El sábado 16 de mayo de 2026, en la feria del libro de Neza, tuve la oportunidad de compartir escenario en una charla con Vicente Serrano. Sobre el final empezaron a llegar las familias de los niños que integran una orquesta y esperaban turno, pues tocarían al finalizar nuestra charla.
Para la ronda de preguntas y respuestas, un matrimonio joven mandó a su hija pequeña a hacer preguntas como: «¿por qué la presidenta hace el mundial y no resuelve lo de los desaparecidos», «¿por qué la presidenta permitió el atentado en Teotihuacán y no lo resolvió?» o «¿por qué se da tanto dinero a gente que no hace nada?». Sus papás, parados en el fondo la grababan y la aplaudían por hacerse eco de su pensamiento tan básico, con una valentía envidiable, porque hay que ser valiente para mandar a un hijo a decir tales barbaridades. Contesté puntual a cada una de las preguntas, básicamente desmontándolas como falacias. Pero más que reproducir esas respuestas, prefiero abocarme a reflexionar sobre qué hace que ese pensamiento prevalezca aún en ciertos sectores de la población.
Bueno, pues ese es el público de los influencers cuya aparición privilegia el algoritmo en redes de shorts o reels como Facebook, Instagram o TikTok. Se trata en muchos casos de profesionistas de mediana edad que crecieron viendo televisión. De niños rieron con el bullying de Facundo, los monólogos de Adal Ramones y las intrigas de Big Brother. Se emocionaron con los maratones que empezaban con El Chavo, para dar paso a Dragon Ball y terminar con el partido de la selección nacional, cuyos goles cantaron con pasión.
Después vino la transición a las redes sociales y el streaming, cuando el marketing los convenció de que abandonar la tele era de inteligentes, así que entraron de lleno en las series y comenzaron a seguir a creadores de contenido que ampliaban su experiencia en cuanto a las sagas cinematográficas de superhéroes. Y también se comenzó a consumir contenido relacionado con la música de banda y humor creado por standuperos mexicanos como Franco Escamilla o vendedores de humo como Carlos Muñoz. Más recientemente está en auge una oleada de influencers con discursos cada vez más agresivos como: Juan Manuel Zunzunegui, Temach, Arqui Juve, Mike Remis, entre otros. Muchos de ellos ya acomodados en la era del podcast.
Quienes han vivido este proceso de consumo, que sigue teniendo de fondo el mensaje despolitizante que conviene a la derecha, desde siempre se han mostrado “indignados”, pero carecen de cualquier compromiso con causas sociales. Son profesionistas no lectores que se formaron en el periodo más duro del adoctrinamiento neoliberal. Les parece bastante lógico el discurso subyacente de todo ese aparato mediático, financiado por poderes fácticos que han logrado revivir a la derecha en el continente. Ese discurso básicamente les dice que el régimen morenista es corrupto y está vinculado al narcotráfico, que es un gobierno para pobres y “huevones”, y falto de clase.
Entonces, al tener enfrente a aquellos quienes el algoritmo les ha dicho que somos propagandistas pagados por el régimen, no pierden la oportunidad de manifestar su supuesta indignación, aunque francamente sus vidas sean cómodas, y, por lo mismo, tengan todo ese tiempo para consumir entretenimiento que los adoctrina y delinea en ellos un esbozo de postura política con base en falacias.
Muchos integrantes de mi generación ostentan ese pensamiento individualista que floreció desde la educación básica y fue reforzado por el aparato mediático; primero en análogo y luego en digital. Godínez culturapoperos con ínfulas y muchísimo por leer. El contraste está en los extremos. El grueso de mis seguidores de YouTube me lleva al menos 10 años de edad, y, por otra parte, comienzan a tomar fuerza muchos creadores de contenido en TikTok que incursionan en el análisis político con bastante tino, así como recomendaciones y referencias bibliográficas por delante.
Me disculpo a nombre de mi generación, que difícilmente se va a quitar el estigma de su génesis neoliberal, pero veo con esperanza que el pensamiento comunitario, la conciencia de clase y el humanismo, brotan y florecen en medio del pantanoso y truculento algoritmo.
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