Aspiraciones y deseos se promueven en el aula como objetivos individuales; se evita, casi intencionalmente, la apertura espiritual de la conciencia social y de clase.
Desde los primeros años se presiona y se propone a la niñez el individualismo y la competición en la búsqueda del éxito personal. Se soslaya, a propósito, la cohesión del individuo con su grupo social, especialmente en la educación privada, aún en el caso de trabajo en equipo. Al mismo tiempo se separa, obligatoriamente, al aula de la familia y, si acaso, se observa y procura mejorar al individuo en su interacción con sus pares, para que se regule y funcione adiestrado a la norma impuesta que ignora su personalidad, lo señala y evita una verdadera integración social generando acoso escolar desde la autoridad de las instituciones educativas misma, ante la complacencia de quienes detentan el poder económico e influyen determinando el rumbo del poder político.
Este cúmulo de contradicciones evita que la integración, no solo como aceptación y convivencia del individuo, sino como clase social, se convierta en una realidad que integre a todas las personas a cada comunidad, es decir, no lo permite, lo frena. Si lo propiciara, generaría conciencia de clase, comunidad sin masificar reconociendo en cada individuo la hermosa posibilidad del aporte personal a la riqueza cultural colectiva y el surgimiento de liderazgos de base, lo que en su conjunto generaría una auténtica transformación desde cada familia y con el aporte constante y creativo de cada individuo y comunidad contando con toda la diversidad abiertamente aceptada e integrada en cada comunidad.
Tanto en la educación privada como pública, la gran mayoría de las personas resulta ser parte de una familia que depende del salario proveniente del trabajo, incluso aquellos cuyos ingresos les hacen sentir y creer que son superiores a quienes tienen menos.
Esas diferencias aparentes disgregan, crean aversión entre pares, especialmente cuando la formación de las infancias se centra en el mérito personal soslayando la integración colectiva en la comunidad educativa.
No sorprende que la educación y formación se vean obstaculizadas por el abuso en la utilización de los dispositivos móviles, sean teléfonos, tabletas, lap tops y demás. La gente se ve inmersa en la adicción al instrumento porque puede usarlo como quiera y entrar en el “mundo” que prefiera sin realmente confrontar su realidad y así interactuar lo menos posible con sus pares, tanto en la escuela como en cualquier parte.
Es pertinente comprender que estos dispositivos pueden convertirnos en una especie de autómatas y el peligro de esto, se incrementa con la orientación de las redes sociales y sus algoritmos y la administración de la llamada Inteligencia Artificial, la cual se convierte, poco a poco, en un instrumento de control político y social que deriva en la aceptación de la explotación, la sumisión y la pérdida de conciencia e incapacidad de tomar decisiones sin su guía o dirección.
Lo peor es que no se trata de un asunto de decisión personal, cada vez más es una forma de decidir, incluso sobre políticas y cultura dentro de las empresas. Es como si fuera una moda impuesta y estar fuera de ella es estar anulado o ser tachado de subversivo. Es vivir andando contra la corriente.
Al iniciarse el terrible periodo fascistoide de la “noche neoliberal” en México, opiné y caminé contra la corriente y pude ver cómo, quienes estaban plegados a esa ideología y a esas posturas, eran encumbrados rápidamente por los méritos que se atribuían a ese pensamiento y también los vi caer en muy poco tiempo por la ineficacia de acciones que provenían de la ignorancia producida por el individualismo que aprendieron.
La escuela tendría que convertirse en el centro de la acción transformadora en cada comunidad, sobre todo desde la perspectiva del crecimiento y enriquecimiento cultural de cada persona que interviene en la educación, desde el pupitre, desde la pizarra, desde el escritorio en toda la extensión de la influencia de la burocracia educativa, hasta la mismísima Presidencia de la República.
La Educación debe ser la motivación más importante de un gobierno que ha atendido a la mayor parte de los sectores sociales con programas de Bienestar, que son de lo más valioso que hoy tiene México que, aunque son todavía insuficientes, ya significan muchísimo para la vida de la gente y no solo para el mercado. La siguiente prioridad, antes que la inversión, que por cierto ya fluye como nunca, tiene que ser la educación desde la integración de la escuela con la Comunidad Educativa, definida esta, como el espacio humano y geográfico que rodea a la escuela y a todas las personas que en ella confluyen.
Hacer comunidad es transformar en serio.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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