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  • Decadencia electoral del PAN

    Decadencia electoral del PAN

    A pesar de que la contienda interna de Morena no fue ni lo transparente ni aseada como se hubiera deseado, la oposición guardó un silencio sepulcral luego de darse a conocer los resultados donde despuntan los candidatos a las 17 entidades que renovarán gobiernos.

    Nada tienen que criticar de los métodos de selección interna de candidatos, sin siquiera tienen método ni idea de dónde sacarlos, simplemente ven en los medios las figuras que aparecen más y se convierten en candidatos estrella. Es decir, cantidad y no calidad en los cuadros de acción Nacional.

    Una de las características de los partidos políticos, sin excepción, en el país es que sus peores enemigos están dentro de sus filas. La oposición tiene el exterminio en sus entrañas y su discurso se convierte en una especie de síntomas que delatan una enfermedad terminal.

    Los porcentajes de votación para el próximo año bajaron al mínimo en la oposición, incluso en sus bastiones. Según las encuestas realizadas por las consultoras más proclives al PAN le otorgan 16.5 por ciento de los votos. Conserva la categoría de segunda fuerza pero muy lejos del primer lugar.

    La pelea por el tercer lugar se ubica entre el PRI y Movimiento Ciudadano, que no por llegar a ese lugar crece sino que sus competidores están en una profunda crisis.

    Además, tanto en uno como el otro se acumulan problemas internos y carecen de cuadros dignos de colocarse como candidatos. Los cálculos realizados hasta el momento no han tomado en cuenta el número de votos que pueden dirigirse a favor de los nuevos partidos, que, podrían desviar votos a la oposición y pueden hacer que caigan más en las simpatías ciudadanas.

    El PAN gobernaba 13 estados en 2016, ahora sólo cuenta con cuatro y se pronostica que, por lo menos pierda Chihuahua. Le quedarían tres: Querétaro, Aguascalientes y Guanajuato.

    Ante el sorpresivo nombramiento de Clara Luz Flores de Morena, todo hace suponer que el ganador de Nuevo León será el PRI, porque Movimiento Ciudadano también perderá la entidad en las urnas ante el exceso de protagonismo y corrupción de la pareja de palacio de gobierno, que se acerca cada día más a la cárcel.

    Sin embargo, el PRI perderá buena parte de sus militantes en el Congreso, de tal manera que podrá sobrevivir con la victoria en Nuevo León, pero no tendrá poder de decisión en el país.

    El PAN carece de diputados federales plurinominales en Baja California, Baja California Sur, Campeche, Colima, Guerrero, Nayarit, Quintana Roo, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas. Estados donde puede perder el registro en 2030.

    En cuanto a senadores plurinominales el PAN no tiene representación en Campeche, Colima, Guerrero, Michoacán, Nuevo León, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas.

    La posible victoria del PRI en Nuevo León lo mantendrá a flote, pero el PAN no tiene tabla de salvación en el naufragio al que lo sometieron los falsos líderes y sus excesos en el mundo de la corrupción y el narcotráfico.

  • Educación y conciencia de clase

    Educación y conciencia de clase

    Aspiraciones y deseos se promueven en el aula como objetivos individuales; se evita, casi intencionalmente, la apertura espiritual de la conciencia social y de clase.

    Desde los primeros años se presiona y se propone a la niñez el individualismo y la competición en la búsqueda del éxito personal. Se soslaya, a propósito, la cohesión del individuo con su grupo social, especialmente en la educación privada, aún en el caso de trabajo en equipo. Al mismo tiempo se separa, obligatoriamente, al aula de la familia y, si acaso, se observa y procura mejorar al individuo en su interacción con sus pares, para que se regule y funcione adiestrado a la norma impuesta que ignora su personalidad, lo señala y evita una verdadera integración social generando acoso escolar desde la autoridad de las instituciones educativas misma, ante la complacencia de quienes detentan el poder económico e influyen determinando el rumbo del poder político.

    Este cúmulo de contradicciones evita que la integración, no solo como aceptación y convivencia del individuo, sino como clase social, se convierta en una realidad que integre a todas las personas a cada comunidad, es decir, no lo permite, lo frena. Si lo propiciara, generaría conciencia de clase, comunidad sin masificar reconociendo en cada individuo la hermosa posibilidad del aporte personal a la riqueza cultural colectiva y el surgimiento de liderazgos de base, lo que en su conjunto generaría una auténtica transformación desde cada familia y con el aporte constante y creativo de cada individuo y comunidad contando con toda la diversidad abiertamente aceptada e integrada en cada comunidad.

    Tanto en la educación privada como pública, la gran mayoría de las personas resulta ser parte de una familia que depende del salario proveniente del trabajo, incluso aquellos cuyos ingresos les hacen sentir y creer que son superiores a quienes tienen menos.

    Esas diferencias aparentes disgregan, crean aversión entre pares, especialmente cuando la formación de las infancias se centra en el mérito personal soslayando la integración colectiva en la comunidad educativa.

    No sorprende que la educación y formación se vean obstaculizadas por el abuso en la utilización de los dispositivos móviles, sean teléfonos, tabletas, lap tops y demás. La gente se ve inmersa en la adicción al instrumento porque puede usarlo como quiera y entrar en el “mundo” que prefiera sin realmente confrontar su realidad y así interactuar lo menos posible con sus pares, tanto en la escuela como en cualquier parte.

    Es pertinente comprender que estos dispositivos pueden convertirnos en una especie de autómatas y el peligro de esto, se incrementa con la orientación de las redes sociales y sus algoritmos y la administración de la llamada Inteligencia Artificial, la cual se convierte, poco a poco, en un instrumento de control político y social que deriva en la aceptación de la explotación, la sumisión y la pérdida de conciencia e incapacidad de tomar decisiones sin su guía o dirección.

    Lo peor es que no se trata de un asunto de decisión personal, cada vez más es una forma de decidir, incluso sobre políticas y cultura dentro de las empresas. Es como si fuera una moda impuesta y estar fuera de ella es estar anulado o ser tachado de subversivo. Es vivir andando contra la corriente.

    Al iniciarse el terrible periodo fascistoide de la “noche neoliberal” en México, opiné y caminé contra la corriente y pude ver cómo, quienes estaban plegados a esa ideología y a esas posturas, eran encumbrados rápidamente por los méritos que se atribuían a ese pensamiento y también los vi caer en muy poco tiempo por la ineficacia de acciones que provenían de la ignorancia producida por el individualismo que aprendieron.

    La escuela tendría que convertirse en el centro de la acción transformadora en cada comunidad, sobre todo desde la perspectiva del crecimiento y enriquecimiento cultural de cada persona que interviene en la educación, desde el pupitre, desde la pizarra, desde el escritorio en toda la extensión de la influencia de la burocracia educativa, hasta la mismísima Presidencia de la República.

    La Educación debe ser la motivación más importante de un gobierno que ha atendido a la mayor parte de los sectores sociales con programas de Bienestar, que son de lo más valioso que hoy tiene México que, aunque son todavía insuficientes, ya significan muchísimo para la vida de la gente y no solo para el mercado. La siguiente prioridad, antes que la inversión, que por cierto ya fluye como nunca, tiene que ser la educación desde la integración de la escuela con la Comunidad Educativa, definida esta, como el espacio humano y geográfico que rodea a la escuela y a todas las personas que en ella confluyen.

    Hacer comunidad es transformar en serio.

  • Emprender en el capitalismo o la farsa de arriesgar el capital

    Emprender en el capitalismo o la farsa de arriesgar el capital

    El relato del emprendedor que ahorra, arriesga, invierte y finalmente cosecha el fruto de su esfuerzo es, probablemente, la pieza de propaganda más eficaz que ha producido el capitalismo contemporáneo. Su eficacia no radica en su sofisticación teórica sino en su simpleza narrativa: un conjunto de pasos a seguir según el manual, una secuencia lógica, un desenlace moralmente satisfactorio.

    Quien gana, gana porque lo hizo bien. Quien pierde, pierde porque asumió un riesgo que no supo administrar. Es un cuento con la estructura de una fábula y la pretensión de una ley natural.

    El primer problema de este esquema es que presenta el punto de partida como si fuera neutro. Se habla de “ahorro” como si todas las personas tuvieran, en igualdad de condiciones, un excedente disponible para acumular y eventualmente convertir en capital. Pero el ahorro no es una virtud individual desligada de la posición social: es una función directa del ingreso, y el ingreso es una función directa de la estructura de propiedad que ya existe antes de que el relato del emprendedor siquiera comience. Alguien que hereda una casa, una educación cara o simplemente la tranquilidad de no tener que sostener a una familia numerosa con un salario mínimo, ahorra con una facilidad que no está disponible para la mayoría. El invertir capital, lejos de ser un punto de partida común, ya es un resultado desigual de una historia previa que el relato prefiere no contar.

    El segundo problema, más profundo, es la pregunta que el esquema evita formular: por qué existe, de entrada, una clase de personas que dispone de medios de producción y otra que solo dispone de su fuerza de trabajo. El emprendedor idealizado no crea el capital de la nada; lo posee porque en algún momento —suyo o heredado, da igual— alguien tuvo acceso privilegiado a la propiedad, mientras otros quedaron excluidos de ella. Esa exclusión no es un accidente del mercado sino su condición de posibilidad.

    El riesgo empresarial existe, es cierto, pero es un riesgo que recae sobre el capital, mientras que el trabajador sostiene el riesgo de no poder pagar el alquiler o la comida si el negocio no funciona y es despedido, sin haber tomado jamás la decisión de arriesgar nada. El empresario arriesga una parte de su patrimonio; el trabajador arriesga su subsistencia entera. Y sin embargo el relato invierte esa jerarquía moral y presenta al primero como el héroe que se anima a saltar al vacío, mientras el segundo queda reducido a un costo fijo, una línea en la planilla, alguien que “cobra igual” como si eso fuera un privilegio y no la condición mínima para poder seguir viviendo.

    Lo que este esquema pedagógico logra, en definitiva, es naturalizar una relación de explotación presentándola como una secuencia técnica y moralmente neutra. Convierte una estructura de clase en una historia de mérito individual. Convierte la pregunta política —quién tiene acceso a los medios de producción y por qué— en una pregunta de carácter personal: quién tuvo la idea, quién se animó, quién ahorró. De esa manera, cualquier crítica a la desigualdad se puede desactivar apelando a la responsabilidad individual: si no eres empresario es porque no ahorraste, no pensaste una buena idea, no te animaste a arriesgar. La pobreza y la riqueza dejan de ser efectos de una estructura y pasan a ser el resultado directo de decisiones personales, lo cual exime al sistema de toda responsabilidad.

    Frente a esto, no se trata de negar que existan personas que emprenden proyectos, ni de desconocer que hay esfuerzo, ingenio y también fracaso en esas trayectorias. Se trata de señalar que ese relato, elevado a modelo general de cómo funciona la economía, oculta la pregunta esencial: por qué la sociedad está organizada de tal manera que la supervivencia de la mayoría depende de que una minoría decida, según su cálculo de ganancia, si vale la pena contratarla. Esa pregunta no tiene respuesta en el esquema del ahorro y la idea de negocio. Tiene respuesta en el análisis de cómo se distribuye, históricamente, la propiedad.

  • Dejemos de imaginar realidades imaginarias

    Dejemos de imaginar realidades imaginarias

    Vivimos en tiempos de una imaginación desbordada, desmedida y descontrolada. Vivimos en tiempos de un malestar tan profundo, de una angustia tan angustiante, que hay quienes imaginan que en Gaza sucede un genocidio, desean que en Gaza suceda un genocidio. Y no, no hablo de esos funcionarios israelíes que declaran que luchan “contra animales humanos” y que sus ataques sobre palestina ponen el énfasis “en el daño, no en la precisión”. No, hablo de esa gente a la que que según Ariana Harwicz —escritora argentina retirada del festival Cultur-Alh de Granada— “les angustia terriblemente que no haya genocidio [en Palestina]. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel” (Harwicz dixit).

    Se trata de personas que, recurren a consignas como “basta del genocidio en Gaza”, para manifestar su odio “a los judíos y pedir la aniquilación de Israel”, de ese Israel inocente, debil y desprotegido que cuenta con una superioridad militar abrumadora sobre la población a la que bombardea, sitia y desplaza; superior a la de Palestina, que no tiene un ejercito convencional, y la de Hamás que no tiene fuerza aérea, armada, defensa aérea integrada, ni capacidad para disputar el control territorial o aéreo a Israel. Personas que olvidan que Israel se creo para evitar un segundo genocidio judio, no para evitar que los sionistas cometieran un genocidio palestino, ¡faltaba más!

    Estamos hablando de personas que condenan a los nazis por pensar como nazis, que —como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos— consideran que “usar una falsedad histórica sobre un exterminio probado para degradar a sus víctimas, o propagar odio no merece la cobertura de la libertad de expresión como si fuera un debate académico ordinario”, y en consecuencia sancionan penalmente a los negacionistas del Holocausto.

    Entrados en gastos

    El exceso de imaginación y odio que condena Ariana Harwicz, y por lo cual se le condena, es el mismo que alimenta las luchas de afrodescendientes, indigenas, hispanos, mujeres, la comunidad LGBTTTIQA+, obreros, y cualquier minoría que —proyectando su odio y deseo de extermino sobre quienes odian y exterminan— imaginan que el supremacismo blanco cristiano y sionista controla el mundo, exprime lo que peda exprimir y explota todo lo que pueda explotar si al hacerlo les beneficia en algo. Se trata de una imaginación perniciosa que piensa que todos debemos vivir dignamente y no entiende que palestinos, afrodescendientes, indígenas, hispanos, mujeres, miembros de la comunidad LGBTTTIQA+, y  obreros, viven mal porque quieren, porque se niegan a ser hombres blancos cristianos y sionistas.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Los respetos morales

    Los respetos morales

    En la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, en su apartado cuarto trata de los respetos morales y su relación con la felicidad y el hacer el bien. Dice textualmente:  “La práctica del bien, objeto de la moral, supone el acatamiento a una serie de respetos, que vamos a estudiar en las siguientes lecciones. Estos respetos equivalen a los “mandamientos” de la religión.

    Son inapelables; no se los puede desoír sin que nos lo reproche la voz de la conciencia, instinto moral que llevamos en nuestro ser mismo. Tampoco se los cumple para obtener esta o la otra ventaja práctica, o para ganar este o el otro premio. Su cumplimiento trae consigo una satisfacción moral, que es la verdadera compensación en el caso.

    Ahora bien, la humanidad no podría subsistir sin obediencia a los respetos morales. En la inmensa mayoría de los casos, el solo hecho de obrar bien nos permite ser más felices dentro de la sociedad en que vivimos. Esto bien puede considerarse como una ventaja práctica, comparable a esos premios que las asociaciones benéficas o los periódicos conceden a quienes han hecho algún acto eminente de virtud: el que devuelve la cartera perdida, llena de billetes; el que salva a un náufrago, el que auxilia a un herido o enfermo, el que ayuda a las víctimas de una desgracia.

    Sin embargo, la moral está muy por encima de estas satisfacciones exteriores. A veces, su acción va directamente en contra de nuestra conveniencia. Si un conductor de auto atropella a un peatón en un camino desierto, y lo deja privado de conocimiento, lo más conveniente y ventajoso para él, desde un punto de vista inmediato, es escapar cuanto antes y no contar a nadie lo sucedido.

    Pero el instinto moral o la educación moral le ordenan asistir a su víctima, dar cuenta a la policía y someterse a las sanciones de la ley, aunque esto sea para él lo menos cómodo. Esta vigilancia interior de la conciencia aun nos obliga, estando a solas y sin testigos, a someternos a esa Constitución no escrita y de valor universal que llamamos la moral.

    Reconocemos así un bien superior a nuestro bien particular e inmediato. En este reconocimiento se fundan la subsistencia de la especie, la armonía de la sociedad, la existencia de los pueblos y de los hombres. Sin este sentimiento de nuestros deberes, nos destruiríamos unos a otros, o sólo viviríamos como los animales gregarios. Éstos, aunque sin conciencia humana, se ven protegidos en su asociación por ciertos impulsos naturales de simpatía, por lo que se llama “conciencia de la especie”.

    Pero siempre siguen siendo animales, porque, a diferencia del hombre, carecen de la voluntad moral de superación. Reconocemos así un bien superior a nuestro bien particular e inmediato. En este reconocimiento se fundan la subsistencia de la especie, la armonía de la sociedad, la existencia de los pueblos y de los hombres.

    Sin este sentimiento de nuestros deberes, nos destruiríamos unos a otros, o sólo viviríamos como los animales gregarios”.

  • Mira, Bartola…

    Mira, Bartola…

    tú no aprecias mis centavos
    y los gastas que da horror

    Chava Flores, La Bartola.

    A lo largo del año pasado, en México, la gente destinó la mayor parte de sus recursos a la adquisición de bienes y servicios para satisfacer necesidades cotidianas: al gasto corriente total correspondió 83% de su gasto total —gasto corriente: gastos que se realizan regularmente en el hogar para la adquisición de su canasta de consumo, además del gasto regular no destinado al consumo—. O sea, en 2025, los hogares mexicanos destinaron 83 centavos de cada peso que gastaron a compras regulares para la canasta básica y otros desembolsos habituales no ligados a consumo inmediato. Así que sólo una fracción menor se destinó a otros tipos de gasto —por ejemplo, ahorro, inversión o compras ocasionales—. Ahora, ¿cómo lo sabemos? Lo sabemos porque, del 25 de diciembre de 2024 al 7 de enero de 2026, el INEGI levantó en 28,668 viviendas particulares de todo el país la Encuesta Nacional de Gasto (ENG 2025).

    Con los resultados que arrojó la ENG, puede estimarse que en 2025 en nuestro país había un total de 38’348,376 hogares. En cada hogar en promedio hay 3.4 integrantes. La ENG permite también estimar que 24% de la población total de México radica en localidades rurales —menores a 2,500 habitantes— y el 76% restante en localidades urbanas: 31.6 millones y 99 millones, respectivamente. Eso quiere decir que si todo México fuera una pequeña isla en la que toda su población viviera distribuida en 50 hogares, entonces en esa isla habría 37 niñas y niños menores de 15 años, 116 personas de entre 15 y 64 años, y 17 adultos mayores de 65 años y más.

    ¿Y cuánto gastamos? Durante 2025, el gasto total promedio trimestral por hogar fue de 89,752 pesos. De ese monto, 74,404 pesos se destinaron a gasto corriente. El gasto corriente mensual promedio por hogar fue entonces de 24,801 pesos, y si consideramos el promedio de integrantes por hogar, resulta que, mensualmente, por persona, a lo largo de 2025 en promedio el gasto corriente ascendió 7,278.69 pesos.

    ¿En qué se nos va la vida —y el ingreso— y esos poco más de siete mil pesos mensuales por cabeza? Naturalmente, el mosaico del gasto revela una jerarquía dictada por la urgencia: la mayor parte de esos recursos se concentra en alimentación, transporte y vivienda, los tres pilares sobre los que gravita la rutina de los hogares mexicanos. Conviene ponerle número al batallar de todos los días: según los datos de la ENG 2025, al examinar el promedio mensual del gasto corriente monetario para todo el año, los hogares destinaron 6,746 pesos a alimentos, bebidas y tabaco; 3,863 pesos a transporte y comunicaciones; 1,634 pesos a educación y esparcimiento; 1,555 pesos a cuidados personales; 1,524 pesos a vivienda y servicios; 1,324 pesos a enseres domésticos, artículos para limpieza y cuidado de la casa; 925 pesos a vestido y calzado; 901 pesos a salud; y 839 pesos a transferencias y otros gastos. Al examinar de cerca esta arquitectura de la subsistencia, la encuesta del INEGI dibuja una parte importante del autorretrato de un país que destina una proporción fundamental de su esfuerzo económico a mantenerse a flote, lo que debería hacernos recordar que en la economía de la gran mayoría de las familias el margen para el asueto o el ahorro robusto sigue siendo un territorio estrecho y cuesta arriba.

    Por supuesto, ese promedio nacional se desdobla en dos realidades geográficas muy distintas al cruzar la frontera entre la ciudad y el campo. En las localidades urbanas, el gasto corriente monetario promedio trimestral por hogar fue de 62,985 pesos, impulsado principalmente por alimentos, bebidas y tabaco (21,382 pesos), transporte y comunicaciones (12,637 pesos), educación y esparcimiento (5,646 pesos), vivienda y servicios (5,291 pesos) y cuidados personales (5,122 pesos). En contraste, los hogares en localidades rurales registraron un promedio trimestral sensiblemente menor, de 40,465 pesos, donde si bien los alimentos (16,288 pesos) y el transporte (7,964 pesos) vuelven a ocupar los dos primeros sitios, los montos generales evidencian la profunda desigualdad estructural y los menores márgenes de maniobra económica que marcan el día a día fuera de los grandes centros urbanos.

    Como era de esperarse, el mapa nacional del gasto revela también una profunda cartografía de contrastes regionales. Frente al promedio nacional de 57,930 pesos trimestrales por hogar, las brechas entre entidades federativas dibujan dos Méxicos asimétricos. En el extremo superior se ubica la Ciudad de México con 84,564 pesos por hogar, seguida de cerca por Querétaro (81,685 pesos), Nuevo León (80,716 pesos) y Baja California Sur (78,826 pesos). En el extremo opuesto, marcando el reverso de la moneda, los hogares de entidades como Veracruz (42,554 pesos), Oaxaca (42,010 pesos), Tabasco (41,181 pesos), Campeche (39,299 pesos) y Chiapas —que registra el nivel más bajo del país con 38,203 pesos trimestrales— evidencian cómo las inercias del desarrollo económico regional condicionan de forma drástica el volumen de recursos con el que las familias encaran la vida cotidiana.

    Los resultados de la ENG 2025 muestran la imagen de un país cuyo esfuerzo económico se concentra, en buena medida, en salir adelante día con día. Mientras la urgencia de lo cotidiano devora la mayor parte del ingreso, la brecha entre lo necesario y lo posible sigue marcando, con números fríos, la distancia entre sobrevivir y vivir.

    @gcastroibarra

  • La verdadera reforma debe transformar las Fiscalías

    La verdadera reforma debe transformar las Fiscalías

    La idea de que cambiar el mecanismo de selección de las personas juzgadoras, mediante su elección por voto popular, terminaría por sí mismo con la impunidad y la corrupción en México parte de un diagnóstico equivocado del funcionamiento de la justicia penal. La corrupción y la impunidad no se originan únicamente en la forma en que se designa a quienes juzgan. El sistema penal involucra a policías, fiscalías, peritos, defensores, autoridades penitenciarias y, por supuesto, órganos jurisdiccionales. Si las redes de corrupción pueden operar desde la investigación de un delito, manipular una carpeta, fabricar una imputación o utilizar indebidamente las facultades del Estado, cambiar únicamente el mecanismo de selección de los juzgadores no resuelve las causas que permiten que esas prácticas ocurran y, mucho menos, garantiza por sí mismo que desaparezcan.

    Cualquiera que haya caminado por los pasillos de una agencia del Ministerio Público, que conozca cómo funcionan las fiscalías, sabe con absoluta certeza dónde se vende el destino de las víctimas y cómo el pobre es aquel que no encuentra justicia y, en muchos casos, siendo inocente, termina en prisión. El juez no sale a perseguir criminales a la calle ni levanta casquillos en la madrugada; el juez resuelve con el expediente que le llevan a la mesa, con lo que las partes ponen a su vista. Y es precisamente en ese primer eslabón, en los escritorios grises de las fiscalías locales y federales, donde la justicia en este país no solo se detiene: se vende, se negocia o se pudre.

    Las cifras oficiales no alcanzan a retratar la tragedia humana, pero exhiben la dimensión del engaño. De acuerdo con el INEGI, más del 93 % de los delitos que se cometen en México ni siquiera se denuncian. La gente no deja de ir por flojera o indiferencia; no va porque sabe que entrar a una fiscalía es someterse a una segunda victimización, a horas de maltrato, a pedir favores y a toparse con servidores públicos que miran el reloj esperando dinero para mover una sola hoja. Y de ese raquítico porcentaje que sí se atreve a denunciar, la inmensa mayoría de las carpetas van a dar a un cajón en el olvido. La efectividad real del sistema no llega ni al 2 %. ¿De qué sirve transformar juzgados si la materia prima que llega a ellos está podrida desde el origen?

    La corrupción y la falta de vocación ministerial operan con dos rostros descarados. Por un lado, la desprotección más miserable hacia los vulnerables. Y lo viví como abogada postulante de forma recurrente: mujeres víctimas de violencia extrema, delitos sexuales o agresiones intrafamiliares, víctimas que tienen que mendigar medidas de protección; madres que deben pagar de su propia bolsa la gasolina de la patrulla para que vaya a notificar, o que tienen que conseguir por sus propios medios las grabaciones de las cámaras de seguridad antes de que se borren, porque el agente del Ministerio Público a cargo «no tiene personal», o hubo una «falla técnica y se borraron». Si la víctima o el imputado es pobre, su carpeta está muerta o tarda años en judicializarse. Esa indolencia no es falta de presupuesto ni cansancio burocrático: es una forma perversa de violencia institucional y de un negocio que tiene atrapados a los ministerios públicos.

    Por otro lado, opera una justicia a la carta para los ricos y los influyentes. Mientras una fiscalía puede mantener congelada la denuncia de una mujer violentada, aun cuando existen pruebas, también puede fabricar en cuestión de días una investigación penal para obtener una orden de aprehensión al servicio de un despacho influyente o de intereses políticos. Se inventan delitos patrimoniales para cobrar venganzas comerciales, se convierten controversias civiles en supuestos fraudes penales y se utiliza la amenaza de la cárcel como instrumento de extorsión. Y cuando un juez, con rigor constitucional, frena esos atropellos, como ocurre frente a detenciones ilegales sustentadas en informes falsos de supuesta flagrancia elaborados desde un escritorio, las redes de corrupción reaccionan utilizando el dolor de las víctimas y su desconocimiento jurídico para linchar mediáticamente al juzgador y ocultar su propia responsabilidad.

    Sería injusto, sin embargo, desconocer que también existen agentes del Ministerio Público que trabajan con honestidad, que se esfuerzan por hacer justicia y que genuinamente buscan ayudar a las personas. El problema es que, en determinadas instituciones, las redes de corrupción son tan profundas que terminan por involucrar, someter o convertir en instrumentos de sus intereses incluso a quienes inicialmente no forman parte de ellas. Hay quienes participan directamente y quienes, bajo presiones, instrucciones o amenazas de sus propios compañeros o superiores, terminan ejecutando actos que nunca debieron ocurrir. El resultado es el mismo para quien enfrenta un proceso penal: investigaciones manipuladas, detenciones ilegales, informes falsos de supuesta flagrancia elaborados desde un escritorio y decisiones que pueden destruir una vida. Cuando un juez, con rigor constitucional, frena esos atropellos, esas mismas redes pueden utilizar el dolor de las víctimas y su desconocimiento jurídico para desacreditar públicamente al juzgador, mientras ocultan su propia responsabilidad.

    Hablemos claro: la autonomía de las fiscalías se convirtió en un cheque en blanco para el compadrazgo y la impunidad interna. Se autonombraron intocables, pero siguen subordinadas al poder político en turno y a los intereses fácticos de sus titulares. Adentro no asciende quien investiga con rigor científico, ética o perspectiva de derechos humanos; asciende quien obedece consignas, quien cuida las espaldas a los mandos y quien sabe qué expedientes no deben tocarse jamás. Sus órganos de control interno y sus visitadurías son simples figuras de adorno, diseñadas para tapar los delitos de casa y castigar únicamente al que no se alinea a la red.

    La ciudadanía tiene que mirar de frente la raíz del problema. No habrá paz, verdad ni reparación del daño mientras existan fiscalías en las que la discrecionalidad, la opacidad y la corrupción permitan que una denuncia no sea debidamente investigada, que una investigación se utilice para favorecer intereses particulares o que una persona sea sometida a un proceso penal por razones ajenas a la justicia.

    La reforma que realmente puede cambiarle la vida al ciudadano no consiste únicamente en modificar estructuras, cambiar nombres o mover funcionarios de una oficina a otra; exige instituciones capaces de investigar con independencia, de rendir cuentas sobre la actuación de sus agentes y sobre las determinaciones que adoptan en cada investigación, de explicar y justificar sus decisiones conforme a la ley y, sobre todo, de investigar y sancionar a quienes utilizan las facultades del Estado para cometer abusos. También implica proteger a los agentes del Ministerio Público que hacen correctamente su trabajo, para que no sean presionados, utilizados o silenciados por quienes pretenden convertir la procuración de justicia en un espacio de intereses particulares.

    La justicia penal no comienza con la sentencia de un juez. Comienza mucho antes: en el momento en que una persona herida, asustada o vulnerada cruza la puerta de una fiscalía buscando ser escuchada y encontrar protección. Ahí empieza también la responsabilidad del Estado. Si esa persona encuentra indiferencia, corrupción, influyentismo, violencia o impunidad, el daño no termina en una carpeta mal integrada: se rompe su confianza en las instituciones y se debilita el Estado de derecho.

    Por eso, combatir la corrupción en las fiscalías no es una cuestión administrativa ni un asunto interno de las instituciones; es una obligación frente a cada persona que deposita en ellas su libertad, su patrimonio, su seguridad y, muchas veces, la esperanza de obtener justicia.

    Porque cuando el poder de investigar deja de estar al servicio de la justicia, puede convertirse en una de las formas más peligrosas de injusticia.

  • LA HACE DE EMOCIÓN

    LA HACE DE EMOCIÓN

    La reaparición pública del expresidente Andrés Manuel López Obrador hizo temblar los huesitos de más de uno. Y es que no está de más decirlo: se le ve muy bien, incluso, a mi parecer, mejor conservado que cuando era Presidente de México. Y no sería extraño; el estrés que implica gobernar un país termina pasando factura a cualquiera. López Obrador reapareció desde Palenque, Chiapas, para presentar su nuevo libro, Pueblo, y aprovechó para hablar nuevamente de algunos de los temas que marcaron su gobierno: la honestidad, la corrupción, la austeridad y lo que él considera las bases de la Cuarta Transformación. En su mensaje sostuvo que la mayor riqueza de México es la honestidad de su pueblo y reconoció también que la corrupción todavía existe porque, según explicó, se encontraba profundamente arraigada en la vida pública del país.

    Más allá de estar o no de acuerdo con él, hay algo que resulta interesante: López Obrador sigue teniendo la capacidad de mover la conversación pública prácticamente con una sola aparición. Después de un periodo alejado de la exposición cotidiana que implica la Presidencia, reaparece, habla durante más de una hora y nuevamente buena parte de la conversación política gira alrededor de él. No es poca cosa.

    Hay además un asunto particularmente delicado. Durante mucho tiempo se han realizado señalamientos públicos alrededor de sus hijos y, como ocurre con cualquier persona, esos señalamientos deben demostrarse con pruebas y no simplemente repetirse hasta convertirlos en una supuesta verdad. Yo tengo conocimiento directo de una declaración que considero sumamente interesante, proveniente de un personaje cuyo nombre ha aparecido recientemente relacionado públicamente con investigaciones sobre contrabando de combustibles y que hizo referencia a los hijos del expresidente. Por ahora no voy a revelar su contenido ni presentar esa versión como un hecho comprobado. Cuando exista el momento, el contexto y los elementos suficientes para documentarla responsablemente, se podrá contar la historia completa. En asuntos de esta naturaleza, una cosa es tener información y otra muy diferente poder probarla.

    Pero mientras López Obrador reaparecía en Palenque, ocurrió una coincidencia política imposible de ignorar: otro expresidente mexicano que durante años ha mantenido un perfil público considerablemente bajo volvió a aparecer. Carlos Salinas de Gortari participó el 28 de septiembre en el conversatorio “Hablemos de México”, organizado por estudiantes mexicanos de Harvard, una de las universidades más reconocidas de Estados Unidos. Las fotografías comenzaron a circular y la presencia de Salinas volvió inmediatamente a generar conversación.

    ¿Coincidencia? Puede ser. Afirmar algo distinto sin evidencia sería especular. Pero periodísticamente resulta inevitable observar el contraste: López Obrador reaparece desde Palenque hablando de pueblo, honestidad, corrupción y transformación, mientras Salinas reaparece desde Harvard hablando sobre México. Dos expresidentes separados por décadas, proyectos políticos y visiones radicalmente distintas del país regresando prácticamente al mismo tiempo al escenario público. Veremos qué sucede. Esto apenas comienza a ponerse interesante y no hace falta recurrir a la ciencia ficción: basta observar los movimientos y documentar los hechos.

    Y precisamente uno de los asuntos sobre los que habló López Obrador merece una discusión mucho más profunda: la corrupción. Si la honestidad pretende continuar siendo uno de los pilares de la llamada Cuarta Transformación, ese principio necesariamente tiene que aplicarse a todos. No puede depender del partido político, del cargo ni de la cercanía con el poder.

    Los acontecimientos recientes demuestran que el problema sigue existiendo. La denominada Operación Enjambre había dejado, hasta el 8 de septiembre de 2026, 111 personas detenidas por presuntos vínculos con el crimen organizado y 14 presidentes o expresidentes municipales vinculados a proceso o encarcelados. Y existe un dato que vale la pena destacar: entre ellos aparecen personajes pertenecientes tanto a partidos de la coalición gobernante como a partidos de oposición. La corrupción y la infiltración criminal no reconocen colores partidistas. En Morelos, investigaciones federales también han derivado en detenciones de servidores públicos, exservidores públicos, empresarios y particulares presuntamente relacionados con redes de protección a organizaciones criminales. La propia Presidencia informó en julio sobre investigaciones que identificaron una red integrada por actores políticos, funcionarios, particulares y empresas, además del bloqueo financiero de 22 personas físicas y 10 personas morales.

    Por eso la discusión no debería consistir únicamente en repetir que somos honestos. La honestidad pública necesita instituciones capaces de investigar, demostrar responsabilidades y sancionar, respetando siempre el debido proceso. Cuando un funcionario utiliza el dinero público para enriquecerse, cuando recibe sobornos o cuando pone una institución al servicio de intereses criminales, no solamente roba dinero: destruye carreteras que pudieron construirse, hospitales que pudieron equiparse, escuelas que pudieron mejorarse y servicios que pudieron llegar a millones de ciudadanos.

    Personalmente considero que México debería endurecer sustancialmente el combate institucional contra la corrupción grave, particularmente cuando exista asociación con organizaciones criminales, siempre dentro del marco constitucional y con debido proceso. Incluso debería discutirse si determinados delitos graves de corrupción requieren mecanismos penitenciarios especializados. No como instrumento de persecución política, sino como parte de una política integral que haga extraordinariamente costoso utilizar un cargo público para delinquir.

    Y aquí aparece otra discusión que pocas veces se aborda con suficiente profundidad: la relación entre la justicia estadounidense y los integrantes del crimen organizado que deciden convertirse en colaboradores. Estados Unidos utiliza desde hace décadas acuerdos de cooperación mediante los cuales personas involucradas en delitos extremadamente graves proporcionan información o testifican contra otros acusados a cambio de que esa colaboración pueda ser considerada al momento de dictar sentencia. Esto no significa automáticamente impunidad, pero sí puede producir reducciones importantes de las penas.

    El caso de Vicente Zambada Niebla, “El Vicentillo”, está perfectamente documentado por el Departamento de Justicia estadounidense. Integrante de alto nivel del Cártel de Sinaloa, se declaró culpable y aceptó colaborar con las autoridades. El propio gobierno estadounidense informó que su acuerdo contemplaba solicitar una pena inferior a la prevista si su cooperación era completa y verdadera. Finalmente fue condenado a 15 años de prisión y las autoridades reconocieron públicamente su cooperación. El juicio contra Joaquín “El Chapo” Guzmán constituye otro ejemplo de la importancia de estos colaboradores: el Departamento de Justicia informó que la evidencia presentada incluyó el testimonio de 14 testigos cooperantes, entre ellos Rey y Vicente Zambada, Dámaso López y otros antiguos integrantes del narcotráfico.

    Ese mecanismo puede resultar eficaz para desmantelar organizaciones criminales, descubrir estructuras financieras y llegar a personajes que de otra manera serían prácticamente intocables. Pero también abre una discusión ética perfectamente válida: ¿hasta dónde debe llegar el beneficio otorgado a alguien que participó durante años en organizaciones responsables de enormes cantidades de droga, corrupción y violencia a cambio de entregar información sobre otros?

    No es una pregunta sencilla. La justicia estadounidense sostiene ese sistema porque la cooperación puede permitir perseguir estructuras superiores. Pero para las sociedades que padecieron directamente las consecuencias de esas organizaciones resulta comprensible preguntarse cómo personas que participaron en delitos gravísimos pueden eventualmente recuperar su libertad después de colaborar con las autoridades.

    México también debería observar con atención lo que esos procesos judiciales han revelado sobre algo todavía más preocupante: la profundidad con la que el narcotráfico puede penetrar las instituciones. El caso de Genaro García Luna terminó en Estados Unidos con una condena superior a 38 años de prisión. El Departamento de Justicia sostuvo, después del juicio, que utilizó sus cargos públicos para beneficiar al Cártel de Sinaloa a cambio de millones de dólares en sobornos. Independientemente de partidos o administraciones, ese antecedente debería ser suficiente para entender la dimensión del problema.

    Por eso coincido con una parte fundamental del mensaje que López Obrador volvió a poner sobre la mesa: la corrupción debe combatirse. Pero ese principio tiene que trascender nombres, sexenios y partidos. Si la Cuarta Transformación construyó buena parte de su legitimidad alrededor de la honestidad, quienes hoy representan ese movimiento tienen una responsabilidad todavía mayor de demostrarla. Cuando existan elementos contra un alcalde, gobernador, funcionario o empresario, que se investigue. Si existen pruebas suficientes, que un juez determine responsabilidades. Y si no existen, que tampoco se utilice la sospecha como instrumento para destruir reputaciones.

    México necesita instituciones que no pregunten primero de qué partido es el acusado antes de decidir si investigan.

    La reaparición de Andrés Manuel López Obrador vuelve a recordarnos algo: el expresidente podrá haberse retirado de Palacio Nacional, pero evidentemente no ha desaparecido de la conversación política mexicana. Y mientras él habla desde Palenque de honestidad, corrupción y transformación, Carlos Salinas reaparece en Harvard. Al mismo tiempo avanzan investigaciones contra funcionarios y alcaldes y continúan conociéndose en Estados Unidos expedientes que muestran hasta dónde pueden llegar las redes del narcotráfico, la corrupción y los acuerdos con quienes deciden colaborar con la justicia.

    Hay demasiadas piezas moviéndose sobre el tablero como para no observarlas.

    Por ahora, la hace de emoción.

  • ¿Y la soberanía, American Society of México?

    ¿Y la soberanía, American Society of México?

    American Society of México (AmSoc) es una organización privada vinculada históricamente con la comunidad estadounidense y con la relación empresarial y bilateral entre México y Estados Unidos. No es el gobierno de Estados Unidos ni representa la voluntad de los mexicanos.

    Por eso llama la atención que desde ese espacio se diga que “no les gusta nada” una propuesta mexicana relacionada con la doble nacionalidad de quienes aspiren a la Presidencia. ¿Perdón?

    En México podemos discutir, debatir, cuestionar y hasta estar en desacuerdo entre nosotros, ese llama democracia pero las reglas para ocupar la Presidencia de México corresponden a los mexicanos, a mexicanas y a nuestras instituciones.

    La iniciativa impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum plantea reformar la Constitución para establecer que quienes aspiren a la Presidencia de la República, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México no puedan tener otra nacionalidad además de la mexicana. La propuesta busca establecer esta condición específicamente para quienes pretendan ocupar esos cargos de máxima responsabilidad pública.

    ¿Qué pasa con la soberanía de México cuando quien aspira a gobernarlo mantiene también una nacionalidad que puede generar obligaciones, intereses o vínculos jurídicos con otro Estado?

    Nadie está diciendo o proponiendo que una persona deje de ser mexicana por tener doble nacionalidad. El punto es otro, ocupar la Presidencia de México no es lo mismo que tener derecho a votar, viajar o vivir donde uno quiera. Quien pretende conducir al Estado mexicano debe responder, antes que nada, ante México y ante los mexicanos.

    Y aquí hay una cuestión de fondo que no deberíamos perder de vista, cuando quien aspira a gobernar México conserva también la nacionalidad de otro país, es legítimo discutir qué implicaciones podría tener eso frente a conflictos de intereses, obligaciones jurídicas o decisiones en las que estén involucrados los intereses de ambas naciones.

    Eso no significa acusar de deslealtad a nadie por tener doble nacionalidad. Significa algo mucho más sencillo, la Presidencia de México merece reglas claras sobre dónde está la primera lealtad constitucional de quien pretende ejercerla.

    Estados Unidos es nuestro vecino, nuestro socio comercial y un país con el que México tiene una relación inevitablemente estrecha, pero precisamente por eso necesitamos una relación entre países soberanos, no una relación de subordinación.

    El reclamo y la preocupación del presidente de la American Society of México y representante del Partido Republicano en México, Larry Rubin, me parece bastante bizarra, su opinión es como si viéramos una Harley Davidson en un cuadro del Grecco, está totalmente fuera de lugar

    ¿Desde cuándo una organización privada estadounidense tiene que aprobar las reglas con las que los mexicanos decidimos quién puede gobernar México?

    México no necesita permiso de Washington, de una organización empresarial ni de ningún grupo extranjero para decidir sus propias reglas.

    Porque la soberanía no consiste en preguntarle al vecino si está de acuerdo, consiste en poder decir, esta decisión la tomamos nosotros.

    Les mando un abrazo fraterno.

  • Lula a la cabeza

    Lula a la cabeza

    Luiz Inácio Lula da Silva tiene dos enemigos a vencer en las próximas elecciones: la ultraderecha más rancia del mundo y los evangelistas, religión que adoptó su contrincante Jair Bolsonaro, quien fuera presidente de ese país de 2019 a 2023, padre del contrincante actual de Lula, quien lleva más de 8 puntos de ventaja en intención del voto.

    Jair Bolsonaro, se aferró con tanta fuerza a esa religión que hizo de algunos pastores no sólo sus mecenas y voceros sino congresistas. El fanatismo producto de la ignorancia que le caracteriza a los Bolsonaro, lo llevó a conducir a su pueblo como si fueran ovejas al matadero durante la pandemia.

    Jair no sólo se negó a adquirir vacunas de China y Rusia, por provenir de países “comunistas”, sino que determinó que la pandemia se alejaría de Brasil con oraciones, de tal suerte que tuvo como resultado ser el segundo país con más muertes en el mundo durante ese periodo.

    La ignorancia de Jair Bolsonaro no fue gratuita, desde la preparatoria fue instruido en escuelas militares, donde era más importante saber usar una pistola que leer.

    Ahora, el hijo proveniente del mismo adoctrinamiento fascista, es un mediocre abogado, cuyo padre lo convirtió en diputado estatal a los 21 años y en senador a los 37. Ha sido acusado por corrupción, lavar dinero y maltrato familiar; sin embargo, esto es sólo anecdótico comparado con sus declaraciones sobre seguir el mismo método de gobierno que Javier Milei, en Argentina, es decir, llevar al país a la bancarrota y al pueblo a padecer hambre.

    Lula, junto con la presidenta de México se han convertido no sólo en los líderes de los pueblos de América Latina sino en el contrapeso de las irrupciones antidemocráticas financiadas por Estados Unidos que llevan al poder a sus títeres, como ha sucedido en Colombia, Perú, Ecuador, El Salvador, Chile, Bolivia, Honduras, Costa Rica, República Dominicana, Guyana, Panamá, etc.

    El triunfo de Lula consolida la hermandad de los pueblos de américa Latina y cierra la puerta de la región a la ultraderecha para la que representa un verdadero manjar en ganancias y especulaciones financieras, acompañada de la sobrexplotación laboral que los conservadores acostumbraron en el pasado.

    Flavio Bolsonaro elogia las medidas de seguridad de Bukele, quien sacrifica salud, educación, vivienda, empleo, para tener a todos los jóvenes en la cárcel, acusándolos no sólo de pandillerismo con la simple sospecha de serlo, sino de terroristas por instrucciones del delirante presidente de Estados Unidos.

    La derecha en México guarda especial afecto por Flavio, aunque critica en México al gobierno del número de muertes por la pandemia y carencias en el sector Salud no cuestiona esos mismos problemas en sus aliados de América Latina, a quienes apoya incondicionalmente. Recordemos la felicitación de los panistas a Milei cuando llegó al poder, cuando Lilly Téllez lo invitó a ofrecer conferencias en México, “para que los poltícos mexicanos aprendieran a gobernar”. La invitación fue declinada por el gobierno argentino debido al escándalo que produjo la convocatoria de la panista.

    Desde ahora la derecha se organiza diferentes tipos de fraudes, financiados por Estados Unidos. Los medios ya empezaron a inducir el voto al afirmar que están empatados cuando la diferencia a favor de Lula es evidente.