El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ofreció disculpas públicas tras ser obligado por un juez a reconocer que vulneró la neutralidad religiosa del Estado durante su investidura. Sin embargo, ¡el mandatario volvió a cerrar su mensaje con una expresión religiosa! Lo que reaviva las críticas sobre la indebida mezcla entre sus creencias personales y el ejercicio de la Presidencia.
De la Espriella tuvo que ofrecer disculpas públicas luego de que un juez determinara que su ceremonia de investidura vulneró el principio de neutralidad religiosa establecido por la Constitución colombiana. El acto presidencial incluyó cánticos, oraciones y la participación de representantes católicos, evangélicos y judíos, además de una imagen de la Virgen de Fátima.
El problema no está en que el presidente tenga una religión ni en que practique su fe en su vida personal. El punto es que cuando actúa como jefe de Estado representa a todos los colombianos, incluidos quienes profesan otras religiones o no tienen ninguna. Utilizar una ceremonia oficial para proyectar una identidad religiosa particular desdibuja precisamente la separación que debe existir entre el Estado y las iglesias.
Y aunque De la Espriella reconoció que su actuación pudo generar incomodidad y aseguró respetar la separación entre Iglesia y Estado, terminó su mensaje con un “¡Qué viva Cristo!” y pidió que Dios bendiga a Colombia. La contradicción resulta difícil de ignorar: después de recibir una orden judicial por vulnerar la neutralidad religiosa, el presidente vuelve a colocar su credo personal en el centro de un pronunciamiento institucional.
La libertad religiosa protege al ciudadano y también al mandatario, pero la Presidencia no es un púlpito ni el Estado pertenece a una confesión. Si De la Espriella quiere ejercer libremente su fe, está en todo su derecho; lo que no debería hacer es convertirla en un componente de los actos oficiales. En un Estado laico, el presidente debe gobernar para creyentes de todas las religiones y para quienes no creen, sin hacer de sus convicciones personales una bandera institucional.


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