Etiqueta: columna

  • Terrorismo callejero…

    Terrorismo callejero…

    México es una democracia, y en una democracia la protesta social es un derecho, lo que no es un derecho es el chantaje, la destrucción, la amenaza y la toma de rehenes, sí, millones de ciudadanos que nada tienen que ver con los conflictos de un grupo determinado.

    Cuando una manifestación se transforma en vandalismo, cuando se dañan negocios, monumentos, instalaciones públicas o propiedad privada, deja de ser una expresión legítima de inconformidad para convertirse en una agresión contra la sociedad. Quien rompe, incendia, saquea o amenaza con boicotear eventos internacionales no está luchando por una causa, está haciendo derroche de su ostracismo mental, imponiendo su voluntad mediante la fuerza.

    Resulta inadmisible que algunos grupos como la CNTE crean que pueden paralizar ciudades enteras, afectar el trabajo de miles de familias, ahuyentar inversiones, poner en riesgo la imagen internacional del país y después exigir que se les aplauda por ello. La protesta merece respeto el vandalismo merece consecuencias.

    Amenazar con boicotear eventos de talla mundial, como una Copa del Mundo, no es una muestra de conciencia social, es una demostración de desprecio hacia millones de mexicanos que desean que el país avance, genere empleos, atraiga turismo, el problema es que durante años se ha enviado un mensaje peligroso, destruir sale barato, bloquear, causar daños, secuestrar espacios públicos y afectar a terceros parece no tener consecuencias reales. Y cuando la impunidad se vuelve costumbre, el desorden termina disfrazándose de activismo.

    La autoridad tiene la obligación de escuchar demandas legítimas, pero también tiene la obligación de hacer cumplir la ley. No puede existir diálogo auténtico cuando una de las partes sostiene la conversación con amenazas, no puede existir justicia cuando los caprichos de unos se ejercen aplastando los derechos de todos los mexicanos .
    La CNTE y demás grupos pagados por los PRIANISTAS deberían entender algo, la indignación ciudadana también crece, el hartazgo también se acumula, cuando la sociedad exige orden, legalidad y respeto para los derechos de todos, ningún grupo puede asumir que tendrá un cheque en blanco para actuar impunemente.

    Les mando un abrazo fraterno

  • El engaño de ser oposición

    El engaño de ser oposición

    La oposición, tradicionalmente apegada a la religión, busca en las administraciones púbicas que no gobierna, no sólo perfección en las acciones, sino santidad en la burocracia y milagros en el tiempo de resultados.

    Santidad, a través de la pureza en la administración pública, ahí exige que las obras dejen de tener la etiqueta de 4T, porque, de no ser así, interpretan clientelismo electoral, como se hiciera en el pasado.

    Autoridades de todos los niveles reiteran diariamente ante la población, que lo otorgado a través de programas sociales son derechos, es la oposición la que paraliza parte de la convicción popular. Un derecho tiene destinatario, pero no remitente. Los derechos se ganan, no se otorgan.

    En cuanto a la santidad que los conservadores desean que impere en la administración pública, representa la intención de la existencia de un estado ideal que en el pasado estuvo más alejado que ahora de la honestidad. No sólo por la cantidad de hechos, que ha disminuido, sino por la cantidad de dinero que inflaba los niveles de corrupción.

    La desarticulación de conductas corruptos tiene un proceso, se trata de un fenómeno social, no de una máquina que deja de funcionar apretando un botón. Si hay un grupo de médicos egresados de las universidades, con conocimientos nuevos, modernos, actualizados, los cambios empezarán a permear en el sector salud varios años después, lo cual sucede en cualquier actividad.

    De esta manera, si el propósito es combatir la corrupción, arraigada en la mayoría de los rincones de la administración púbica no puede tener efectos positivos de la noche a la mañana, sería un milagro; sin embargo, en la cosmogonía de los conservadores, se da por un hecho que nada ha cambiado, que todo sigue igual, para que, de esta manera, convertirse en organizamos competitivos electoralmente hablando, que contiendan en las urnas entre iguales, a pesar de haber sido desenmascarados.

    Hacer creer que nada cambia, contradice la trayectoria de la especia humana, pero, sobre todo imponer el criterio de que todos los partidos son iguales, los políticos y las políticas también. Ellos quieren convencer de que no hay esperanza de cambio y menos hay lugar para una transformación auténtica, tienen a sus pies a un grupo de medios incondicionales que se esfuerzan en convencer que la luna es de queso y hay quienes le creen.

    Así, decir que el contrincante es tan ratero como ellos, no les resta responsabilidad pero sí desgastan al enemigo para mostrar igualdad de circunstancias y hacer de la lucha electoral una pelea entre iguales, aunque en los hechos, sean ellos quienes irrumpan en la supuesta equidad de fuerzas con su trayectoria sucia y su presente lleno de montajes y delirios.

    La oposición asesina la esperanza de un país mejor, para así ocupar un lugar en el espacio electoral y aparecer como la continuidad de gobiernos que son lo mismo, sin diferencias y con el mismo peso moral todos, pero afirmando sin sonrojarse. “Antes estábamos mejor”, “Nosotros sí sabemos gobernar”, “Somos mejores”.

    Los opositores consideran que, restando méritos al partido en el poder, puede hacerse de algunos atributos, los desenmascara la memoria del pueblo.

  • Colombia: entre las urnas y la desconfianza

    Colombia: entre las urnas y la desconfianza

    La primera vuelta presidencial en Colombia dejó mucho más que un resultado electoral. También abrió una discusión que ha cobrado fuerza en los últimos días: la confianza de los ciudadanos en las instituciones encargadas de organizar y vigilar las elecciones.

    Mientras los candidatos que avanzaron a la segunda vuelta comenzaron a preparar sus campañas finales, distintos actores políticos pusieron sobre la mesa dudas sobre el proceso electoral. Las acusaciones giran principalmente en torno al manejo de los sistemas informáticos, los registros de votantes y algunas inconsistencias detectadas durante el conteo preliminar de los sufragios.

    Aunque las denuncias han generado preocupación entre diversos sectores de la sociedad, es importante entender que una sospecha no equivale a una prueba. En cualquier democracia sólida, las irregularidades deben investigarse con seriedad y transparencia, pero también con responsabilidad para evitar conclusiones apresuradas que puedan afectar la estabilidad institucional.

    La polémica surge en un contexto de fuerte polarización política. Colombia atraviesa una etapa en la que las diferencias ideológicas se han profundizado y donde cada elección parece representar mucho más que una disputa entre candidatos. Para millones de ciudadanos, el resultado de los comicios se relaciona directamente con el futuro económico, social y de seguridad del país.

    En este escenario, cualquier error administrativo o falla técnica adquiere una dimensión mayor. Lo que en otras circunstancias podría interpretarse como una inconsistencia corregible, hoy se convierte rápidamente en motivo de sospecha y debate nacional.

    Uno de los puntos centrales de la discusión tiene que ver con la diferencia entre el conteo preliminar y el escrutinio oficial. El primero tiene una función informativa y permite conocer tendencias durante la noche electoral. El segundo, en cambio, es el procedimiento legal mediante el cual se revisan las actas, se corrigen posibles errores y se validan los resultados definitivos.

    Por ello, las discrepancias que puedan aparecer en los reportes iniciales no necesariamente implican una alteración deliberada de la voluntad popular. Sin embargo, sí evidencian la necesidad de fortalecer los mecanismos de supervisión y garantizar que todas las etapas del proceso sean completamente verificables.

    Más allá de la discusión técnica, el verdadero desafío para Colombia es político. La legitimidad de una elección no depende únicamente de que los votos sean correctamente contados; también requiere que la ciudadanía tenga confianza en que el proceso fue limpio y transparente.

    Cuando una parte importante de la población comienza a cuestionar la credibilidad de las autoridades electorales, se genera un problema que va más allá de los números. La desconfianza puede convertirse en un factor de inestabilidad y alimentar narrativas de confrontación que terminan debilitando a las instituciones democráticas.

    Por esa razón, resulta indispensable que las autoridades electorales respondan con apertura a cada una de las inquietudes planteadas. La transparencia no debe verse como una concesión política, sino como una obligación permanente. Cuanta más información exista sobre los procedimientos utilizados, menor será el espacio para la especulación.

    Al mismo tiempo, los actores políticos tienen una responsabilidad fundamental. Las denuncias deben sustentarse con evidencia verificable y seguir los cauces legales establecidos. Convertir las sospechas en afirmaciones categóricas sin pruebas suficientes puede generar un clima de incertidumbre que termine afectando la confianza pública.

    La segunda vuelta presidencial se desarrollará bajo una atención nacional e internacional aún más intensa. Cada decisión de las autoridades, cada reporte y cada resultado serán observados con detalle por una sociedad que exige certeza sobre el funcionamiento de su democracia.

    Hasta ahora, no existen elementos que permitan afirmar de manera concluyente que hubo un fraude electoral generalizado. Lo que sí existe es una serie de cuestionamientos que deberán ser aclarados para evitar que las dudas persistan después de concluido el proceso.

    La fortaleza de una democracia no se mide por la ausencia de controversias, sino por su capacidad para resolverlas mediante instituciones confiables, reglas claras y mecanismos transparentes. Colombia enfrenta hoy ese desafío. Lo que ocurra en las próximas semanas no solo definirá quién gobernará el país, sino también el nivel de confianza que los ciudadanos depositarán en su sistema electoral durante los próximos años.

  • El círculo virtuoso del bienestar: el desafío del segundo piso

    El círculo virtuoso del bienestar: el desafío del segundo piso

    Un billón de pesos podría convertirse en una de las decisiones políticas más importantes del México contemporáneo. No solo por su magnitud, sino por la pregunta que inevitablemente plantea. Dos años después de la victoria electoral de Claudia Sheinbaum, el país parece entrar en una nueva etapa de la transformación. Durante el informe realizado en el Monumento a la Revolución, la Presidenta recordó que los recursos del pueblo regresan al pueblo a través de los Programas de Bienestar. La afirmación encuentra respaldo en los hechos: más de 42 millones de mexicanas y mexicanos serían beneficiarios de estos programas durante 2026 mediante una inversión superior a un billón de pesos. Sin embargo, detrás de ese logro surge una interrogante que podría definir la próxima década: ¿Qué tendría que ocurrir para que esta inversión social se transformara también en una plataforma permanente de desarrollo?

    Más de 42 millones de mexicanas y mexicanos recibirían algún Programa de Bienestar durante 2026. La inversión proyectada supera el billón de pesos y representa casi el diez por ciento del presupuesto federal. Más allá de cualquier debate político, estamos frente a una de las mayores apuestas de redistribución social de la historia reciente del país.

    Pero el contexto ya no es el mismo que en 2024. La próxima revisión del T-MEC, la competencia global por atraer inversiones, las tensiones con Estados Unidos y la exigencia ciudadana de mejores resultados en seguridad configuran un escenario más complejo. Gobernar el segundo piso implicaría demostrar que los avances alcanzados pueden sostenerse en el tiempo.

    Tal vez la discusión pública tampoco sea la misma. Durante años debatimos cuánto debía gastar el Estado en política social. Hoy la pregunta podría ser distinta: ¿Cómo lograr que cada peso invertido en bienestar genere nuevas capacidades para las personas y mayor fortaleza para la nación? No se trataría de sustituir la redistribución ni de reducir apoyos, sino de evolucionar hacia un modelo donde el bienestar también produzca desarrollo.

    El círculo virtuoso del bienestar parte de una idea simple: los recursos públicos financian programas sociales; los programas generan capacidades; las capacidades producen productividad; la productividad fortalece la economía; y una economía más fuerte permite sostener más bienestar. El objetivo ya no sería únicamente distribuir riqueza, sino lograr que esa riqueza se multiplique.

    Bajo esta visión, programas como Jóvenes Construyendo el Futuro podrían convertirse en laboratorios estratégicos del segundo piso. Si la capacitación se vinculara cada vez más con certificaciones reconocidas, industrias de alto valor agregado, sectores asociados al nearshoring y rutas reales de inserción laboral, el beneficio comenzaría a medirse por el valor económico generado. El bienestar dejaría de ser visto como un gasto y comenzaría a consolidarse como una inversión en capital humano.

    La misma lógica podría extenderse gradualmente hacia una nueva generación de Programas de Bienestar. Sin necesidad de incrementar indefinidamente los montos, podrían fortalecerse beneficios en especie y servicios estratégicos como trámites gratuitos, acceso a internet, capacitación digital, atención preventiva en salud, rehabilitación para personas con discapacidad, formación técnica especializada y apoyos para proyectos productivos. La meta no consistiría en entregar más recursos cada año, sino en lograr que los recursos existentes generen más oportunidades, mayor productividad y una mejor calidad de vida.

    Esta propuesta también abre una discusión sobre soberanía. Con frecuencia se entiende la soberanía únicamente como una posición política frente a actores externos. Sin embargo, en una economía global interdependiente, la verdadera autonomía también depende de la capacidad de generar talento, innovación, infraestructura, productividad y crecimiento. La soberanía económica no se construiría únicamente en los discursos o en las negociaciones internacionales; se construiría en las aulas, en los centros de capacitación, en las empresas y en cada oportunidad que permita a una persona transformar un apoyo en una trayectoria de desarrollo.

    Dos años después de aquella victoria electoral, surge una pregunta inevitable: ¿Cómo lograr que el bienestar de hoy financie el bienestar de mañana? La mejor defensa de la soberanía mexicana no sería únicamente política ni diplomática; sería la capacidad de transformar el bienestar social en desarrollo productivo. Porque los recursos del pueblo regresan al pueblo; el siguiente paso consistiría en lograr que ese bienestar regrese a la nación convertido en prosperidad.

  • Fox, Calderón y Maru Campos: la fotografía de un proyecto agotado

    Fox, Calderón y Maru Campos: la fotografía de un proyecto agotado

    La reciente reunión entre Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y María Eugenia Campos Galván no fue simplemente un encuentro entre personajes del mismo espectro político. Fue la imagen de una forma de entender el país, una especie de reunión de viejas élites que durante décadas gobernaron México y cuyos resultados siguen pesando sobre millones de personas.

    Fox llegó al poder prometiendo un cambio histórico. Se presentó como la alternativa al viejo régimen y como el rostro de una nueva transición democrática. Sin embargo, su gobierno terminó profundizando muchas de las políticas económicas heredadas del neoliberalismo y dejando intactas estructuras de desigualdad que afectaban a millones de mexicanos.

    Después vino Calderón. Un sexenio marcado por la llamada guerra contra el narcotráfico, una estrategia que transformó radicalmente la vida pública mexicana. Dentro de su alianza comprobada con el cartel de Sinaloa, los homicidios se dispararon, regiones enteras quedaron atrapadas entre la violencia y el país entró en una espiral cuyas consecuencias siguen presentes hasta nuestros días.

    Y ahora aparece Maru Campos. Representante de una nueva generación panista que, sin embargo, parece mantener intactas muchas de las viejas lógicas políticas. Un gobierno estatal cuestionado por distintos temas de transparencia, por su relación con grupos de poder tradicionales y recientemente por las polémicas relacionadas con la presencia de agencias extranjeras en territorio mexicano.

    Por eso la fotografía importa. Porque no muestra únicamente a tres políticos. Muestra la continuidad de un proyecto político que durante años apostó por la privatización, la concentración económica, la subordinación de lo público a intereses privados y una visión donde el mercado debía resolver prácticamente todo.

    Es la imagen de un modelo que entendía el desarrollo como crecimiento para unos cuantos y que consideraba los programas sociales poco más que una molestia presupuestal.

    Desde la izquierda, la crítica no es personal. Es histórica. No se trata de cuestionar una reunión entre adversarios políticos; eso es parte natural de la democracia. Se trata de recordar qué representan esos liderazgos en el debate nacional.

    Representan una etapa donde el Estado fue reducido sistemáticamente en sus capacidades sociales.

    Representan gobiernos que apostaron por la tecnocracia mientras millones permanecían excluidos.

    Representan una visión donde la estabilidad económica era celebrada incluso cuando convivía con profundas desigualdades.

    Y representan, también, una clase política que durante mucho tiempo creyó que gobernar consistía en administrar el país desde arriba sin escuchar demasiado a quienes estaban abajo.

    Por supuesto, la izquierda no está exenta de errores ni de contradicciones. Ningún proyecto político serio puede afirmar lo contrario. Pero existe una diferencia fundamental.

    Mientras aquellos gobiernos colocaron en el centro las recetas del mercado, los proyectos progresistas han intentado colocar en el centro a las personas.

    Mientras unos hablaron de derrama económica, otros hablan de derechos.

    Mientras unos confiaron en que la riqueza eventualmente llegaría a todos, otros sostienen que la justicia social debe construirse deliberadamente.

    La fotografía entre Fox, Calderón y Maru Campos termina siendo, en realidad, una definición política. No es una imagen del futuro. Es una imagen de aquello que buena parte del país decidió dejar atrás.

    Y quizás por eso resulta tan simbólica: porque más que una reunión de liderazgos vigentes, parece el retrato de una época que se resiste a aceptar que México cambió.

    Redes sociales

  • Vivienda, simulaciones y educación

    Vivienda, simulaciones y educación

    Los jóvenes mexicanos ya no quieren tener hijos y eso es porque sus condiciones de vida son cada vez peores; la generación que hoy tiene entre 30 y 45 años más o menos ven muy difícil tener acceso a una vivienda propia porque los programas de vivienda que existen son solo para gente menor de 30 años. Siendo independientes y mayores de 30 años, están fuera del sistema, especialmente cuando se trate de trabajadores independientes.

    Es decir de gente que trabaja por su cuenta y no necesariamente en un emprendimiento o empleados por honorarios o alguna cosa así, sino gente que trabaja por su cuenta porque no quiere patrón que los explote o porque simplemente los patrones los han indexado y los tienen señalados porque no se dejan y no permiten abusos. 

    La 4T no hace nada por ellos; los mantiene marginados, por eso le llaman la Cuarta Simulación y parece que tienen razón. 

    La izquierda es socialista y revolucionaria, o no es izquierda. En México no hay razón para pensar o creer que el gobierno morenista sea de izquierda, más parece volver al neoliberalismo favoreciendo al capital y no al trabajo. Se presumen inversiones por aquí y por allá, pero los precios de casi todo se han incrementado muy por encima de la inflación declarada por El Banco de México y aunque la Presidenta haya pactado con los comerciantes, solo se contemplan algunos productos, los demás siguen en escalada alcista. Además la reforma de las 40 horas no produce 2 días de descanso y sí redujo el precio del tiempo extra: antes, desde la décima hora se pagaba al triple, ahora es desde la número 13, legitimando jornadas de 12 horas diarias. 

    En casos más graves, los “heróicos” (sic) trabajadores de la CFE, se ven obligados a no hacer reparaciones de líneas porque “no vienen en la orden” y si las hacen ¡ponen en riesgo su empleo!  Es inaceptable. 

    Hay caminos que el gobierno actual ha cerrado para cualquier negociación. Vuelven los tiempos de la represión y los oídos sordos o las respuestas vagas y sin sentido. Ahí está la CNTE en lucha, víctima de la represión y evidenciando el verdadero rostro de la SEGOB y de la SEP de Delgado. ¿Cuánta corrupción esconderá el Secretario? 

    Dice la radio que MORENA ha perdido intención del voto y es muy probable, pero la oposición ha perdido mucho más, especialmente con las visitas de las embajadoras de la ultraderecha fascista española. Esto indica que el abstencionismo en 2027 será mayor que nunca. Otra vez se ha perdido la credibilidad en el gobierno y la idea de que “todos son lo mismo” se generaliza. La Esperanza que encendió AMLO, la apaga el sexenio actual. 

    Sigo sin querer creer que Claudia Sheinbaum esté de acuerdo con todo esto, no quiero creerlo caray, pero cada acción parece dirigirme hacia allá. Lo único que parece serio es la defensa férrea a la Soberanía Nacional, que reside en el Pueblo, del que dimana todo poder público que se instituye para beneficio de Éste. Ojalá que no acabe comprobando que también es simulación.

  • La Guerra Fría Mexicana

    La Guerra Fría Mexicana

    México vive una especie de guerra fría política. No hay tanques recorriendo las calles ni misiles apuntando hacia el horizonte, pero sí existe una confrontación permanente entre narrativas, ideologías, medios de comunicación, grupos de interés y actores políticos que parecen haber convertido la discusión pública en una batalla sin tregua.

    Hoy cualquiera puede convertirse en analista político. Las redes sociales están llenas de expertos, comentaristas, influencers y comunicadores que diariamente construyen argumentos para demostrar que el país vive la peor crisis de su historia. El problema no es la crítica. La crítica es necesaria en cualquier democracia. El problema surge cuando la crítica se convierte en una industria y el fracaso nacional se vuelve un negocio rentable.

    Conversando con un amigo hace algunos días, me decía algo que llamó mi atención. “Cuando platico con algunas personas parece que el actual gobierno acabó con sus vidas”. Escuchas que México está destruido, que el narcotráfico controla todo, que vivimos bajo un narcogobierno, que la corrupción está fuera de control, que la gente ya no quiere trabajar porque recibe apoyos sociales y que el país se encuentra al borde del colapso.

    Después aparecen los videos, los expedientes, los análisis políticos y las investigaciones que circulan diariamente en plataformas digitales. Todo parece perfectamente documentado y sustentado. Sin embargo, pocas veces se escucha la pregunta más importante: ¿de dónde venimos como país?

    Porque para entender el presente es necesario recordar el pasado.

    Quienes vivimos los años más violentos de la llamada guerra contra el narcotráfico recordamos perfectamente lo que ocurría en las calles mexicanas. Durante el sexenio de Felipe Calderón muchas ciudades parecían vivir bajo un toque de queda no declarado. Familias enteras evitaban salir por las noches. Los secuestros, las extorsiones y los enfrentamientos armados eran parte de las conversaciones cotidianas.

    Las imágenes de cuerpos abandonados en avenidas, personas decapitadas, restos humanos encontrados en espacios públicos y convoyes armados circulando con absoluta impunidad quedaron grabadas en la memoria colectiva de millones de mexicanos. Hubo una generación completa que creció viendo escenas que nunca debieron normalizarse. Muchos se hicieron más fuertes. Otros quedaron profundamente marcados por aquellas imágenes que aparecían diariamente en periódicos y noticieros.

    Yo mismo recuerdo recibir una llamada de mi madre completamente alterada diciéndome: “Hijo, ven por mí, acaban de matar a un niño frente a mí”. Son recuerdos imposibles de borrar y que hacen difícil aceptar que algunos hablen como si la violencia hubiera nacido apenas hace unos años.

    Y si retrocedemos aún más, tampoco podemos olvidar la crisis económica de 1994. Miles de familias perdieron sus viviendas, negocios y ahorros. Padres de familia vieron desaparecer el patrimonio construido durante décadas. Algunos jamás lograron recuperarse económicamente. Otros quedaron atrapados en deudas que marcaron el resto de sus vidas.

    Por eso resulta sorprendente observar cómo ciertos sectores políticos parecen sufrir de amnesia selectiva.

    Porque sí, México enfrenta problemas graves. Sería absurdo negarlo. Existen regiones donde la delincuencia continúa siendo una amenaza. Persisten prácticas de corrupción. Hay instituciones que requieren fortalecerse. Existen desafíos enormes en materia de seguridad, salud, educación e impartición de justicia.

    Pero también es cierto que México no es el único país donde políticos han sido señalados por presuntos vínculos con organizaciones criminales. A lo largo de la historia moderna han existido funcionarios de distintos partidos acusados de permitir la operación de grupos delictivos, de utilizar estructuras criminales para fines electorales o de construir redes de protección política. Los expedientes judiciales, las investigaciones periodísticas y los procesos legales abiertos tanto en México como en el extranjero han demostrado que el problema no pertenece a una sola fuerza política ni a una sola época. Es un fenómeno complejo que se ha desarrollado durante décadas y que exige instituciones más fuertes, no solamente discursos más agresivos.

    Lo preocupante es cuando algunos actores parecen apostar al fracaso nacional como estrategia política.

    Porque existe una diferencia enorme entre señalar errores para corregirlos y desear que el país fracase para obtener beneficios electorales.

    A veces pareciera que ciertos grupos políticos, económicos y mediáticos necesitan que México esté mal para justificar su propia existencia. Como si la tragedia nacional fuera la única plataforma desde la cual pudieran construir una narrativa de rescate.

    De pronto aparecen empresarios que aseguran tener todas las respuestas para salvar al país. Líderes de opinión que prometen soluciones inmediatas. Políticos que se presentan como los únicos capaces de corregir el rumbo nacional. Pero la realidad es mucho más sencilla.

    México no necesita salvadores.

    México necesita servidores públicos eficientes.

    Necesita mejores escuelas.

    Necesita mejores hospitales.

    Necesita universidades modernas.

    Necesita carreteras seguras.

    Necesita oportunidades para quienes menos tienen.

    Necesita que los recursos públicos lleguen a donde verdaderamente se necesitan.

    Necesita que el estudiante sea la prioridad del sistema educativo.

    Que el paciente sea la prioridad del sistema de salud.

    Que el contribuyente sea respetado.

    Que el ciudadano reciba atención digna sin importar su condición económica.

    Ese debería ser el verdadero debate nacional.

    No quién gana la próxima elección.

    No quién obtiene más seguidores en redes sociales.

    No quién produce el video más viral.

    La discusión debería centrarse en cómo construir un país donde cada generación viva mejor que la anterior.

    Y en medio de esta confrontación permanente hemos llegado a un punto donde incluso los espacios que antes servían para unir a los mexicanos se han convertido en motivo de disputa política.

    Hoy vemos a los mismos mexicanos que diariamente hablan de patriotismo, identidad nacional y amor por el país, cuestionar y hasta promover el boicot de la Copa Mundial de Fútbol de 2026, un evento que debería traer alegría, inspiración y motivación a millones de niños y jóvenes.

    Recuerdo perfectamente la emoción que se vivía cuando se acercaba un Mundial. Las calles se llenaban de balones. Los parques se convertían en estadios improvisados. Miles de niños soñaban con representar algún día a México. Las familias se reunían frente a la televisión y durante noventa minutos desaparecían las diferencias políticas, económicas y sociales.

    Aquellos eventos despertaban disciplina, compañerismo, trabajo en equipo y esperanza.

    Por eso resulta difícil entender que hoy algunos sectores parezcan más interesados en encontrar razones para desacreditar un acontecimiento internacional que en aprovechar la oportunidad para fortalecer el turismo, la economía y, sobre todo, la ilusión de las nuevas generaciones.

    El Mundial no pertenece a un partido político.

    No pertenece a un gobierno.

    No pertenece a una ideología.

    Pertenece a los niños que sueñan con jugar fútbol.

    Pertenece a los jóvenes que encuentran en el deporte una alternativa de vida.

    Pertenece a las familias mexicanas que merecen momentos de alegría y orgullo nacional.

    Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de celebrar sus propios logros y convertir sus éxitos en motivos de unidad, corre el riesgo de quedarse atrapada en una confrontación permanente donde todo es motivo de enojo, de crítica y de división.

    Hace poco alguien me preguntó si yo apoyaba a Morena. Mi respuesta fue simple. No se trata de apoyar partidos políticos.

    Se trata de reconocer cuando existen avances y señalar cuando existen errores.

    Considero que la presidenta Claudia Sheinbaum está realizando un trabajo importante y que el proyecto de nación impulsado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador transformó aspectos fundamentales de la vida pública mexicana. Eso no significa que todo esté resuelto ni que no existan problemas pendientes.

    Ningún gobierno posee una varita mágica.

    Ningún presidente puede corregir en unos cuantos años problemas acumulados durante generaciones.

    Lo que sí podemos hacer como sociedad es abandonar la guerra permanente de narrativas y concentrarnos en aquello que verdaderamente importa.

    Porque mientras unos pelean por el poder y otros por el micrófono, millones de mexicanos simplemente siguen esperando mejores oportunidades para vivir, estudiar, trabajar y salir adelante.

    Y al final del día, ese es el México que la mayoría queremos construir: un país donde las diferencias políticas no sean más grandes que nuestro deseo de vivir mejor, donde la crítica sirva para mejorar y no para destruir, y donde el bienestar de las personas esté siempre por encima de cualquier interés partidista.

    Ese debería ser el verdadero proyecto de nación.

  • Maru es la buena

    Maru es la buena

    El Congreso local de Chihuahua se echó para atrás a la hora de ratificar el acuerdo de juicio político contra la gobernadora panista Maru Campos. No reiteraron su petición a tiempo, y ahora el recurso de desafuero está en mano de la Fiscalía General de la República, que podría solicitarlo; sin embargo, no siempre lo justo, es lo adecuado en política y la visión desde ahora, del partido en el poder, debe considerar que una contrincante como Maru Campos para la presidencia de la República, podría vencerla cualquiera.

    Sería una especie de deja vú de la política nacional, con una continuidad de una comedia en dos actos, teniendo como antecedente la participación política de Xóchitl Gálvez.

    La solicitud de juicio político contra la Gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, quedó sin efecto porque los promoventes no ratificaron en el plazo establecido, informó la presidenta de la Cámara de Diputados, Kenia López Rabadán, quien explicó que los solicitantes tenían tres días y no lo hicieron.
    Dejarla viva hasta 2030, garantizaría, con su postulación, un triunfo electoral de Morena aplastante, con lo cual garantizaría no sólo la Presidencia de la República sino la mayoría absoluta. La torpeza de la gobernadora mostrada en los medios, sería mayor con la presión de una campaña política que haría añicos su propia imagen. Pero como para la visión de la Casa Blanca, sería la ideal, los panistas las estarán protegiendo.

    El hecho de que los dos expresidentes panistas hayan acudido a estos actos de apoyo a la gobernadora de Chihuahua, no sólo mancha aún más su imagen sino que muestra el desconocimiento de su lugar en el espacio político ante la población. Si ni siquiera dentro del panismo tienen simpatías Fox y Calderón debieron imaginar que sus figuras no atraen votos ni atención de la población, podrían ser héroes, pero sólo lo son para los panistas y no para todos ellos.

    México le debe a Maru Campos haber descubierto el nivel de injerencia de Estados Unidos. Es decir, mostró en qué parte del proceso del golpe de Estado se encontraba su asonada, planeada desde la llegada de Morena al poder.

    La torpeza de los espías, nada tuvo que ver con la audacia y agilidad mental mostrada en películas, no descubrieron la intención sino la ubicación de la estrategia de la injerencia. Estados Unidos no choca con la Presidenta sino con su política energética, que desde el sexenio pasado coloca diques de contención a las ambiciones de Trump.

    La negativa de los partidos de oposición para crear una alianza electoral, le permite a Estados Unidos colocar sus piezas en cada uno de los tres partidos donde tiene injerencia: Samuel García por Movimiento Ciudadano y Alejandro Moreno por el PRI, y desde luego, Maru Campos, su consentida, por el PAN. Todos ellos más cercanos a Estados Unidos que a México. No fue una decisión difícil los elementos estaban a la vista, en el aparador de la traición a la patria.

    A Morena le interesa más que al PAN proteger a Maru Campos para que llegue con bien ala la contienda electoral y pueda ocupar el lugar de Xóchitl Gálvez. Y otra vez tendremos mucha diversión y poca, muy poca política o lo que el PAN entiende por campaña electoral.

  • Festival del Libro y Arte Inclusivo 2026

    Festival del Libro y Arte Inclusivo 2026

    Del 25 al 29 de mayo se dieron cita en el Instituto Campechano (IC) la comunidad académica y estudiantil para compartir momentos llenos de cultura y arte. En el claustro del instituto disfrutamos de la exposición de artesanas y artesanos campechanos, además de contemplar los murales fotográficos en honor a los deportistas paralímpicos. Este espacio fue también el lugar perfecto para gozar de exposiciones, de obras de teatro, presentaciones de libros y talleres.

    El Instituto Rojo A.C., estuvo presente participando activamente. Nos dimos a la tarea de impulsar la literatura con la entrega gratuita de libros y de estimular el gusto por la enseñanza y el aprendizaje de las matemáticas, además de difundir la extraordinaria labor que se realiza ya desde hace cuatro años en el Club de Matemáticas de la Biblioteca Pública Central “Lic. Francisco Sosa Escalante”, bajo la dirección y el liderazgo de la Dra. Norma Elena Lladó Zetina. El Instituto Rojo A.C., además contó con un stand que junto a las librerías y editoriales de otras instituciones de prestigio puso a disposición literatura matemática.

    Presenté el libro “Feria Matemática de Campeche. Una iniciativa cultural e inclusiva” en la Biblioteca “Manuel A. Lanz”, a la que asistieron autoridades de la SEP y de la Escuela Normal Superior “Prof. Salomón Barrancos Aguilar”, así como alumnos y alumnas del cuarto semestre de la licenciatura en Enseñanza y Aprendizaje de las Matemáticas, con un interés genuino para estrechar lazos de colaboración a favor de las matemáticas vistas como un tema cultural e inclusivo. Quedé sorprendido, todos los espacios del instituto estaban plegados de actividades, talleres de escritura, de lectura, de sensibilización y visualización de la inclusión, poesía, historia, etc. En el “Jardín Vasconcelos” se apreciaban los Rallys y Kermes literarios, así como performance para concientizar sobre el arte y la inclusión.

    Este festival se realiza en un momento crucial. En el contexto mundial se discute el papel del ser humano frente al avance de la Inteligencia Artificial (IA) y qué mejor manera de abordar esta problemática actual con dos conceptos poderosos como el de arte e inclusión, qué acto más humano puede ser que el de tener un libro sobre las manos y leer su poesía, qué acto más humano puede ser que el de ver el compás y la simetría de danzantes con la música, o el de contemplar el arte resultado de las manos de hombres y mujeres artesanas, o el de ver el arrebol del atardecer a través de la puerta principal del IC, o de la libertad que se respira en su jardín, o la belleza en los mosaicos de sus patios principales, qué acto más humano puede ser que el de la solidaridad y la colaboración de todas y todos los que hicieron posible este magno evento. Enhorabuena por el Instituto Campechano y por el liderazgo y visión de sus autoridades, que vengan muchos más festivales que nos recuerden lo hermoso y bello que es que seamos seres humanos.

  • Entre discursos, memoria y resultados

    Entre discursos, memoria y resultados

    Este fin de semana estuvo cargado de mítines, posicionamientos políticos y declaraciones que reflejan el clima que comienza a sentirse rumbo a los próximos procesos electorales en México. La llamada pequeña oposición salió nuevamente a escena buscando reflectores, organizando un evento de respaldo a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, donde el Partido Acción Nacional reunió a dos figuras que marcaron una etapa importante de la historia política reciente del país: los expresidentes Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa.

    Ambos subieron al escenario para expresar su respaldo político, aunque para muchos mexicanos su presencia inevitablemente abre la puerta a la memoria histórica y al balance de los años en los que gobernaron México.

    Vicente Fox llegó al poder en el año 2000 impulsado por una enorme expectativa ciudadana. Después de más de siete décadas de gobiernos priistas, millones de mexicanos depositaron su confianza en aquel candidato que prometía el famoso “cambio”. Aquella palabra se convirtió prácticamente en un lema nacional. La ciudadanía quería un nuevo rumbo después de años de desgaste institucional y después de una de las crisis económicas más severas que vivió el país durante el sexenio de Ernesto Zedillo.

    Y hay que reconocerlo: Fox logró convencer al electorado y consiguió una victoria histórica. Sin embargo, con el paso de los años, muchos ciudadanos terminaron cuestionando si aquel cambio realmente llegó. Su administración estuvo marcada por constantes confrontaciones políticas, por acusaciones de corrupción alrededor de personajes cercanos a su círculo familiar y por problemas estructurales que permanecieron prácticamente intactos. El país cambió de partido en el poder, pero para una parte importante de la población los resultados no representaron la transformación prometida.

    Posteriormente llegó Felipe Calderón. Y es precisamente durante su gobierno cuando se abre uno de los capítulos más polémicos y dolorosos de la historia contemporánea de México.

    La llamada guerra contra el narcotráfico transformó completamente el panorama nacional. Las imágenes de enfrentamientos armados, ejecuciones, retenes militares, desapariciones y balaceras comenzaron a convertirse en parte del día a día de millones de mexicanos. Diversos especialistas, organismos internacionales y analistas han debatido durante años los efectos de aquella estrategia de seguridad. Mientras algunos sostienen que era necesario enfrentar frontalmente a las organizaciones criminales, otros argumentan que la militarización detonó una escalada de violencia sin precedentes.

    Lo cierto es que México vivió años de enorme tensión social y de un incremento considerable en los índices de violencia.

    Una generación completa de mexicanos creció viendo escenas que antes parecían impensables. Las portadas de los periódicos, los noticieros de televisión y posteriormente las redes sociales comenzaron a llenarse de imágenes de ejecuciones, fosas clandestinas, enfrentamientos armados y actos de extrema violencia que impactaron profundamente a la sociedad. Durante aquellos años se normalizaron noticias sobre cuerpos abandonados en carreteras, personas desaparecidas, comunidades enteras desplazadas por la inseguridad y hechos que marcaron psicológicamente a millones de ciudadanos.

    Muchos mexicanos se hicieron más fuertes ante la adversidad y aprendieron a vivir con una realidad que parecía no tener fin. Otros quedaron profundamente marcados por el miedo, la incertidumbre y el trauma colectivo que dejó aquella época. El país desarrolló una especie de resistencia social frente a la violencia, pero esa fortaleza tuvo un costo humano enorme que aún hoy sigue siendo objeto de análisis y reflexión.

    Las cicatrices de aquellos años continúan presentes en muchas regiones del país. Familias enteras siguen buscando a seres queridos desaparecidos, comunidades recuerdan episodios de violencia que cambiaron para siempre su forma de vivir y una parte importante de la población todavía identifica ese periodo como uno de los momentos más difíciles de la historia reciente de México.

    También quedaron para la memoria pública proyectos que simbolizaron el gasto gubernamental de aquella época. Uno de los más recordados es la llamada Estela de Luz, un monumento cuya construcción terminó costando cientos de millones de pesos y que fue señalado durante años como ejemplo de sobrecostos y mala planeación administrativa.

    Recuerdo perfectamente haber visitado la Ciudad de México y observar aquella estructura. La reflexión era inevitable: ¿cuántas escuelas podrían haberse construido con esos recursos?, ¿cuántas camas hospitalarias adicionales habrían podido atender a pacientes?, ¿cuántas clínicas rurales habrían encontrado financiamiento?

    Pero la historia no se construye solamente mirando hacia atrás.

    México vive hoy otra etapa política, con un proyecto completamente distinto que cuenta con el respaldo de millones de ciudadanos y que tiene como principal figura a la presidenta de la República, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo.

    Y este domingo quedó demostrado.

    Mientras la oposición intentaba mostrar músculo político recurriendo a figuras del pasado, la presidenta reunió a miles de personas en el Monumento a la Revolución para presentar un informe de resultados que por momentos parecía una auditoría pública de su administración. Entre banderas, consignas y muestras de apoyo, Sheinbaum hizo un recuento de los avances que considera fundamentales para la consolidación de la llamada Cuarta Transformación.

    Ante la multitud destacó la continuidad de los Programas para el Bienestar, que benefician a decenas de millones de mexicanos; habló de la expansión de la infraestructura carretera, ferroviaria y energética; de la construcción y rehabilitación de hospitales; del fortalecimiento de los programas educativos; de las inversiones destinadas a salud pública; del crecimiento de proyectos estratégicos como los trenes de pasajeros y de la consolidación de un modelo de desarrollo que busca reducir las desigualdades sociales.

    No está de más decirlo porque es algo que personalmente me llena de orgullo y lo seguiré mencionando cuantas veces sea necesario. La construcción de un sistema de cobertura universal de salud para todos los mexicanos mediante el IMSS Bienestar representa uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido nuestro país en décadas. Si logra consolidarse plenamente, millones de personas que durante años enfrentaron barreras económicas para recibir atención médica tendrán acceso a servicios de salud sin importar su condición económica.

    Los avances en mantenimiento carretero, la construcción de nueva infraestructura hospitalaria, los programas sociales, los apoyos al campo, los programas educativos y las inversiones estratégicas fueron parte central de un discurso que buscó demostrar que el gobierno federal no solamente administra, sino que pretende transformar.

    Y aquí es donde aparece una diferencia importante en la narrativa política actual.

    Mientras algunos siguen apostando por recordar constantemente los errores del adversario, la presidenta decidió centrar buena parte de su mensaje en los resultados que asegura haber alcanzado y en los proyectos que aún faltan por concluir.

    Porque como decía el expresidente Andrés Manuel López Obrador, es el pueblo quien decide.

    También resultó significativa la presencia y el respaldo de los gobernadores emanados de Morena en prácticamente todo el país. Más allá de las diferencias naturales que puedan existir dentro de cualquier movimiento político, el mensaje fue claro: existe una voluntad de mantener una agenda común en torno al proyecto encabezado por la presidenta.

    En particular llamó la atención la participación del gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez Aguilar, quien pronunció un discurso firme en defensa de la soberanía nacional. Sus palabras resonaron entre los asistentes cuando señaló que México pertenece a los mexicanos y que ninguna presión externa debe definir el rumbo del país.

    Por otro lado, mientras se desarrollaban estos eventos políticos, también circularon declaraciones de personajes del sector empresarial y mediático que plantean reducir drásticamente el tamaño del gobierno, despedir miles de servidores públicos, disminuir impuestos y adelgazar el aparato estatal como fórmula para resolver los problemas económicos del país.

    Suena bien en un discurso.

    Suena atractivo en una entrevista.

    Pero gobernar una nación de más de 130 millones de habitantes es mucho más complejo que administrar una empresa privada.

    Si la solución fuera tan sencilla, probablemente cualquier gobierno del mundo la habría implementado hace décadas. Sin embargo, los propios especialistas en economía advierten que una reducción abrupta del gasto público sin una estrategia integral podría generar consecuencias importantes en servicios esenciales, infraestructura, salud, educación y programas sociales.

    Porque recortar es fácil.

    Lo difícil es garantizar que la población siga recibiendo los servicios que necesita.

    México enfrenta desafíos enormes. La inseguridad sigue siendo una preocupación legítima para millones de ciudadanos. Existen rezagos históricos en diversas regiones del país. Persisten problemas económicos y sociales que requieren atención inmediata.

    Pero también es cierto que existen avances que merecen ser reconocidos y discutidos con objetividad.

    La crítica es necesaria en cualquier democracia.

    La oposición también.

    Pero la memoria histórica igualmente es indispensable.

    Por eso resulta interesante observar cómo algunos actores políticos regresan al escenario para hablar del futuro cuando inevitablemente representan capítulos del pasado que los mexicanos aún recuerdan.

    Al final de cuentas serán los ciudadanos quienes evalúen resultados, comparen gobiernos, revisen cifras, analicen propuestas y decidan qué rumbo quieren para el país.

    Porque las campañas pasarán.

    Los discursos también.

    Los políticos irán y vendrán.

    Pero México seguirá aquí.

    Un país extraordinario, lleno de gente trabajadora, empresarios que arriesgan su patrimonio, campesinos que producen alimentos, médicos que salvan vidas, maestros que forman generaciones y familias que todos los días luchan por salir adelante.

    Y como siempre ha ocurrido en los momentos importantes de nuestra historia, será el pueblo de México quien tenga la última palabra.