Categoría: Opinión

  • Rocha Moya, manejo de la 4T

    Rocha Moya, manejo de la 4T

    La decisión unilateral de Rubén Rocha Moya de regresar a la gubernatura de Sinaloa representaba una crisis para Morena y, particularmente, para nuestra Presidenta, Claudia. Un acto de tal magnitud pudo haber generado un conflicto político al poner en entredicho la conducción del partido e incluso la capacidad y el poder político de la dirigencia de la Dra. para mantener la cohesión y el orden dentro del movimiento.

    La oposición no tardó en aprovechar la coyuntura para atacar al Gobierno, recurriendo nuevamente a su peligrosa narrativa del “narcogobierno”. La decisión de Rocha Moya parecía haberles proporcionado nuevos argumentos para intentar desacreditar al Gobierno y cuestionar su capacidad para garantizar la gobernabilidad y el Estado de derecho.

    Sin embargo, el manejo del tema y el posicionamiento rápido y homogéneo que llevaron a cabo la Presidenta y la dirigencia del partido, encabezada por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, evitaron que la situación escalara hasta convertirse en una crisis política. El episodio terminó por pasar como un mal trago para el movimiento, sin que la oposición lograra capitalizarlo políticamente.

    La titular del Ejecutivo actuó con eficacia al dejar claro que los intereses de la nación están por encima de cualquier ambición individual, estableciendo con firmeza que una decisión de esa naturaleza no podía estar por encima del interés público ni de la estabilidad institucional. Mientras tanto, en ese mismo tenor la Presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones declaró que ese tema podría llegar incluso hasta el tema llegará a la Comisión de Honestidad y Justicia.

    Sumado a ello, los demás gobernadores de Morena también se deslindaron de la decisión del gobernador sinaloense, dejándolo políticamente aislado y evitando que su determinación encontrara respaldo.

    El manejo fue tan rápido y contundente que no hubo oportunidad para que la coyuntura se prolongara ni para que la oposición lograra instalar su narrativa en la opinión pública. Lo que pudo haberse convertido en un nuevo frente de desgaste para Morena terminó siendo, en cambio, una muestra de la capacidad de conducción política de la Presidenta y de la cohesión del movimiento ante una situación que amenazaba con generar divisiones internas.

  • Dos Rocha un Alito

    Dos Rocha un Alito

    Una vez abandonada por segunda ocasión, de manera definitiva la gubernatura, la principal preocupación de Rocha Moya es poder seleccionar al candidato a la gubernatura. Y esperar que lo olviden los gringos de sus obsesiones efímeras.

    Todos saben quiénes son sus amigos y contrincantes, dentro y fuera Morena. La población, sobre todo en Sinaloa, conoce sus alianzas, socios y negocios. Mientras puede dormir tranquilo el ex rector de la Universidad de Sinaloa, con la esperanza que su sucesora no le saque los trapitos al sol.

    La acusación que llega del norte, no es más que una opinión, mientras carezca de evidencias, que no han llegado, a la administración de Trump todo le falla en materia de Justicia, retiene al general Cienfuegos un mes y lo libera. Los que se entregan alcanzan la libertad, previo acuerdo, los buscados no tienen evidencias.

    Además, Estados Unidos creó una maquinaria militar contra Venezuela que incluida la extracción de Nicolás Maduro, con un costo de 4,700 millones de dólares. Resulta que el cártel de los Soles no existe y no se ha comprobado al presidente de Venezuela la mayoría de los cargos. Está a punto de ser librado a menos que Delcy Rodríguez le pida a Trump que lo mantenga preso para mantenerse en el poder.

    Las quejas de Estados Unidos sobre posibles delincuentes mexicanos no pueden rebasar los límites de los medios, que si bien suelen éstos considerarse jueces, sobre todo en el tema del crimen organizado, carecen de capacidad legal.

    El otro Rocha mexicano sí se le va de las manos a la justicia, y no por su astucia en la huida sino por lentitud o negligencia de las autoridades es Raúl Rocha Cantú, dueño de casinos en el norte el país y dedicado al huachicol, motivo por el cual tiene órdenes de aprehensión, desde diciembre de 2025, y por otros delitos como lavado de dinero, tráfico de armas y drogas.

    Raúl Rocha Cantú, operó en la estructura financiera, de empresas como Águila Impulsora, Operadora de Alimentos, Bebidas de Naucalpan, GI Euromex, entre otras. En esta última, Raúl Rocha Cantú concentró operaciones financieras por más de 120 millones de pesos durante 2025.

    Nadie podrá detener a Rocha Cantú, mientras la Fiscalía General de la República no solicite una ficha roja a la Interpol, por lo pronto, también puede dormir tranquilo el dueño de Miss Universo y seguir paseándose en Mónaco mientras instala su residencia en París.

    Quien no la pasa muy bien es Alito Moreno, líder nacional del PRI, a quien hasta sus amigos de Latinus lo traicionan, publican la existencia de una empresa de su propiedad llamada Amoreno&CO, pintando su raya con el ex gobernador de Campeche, quien les dio recursos incalculables, sin factura a cambio de alabanzas y entrevistas, porque no tiene salida y como siempre aseguró que el PRI es él, pues su partido también puede tener graves consecuencias políticas en las elecciones del próximo año, y hasta perder el registro, y decir adiós a sus pretensiones de arrebatar la mayoría del Congreso al partido ene le poder.

    Los Rocha tienen suerte o ángel protector, pero a Alito se le acabó el fuero, la impunidad y el partido.

  • La educación superior en riesgo

    La educación superior en riesgo

    …Rompen bajo mis pies

    crujientes a rastrojo

    para alimentar a alguno

    suenan camino

    Cañas por A.Castellanos L.

    23/05/2007

    La UNAM ha recibido un golpe durísimo: El Rector, el Consejo Universitario y la Junta de Gobierno no han podido esquivarlo ni neutralizarlo. Todo ha sido simulación y nula ética. Es una situación mucho más profunda y grande que lo que se ha notado con el examen de admisión y su “solución” con la puesta en escena de una versión presencial que también conculca el derecho a la educación en esa, la llamada “Máxima Casa de Estudios” de México.

    Falta que acepten, con un poco de humildad y decencia, las terribles deficiencias en las relaciones laborales con los docentes, en especial con los de asignatura y con el resto de la fuerza laboral de esa universidad. Al aceptar, iniciarían un posible inicio de solución a es honda problemática. Lo difícil es que haya esa aceptación, porque supondría que la misma burocracia dorada de la cúpula Puma, renunciara a sus innumerables e inconfesables privilegios. Seguramente no lo harán hasta que la propia Comunidad Universitaria los eche.

    En otras instituciones ocurren cosas similares, en algunos casos, incluso peores. Así, en la UPN los compromisos que Mario Delgado, Secretario de Educación Pública, regañado y todo, hizo con aquella Comunidad, no han sido cumplidos ni siquiera en un porcentaje mínimo y todo apunta a que las movilizaciones estudiantiles, apoyadas, respaldadas y seguramente compartidas por los docentes van a continuar apenas inicie el nuevo ciclo escolar. No cumplir puede costarle el hueso y su futuro.

    Si miramos la situación en el Instituto Politécnico Nacional, los bemoles generados por la supuesta sucesión en la Dirección General, tampoco son situaciones menores, por el contrario, vislumbran una posible unidad de demandas y movilizaciones de estas tres instituciones, todas por la más elemental solidaridad, misma que es tan conocida y, afortunadamente, practicada por los docentes y estudiantes de nuestro país.

    Capítulo aparte representan la Universidad Benito Juárez, cuyas aulas cada vez están menos solicitadas y cuya calidad es profundamente cuestionada por los posibles empleadores de sus egresados. Triste destino de un proyecto que prometía ser maravilloso y favorable a los intereses de los desposeídos de la República.

    En ese capítulo habría que inscribir a la presidencialmente cacareada y recientemente creada Universidad Rosario Castellanos, nombrada así en honor a la ilustre Rosario Alicia Castellanos Figueroa. En esta institución existe un movimiento entre los docentes que busca la creación de un Sindicato Independiente, pero a aquellos que osan ser parte de ese intento, les espera un despido sin tocar baranda y sin defensa posible. Esta parte de la docencia mexicana, es maltratada al extremo de vivir constantes retrasos en el pago de sus salarios, ya de por si reducidos y por lo visto, también reprimidos al extremo por intentar ejercer un derecho que toda la fuerza laboral mexicana tiene por ley y cuyo ejercicio tendría que ser éticamente obligatorio en cada centro de trabajo, aún cuando la ley no lo otorgara. La organización en sindicatos es la única forma seria de defensa de los intereses colectivos de cada persona que vive de su trabajo, es decir, representa la posibilidad de desarrollo individual y colectivo de cada gremio y, en solidaridad, de toda la clase trabajadora de nuestro país y de todo el mundo. Seguro que a los sionistas que se están apoderando del territorio y del capital en México, esta posición debe parecerles nociva y quizás hasta terrorista.

    Yo veo muy claramente que la destitución del Maestro Marx Arriaga en la SEP, fue el inicio de la tensión entre autoridades federales, en especial en lo que a la educación superior se refiere, pero además de un freno a la evolución positiva que se había iniciado en la actividad académica en todos los niveles en el país, misma que los entes viles heredados del período neoliberal quieren destruir, porque lo que necesita el capitalismo es un ejército de obreros calificados desempleados para controlar y someter a los trabajadores, a quienes los empresarios dicen hacerles el favor de darles empleo; aunque sea mal remunerado y sin que haya autoridad alguna que os obligue a cumplir con la ley laboral, que por demás, siempre parece estar a su favor o es violada ante la inacción de la STyPS y sus similares en los Estados.

    El verdadero TIGRE es la clase trabajadora y pronto despertará.

  • Cuánto hemos cambiado

    Cuánto hemos cambiado

    Quizá no se recuerde muy a menudo, pero en México venimos de una época en la que rara vez se hablaba de la derecha en el debate nacional. Incluso había las mesas de toda la vida en la televisión pública, que no eran incendiarias, estridentes ni nada por el estilo, al contrario; eran cansinas, solemnes, con un lenguaje poco accesibles al grueso de la población, y en las dos décadas previas al 2018, alertando sobre el peligro del “populismo”.

    Actualmente ese panorama es muy distinto. Ya hemos hablado sobre las redes sociales y su importancia en el proceso de toma de conciencia que experimenta la sociedad mexicana. Pero también, se empiezan a consolidar espacios en la televisión pública donde se respira aire fresco, llamando a las cosas por su nombre, identificando plenamente a la derecha y a la ultraderecha. Ya podemos hablar de que en México impera ahora sí un paradigma muy distinto, en el que ya se sabe quién es quién, y los gatopardistas anodinos no son bienvenidos, ni en los medios ni en la clase política.

    Los comunicadores que ahora sí son bien identificados como de derecha, siguen presentes en espacios de medios tradicionales, aunque ya no con la misma presencia de antes. Por ejemplo, Joaquín López-Dóriga, acérrimo odiador de AMLO, que, a diferencia de quien escribe, ni es teacher ni es periodista; sigue siendo una voz de relativo peso, pero ya no como para ejercer una tutela tal sobre las audiencias como para definir su intención de voto. Se le relegó a Radio Fórmula, que igualmente tiene transmisión audiovisual, pero solo por internet; ya no por televisión.

    Ese caso paradigmático representa al resto, donde sucede prácticamente lo mismo, es decir; llevan hasta lo último la animadversión hacia la izquierda imperante en México, las audiencias se alejan o incluso se inconforman, y los dueños de los medios, para cuidar el negocio, prefieren relegarlos a espacios de menor alcance. Aunque ha habido otros casos en que de plano se deshacen de ellos, porque ciertos comunicadores van más allá de solo acatar la línea editorial y de plano comienzan, ya sea a mentir o a atacar a los actores políticos de izquierda de manera visceral. Recientemente vimos a Luis Cárdenas despedirse de MVS con voz entrecortada, tras varios años en que no abandonaba una sonrisa de sorna mientras decía que «todos son iguales», aunque su lista de contactos estuviera llena de amigos panistas, para quienes siempre abría un espacio.

    Pedro Ferriz de Con, ya antes corrido de Grupo Imagen y Cadena Tres, y con un intento fallido de candidatura presidencial en 2017, fundó en 2018 un emprendimiento llamado Central FM, con sus hijos y algunos otros colaboradores. Lejos de mostrar oficio periodístico, solo evidenció su fanatismo de derecha. Su medio quebró porque las 50 vistas en vivo de sus programas en promedio lo convirtieron en inviable, pero él acusó censura. Su odio lo llevó a ser parte del delirante movimiento FRENAAA y finalmente a terminar en el esperpéntico medio Atypical Te Ve del cacofónico Carlos Alazraki. En la izquierda recordamos con cariño la reacción de los dos antes mencionados junto con Laura Zapata, cuando se informó en vivo de la contundente victoria de Claudia Sheinbaum en 2024, después de que se habían ya armado toda una historia épica en que la fallida panista triunfaba y ellos volvían al poder.

    Se constata la famosa paráfrasis de Antonio Gramsci, «lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer». Las audiencias gozan de una amplia oferta y disciernen más que nunca. Los viejos rancios del micrófono tienen sus espacios, nadie los censura, pero el pueblo los sanciona al relegarlos e identificarlos con el golpismo. Los comunicadores que estamos con el pueblo nos vamos consolidando y aprendiendo de nuestros errores. El camino así es.

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  • Odiar lo propio: la última arma del imperio, la primera derrota del pueblo

    Odiar lo propio: la última arma del imperio, la primera derrota del pueblo

    Nos enseñaron a odiar nuestras raíces para que, cuando vinieran a destruirlas, no levantáramos ni una mano para defenderlas. Esa frase, aparentemente simple, encierra el mecanismo más eficaz que ha inventado el poder para sostenerse sin necesidad de un ejército permanente en cada esquina: convencer al oprimido de que su propia cultura, su historia y su forma de ver el mundo son un lastre, mientras el modelo impuesto desde fuera se presenta como sinónimo de progreso, modernidad y bienestar. No hace falta ocupar un territorio con tanques cuando se puede ocupar la mente de sus habitantes con valores ajenos disfrazados de sentido común.

    Esta operación no es accidental ni espontánea. Es una estrategia sostenida a través de la religión importada que sustituyó cosmovisiones originarias, de los medios de comunicación que naturalizan el consumo y el individualismo como única forma legítima de existir, y de un sistema educativo que enseña más sobre la Revolución Francesa que sobre la resistencia de los pueblos originarios de Abya Yala frente a cinco siglos de despojo.

    La clase dominante, tanto la local que administra los intereses extranjeros como la metropolitana que los dicta, entendió hace mucho que el control económico y político es frágil si no va acompañado del control simbólico.

    Por eso invirtieron menos en soldados y más películas, series y algoritmos.

    Desde una perspectiva antiimperialista, esto no puede leerse como un fenómeno cultural neutro. Es la superestructura al servicio de una base material muy concreta: el saqueo continuo de los recursos del Sur global por parte de las potencias del Norte, hoy encabezadas por Estados Unidos y sus corporaciones transnacionales. Cuando un pueblo desprecia su lengua, su música, su comida o su memoria histórica, deja de percibir como agresión la extracción de su litio, su petróleo o su mano de obra barata. El colonialismo mental es la condición previa para el colonialismo económico: primero te enseñan que lo tuyo no vale, después te explican que lo que viene de afuera “te conviene” en forma de tratado de libre comercio, de base militar o de préstamo del Fondo Monetario Internacional.

    México ocupa en esta historia un lugar que merece ser dicho con claridad y sin falsa modestia. Es una de las pocas naciones de América Latina que ha protagonizado una revolución social profunda, que nacionalizó su petróleo desafiando a las compañías extranjeras, que dio asilo a perseguidos políticos de medio mundo y que hoy, con todas sus contradicciones internas, sostiene una política exterior que reivindica la no intervención y la soberanía frente a la presión constante de Washington. La herencia de Cuauhtémoc, de Zapata, de Cárdenas, no es folclore para postales: es un patrimonio político que demuestra que la dignidad frente al imperio no es un sueño romántico, sino una práctica histórica concreta. Reconectar con esas raíces no es nostalgia, es estrategia de supervivencia nacional.

    Ahora bien, no basta con “sentirse orgulloso” de la cultura propia como gesto estético o turístico. Hay que construir una cultura contrahegemónica, y ahí está la clave que distingue el nacionalismo folclorizado del proyecto político real. No se trata de vender la raíz indígena en artesanías para exportación mientras se sigue reproduciendo el mismo modelo económico dependiente. Se trata de disputar el sentido común, de politizar la vida cotidiana, de entender que cada clase de historia, cada canción, cada palabra recuperada de una lengua originaria es también un campo de batalla contra la dominación.

    Toda persona tiene capacidad intelectual, solo falta continuar con la politización, o, dicho de otra forma, con el despertar de las conciencias. Hay que romper con la vieja trampa que reserva el pensamiento crítico a las élites ilustradas y devuelve al pueblo su derecho a interpretar el mundo y a transformarlo. La descolonización no llegará por decreto ni por una sola generación de intelectuales iluminados: llegará cuando millones de personas comunes dejen de repetir, sin saberlo, el guion escrito por quienes se benefician de su desprecio hacia sí mismas.

    Defender las raíces, entonces, no es mirar hacia atrás. Es la condición para poder mirar hacia adelante sin que ese futuro nos lo sigan diseñando desde fuera.

  • Cartilla Moral

    Cartilla Moral

    En 2019 surgió un documento como parte de los cien compromisos del presidente Andrés Manuel López Obrador, llamado la Cartilla Moral. Elaborado en su versión original por Alfonso Reyes en una adaptación de José Luis Martínez. Formó parte de los materiales seleccionados para los Programas Emergentes de Actualización del Maestro y de Reformulación de Contenidos y Materiales Educativos y fue editado por la SEP.

    Este es un texto fundamental para la cuarta transformación de México y su sociedad. Sin embargo, el proyecto quedó truncado, la cartilla sólo se distribuyó de manera muy limitada  y todo lo demás por alguna razón desconocida quedó suspendido.

    La Presentación es firmada por Andrés Manuel López Obrador Presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Y dice textualmente: “La decadencia que hemos padecido por muchos años se produjo tanto por la corrupción del régimen y la falta de oportunidades de empleo y de satisfactores básicos, como por la pérdida de valores culturales, morales y espirituales.

    Los seres humanos necesitan bienestar, pero no sólo de pan vive el hombre. Para alcanzar la felicidad se requiere el bienestar material y el bienestar del alma, como decía José Martí. Nuestra propuesta para lograr el renacimiento de México busca hacer realidad el progreso con justicia y promover una manera de vivir sustentada en el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza, a la patria y a la humanidad.

    La difusión de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes es un primer paso para iniciar una reflexión nacional sobre los principios y valores que pueden contribuir a que en nuestras comunidades, en nuestro país, haya una convivencia armónica y respeto a la pluralidad y a la diversidad.

    Te invito a compartir con la familia estos pensamientos y a dialogar entre sus integrantes acerca de la moral, la ética y los valores que necesitamos para construir entre todos una sociedad mejor.”

  • La soberana soberanía de subordinarse

    La soberana soberanía de subordinarse

    Con una brevedad y densidad propias de las “Cartas a un joven poeta” de Rilke y un estoicismo que nada tiene que envidiar a las “Cartas a Lucilio” de Séneca, Andrés Manuel López Beltrán nos regala una nueva carta de su puño y letra. En esta ocasión, dirigida a Trump, amo y señor de la política de ocurrencia, y las cortinas de humo para cubrir cortinas de humo, ¿La razón?, la cancelación de la visa de López Béltran para poder ingresar —de forma legal— a los Estados Unidos, “una burda y perversa canallada”.

    La carta puede leerse como un manifiesto del desprecio de ser despreciado por la política, despreciable, de un gobierno con colaboradores despreciables, de una nación que atraviesa “tiempos decadentes y lamentables de odio, racismo, drogadicción, desintegración familiar, inconformidad social y tristeza”. Una crítica politiquera y propagandista, a un acto politiquero y propagandista, que acusa, sin pruebas ni demostración alguna, de acusar sin pruebas ni demostración alguna. Concluyendo, sin demostrar nada, que se persigue a quien ni siquiera se señala.

    La carta de Andres Manuel hijo va más allá de una mera muestra de protesta oportunista en contra del oportunismo. Enarbola una bandera performativa que no arriesga. No propone una quema masiva de visas estadounidenses o una revolución anticonsular. No abraza un discurso que condene el deseo mexicano de aceptación estadounidense. Ni siquiera encumbra un “no hace falta que nos excluyan, nos excluimos porque no necesitamos cruzar la frontera”. No. Lopez Beltran es consciente del lugar que el gobierno mexicano ha adoptado frente al de los Estados Unidos y prefiere pedir la clemencia del líder, que posicionarse como un verdadero defensor de una causa.

    Entrados en gastos

    Para rematar esta protesta que no protesta, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó como “injerencia” el retiro de visas de Estados Unidos a políticos mexicanos. Es de suponer que por ello el gobierno Méxicano renunció a tomar decisiones soberanas que pudieran intervenir de forma indirecta en la política de otros países.

    Que por ello no rompe relaciones diplomáticas con Israel, no vaya a ser que intervenga sobre la soberanía israelí de hacer lo que le dé la gana. Que por ello permite que el acceso a la vivienda esté subordinado a la especulación, el turismo residencial y la rentabilidad inmobiliaria, no vaya a ser que regularlo afecte el modelo que hace de México una extensión de la geografía económica del Norte Global. Que por ello defienden los proyectos extractivistas como estratégicos, no vaya a ser que limitarlos merme la repatriación de utilidades al país de origen de las corporaciones extranjeras. La enseñanza de Lopez Beltran es clara, la soberanía es soberana en la medida que permita subordinarse al capital y recoger sus migajas.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • ¿Y si la historia así fue?

    ¿Y si la historia así fue?

    En mi columna anterior escribí una historia sobre cómo pudieron haberse movido durante años aquellos cargamentos de petróleo, gasolina y diésel en la llamada época dorada del huachicol fiscal, o, para decirlo sin darle tantas vueltas, durante uno de los grandes robos a la nación. Aquel texto no pretendía acusar a nadie ni presentar como hechos cosas que yo no podía probar; era un ejercicio para tratar de entender cómo una operación de semejante tamaño podía atravesar carreteras, puertos, aduanas y retenes sin que necesariamente cada persona que encontraba en el camino conociera lo que realmente estaba ocurriendo. Ahí escribí sobre la famosa charola, esa vieja institución informal mexicana que durante décadas abrió puertas, detuvo investigaciones y provocó que más de uno prefiriera no hacer demasiadas preguntas. Pero también escribí algo que hoy me parece todavía más interesante: la charola ni siquiera tiene que existir. Puede ser invisible. A veces basta utilizar un nombre, decir que se conoce a determinada persona o pronunciar aquella frase que durante tantos años tuvo un significado muy particular en México: “traemos línea de México”.

    Y ahora, conforme uno conoce fragmentos de investigaciones, declaraciones, conversaciones y expedientes relacionados con el huachicol fiscal, aquella historia ficticia empieza por momentos a parecer menos disparatada de lo que parecía cuando la escribí. No estoy diciendo que ocurrió exactamente como lo imaginé ni que existió aquella llamada desde una carretera o que determinado operador pronunciara esas palabras. Estoy hablando del mecanismo. De la posibilidad de utilizar una cercanía real o inventada con el poder para hacer creer a quien está enfrente que detener un camión, revisar un pedimento o hacer demasiadas preguntas puede significar meterse en un problema mayor. Porque ésa es otra característica muy mexicana del poder: no solamente importa tenerlo, también puede ser suficiente convencer a los demás de que uno lo tiene. Y aquí es precisamente donde comienzan mis dudas, porque entre más leo sobre este asunto más preguntas encuentro y menos dispuesto estoy a aceptar algunas conclusiones que se presentan como si ya estuvieran demostradas.

    La primera es por qué parece existir una necesidad casi desesperada de que Andrés Manuel López Obrador o alguno de sus hijos tenga que aparecer forzosamente involucrado en la operación. Si existen pruebas, que se presenten. Si hay transferencias bancarias, instrucciones, llamadas, sociedades, cuentas, testimonios corroborados o documentos que acrediten una participación delictiva, que la Fiscalía investigue y que los responsables respondan, se llamen como se llamen. Pero existe una diferencia enorme entre que un presunto delincuente diga conocer a alguien y que efectivamente lo conozca; otra todavía mayor entre conocerlo y que esa persona participe en un delito. Cualquiera que haya vivido alrededor de la política mexicana sabe cuántas veces alguien asegura: “yo conozco al gobernador”, “yo hablo con el secretario”, “eso ya está autorizado arriba”, cuando quizá el gobernador ni sabe quién es. Precisamente ésa era la idea de la charola invisible: utilizar el poder de otro, muchas veces sin que ese otro siquiera se entere.

    La segunda pregunta es por qué se repite que una operación de semejante tamaño necesariamente tenía que ser conocida por todo el Gobierno federal. Puede haber funcionarios involucrados y precisamente eso debe investigarse, puede haber corrupción en aduanas, autoridades que voltearon hacia otro lado, empresarios que compraron voluntades, militares, agentes, intermediarios y redes completas. Pero de ahí a concluir que por existir una operación criminal grande necesariamente el presidente de la República tenía conocimiento existe una distancia considerable. Si aceptáramos ese razonamiento tendríamos que aplicarlo también a Estados Unidos: ¿cómo es posible que el país con algunas de las agencias de inteligencia y seguridad más poderosas del mundo no haya podido impedir durante años la entrada de toneladas de drogas y, particularmente, el crecimiento del fentanilo? ¿Debemos concluir entonces que el Gobierno estadounidense participa en el tráfico? Evidentemente no. Los Estados no son omniscientes. Dentro de ellos existen instituciones, burocracias, corrupción, fallas de inteligencia, información fragmentada y funcionarios que pueden actuar por su cuenta. La pregunta periodística interesante no es “¿cómo no iba a saber el Gobierno?”, sino algo mucho más concreto: ¿quién sabía?, ¿desde cuándo?, ¿qué información tenía?, ¿qué hizo con ella? y, sobre todo, ¿hasta dónde llegaron realmente las complicidades?

    Y hay una tercera pregunta que para mí puede ser todavía más importante: ¿desde cuándo sucede todo esto? Porque pareciera que descubrimos el huachicol fiscal ayer y que necesariamente debemos colocarlo dentro de un solo sexenio, cuando existen antecedentes de contrabando, subvaluación, evasión fiscal y comercio ilegal de combustibles desde mucho antes. Si queremos entender verdaderamente el fenómeno habrá que reconstruirlo hacia atrás y revisar cuándo comenzó a crecer, qué cambios regulatorios lo facilitaron, qué empresas participaron, quién vendía el combustible en Estados Unidos, quién lo transportaba, quién hacía los pedimentos, quién lo recibía en México, quién facturaba y dónde terminaba el dinero. Porque el combustible no aparece mágicamente en la frontera. Para que exista huachicol fiscal de esta naturaleza tiene que existir una cadena completa a ambos lados. Reducir todo ese entramado a encontrar un apellido políticamente atractivo puede servir para ganar audiencia, pero difícilmente sirve para entender uno de los negocios ilícitos más grandes que ha enfrentado México.

    Y mientras tratamos de resolver ese rompecabezas, la política mexicana nos regala otro capítulo de esa relación tan peculiar entre Lilly Téllez y Gerardo Fernández Noroña. Yo ya no sé si son adversarios o admiradores profesionales el uno del otro; quizá deberían ir un día a comer y platicar tranquilamente de sus vidas, porque no dudo que ambas sean interesantes, pero ¡híjole!, cuando se encuentran se dan con todo. Esta vez el motivo volvió a ser una visa estadounidense y, más allá del espectáculo político, hubo algo en la respuesta de Noroña que me pareció bastante lógico: no todos los mexicanos tienen visa, millones no la necesitan y muchos probablemente jamás han pensado viajar a Estados Unidos. Una visa es una autorización administrativa que otro país concede o retira conforme a sus propias reglas; no es certificado de buena conducta expedido por Dios. Sin embargo, hemos llegado al extremo de interpretar que si Estados Unidos cancela una visa entonces el afectado automáticamente debe ser delincuente. No funciona así. Una visa cancelada no es una orden de aprehensión, no es una sentencia y ni siquiera necesariamente implica la existencia de un proceso penal.

    Y ahí aparece otra de esas contradicciones maravillosas de nuestra conversación pública. Mi compañero y director de este medio, Manuel Pedrero, publicó esta semana una lista pequeña pequeñísima si uno piensa en la dimensión histórica del fenómeno de personajes relacionados con organizaciones criminales que terminaron en Estados Unidos cooperando con sus autoridades. El sistema estadounidense lleva décadas utilizando testigos colaboradores, informantes y antiguos integrantes de organizaciones criminales para construir casos contra otros delincuentes. Algunos reciben reducciones de sentencia; otros pueden entrar en esquemas de protección o reubicación. Eso no significa, como a veces se cuenta coloquialmente, que tengan permiso para violar las leyes estadounidenses o que puedan cometer cualquier infracción y solamente llamar a su agente federal. Jurídicamente no funciona así. Pero sí demuestra una realidad incómoda: una persona puede haber pertenecido realmente a una organización criminal y posteriormente recibir beneficios por cooperar con la justicia estadounidense, mientras en México somos capaces de considerar culpable a alguien simplemente porque perdió una visa. Algo no cuadra en nuestra escala de valores probatorios.

    Pensaba precisamente en todo esto mientras manejaba por una carretera de Texas y entonces se me ocurrió otra pregunta: ¿por qué buena parte de nuestros medios dedica tanto tiempo a las visas, a Alito, a la siguiente pelea de Noroña, a lo que prepara la oposición grande o pequeña para las elecciones que vienen, pero dedica mucho menos tiempo a investigar los hospitales que se están construyendo, las viviendas del Bienestar, las carreteras que se amplían, los puentes, las escuelas nuevas o las que están siendo rehabilitadas? Y quiero ser muy preciso porque reconocer una obra pública no significa convertirse en propagandista del Gobierno. Al contrario: hay que ir a verla, revisar cuánto costó, quién obtuvo el contrato, cuándo debía terminarse y si verdaderamente funciona. Eso también es periodismo. Si un hospital fue anunciado, vayamos a comprobar si tiene médicos y medicamentos; si se prometieron viviendas, contemos cuántas se construyeron y cuántas se entregaron; si se anuncia una carretera, recorrámosla. Pero ignorar deliberadamente todo aquello que funciona porque no coincide con la línea editorial de que México está permanentemente al borde del desastre tampoco es periodismo.

    Yo veo un esfuerzo importante del Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum en infraestructura, vivienda, salud y educación. Eso no significa que no existan errores ni que debamos dejar de investigar corrupción, inseguridad o cualquier posible irregularidad. Al contrario, precisamente porque se manejan recursos públicos hay que vigilar todavía más. Pero una cosa es fiscalizar al poder y otra muy distinta construir todos los días una narrativa donde absolutamente nada puede salir bien. Hay noticieros que uno termina de ver y siente que México dejó de existir mientras estaba uno cenando. En esos casos casi entiendo aquella recomendación de “no vean TV Azteca”, aunque yo propondría algo menos radical: si un noticiero solamente le produce coraje, cambie de canal y vea una caricatura o una película vieja. Pedro Infante, Cantinflas, Tin Tan, lo que encuentre. Seguramente terminará de mejor humor. Hay periodistas que parecen expresarse con el intestino y uno imagina que después de terminar el programa deben apagar el micrófono y tomarse un omeprazol.

    A mí me sucede cuando me dicen que vea Latinus porque “hay que escuchar todas las versiones”. Lo intento, de verdad que lo intento, pero termino afligido y convencido de que en mi México no quedó piedra sobre piedra. Después busco otros medios, comparo versiones, reviso documentos y cifras y generalmente encuentro un país bastante más complejo: México tiene problemas enormes, pero también tiene cosas funcionando; tiene corrupción que investigar y obras que reconocer; tiene delincuentes y servidores públicos honestos; tiene huachicol y tiene carreteras; tiene políticos peleándose por visas y millones de mexicanos que mañana se levantarán a trabajar sin visa, sin pensar en una visa y sin necesitar una visa estadounidense para absolutamente nada.

    Quizá ése sea finalmente el problema de fondo. Hemos confundido información con militancia, sospecha con prueba y crítica con destrucción. Si mañana aparece evidencia sólida de que Andrés Manuel López Obrador, uno de sus hijos, un secretario, un almirante, un empresario o cualquier otra persona participó en el huachicol fiscal, que se investigue y se publique. Pero exactamente el mismo estándar debe aplicarse cuando la evidencia no existe. No podemos rellenar los espacios vacíos de una investigación con aquello que políticamente nos gustaría que hubiera ocurrido.

    Y por eso regreso a aquella carretera imaginaria de mi columna anterior. Quizá aquella pipa sí pasó un retén. Quizá hubo una llamada. Quizá alguien dijo que traía línea de México. Quizá el agente creyó que la orden venía desde arriba y decidió dejarla pasar. O quizá no ocurrió absolutamente nada de eso. Eso tendrán que establecerlo las investigaciones. Lo que sí sabemos por experiencia es que en México existe el poder real y existe también algo mucho más barato y a veces igual de efectivo: hacer creer a los demás que uno tiene poder.

    La charola pudo haber existido.

    O pudo haber sido invisible.

    O quizá nunca hubo charola.

    Tal vez solamente hubo un nombre.

    Y precisamente por eso, antes de condenar a cualquiera, sigo prefiriendo una costumbre bastante antigua del periodismo: preguntar, buscar, contrastar, documentar y después publicar. Porque una visa puede desaparecer, un político puede mentir, un delincuente puede presumir relaciones que nunca tuvo, un gobierno puede equivocarse y hasta un periodista puede acertar por casualidad.

    Pero para acusar a alguien de un delito hace falta algo bastante más importante que todo eso.

    Hacen falta pruebas.

  • Carlos Gutiérrez Mancilla: Cuando la etiqueta sustituye al argumento

    Carlos Gutiérrez Mancilla: Cuando la etiqueta sustituye al argumento

    La semana pasada, los diputados Arturo Ávila (MORENA) y Carlos Gutiérrez Mancilla (PRI), protagonizaron un nuevo episodio de confrontación que terminó entre insultos y empujones. La escena podría parecer anecdótica si no fuera porque este tipo de espectáculos cada vez son más frecuentes en nuestros espacios legislativos y porque, en el caso de algunos de sus protagonistas, la confrontación ocupa un espacio mayor frente al trabajo para el cual fueron electos.

    La Cámara de Diputados es, por definición, el lugar donde las diferencias políticas deben confrontarse mediante argumentos. Arturo Ávila debería entenderlo particularmente bien. Es diputado federal, vocero de Morena y aspira públicamente a gobernar la alcaldía Cuauhtémoc. Tiene trabajo legislativo, aunque su notoriedad pública provenga mucho más de su papel como vocero y polemista que de resultados legislativos propios. Apenas en febrero de este año reconocía que su proyecto político estaba en Aguascalientes y que aspiraba a gobernar aquella entidad; pocos meses después decidió que su destino estaba en Cuauhtémoc. Tiene derecho a aspirar, lo cuestionable es pensar que la cercanía con las dirigencias o la exposición mediática constituyan por sí mismas, méritos suficientes para gobernar una de las alcaldías más importantes del país.

    El caso de Carlos Gutiérrez Mancilla es más preocupante. No por pertenecer al PRI ni por ejercer una oposición dura, sino por la dificultad de separar su actuación pública de la estridencia y la confrontación. El episodio con Ávila no es el primero en el que participa y algunas entrevistas recientes, particularmente la realizada por Maca Carriedo, permiten observar la dificultad que tiene el legislador para abandonar ese terreno incluso cuando se le pregunta directamente por su propia conducta. Pero hay otro aspecto que me parece mucho más revelador: Hace poco concluí una investigación académica sobre la construcción discursiva de la expresión narcogobierno y de la familia léxica asociada al prefijo narco-. Lo que encontré fue ese mecanismo mediante el cual una acusación originalmente referida a una persona o a un vínculo determinado puede desplazarse progresivamente hasta convertirse en una identidad atribuida a una candidatura, un partido, un gobierno o incluso al Estado. A ese proceso lo denominé encuadre de condensación identitaria y ahí Mancilla ofrece un ejemplo particularmente ilustrativo. En sus intervenciones aparecen una y otra vez expresiones como narcogobierno, narcopartido, narcopolíticos, narcodiputados, narcobancada o vocero del narco, sin que esa facilidad lingüística venga necesariamente acompañada de una cadena probatoria equivalente y que, por su gravedad, debieran investigarse y acreditarse con rigor.

    Una cosa es señalar que determinada persona mantiene una relación con una organización criminal y presentar las pruebas correspondientes; otra muy distinta es convertir esa relación en una identidad extensible. Ésa es justamente la diferencia entre relación e identidad que encontré en la investigación. Carlos Gutiérrez Mancilla, además, es licenciado en Derecho, por ello resulta exigible que comprenda el peso de las imputaciones que formula pues su carácter opositor, no le significa licencia para sustituir la prueba por la etiqueta ni el argumento por el insulto, y menos convertir la confrontación como única forma de ejercer la representación popular.

    Cuando un representante popular recurre sistemáticamente al mismo conjunto de etiquetas para explicar personas, partidos, gobiernos y acontecimientos distintos, la estridencia termina por exhibir una preocupante pobreza argumentativa. Mancilla tiene no sólo el derecho, sino la obligación de investigar, denunciar y confrontar al poder cuando existan elementos para hacerlo; pero precisamente por eso sus acusaciones deben sostenerse en hechos y no únicamente en adjetivos. El legislador priísta haría bien en entenderlo, de lo contrario, llegará un momento en que agregar el prefijo narco- a cada adversario deje de ser una denuncia y termine convirtiéndose, simplemente, en la evidencia de que detrás de la etiqueta no existían argumentos.

    Luis Tovar
    Secretario General de la Fundación para la
    Defensa del Medio Ambiente. FUDEMA A.C.

  • Cuando a la “oposición” la patria les queda grande y Washington les queda cerca

    Cuando a la “oposición” la patria les queda grande y Washington les queda cerca

    Hay algo que seguramente les quita el sueño a algunos políticos priistas, panistas y demás personajes que han decidido hacer de la política un negocio y esto es su propia conciencia.

    Porque una cosa es ser oposición, criticar al gobierno, cuestionar decisiones, exigir resultados y hasta rasgarse las vestiduras, que para eso hoy por hoy existe la democracia. Pero otra muy distinta es cruzar la frontera de la dignidad nacional y comenzar a pedir, y promover la intervención de Estados Unidos en México.

    Algunos personajes del PRI y del PAN parecen haber olvidado algo elemental, México no es una empresa que se entrega al mejor postor, ni un tablero donde Washington mueve las piezas a conveniencia. México es una nación construida con el trabajo, los sueños y los sacrificios de millones de mexicanas y mexicanos.

    Mi pregunta es inevitable, ¿hasta dónde están dispuestos a llegar para recuperar el poder?

    Porque cuando la ambición política comienza a pesar más que la soberanía, ya no estamos hablando simplemente de oposición, estamos hablando de una profunda crisis de conciencia y de una peligrosa renuncia a la dignidad nacional.

    Y conviene poner las cosas en su lugar, una cosa es la cooperación internacional y otra muy distinta entregar la decisión sobre nuestro destino.

    ¿De verdad alguien cree que Estados Unidos intervendría en México por puro amor a los mexicanos? ¿Qué llegarían con una cobija, una taza de café, y buenas intenciones? Por favor.

    Los mexicanos sabemos que las potencias no cruzan fronteras por filantropía. Detrás de cualquier intervención existen intereses, recursos, territorio, geopolítica y poder. Y aquí es donde la conciencia debería hacer su trabajo.

    Porque un político puede perder una elección, puede perder una candidatura, puede perder una curul, una dirigencia o un cargo público. Pero no debería estar dispuesto a perder la soberanía de nuestra patria para recuperarlos.

    Y si para volver al poder necesitan que otro país venga a resolverles lo que no pudieron resolver en las urnas, quizá el problema no sea México.

    Quizá el problema sea que la patria les quedó grande y Washington les quedó demasiado cerca.

    Y que quede claro, defender la soberanía no significa cerrar los ojos ante los problemas de México, significa entender que los problemas de México los debemos resolver los mexicanos, con instituciones, democracia, diálogo, justicia y participación ciudadana.

    Porque los gobiernos pasan, los partidos cambian, los políticos se van, pero México se queda. Y no piensen que la historia no toma nota, porque los mexicanos podemos olvidar muchas cosas, una promesa de campaña, un discurso, hasta la politiquería barata, lo que difícilmente olvidamos es quién estuvo dispuesto a poner a México en manos de otros por recuperar el poder.

    Les mando un abrazo fraterno.