El sistema colonial occidental no colapsará de un día para otro, sino que se desangra lentamente en sus capitales financieras: Nueva York y la City de Londres. Lo que los economistas llaman recesión, contracción o ajuste fiscal es, en términos históricos, algo mucho más profundo: el momento en que el parásito descubre que el huésped ya no quiere alimentarlo. Durante trescientos años, el orden global fue una arquitectura de extracción sistemática.
El petróleo del medio oriente, los minerales latinoamericanos, la mano de obra barata asiática y la deuda perpetua del Sur Global fueron los pilares invisibles sobre los que se construyó la prosperidad occidental. No fue desarrollo; fue rapiña institucionalizada con tratados firmados de por medio.
La tesis que circula con creciente fuerza en los círculos de análisis geopolítico —y que merece ser tomada en serio, no como conspiración sino como lectura histórica— plantea que ese pacto colonial se ha roto de manera irreversible. Los síntomas son evidentes para quien quiera verlos sin los filtros de los medios hegemónicos: el rechazo progresivo al petrodólar como moneda de intercambio global, la expansión de los BRICS como bloque de contrapeso real, la expulsión de tropas francesas de Mali, Burkina Faso y Níger, la nacionalización de recursos estratégicos en países que antes eran patio trasero de Washington o Londres. El Sur Global no está pidiendo permiso para existir. Está construyendo su propio orden.
Lo que resulta históricamente irónico —y políticamente revelador— es lo que ocurre dentro de las propias metrópolis imperiales. Las herramientas de control que Occidente perfeccionó en sus colonias —deuda impagable, vigilancia masiva, escasez manufacturada, precariedad laboral estructural— se aplican ahora sobre sus propias poblaciones. El ciudadano de clase media en Chicago o Manchester vive hoy una versión suavizada de lo que vivió el campesino congoleño o el obrero boliviano bajo el modelo extractivo: endeudado, vigilado, prescindible. Las élites, mientras tanto, ya no tienen lealtad nacional. Han mudado su capital, sus familias y sus intereses a Dubái, Singapur, Mumbai o Shenzhen. El capital no tiene patria; nunca la tuvo. Solo tiene rendimientos.
Frente a este escenario, la posición de México no es periférica ni anecdótica. Es estratégica y, en muchos sentidos, ejemplar. México es un país que ha vivido en carne propia la lógica imperial: desde la Conquista hasta el TLCAN, pasando por la intervención francesa, el Porfiriato exportador y los programas de ajuste estructural del FMI que devastaron a la clase trabajadora en los años noventa. La memoria histórica mexicana no es nostalgia: es un mapa de las trampas que no se deben volver a pisar.
La apuesta por la soberanía sobre los recursos estratégicos, articulada desde el gobierno de López Obrador y consolidada en el de Claudia Sheinbaum, no es un capricho ideológico ni un populismo improvisado. Es una respuesta política coherente a una realidad geopolítica en transformación. El litio no puede ser de las mineras canadienses. El agua no puede cotizarse en bolsa. La energía eléctrica no puede ser negocio exclusivo de capitales extranjeros mientras millones de mexicanos pagan tarifas impagables. Estas no son posiciones radicales; son condiciones mínimas de soberanía nacional en el siglo XXI.
La multipolaridad emergente ofrece a México una oportunidad que no ha tenido en décadas: diversificar sus alianzas sin tener que arrodillarse ante Washington. No se trata de sustituir un amo por otro, ni de romantizar a China o Rusia como potencias benevolentes —porque no lo son—. Se trata de usar el nuevo tablero global para negociar desde una posición menos subordinada, para vender los recursos mexicanos a quien pague justo, para construir cadenas de valor propias en lugar de ensamblar para el vecino del norte a salarios de miseria.
El mundo que viene no será más pacífico. La transición de un orden unipolar a uno multipolar es, históricamente, un período de turbulencia, conflicto y reconfiguración violenta. Pero para el Sur Global, y para México en particular, el caos del fin del imperio puede ser también un espacio de autonomía real. El cierre del ciclo que comenzó en 1492 no es una promesa de utopía; es la apertura de un margen histórico que sería un crimen político desperdiciar.
México tiene litio, agua, posición geográfica, una demografía joven y una identidad civilizatoria que no le debe nada a ninguna metrópoli. La pregunta no es si el imperio se devora a sí mismo —porque ya lo está haciendo—. La pregunta es si México tendrá la lucidez y la valentía de no dejarse devorar con él.
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