Hace cinco años escribí La mexicana promedio, en dos entregas. Cinco años han transcurrido desde aquel ejercicio censal que nos mostró el rostro de una sociedad confinada y en mutación. La distancia entre el Censo de Población y Vivienda 2020 y los nuevos datos que arroja la Encuesta Intercensal 2025 (ENIC) no es meramente cronológica; es la marca firme de una transición demográfica que avanza sin pausa. Volver al espejo de las cifras es un ejercicio necesario para descifrar qué nos dice el número frío sobre nuestra carne, nuestra historia cotidiana y el porvenir previsible.
En principio, somos menos de lo que se esperaba. Las proyecciones demográficas (CONAPO, ONU) indicaban que el país tendría en 2025 entre 132 y 133 millones de habitantes. La ENIC indica que a octubre del año pasado habitamos México 130.9 millones de personas. Poco menos de lo esperado, pero un montón de hombres y mujeres. Al cruzar la mirada desde el inicio del siglo XX hasta los datos de la ENIC 2025, el salto demográfico es monumental: pasamos de 13.6 millones de habitantes en 1900 a 130.9 millones hoy. Eso significa que la población de México se ha multiplicado por 9.6; es decir, casi se ha decuplicado en siglo y cuarto.
Tomando como base la población total registrada por la ENIC 2025 —130,911,314 habitantes—, la mitad exacta de esa cifra es de 65,455,657 personas. Según los datos censales históricos, en 1970 éramos 48,225,238 y en 1980, 66,846,833. Haciendo una interpolación lineal entre ambas décadas, la población de México cruzó la marca de los 65.4 millones en los últimos meses de 1978. En otras palabras, en poco más de cuatro décadas y media (de finales de los setenta a 2025), el país duplicó por completo su volumen demográfico, un reflejo condensado de la vertiginosa explosión poblacional del siglo XX.
Nos mantenemos en la posición 11 entre los países más poblados del mundo, justo por arriba de Japón (122 millones) y atrás de Etiopía (140 millones). La nuestra es la tercera nación con más gente de América, solamente atrás de Estados Unidos y Brasil (349 y 214 millones, respectivamente), y muy distante de la que se halla en cuarto lugar, Colombia (54 millones). Si en India, país más poblado del orbe, viven 18 de cada 100 habitantes del planeta, en México radicamos 1.6 de cada 100 seres humanos.
Los resultados de la EIC permiten observar un perfil demográfico detallado de México: hoy se confirma que seguimos envejeciendo y concentrándonos en las manchas urbanas.
Me parece que la revelación más importante que arroja el pulso intercensal de 2025 se encuentra en el calendario vital de la población. Ya no nos cocemos al primer hervor: si nuestra edad mediana —edad que divide a una población en dos grupos numéricamente iguales, es decir, la edad en la cual la mitad de la población tiene una edad menor o igual, y la otra tiene una edad mayor o igual— en 2020 era de 29 años, ahora ya rebasó los treinta. El país ha dejado atrás la juventud que lo caracterizó durante el siglo pasado. Cuando yo nací, a mediados de la década de los sesenta, la edad mediana de la población era de menos de 18 años, es decir, poco más de la mitad de la población en México era menor de edad. Hoy la edad mediana es de 32 años. Con todo, a pesar de este envejecimiento paulatino, nos mantenemos a la par de la media global y distamos aún de las estructuras profundamente envejecidas de otras latitudes: mientras que en China y Estados Unidos la edad mediana ronda los 38 años, en Francia asciende a más de 41 y en Alemania supera con holgura los 45.
El predominio femenino persiste y se consolida. Las mujeres continúan siendo una mayoría constante en el mosaico demográfico nacional, superando ligeramente el 51% del total de los habitantes. Así que, considerando la distribución por edad y sexo de los habitantes de nuestro país, bien podría afirmarse que el mexicano promedio no es un mexicano sino mexicana, una mujer mayor de edad que este año celebra su 33 aniversario.
Por supuesto, la mexicana promedio seguramente no existe en la realidad concreta. La mexicana promedio es solamente una abstracción que puede ayudar a entender un poco la complejidad de un colosal conglomerado sociodemográfico, integrado por una riquísima diversidad de gente de carne y hueso. Advertido lo anterior, pongámosle un nombre a la mexicana promedio… Me niego a usar el predecible María Guadalupe que exigen la probabilidad estadística y la idiosincrasia nacional —¿algo más indiscutible ligado a la mexicaneidad, otra abstracción, que la Virgen Morena? —, así que, sin caer en la tentación de las excentricidades, bauticémosla como María Alejandra. Si bien eso no lo reportan los resultados de la EIC, la historia y el sentido común indican que la mexicana promedio es mestiza. Lo que sí nos deja afirmar la información estadística es que María Alejandra no se considera a sí misma ni indígena ni afromexicana negra o afrodescendiente —el 18.6% y apenas el 1.6% de la población se declaró así, respectivamente— y que no habla una lengua indígena —a nivel nacional, apenas el 6% de la población de 3 años y más declaró hablar una—. Sabemos también que sabe leer y escribir —la tasa de alfabetización de nuestro país en personas de 15 años y más es de 96%—, que tiene completada la educación básica y que no sufre ninguna discapacidad, —en el grupo de edad que va de 30 a 59 años únicamente 3.6% de los habitantes del país dijo presentar alguna— ni reporta algún tipo de problema o condición mental —como sí lo declara el 1.1% de la población de nuestro país—. Y, claro, María Alejandra vive en algún municipio mexiquense integrado a la Zona Metropolitana del Valle de México, y seguramente no tiene ni quiere tener hijos.
@gcastroibarra
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