Cada cierto tiempo, cuando los resultados de una elección no complacen a ciertos sectores, reaparece la misma idea con distinto disfraz: que no todas las personas deberían tener derecho a votar. Que habría que exigir determinado nivel de estudios, cierto ingreso económico, una prueba de conocimientos o cualquier otro filtro para decidir quién merece participar en la vida democrática.
En otras palabras, la vieja aspiración de que solo voten “los correctos”, y es curioso. Quienes se llenan la boca hablando de libertad son los primeros en querer restringir el derecho político más importante de una sociedad democrática. No les molesta el voto; les molesta que vote quien no piensa como ellos.
Detrás de estos planteamientos no hay preocupación por la democracia. Hay clasismo. Porque cuando dicen que “la gente ignorante no debería votar”, rara vez se refieren al empresario que comparte teorías conspirativas, al político corrupto con varios posgrados o al analista que vive equivocado. No. Casi siempre el destinatario de ese desprecio tiene un rostro muy específico: el trabajador, la empleada doméstica, el campesino, el albañil, la comerciante, la persona que no fue a la universidad, quien vive en una colonia popular o quien habla con un acento distinto al suyo.
En México existe una palabra que esas élites utilizan con absoluta naturalidad para expresar ese desprecio: “naco”. “Naco” no describe una conducta. Describe, en su imaginario, una condición social. Es la manera socialmente aceptable de insultar a quien consideran inferior.
Por eso el problema nunca fue la supuesta capacidad para votar. El problema es que millones de personas a las que históricamente despreciaron hoy tienen el mismo peso político que ellos frente a la urna. Eso les resulta insoportable.
La democracia nació precisamente para romper con la idea de que el poder debía pertenecer únicamente a una élite ilustrada, aristocrática o adinerada. Durante siglos se negó el voto a quienes no tenían propiedades, a las mujeres, a las personas racializadas y a las clases trabajadoras. Siempre hubo argumentos aparentemente racionales para justificar esa exclusión.
Que no estaban preparados. Que eran manipulables. Que no entendían los asuntos públicos. Que votarían con el estómago. Las excusas cambian. El prejuicio permanece.
Lo verdaderamente peligroso es que estas ideas ya no circulan únicamente en conversaciones privadas o en publicaciones aisladas de redes sociales. Poco a poco han encontrado eco en comentaristas, influencers y personajes públicos que presentan el elitismo como si fuera sentido común.
No soportan que una persona que limpia oficinas tenga exactamente el mismo valor electoral que un empresario. Les parece una anomalía que un joven de una comunidad indígena tenga el mismo peso político que un conductor de televisión o un financiero.
Toda experiencia antidemocrática comienza definiendo quién merece ser considerado un ciudadano pleno y quién no. Primero se cuestiona su capacidad. Después se limita su participación. Finalmente se le excluye por completo.
Defender el sufragio universal no significa creer que todas las personas están siempre bien informadas. Nadie lo está. Todos tenemos sesgos, preferencias e intereses. La solución nunca ha sido quitar derechos, sino garantizar más educación, más información, más debate público y mejores condiciones para ejercer una ciudadanía crítica.
Los derechos no son premios por aprobar un examen. Son la base de una sociedad democrática.
Y si algo ha demostrado la historia de México es que las grandes transformaciones no llegaron por concesión de las élites. Llegaron cuando quienes durante décadas fueron ignorados comenzaron a organizarse, participar y decidir.
Eso también ocurre en las urnas. Así que sí. Los nacos sí votan. Las trabajadoras del hogar votan. Los campesinos votan. Los obreros votan. Las personas indígenas votan. Los estudiantes votan. Las personas adultas mayores votan. Las personas LGBTTTIQA+ votan. Las personas con discapacidad votan. Las mujeres votan. Los jóvenes votan. Y afortunadamente lo hacen.
Porque una democracia donde solo votan los privilegiados deja de ser democracia para convertirse en un club privado con pretensiones de república. A algunos les incomoda que el pueblo decida. A nosotros nos preocuparía mucho más que dejara de hacerlo.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

Deja un comentario