pioneras, las mujeres están jugando un muy buen fútbol, pero no tienen la misma difusión que el fútbol masculino”, señaló Villegas.

    Fútbol sin derechos, pero con relato

    Aunque teleSUR no cuenta con derechos de transmisión directa, el presentador Enrique Guevara aseguró que cubrirán el torneo “de una manera distinta”: “A través de un gran equipo se puede llevar a toda la audiencia lo que será minuto a minuto los partidos”.

    La cobertura, que irá del 11 de junio al 19 de julio con 48 selecciones y más de 100 partidos, incorporará análisis del contexto internacional. “El torneo atraviesa por conflictos muy complejos en un mundo muy distópico y eso no va a estar alejado de nuestra cobertura”, dijo Villegas a Agenda Abierta. La meta: “Entregar entretenimiento, no un entretenimiento vacío, que también invite a comprender lo que sucede en un mundo como el que vivimos”.

    Lo que no se negocia

    “La pelota no se mancha” se despliega en televisión, plataformas digitales y redes sociales en español, inglés y portugués. La canción y el videoclip buscan recuperar la dimensión simbólica del fútbol frente a su mercantilización, poniendo en primer plano valores como la amistad, la identidad y la memoria colectiva.

    Porque, como recordó Mega, la pelota sigue siendo eso que nos conecta. Y en 2026, teleSUR la hace sonar con acento de murga. https://www.youtube.com/live/wA2uS6fC1qY?si=dyltLj-oo0I7J8wI

  • El país que encontró el Mundial 2026

    El país que encontró el Mundial 2026

    A unos días de la inauguración de la Copa Mundial FIFA 2026, México vuelve a convertirse en el centro de atención del planeta. El Estadio Azteca abrirá por tercera ocasión una Copa del Mundo, un hecho sin precedentes en la historia del fútbol. Sin embargo, detrás de la cuenta regresiva, las ceremonias y la expectativa deportiva, emerge una pregunta más interesante que cualquier pronóstico: ¿qué país encontró el Mundial cuando llegó a México en 2026?

    La respuesta comienza con una mezcla de orgullo y contraste. México llega a esta cita global con ciudades modernizadas, experiencia organizativa y una enorme expectativa económica. Al mismo tiempo, llega acompañado de debates que reflejan la realidad nacional. Los boletos para algunos partidos han sido percibidos como inaccesibles para amplios sectores de la población, mientras que completar el tradicional álbum Panini puede representar varios miles de pesos para una familia. El fútbol sigue siendo el deporte más popular del país, pero la experiencia mundialista parece cada vez más distante para quienes históricamente le dieron vida en las calles, los barrios y las canchas.

    Ese contraste no se limita al ámbito económico. Las movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación han coincidido con la recta final de los preparativos y han colocado nuevamente el debate social bajo los reflectores. Aunque sus demandas tienen origen propio, su aparición en vísperas del torneo recuerda un patrón recurrente de la historia mexicana. Ocurrió antes de los Juegos Olímpicos de 1968 y volvió a manifestarse en los Mundiales de 1970 y 1986. Cuando México se convierte en escaparate internacional, distintos sectores buscan aprovechar esa visibilidad para colocar sus causas en la conversación pública. Más que una excepción, parece una constante de nuestra vida política.

    Las ciudades sede también muestran otra cara de esta fotografía nacional. En la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey continúan obras de movilidad, rehabilitación urbana e infraestructura asociadas al torneo. Algunas responden a rezagos acumulados durante años; otras buscan garantizar que el país llegue listo a la cita mundialista. Como ha ocurrido en otros eventos de esta magnitud, la discusión gira alrededor de una pregunta sencilla: si las inversiones realizadas para recibir visitantes terminarán mejorando la vida cotidiana de quienes habitan permanentemente esas ciudades.

    La expectativa económica es igualmente significativa. Diversas estimaciones proyectan una derrama de entre 1,800 y 3,000 millones de dólares, con escenarios más optimistas que incluso superan esa cifra. Millones de visitantes, ocupación hotelera, actividad comercial y promoción internacional alimentan la esperanza de que el torneo deje beneficios duraderos. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que el verdadero legado de un Mundial rara vez se mide durante los partidos. Se mide años después, cuando se evalúa si la infraestructura, la inversión y la atención global lograron convertirse en desarrollo sostenido.

    En la cancha, el optimismo también convive con la prudencia. Analistas deportivos coinciden en que avanzar de la fase de grupos parece el escenario más probable para la Selección Mexicana y que alcanzar nuevamente los cuartos de final representaría un resultado destacado. Más allá de los números, una actuación sólida del Tri podría convertirse en un factor de cohesión emocional para millones de mexicanas y mexicanos que vivirán el torneo como anfitriones.

    Pero quizá el activo más importante de México no aparezca en ningún presupuesto, proyección económica o análisis deportivo. En un Mundial compartido con Estados Unidos y Canadá, nuestro país aporta algo que no puede construirse con inversión pública ni comprarse en el mercado: una cultura futbolera profundamente arraigada. La hospitalidad, la gastronomía, la música, la capacidad de celebrar colectivamente y la pasión por el fútbol siguen siendo ventajas competitivas que distinguen a México ante el mundo. Si existe un corazón emocional para este Mundial, probablemente latirá de este lado de la frontera.

    Algún día, cuando México aspire a organizar una cuarta Copa del Mundo, volveremos inevitablemente a mirar hacia 2026. Entonces comprenderemos que el legado más importante de aquel torneo no estuvo únicamente en los goles, las obras o la derrama económica. Estuvo en la oportunidad de observarnos como nación. Porque los Mundiales funcionan como espejos: revelan lo que somos, exhiben lo que aún debemos resolver y muestran aquello que queremos llegar a ser. Y cuando las futuras generaciones busquen entender cómo era México en este momento de su historia, probablemente no encontrarán la respuesta en una tabla de posiciones. La encontrarán en el país que recibió al mundo y que, durante unas semanas, también se vio reflejado en él.

  • Mundial 2026: cuando la pelota se convierte en mercancía

    Mundial 2026: cuando la pelota se convierte en mercancía

    El reloj avanza y la cuenta regresiva ya comenzó. Dentro de poco, México volverá a ser sede de una Copa del Mundo junto con Estados Unidos y Canadá. Los anuncios se multiplican, las marcas afinan sus campañas publicitarias y los gobiernos preparan eventos para recibir una de las industrias más lucrativas del planeta.

    Porque sí, aunque nos guste romantizarlo, el Mundial ya no es solamente futbol. Es negocio. Y uno enorme.

    Desde hace décadas, la FIFA ha perfeccionado un modelo donde la pasión de millones de personas se convierte en una mercancía global. Cada partido, cada camiseta, cada transmisión, cada patrocinio y cada fotografía termina formando parte de una maquinaria económica que mueve miles de millones de dólares.

    El futbol sigue siendo del pueblo, pero el Mundial hace mucho tiempo que dejó de pertenecerle.

    Los boletos son cada vez más inaccesibles para las clases populares. Los paquetes turísticos se diseñan para quienes pueden pagar miles de dólares. Los estadios se convierten en espacios donde el aficionado tradicional es desplazado por consumidores de alto poder adquisitivo.

    Paradójicamente, el deporte más popular del planeta se ha convertido en uno de los espectáculos deportivos más elitizados del mundo. Lo que alguna vez fue la celebración de barrios, colonias y comunidades termina subordinado a intereses corporativos que poco tienen que ver con el juego.

    En estos meses hemos visto cómo empresas privadas, cadenas televisivas, marcas internacionales y grupos económicos han intentado apropiarse del discurso mundialista. Nos dicen que todos somos parte de la fiesta, aunque para millones de personas el acceso real a esa fiesta sea prácticamente imposible.

    Sin embargo, la crítica no debe dirigirse al futbol. Sería un error enorme.

    Porque el futbol también es una expresión cultural profundamente popular. Es el partido en la cancha de tierra. Es el torneo del barrio. Es la cascarita después de la escuela. Es la familia reunida frente a una televisión para celebrar un gol.

    El problema no es el futbol. El problema es cuando el mercado transforma una pasión colectiva en un producto exclusivo. Desde la izquierda, la aspiración no es eliminar el futbol ni despreciarlo como hacen ciertas élites intelectuales. Todo lo contrario.

    La aspiración es recuperar su dimensión social. Hablar de un futbol accesible para todas y todos. De espacios deportivos públicos dignos. De canchas en las colonias populares. De actividades físicas como herramientas de salud, convivencia y prevención de la violencia.

    Por eso resulta interesante que, paralelamente a la organización del Mundial, existan planteamientos desde los gobiernos de la Cuarta Transformación para impulsar actividades comunitarias, torneos barriales, recuperación de espacios públicos y programas de activación física vinculados al evento.

    La verdadera herencia de un Mundial no debería medirse únicamente en derrama económica o en estadísticas turísticas. Debería medirse en cuántos niños encontraron una cancha donde jugar. En cuántas comunidades recuperaron espacios deportivos. En cuántos jóvenes encontraron una alternativa frente a la violencia. En cuántas personas pudieron ejercer su derecho al deporte.

    Porque cuando las luces del espectáculo se apaguen y los patrocinadores se marchen, eso será lo que realmente quede. El Mundial pasará. Las ganancias cambiarán de manos. Los contratos terminarán. Pero el futbol seguirá siendo del pueblo.

    La pregunta es si tendremos la capacidad de arrebatárselo, al menos un poco, a quienes llevan años intentando convertirlo únicamente en una mercancía.

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