En los días previos a la inauguración del mundial, estuve haciendo diagnósticos alrededor de la relación entre el pueblo de México y el fútbol profesional como espectáculo de masas. Hablé sobre el paupérrimo nivel de los equipos mexicanos en el plano internacional gracias a las decisiones erróneas de los directivos; tales como eliminar ascenso y descenso, saturar la liga de extranjeros en vez de formar talentos nacionales jóvenes, y en general un ciclo repetitivo de cada torneo con la liguilla como único momento interesante.
En mesas de análisis, hablamos también sobre cómo el pueblo de México se emancipó del poder mediático tradicional y éste dejó de influir en su intención de voto. El entretenimiento popular de los medios masivos dejó de ser factor en la toma de conciencia política.
El movimiento obradorista, que obtuvo el triunfo en las urnas en 2018, vino a demostrar que algunas aseveraciones de antiguos izquierdistas estaban erradas. A día de hoy, suenan incluso carentes de conciencia de clase y a la vez, cargadas de menosprecio por el pueblo. Se solía decir -a mí me tocó escucharlo en tiempos de Cuauhtémoc Cárdenas- que los mexicanos nunca transitaríamos a la izquierda en tanto no nos emancipáramos de la basura televisiva, de la virgen de Guadalupe y del fútbol; los distractores de masas por excelencia. Sin embargo, como dije antes, solo la desertificación de los medios tradicionales bastó, y el pueblo se volcó hacia las urnas, sin abandonar sus pasiones en absoluto.
Este interesante fenómeno de politización progresiva es tan inusitado que siempre se escapa a toda prospección; nunca deja de sorprender. El mundial se inauguró en México y desató una algarabía que no se veía desde hacía mucho tiempo. Al menos yo, no la veía desde la llamada ‘marcha del millón’ en noviembre de 2022. La selección nacional, cuya filiación con Televisa tenemos todos muy clara, no despertaba al principio expectativa alguna. El pueblo prefería armar una fiesta alrededor de nuestra condición de país anfitrión, pese a la pequeña fracción que le tocó a México, el único país de tradición futbolera de los tres.
En la víspera de la inauguración, se vaticinaba un caos que, según la derecha, «le mostraría al mundo la ingobernabilidad del país y la incapacidad del gobierno morenista para gestionar la organización de un mundial». Pero el pueblo se volcó a las calles en afán festivo y el resto ha sido una experiencia irrepetible de algarabía popular con la que, sin embargo, no todos están contentos.
Desde la derecha se habla de “festejos de simios”, que las calles están llenas de descerebrados. Algunos dicen desear que pierda la selección nacional para que se acabe ese “ambiente de infantilización irracional en las calles”. Otros, como Denise Dresser, afirman, al ver la avenida Reforma atiborrada de gente, «así deberíamos salir todos a marchar por las injusticias». Lo que no contempla es que esa misma multitud acude a las urnas a votar mayoritariamente por la izquierda, y eso es lo que tiene a gente como ella tan enojada y cada vez más alejada de sus antiguos privilegios.
Pero en la izquierda tampoco es que se canten mal las rancheras. En diversos espacios de redes sociales, cuando algunos publican imágenes de los festejos, hay quienes responden con contenidos sobre Palestina, Irán, Donald Trump o la corrupción de la FIFA. Resulta un poco ingenuo pensar que quienes han caído en la tentación de entrar al ambiente carnavalesco carecen de toda esta información. Si así fuera, no se hubiera dado el bello gesto de arropar a la selección iraní en Tijuana.
A la fuerza laboral mexicana, mientras ejerce su digno derecho al ocio, no es prudente mal mirarla solo porque no se queda en casa con gesto enfurruñado mientras transcurre el mundial, leyendo a Rita Segato y escuchando a Violeta Parra. Es su voto masivo y no nuestra arrogancia lo que tiene a la izquierda en el poder. Pero como lo dijo sabiamente AMLO, los extremos se tocan. La coincidencia de opiniones es espeluznante.
El carnaval pasará y la lucha seguirá. Prometo siempre estar ahí. Y no culpo a quienes no lo entienden. Escribo esto mientras recuerdo que, hace dos días, dejaba atrás a dos defensas y me enfilaba hacia la portería convertido en saeta de gloria.
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