¿Tendrá idea de lo que es el mundo el primer mandatario de la nación más poderosa del planeta?
En diversos momentos, Trump se ha referido al continente africano como si fuera un solo país y ha utilizado términos despectivos para agrupar a múltiples naciones de la región.
Pero el episodio más grotesco ocurrió en septiembre de 2017, cuando, durante un almuerzo en la ONU con líderes africanos, se refirió en dos ocasiones al inexistente país de “Nambia”, al que llegó a elogiar por su sistema de salud. El problema es que no existe tal nación. Quizá intentó referirse a Namibia o a Gambia, pero el resultado fue la invención espontánea de un país africano que sólo existió en su cabeza frente a los propios mandatarios del continente.
Según reportes de fuentes diplomáticas, durante una sesión informativa previa a una reunión con el primer ministro indio en 2017, Donald Trump, el octogenario que ocupa la presidencia de Estados Unidos, pronunció Nepal como “nipple” (que significa pezón en inglés) y se refirió a Bután como “button” (que puede significar botón y que suena a butt, es decir, nalgas). Además, trascendió que el señor no tenía claridad sobre qué eran estos países, lo que lo hizo preguntar si formaban parte de la India.
Un año después, en una reunión en la Casa Blanca con los líderes de Lituania, Estonia y Letonia en 2018, Trump los recriminó por las guerras que llevaron a la desintegración de Yugoslavia en la década de los 90. Los líderes bálticos tuvieron que aclararle que él estaba confundiendo a los Estados Bálticos (norte de Europa) con los países de los Balcanes (sureste de Europa).
En abril de 2017, apenas unos días después de ordenar un ataque con misiles contra una base aérea en Siria, Trump declaró en una entrevista que Estados Unidos había “bombardeado Irak”. Tuvo que ser corregido en el acto. El episodio resulta especialmente revelador porque ocurrió mientras el presidente acababa de tomar una decisión militar de alto riesgo en Oriente Medio y, pocas horas después, ya no recordaba con precisión contra qué país había actuado.
En más de una intervención pública, Trump se ha referido a Bélgica como si fuera una ciudad y no un país soberano. La frase más recordada es aquella en la que aseguró que “Bélgica es una ciudad hermosa”. El error no es menor: se trata de un Estado miembro fundador de la Unión Europea, sede de la OTAN y de la Comisión Europea. Por cierto, el país que eliminó a Estados Unidos en este Mundial de Futbol.
Hace apenas unos días, durante la cumbre de la OTAN que tuvo lugar en Ankara, Turquía, frente a cámaras, rodeado de periodistas de buena parte del mundo, el presidente de Estados Unidos cometió una estupidez que ya no espanta a nadie. Mientras estaba sentado junto al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, al intentar dar paso a las preguntas, cuestionó a los reporteros si tenían algo que preguntarle al “presidente Putin”, señalando al mismo tiempo hacia Zelenski, quien estaba a su lado.
En esa misma sesión informativa durante la cumbre de la OTAN en Ankara, Trump tuvo otro desliz verbal despampanante: al hablar sobre las tensiones militares y operaciones del ejército norteamericano en el estrecho de Ormuz, específicamente refiriéndose a un incidente con el portaaviones USS Abraham Lincoln, el señor dijo: “Tuvimos 111 misiles disparados por la República Islámica de Japón”. Como lo oyen: la República Islámica de Japón. El míster megalómano acaba de romper a traición, de nuevo, el cese al fuego con Irán y ni siquiera recuerda el nombre correcto del país al que está agrediendo.
En septiembre de 2025, durante una conferencia de prensa junto al primer ministro británico Keir Starmer, Trump presumió de haber “resuelto” el conflicto entre “Azerbaiyán y Albania”. No solo confundió Armenia con Albania, sino que además pronunció “Aber-baijan” de forma particularmente llamativa. Semanas antes había recibido en la Casa Blanca a los líderes de Armenia y Azerbaiyán para firmar un acuerdo de paz. El primer ministro albanés, Edi Rama, se burló públicamente del error en una cumbre europea posterior, junto a Macron y el presidente azerbaiyano, convirtiendo el desliz en chiste diplomático.
En noviembre de 2025, mientras hablaba de la inmigración y de regímenes comunistas, Trump afirmó que los migrantes que llegaban a Miami huían de “la tiranía comunista de Sudáfrica”. Luego, visiblemente incómodo, intentó corregirse mencionando Sudamérica. El error no es solo geográfico: revela una confusión elemental entre un continente y un país, justo en un tema que forma parte central de su discurso.
Durante sus declaraciones previas a la cumbre de la OTAN, el mandatario insistió en que Groenlandia “debería ser controlada por Estados Unidos”, presentándolo como una posibilidad real o una negociación en curso. Por supuesto, el gobierno de Dinamarca ha sido enfático en que ese territorio no está a la venta ni bajo negociación de soberanía.
Hay quienes quieren entender estas declaraciones como una herramienta de “guerra de narrativas”. Lo preocupante no es sólo el error o la mentira per se, sino el hecho de que estas declaraciones —al ser emitidas por el jefe del Estado con mayor poderío de destrucción del planeta— obligan a aliados y adversarios a desmentir o ajustar sus posturas constantemente, lo que erosiona la confianza en la comunicación diplomática.
Todas estas pifias, pienso, no son maniobras maestras de distracción ni golpes de efecto calculados para saturar el espacio público. Son la prueba reiterada de un mandatario que, después de años en el cargo y con acceso a toda la información de inteligencia del planeta, sigue sin entender ni los rudimentos de la geografía política mundial ni los nombres de los actores que decide atacar, apoyar o ignorar. Cuando el hombre que controla el mayor arsenal nuclear y convencional de la historia confunde países soberanos con pezones y botones, inventa naciones africanas, mezcla continentes enteros y no distingue entre el presidente de Ucrania y el de Rusia frente a las cámaras del mundo, el problema ya no es de comunicación ni de estilo. Es de capacidad. Y esa incapacidad, ejercida desde la oficina oval, no es un espectáculo inocuo: es un riesgo permanente para la humanidad.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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