Etiqueta: opinión

  • Dados cargados en Morena

    Dados cargados en Morena

    Las designaciones de los coordinadores por la defensa de la Transformación de Morena tienen dados cargados. Hay designaciones muy criticadas, que pudieron ser evitadas desde el inicio del proceso, por ejemplo, la de Beatriz Mojica, Julieta Ramírez, Carlos Torres Piña, Eugenio segura, Verónica Díaz. Es decir, el 50 por ciento de las designaciones generaron dudas y produjeron inconformidad.

    El caso de Zacatecas llega a la obviedad, porque si la pelea obsesiva por el poder de los Monreal llegó al extremo de la amenaza de renuncia al partido de Saúl Monreal quien quería ser obligadamente candidato a gobernador, debieron encender las luces de alerta sobre el clan pero le dieron el triunfo, a través de Verónica Díaz, ex esposa de su hermano Luis Enrique, hay divorcios por conveniencia, todos los días hay muestra de ello, esta ruptura tuvo lugar en 2018.

    La cúpula de Morena se concentró en asegurar que, una vez firmadas las condiciones del proceso por los participantes, nadie podría echarse para atrás, pero no se aclaró que se tendrían que aceptar ganadores por absurdos que fueran los resultados.

    El filtro para impedir que hubiera deterioro de la imagen de la cúpula morenista se aplicó de manera selectiva, tal es el caso de Evangelina Moreno Guerra, quien promovió ante la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación un juicio para la protección de sus derechos político-electorales, luego de no haber sido incluida en la encuesta final del proceso en Baja California.

    En el recurso cuestiona la entrega de la constancia de coordinadora estatal a Julieta Ramírez Padilla, así como diversos actos relacionados con la organización y ejecución de la encuesta. Se señala, además, la presunta falta de transparencia y publicidad de los resultados, la omisión de fundamentar y motivar la metodología empleada y una posible vulneración a los principios de paridad y equidad.

    Evangelina Moreno reiteró que su actuación tiene como propósito defender la legalidad, la participación política de las mujeres y el derecho a competir en condiciones de igualdad:

    “No solicitamos privilegios; exigimos reglas claras, transparencia y respeto a los principios de paridad y equidad. Las mujeres de Baja California tenemos derecho a participar y a ser evaluadas en condiciones justas”, señaló.

    La instrumentación de los concursantes no fue equitativa desde el inicio, y ahora que hay descontento, se adjudica traición a quienes convocan a la autocrítica al partido, a los que convocan a reconocer los errores y enmendarlos; se les llama priistas, adjetivo ya bastante fuerte para cualquier mexicano con dignidad.

    Si hay alguien en Morena con faltas graves a la lealtad es a quien defienden, es decir Ricardo Monreal, quien ha favorecido a otras organizaciones, intentado crear partidos nuevos, armonizado con los más radicales contrincantes, establecido amistad con quienes insultan a la Presidenta, otorgado espacios inmerecidos a los opositores, entre otros muchos motivos para ser nombrado traidor desde el sexenio pasado y lejos de expulsarlo del partido, se le entregan espacios para que su cacicazgo continúe haciendo daño a la Cuarta Transformación.

    Quien cuestione la conducta de los Monreal no atenta contra el partido, al contrario, lo defiende de él.

    Los concursantes firmaron un acuerdo de aceptación de los resultados con lógica, coherentes, respetuosos del derecho y atendiendo al pueblo y no a intereses particulares o familiares.

  • Bancos de ADN: cerrar la herida forense

    Bancos de ADN: cerrar la herida forense

    La seguridad no se mide únicamente en operativos, detenciones o reducción de homicidios. También se prueba cuando el Estado puede identificar a quienes murieron y devolverlos a sus familias. La pregunta es cómo convertir los avances en seguridad en una capacidad forense que no deje a miles de personas sin nombre. La respuesta pasa por completar el círculo: buscar, identificar y restituir.

    Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, con corte al 7 de septiembre de 2026, 132 mil 092 personas continuaban reportadas como desaparecidas o no localizadas. Pero el problema también está en quienes ya fueron encontrados y siguen sin identidad. Se trata de personas fallecidas que ya fueron recuperadas, pero todavía no tienen nombre. Esto significa que puede haber familias que continúan buscándolas sin saber que sus seres queridos ya se encuentran en los servicios forenses. Estimaciones de organizaciones civiles han ubicado en hasta 79 mil los cuerpos sin identificar, aunque no existe un registro estatal único y actualizado en tiempo real que permita conocer con exactitud el tamaño del rezago.

    Los datos del Inegi muestran la presión cotidiana sobre el sistema. Durante 2025 ingresaron 97 mil 920 cadáveres a la FGR y a los servicios forenses estatales, un promedio de 268 al día. En términos sencillos, fue como recibir un cuerpo cada cinco minutos y medio durante todo el año. Egresaron 90 mil 445 identificados y 6 mil 502 no identificados. Al cierre del año permanecían almacenados 10 mil 878 cadáveres. No se trata solo de estadísticas: cada cuerpo sin nombre representa una familia que permanece en la incertidumbre.

    Hay otra dimensión que no debe perderse de vista. Entre 2006 y 2023 se documentaron en México más de 5 mil 600 fosas clandestinas. Aunque este registro no representa un inventario actualizado en tiempo real, sí muestra que la tarea forense no se limita a los anfiteatros: también implica recuperar restos, preservar evidencias y reconstruir identidades en territorios donde la violencia dejó huellas difíciles de procesar.

    La administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum no parte de cero. Las reformas publicadas en 2025 crearon la Plataforma Única de Identidad, concebida para interconectar registros y realizar consultas permanentes que apoyen la búsqueda, localización e identificación. La revisión de la información detectó actividad posterior al reporte en más de 40 mil registros, lo que abrió nuevas rutas de localización.

    A esa herramienta se suman más capacidades institucionales. La Comisión Nacional de Búsqueda y la Red Nacional de Buscadores cuentan con 354 especialistas distribuidos en 26 entidades. Además, se autorizaron 643.5 millones de pesos para las 32 comisiones locales, 12.3 por ciento más que en 2025; más de 30 por ciento se orientará a centros de resguardo e identificación humana en 14 entidades.

    Pero el contraste es decisivo: las herramientas ya existen, mientras la etapa que convierte una muestra genética en una identificación todavía avanza con retraso. El 10 de septiembre, la propia presidenta reconoció que persiste un rezago en el análisis de ADN. Explicó que la Secretaría de Gobernación, la FGR y las fiscalías estatales trabajan en una base conjunta para consolidar un banco nacional. La ley ya contempla el Banco Nacional de Datos Forenses, pero contar con la herramienta no basta si las muestras no se analizan y los perfiles no se incorporan oportunamente.

    El Consejo Nacional de Seguridad Pública había fijado como plazo el último día hábil de julio de 2026 para terminar el rezago de la Base Nacional de Información Genética. El reconocimiento presidencial de septiembre muestra que ese objetivo aún no se cumple por completo. Persisten, además, bases fragmentadas, servicios forenses saturados, capacidades territoriales desiguales y expedientes sin huellas, fotografías, señas particulares o muestras familiares suficientes.

    Por eso, el siguiente paso debe ser concreto: acelerar el análisis pendiente con plazos y supervisión mensual; completar la interconexión segura entre el Banco Nacional de Datos Forenses, fiscalías, comisiones de búsqueda y registros administrativos; priorizar recursos en las entidades con mayor rezago; integrar información completa desde el primer reporte, y convertir las identificaciones y restituciones a las familias en indicadores públicos de seguridad.

    La recuperación de un cuerpo no es el final de la búsqueda, sino el inicio de otra responsabilidad: saber quién era, qué ocurrió y cómo devolverlo dignamente. Un banco de ADN no devuelve la vida, pero sí puede devolver el nombre. Cuando una familia deja de buscar a ciegas, la seguridad deja de ser una cifra y se convierte en justicia; ahí comienza, de verdad, el cierre de la herida forense.

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  • 23 de septiembre: la memoria de Madera y las luchas que transformaron a México

    23 de septiembre: la memoria de Madera y las luchas que transformaron a México

    Hay fechas que no aparecen en los calendarios oficiales con la misma fuerza que otras, pero que resultan indispensables para entender la historia contemporánea de México. El 23 de septiembre de 1965 es una de ellas.

    Ese día, en Ciudad Madera, Chihuahua, un grupo de jóvenes estudiantes, maestros y campesinos integrantes del Grupo Popular Guerrillero, encabezado por Arturo Gámiz y Pablo Gómez, intentó tomar el cuartel militar de la localidad.

    La acción fracasó. Murieron ocho integrantes del grupo y seis militares, de acuerdo con la documentación del Archivo General de la Nación. Pero lo ocurrido aquella mañana trascendió el enfrentamiento y se convirtió en un referente para los movimientos armados que surgirían posteriormente en distintas regiones del país.

    Para comprender Madera hay que mirar mucho más atrás que aquella madrugada. Un país que había cerrado muchas puertas. México se presentaba internacionalmente como una nación estable, producto de la Revolución de 1910 y con instituciones consolidadas. Pero debajo de esa imagen existían profundas contradicciones.

    En distintas regiones persistían conflictos agrarios, cacicazgos, concentración de tierras y abusos contra comunidades campesinas. En Chihuahua, diversos grupos habían recurrido durante años a gestiones legales y políticas para obtener soluciones a sus demandas, mientras denunciaban despojos y abusos vinculados con caciques y compañías madereras.

    Al mismo tiempo, durante los años cincuenta y sesenta, México había vivido importantes movimientos estudiantiles, obreros, magisteriales, campesinos y médicos.

    Y ahí está una de las claves para entender Madera. No surgió de la nada. Fue producto de un contexto en el que determinados grupos llegaron a considerar que las vías institucionales no estaban ofreciendo respuestas.

    Madera abrió una etapa. El asalto al cuartel de Ciudad Madera es considerado por diversos investigadores como un punto de partida del movimiento armado socialista mexicano contemporáneo. A partir de entonces aparecieron diferentes organizaciones armadas en distintas regiones del país.

    Y después vendrían acontecimientos que marcarían todavía más profundamente a una generación: el movimiento estudiantil de 1968, la masacre de Tlatelolco, el Halconazo de 1971 y la llamada Guerra Sucia.

    Es imposible contar la historia de los movimientos armados sin contar también la historia de la represión. Y es imposible contar la historia de la represión sin escuchar las razones, demandas y experiencias de quienes fueron perseguidos.

    ¿Y qué tiene que ver todo esto con la democracia? Mucho.

    Pero no porque los movimientos armados, por sí mismos, hayan construido la democracia mexicana. La historia es mucho más compleja.

    La democratización de México fue resultado de décadas de luchas sociales, sindicales, estudiantiles, campesinas, feministas, indígenas, partidistas y ciudadanas, además de reformas electorales e institucionales.

    Pero sería un error negar que las décadas de represión también dejaron una profunda huella en la conciencia política del país. La existencia de presos políticos, desapariciones, torturas, asesinatos y persecución política obligó a generaciones posteriores a plantearse una pregunta fundamental: ¿Qué clase de democracia puede existir si el Estado no tolera la disidencia?

    Conmemorar el 23 de septiembre no significa decir que la violencia política sea lo más deseable ni que tomar las armas sea el único camino que deba seguir una sociedad democrática.

    Significa reconocer que hubo mexicanos que llegaron a considerar que las instituciones no les dejaban otra alternativa. Y significa preguntarnos por qué llegaron a pensar eso.

    Ese es quizá uno de los grandes aprendizajes que nos deja Madera. La democracia no se construye solamente votando. También se construye garantizando que quien protesta pueda hacerlo. Que quien exige tierra pueda ser escuchado. Que quien denuncia corrupción pueda hablar. Que quien piensa diferente no sea perseguido. Que una comunidad pueda defender sus derechos. Que un estudiante pueda organizarse. Que un trabajador pueda sindicalizarse. Que un periodista pueda investigar. Que una familia pueda exigir verdad y justicia.

  • Trump en la ONU: cárteles, soberanía y el reto de México

    Trump en la ONU: cárteles, soberanía y el reto de México

    Una vez más, desde uno de los escenarios políticos más importantes del mundo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, puso sobre la mesa un tema que México no puede simplemente ignorar. Durante su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas este 22 de septiembre, Trump afirmó que México es el “epicentro de la violencia de los cárteles” y sostuvo que nuestro país debe recuperar el control de aquellas partes de su territorio que se encuentran bajo influencia de las organizaciones criminales. Al mismo tiempo, y esto también debe decirse para poner sus palabras en su contexto completo, aseguró mantener una muy buena relación con el gobierno mexicano y reconoció avances en la cooperación entre ambos países.

    Las palabras son fuertes. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con la manera en que Trump aborda el problema, especialmente cuando desde Washington se habla de utilizar el poder militar estadounidense contra organizaciones criminales en nuestra región. México es una nación soberana y la defensa de esa soberanía no puede estar sujeta a discusión. Pero defender nuestra soberanía tampoco debería significar cerrar los ojos ante un problema que existe dentro de nuestras fronteras.

    Y aquí quiero hacer una precisión importante: sinceramente, no creo que toda la responsabilidad pueda depositarse simplemente sobre un gobierno, sobre un partido político o sobre una administración determinada. El problema del crimen organizado en México lleva décadas desarrollándose y ha adquirido dimensiones económicas, financieras, políticas y sociales que trascienden un sexenio.

    Pensemos por un momento qué ocurriría si mañana el Estado mexicano decidiera combatir simultáneamente no solamente a quienes portan las armas, sino también a todos aquellos que administran dinero, lavan recursos, prestan nombres, constituyen empresas, adquieren propiedades, realizan operaciones financieras o protegen los intereses económicos de las organizaciones criminales. No existe una base seria que permita afirmar cuántas prisiones serían necesarias y sería irresponsable inventar una cifra. Lo que sí existe es evidencia suficiente para entender la enorme dimensión de esas redes.

    En julio de este año, por ejemplo, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a más de 50 personas y entidades relacionadas con el Cártel Jalisco Nueva Generación. Las investigaciones describieron estructuras integradas por operadores, familiares, prestanombres, abogados, contadores, funcionarios señalados por corrupción y redes de lavado de dinero. Entre las empresas vinculadas históricamente por las autoridades estadounidenses con estas estructuras aparecen desarrollos turísticos, centros comerciales, compañías inmobiliarias, restaurantes, negocios agrícolas y empresas fachada.

    Pero no tenemos que depender exclusivamente de lo que diga Estados Unidos. La propia Unidad de Inteligencia Financiera del Gobierno de México informó recientemente que, después de analizar estructuras presuntamente vinculadas al CJNG, identificó indicadores relacionados con operaciones en efectivo, vehículos de alta gama, joyas, inmuebles, transferencias internacionales, tarjetas y activos virtuales.

    Ahí encontramos una parte del verdadero problema. El crimen organizado no vive solamente en la sierra, en una camioneta blindada o detrás de un arma larga. El dinero necesita circular. Necesita convertirse en propiedades, negocios, vehículos, inversiones y patrimonio. Necesita operadores y, en determinadas circunstancias, necesita corrupción y protección.

    Por eso combatir únicamente al hombre armado es combatir solamente la parte visible del problema.

    Existe además otra dimensión que pocas veces queremos discutir abiertamente: la normalización social del dinero proveniente de actividades criminales.

    Durante muchos años hemos visto en México cómo personas relacionadas con personajes del crimen organizado terminan conviviendo dentro de círculos empresariales, sociales e incluso familiares. Aparece entonces una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de preguntarnos de dónde salió el dinero?

    No estoy diciendo que un hijo deba responder penal o moralmente por los delitos de su padre. Evidentemente no. Cada persona responde por sus propios actos. Tampoco puede condenarse a alguien simplemente por un parentesco o una amistad. Eso sería profundamente injusto.

    Pero existe una diferencia enorme entre no responsabilizar a los hijos por los delitos de sus padres y convertir la riqueza de origen criminal en algo socialmente aceptable.

    Porque detrás de determinados patrimonios pueden existir víctimas que nunca aparecen en las fotografías de las fiestas, las bodas o las reuniones familiares. Puede haber familias extorsionadas, empresarios despojados, jóvenes atrapados por las drogas, comunidades aterrorizadas y personas asesinadas. Cuando una sociedad termina admirando el automóvil, la casa, el rancho o la fiesta y deja de preguntarse de dónde salió el dinero, el crimen organizado ha ganado algo posiblemente más peligroso que territorio: ha ganado normalidad.

    Por eso pienso que el principal motor para transformar esta situación tiene que ser la propia sociedad mexicana.

    El gobierno tiene una responsabilidad enorme, por supuesto. Las fiscalías tienen una responsabilidad. Los jueces, las policías, las Fuerzas Armadas, las instituciones financieras y las autoridades fiscales también. Pero nosotros, como sociedad, tenemos otra: dejar de normalizar aquello que sabemos que destruye nuestras propias comunidades.

    La evidencia internacional muestra además que el fenómeno ha dejado de limitarse desde hace mucho tiempo al narcotráfico. Organizaciones criminales mexicanas participan también en extorsión, tráfico de personas, robo de combustibles y otras economías ilícitas. El crimen organizado contemporáneo funciona cada vez más como una estructura empresarial diversificada.

    En este escenario también debemos tener mucho cuidado con otro fenómeno: la guerra política y mediática.

    En días recientes hemos observado una intensa discusión alrededor del director del Infonavit, Octavio Romero Oropeza, particularmente respecto de su salario y su patrimonio. Romero rechazó públicamente esas acusaciones y afirmó que existe una campaña de difamación en su contra; sostuvo que sus propiedades fueron adquiridas desde hace décadas y negó que su salario sea superior al de la presidenta de la República.

    ¿Existe detrás de todos los ataques una operación política destinada a golpear a uno de los personajes cercanos al expresidente Andrés Manuel López Obrador? Es una posibilidad que algunos pueden interpretar políticamente, pero mientras no existan pruebas suficientes sería incorrecto presentarla como un hecho.

    Lo que sí podemos decir es que Octavio Romero fue uno de los colaboradores importantes del gobierno de López Obrador y continúa ocupando una posición relevante dentro de la actual administración. En política existe una máxima antiquísima: divide y vencerás. Por eso tanto quienes gobiernan como quienes informan tienen una enorme responsabilidad. Las investigaciones periodísticas deben realizarse y los funcionarios deben rendir cuentas, independientemente del partido al que pertenezcan; pero las acusaciones también deben sustentarse con documentos y hechos verificables.

    México necesita crítica, investigación y periodismo. Lo que no necesita es que cada acusación se convierta automáticamente en sentencia dependiendo de quién la publique o contra quién vaya dirigida.

    Y llegamos entonces al otro gran concepto mencionado constantemente en la relación México-Estados Unidos: la soberanía.

    La presidenta Claudia Sheinbaum ha defendido reiteradamente una relación de cooperación con Estados Unidos sin subordinación. Esa posición cobra especial importancia cuando el presidente estadounidense habla abiertamente de organizaciones criminales mexicanas como enemigos que deben ser combatidos con una estrategia mucho más agresiva. Trump llegó incluso a comparar a los cárteles con ISIS durante su discurso ante Naciones Unidas.

    México debe defender su soberanía. En eso no debería existir duda. Pero la mejor defensa de nuestra soberanía no consiste únicamente en pronunciar discursos: consiste en construir un Estado suficientemente fuerte para que ninguna potencia extranjera pueda argumentar que tiene que resolver dentro de nuestro territorio aquello que nosotros no hemos podido resolver.

    Soberanía significa territorio, pero también significa instituciones.

    Significa policías confiables, fiscalías capaces, inteligencia financiera, tribunales funcionales, gobiernos municipales fuertes y autoridades que puedan ejercer el poder del Estado en cada rincón del país.

    Precisamente por eso me parece interesante otra discusión reciente impulsada por la presidenta Sheinbaum: la propuesta de reforma constitucional relacionada con la doble nacionalidad de quienes aspiren a ocupar la Presidencia de la República, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

    La iniciativa enviada al Congreso propone que quien aspire a esos cargos y posea otra nacionalidad tenga que renunciar a ella antes de registrarse como candidato. La explicación de la presidenta fue que el interés de México debe estar por encima del interés de cualquier otro Estado.

    En este punto sí quiero expresar claramente mi opinión personal.

    Yo soy mexicano y también conozco perfectamente lo que significa tener vínculos, derechos y responsabilidades con más de un país. Respeto profundamente a los millones de mexicanos que poseen doble nacionalidad y considero que eso no disminuye en absolutamente nada su amor por México.

    Pero la Presidencia de la República es diferente.

    Si un mexicano con doble nacionalidad tuviera algún día el enorme honor de convertirse en candidato a presidente de México, considero razonable que en ese momento tome una decisión definitiva. Quien aspira a convertirse en jefe del Estado mexicano, comandante supremo de las Fuerzas Armadas y representante máximo de nuestra nación debería asumir que su responsabilidad institucional está exclusivamente con México.

    No porque poseer dos nacionalidades convierta a alguien en menos mexicano. No es eso.

    Es porque la Presidencia representa algo excepcional.

    Cuando alguien jura cumplir y hacer cumplir la Constitución y defender los intereses de la nación, me parece congruente que no exista jurídicamente una segunda ciudadanía a la cual pueda recurrir mientras ejerce la máxima responsabilidad del Estado mexicano. Esa es mi posición y, naturalmente, habrá mexicanos que piensen diferente. Precisamente para eso existe el debate democrático.

    Todo termina conectándose.

    Trump habla desde Naciones Unidas sobre los cárteles. México responde defendiendo su soberanía. Nosotros discutimos hasta dónde puede llegar Estados Unidos y dónde debe comenzar nuestra propia responsabilidad. Pero quizá la pregunta verdaderamente importante no sea qué piensa Donald Trump de México.

    La pregunta es qué vamos a hacer nosotros con México.

    Porque ningún presidente estadounidense resolverá nuestros problemas. Ningún discurso en Naciones Unidas sustituirá a nuestras instituciones. Ninguna reforma por sí sola acabará con el crimen organizado.

    México necesita recuperar espacios, instituciones y, sobre todo, valores sociales que durante décadas hemos permitido que se deterioren.

    No podemos admirar el dinero y después sorprendernos por su origen. No podemos exigir gobiernos honestos mientras socialmente toleramos al que se enriqueció ilegalmente porque es amigo, vecino, conocido o familiar de alguien. No podemos exigir soberanía hacia afuera si toleramos impunidad hacia adentro.

    Donald Trump lanzó desde la ONU una acusación severa contra México. Podemos rechazar su forma de expresarla, cuestionar su estrategia e incluso defendernos políticamente de cualquier intento de intervención. Pero sería un error desperdiciar la oportunidad de mirarnos también nosotros mismos.

    México puede salir de esto.

    Tenemos instituciones, empresarios, trabajadores, jóvenes, profesionistas, Fuerzas Armadas, servidores públicos y millones de ciudadanos que todos los días trabajan honestamente. Son infinitamente más los mexicanos que quieren vivir en paz que quienes viven del crimen.

    Pero el cambio no llegará solamente desde Palacio Nacional, desde el Congreso, desde Washington ni desde Naciones Unidas.

    Tiene que comenzar también en nuestra casa, en nuestras empresas, en nuestras comunidades y en nuestra manera de decidir qué conductas estamos dispuestos a aceptar.

    Ánimo, mi querido México. Sí se puede salir de esto.

    Pero el principal motor tiene que ser la sociedad.

  • Morena resiste toda autocritica

    Morena resiste toda autocritica

    Nadie imaginó que Morena fuera tan frágil ante la invitación a la autocrítica. Sus mecanismos de defensa son todavía primitivos, porque considera que cualquier cuestionamiento es una trampa o una incursión con el contrincante.

    Los extravagantes resultados de la elección de coordinadores en defensa de la Transformación.

    Si todavía no identifican la autocrítica del sabotaje del contrincante, los cuestionamientos internos no representan ataques del enemigo sino una manera de mejorar lo que es perfectible.

    La condición de Morena le permite tener este tipo de descalabros sin dañar la estructura del partido, su número de militantes y permanente trabajo con la gene le fortalece. Por otro lado, se trata de un tema en el que la oposición no puede utilizar como insumo a sus críticas.

    Esto deben tenerlo muy presente las integrantes de la cúpula morenista, porque los procesos internos de selección de candidatos en cualquier partido de oposición, simplemente no existen, nada pueden criticar en ese sentido; sin embargo, la falta de autocrítica convirtió a los dirigentes del partido en un atentado a la legalidad, porque quienes protestaron por los resultados ilógicos y poco coherentes en la selección de precandidatos no fue la oposición ni la filtración del enemigo en las críticas mediáticas sino de morenistas convencidos de que las cosas no se hicieron como debían.

    Esto tuvo una reacción inmediata, nunca nadie se ocultó para poner en duda los resultados, las expresiones fueron directas y abiertas, las reacciones en los medios fueron firmadas por sus autores y los reclamos de frente.

    El viejo esquema de que si no estás conmigo estás contra mí, no cabe en la autocrítica y menos en el cuestionamiento interno. Morena está acostumbrado como partido a no tener críticas internas, esto sí debilita al movimiento y muestra que no está preparado para un sinnúmero de conflictos.

    Donde hay traición, filtración de datos, intromisión de acciones como el caso de Ricardo Monreal no lo ven como un factor que afecte la estructura del partido, pero sí consideran que cuestionar lo que carece de lógica tiene una carga de la oposición.

    La autocrítica debe ser bienvenida y la traición expulsada.

    Morena y su cúpula ha tenido la suerte de caminar sin tropiezos importantes en su interior, prácticamente desde su nacimiento. Todo fue trabajo y pelear contra una oposición de juguete.

    Esto es lo preocupante, porque el día que Morena tenga frente a sí una oposición real, pensante, con ideas y propuestas no resistirá el embate. La primera batalla para la fortaleza y consolidación de un proyecto político es la autocrítica, más aún en la izquierda.

    Desde 2018 Morena ha concursado en las elecciones sin oposición. Aparece en los votos únicamente como referencia pero no como contrapeso. Consolida pero no de manera hegemónica, imaginemos escenarios con una oposición ilustrada, consciente de su papel, con vinculación social, informada y con estudios serios.

    Desde luego una oposición así no surge de la noche a la mañana ni nace de la nada como partido nuevo, ante el panorama actual dicha escisión surgiría de las filas de Morena, hasta convertirse en competencia seria.

    Este es el momento para abrirse a la autocrítica sin afectar la estructura del partido, rectificar los errores luego de reconocerlos y señalar a los verdaderos traidores.

  • Cuando los datos rompen el relato

    Cuando los datos rompen el relato

    La seguridad no se defiende con consignas; se construye mirando de frente los hechos. Hay una regla que quienes hemos pasado años frente a un expediente aprendemos casi sin darnos cuenta: los hechos no se negocian. Una resolución no puede depender de simpatías, enojos, presiones externas ni de aquello que quisiéramos encontrar en una carpeta. La prueba se mira de frente, se analiza, se contrasta y, después, con responsabilidad, se decide.

    En la conversación pública deberíamos exigirnos exactamente lo mismo, porque también en política, en seguridad y en la vida cotidiana tenemos una costumbre peligrosa: aceptar con entusiasmo los datos que confirman lo que ya pensamos y desconfiar de aquellos que nos obligan a cambiar de opinión.

    Una cifra no tiene partido y no debería tenerlo. Los datos no están para darnos la razón; están para decirnos dónde estamos.Por eso vale la pena detenernos ante los últimos indicadores de percepción de seguridad publicados por el INEGI. El 59.8% de la población adulta en las principales ciudades del país manifestó sentirse insegura.

    La cifra sigue siendo enorme y no hay que maquillarla: significa que prácticamente seis de cada diez personas todavía viven una parte de su vida cotidiana con miedo. Eso no puede minimizarse, porque detrás de cada punto porcentual hay personas, familias que esperan un mensaje para saber que alguien llegó bien, mujeres que modifican sus rutas, comerciantes que miran dos veces hacia la calle antes de cerrar y víctimas que todavía esperan justicia. La deuda con ellas permanece, sin embargo, reconocer esa deuda tampoco nos obliga a cerrar los ojos ante lo que muestran los mismos datos.

    En junio, la percepción de inseguridad fue de 59.8%, frente al 61.5% registrado en marzo y al 63.2% de junio del año anterior; en diciembre pasado había alcanzado 63.8%. Hay, entonces, una disminución. No es una opinión ni una interpretación política: es una variación estadística registrada por el instrumento que mide la percepción de seguridad urbana. Reconocerla tampoco significa declarar resuelto el problema.

    En materia de seguridad no existen victorias definitivas, mucho menos cuando hablamos de un fenómeno que durante años ha lastimado comunidades enteras y que se vive de manera distinta en cada territorio, pero una cosa es exigir más y otra, muy distinta, negar aquello que los datos están mostrando simplemente porque no coincide con nuestras posiciones.

    Tenemos que aprender a mirar los números sin miedo. Si un indicador mejora, decirlo no significa entregar un cheque en blanco a la autoridad; del mismo modo, si un indicador empeora, señalarlo tampoco significa negar todo lo que sí funciona. La madurez democrática comienza, en buena medida, cuando dejamos de escoger los datos que queremos escuchar.

    La seguridad, además, tampoco cabe completa en una gráfica: tiene el rostro de la madre que recibe un mensaje de su hija diciendo “ya llegué”, la puerta de un negocio que puede cerrarse sin miedo, el vecino que vuelve a caminar por su parque y, también, la víctima que espera que una investigación avance y que un tribunal haga justicia.

    Por eso debemos distinguir algo fundamental: la percepción de inseguridad que mide el INEGI no es lo mismo que los delitos registrados ante las fiscalías. Son fenómenos distintos y deben analizarse como tales.

    También resulta relevante observar que, en los indicadores oficiales disponibles, aparecen señales de disminución en los homicidios dolosos. De acuerdo con los datos del Gabinete de Seguridad, el promedio diario de homicidios dolosos disminuyó 48% entre septiembre de 2024 y junio de 2026, con una reducción acumulada de 51% en julio. Estos números merecen ser examinados con rigor, sin propaganda, pero también sin negación y, sobre todo, sin convertirlos en una excusa para dejar de exigir.

    Reconocer que una política pública muestra resultados no elimina nuestra obligación de vigilarla; al contrario, obliga a preguntar qué está funcionando, dónde está funcionando, dónde todavía no y qué debe corregirse. Eso también es defender una transformación: no consiste en aplaudir todo ni en desacreditar todo, sino en observar, comparar, preguntar y exigir.

    Quien rechaza un dato solamente porque no coincide con su postura termina construyendo una realidad a la medida de sus propias certezas. Pero quien convierte una cifra favorable en motivo de celebración absoluta también se equivoca, porque todavía hay víctimas, todavía hay delitos y todavía hay familias esperando justicia.

    Entre ambos extremos existe algo mucho más difícil, pero también mucho más responsable: aceptar la realidad completa. En un juzgado, las pruebas no se acomodan para que encajen en una historia; es la historia la que tiene que responder a las pruebas. Quizá la vida pública debería exigirse exactamente lo mismo.

    Porque gobernar y juzgar tienen una responsabilidad que, aunque ocurre en espacios distintos, comparte una misma raíz: no cerrar los ojos frente a aquello que los hechos nos obligan a mirar.Defender una transformación no significa negar los problemas que todavía existen, pero tampoco significa negar los avances cuando aparecen. Significa tener la honestidad de reconocer ambos.

    México todavía enfrenta enormes desafíos en materia de seguridad y nadie debería utilizar una disminución estadística para decirle a una víctima que su dolor ya no importa. Pero tampoco deberíamos decirle a millones de personas que nada está cambiando cuando los indicadores muestran otra cosa. La democracia necesita ciudadanos capaces de exigir sin prejuicios y autoridades capaces de rendir cuentas sin miedo; necesita menos relatos construidos para ganar una discusión y más voluntad para entender una realidad compleja.

    Porque cuando los datos contradicen aquello que creíamos, tenemos dos caminos: cuestionar los datos hasta que vuelvan a darnos la razón o cuestionar nuestras propias certezas. En un expediente judicial, lo segundo no es una opción: los hechos terminan imponiéndose. Tal vez en la vida pública deberíamos aprender la misma lección.

    Cuando los datos rompen el relato, quizá no tengamos que romper los datos. Quizá tengamos que cambiar el relato.

  • La disputa por el sentido común y la falta de conciencia de clase

    La disputa por el sentido común y la falta de conciencia de clase

    Durante décadas, el pensamiento marxista ortodoxo esperó que la contradicción entre capital y trabajo produjera, casi de manera automática, una conciencia revolucionaria en el proletariado. Bastaba con que la explotación se agudizara para que las masas trabajadoras, al reconocer su condición, se levantaran contra el orden que las oprimía. La historia, sin embargo, desmintió ese pronóstico mecánico: en los países capitalistas más desarrollados, donde la clase obrera era numéricamente mayoritaria y su explotación innegable, no llegó la revolución esperada, sino la adhesión, la resignación o, en el mejor de los casos, una oposición tibia y fragmentada. Fue Antonio Gramsci quien ofreció la explicación más influyente de esta paradoja, y sus ideas siguen siendo la clave para entender por qué millones de personas sostienen, con sus propias voces, el sistema que las perjudica.

    La tesis central es que ninguna clase dominante gobierna únicamente mediante la fuerza. La coerción —el aparato policial, judicial y militar— existe, pero funciona como último recurso, como el borde visible de un dominio que se sostiene sobre algo mucho más eficaz y menos costoso: el consenso cultural.

    La burguesía no necesita imponer sus intereses a punta de bayoneta cuando logra que esos intereses aparezcan ante toda la sociedad como el orden natural de las cosas, como sentido común compartido por dominadores y dominados por igual. Ahí reside la fuerza de la hegemonía: no en silenciar al adversario, sino en hacer que el adversario hable con las palabras del amo sin percibir que lo hace.

    Esa operación se cuela en las frases más cotidianas. Cuando un trabajador afirma que el mundo siempre ha funcionado así, que la pobreza es resultado de la pereza individual o que son los empresarios quienes generan la riqueza mientras los obreros apenas la ejecutan, no está repitiendo un dogma impuesto desde arriba con violencia explícita; está reproduciendo, como verdad propia y evidente, una narrativa que en realidad sirve a intereses ajenos a los suyos. La ideología dominante deja de sentirse como ideología precisamente cuando se ha vuelto invisible, cuando ya no se experimenta como una interpretación posible del mundo entre otras, sino como el mundo mismo. En ese punto, el trabajador se convierte en guardián de un orden que lo subordina: vigila en sí mismo cualquier pensamiento que se aparte de esa lógica, censura sus propias dudas, desconfía de quienes cuestionan el sistema y, muchas veces, defiende con más fervor que el propio patrón los valores que legitiman su explotación.

    Esta dinámica revela que la batalla por el poder no se libra solo en la fábrica, en el salario o en la jornada laboral, sino en el terreno de la cultura: la escuela, la familia, los medios de comunicación, la religión, el lenguaje, el entretenimiento y hasta el sentido común más íntimo son campos donde se disputa qué visión del mundo aparece como natural y cuál como extraña o peligrosa. La producción de plusvalía sigue siendo el motor material del capitalismo, pero su reproducción a lo largo del tiempo depende de que esa extracción de valor no sea percibida como despojo, sino como intercambio justo, como mérito, como la única forma razonable de organizar la vida en sociedad.

    De ahí se desprende una consecuencia estratégica de enorme peso: si la dominación se sostiene también por consenso, entonces la emancipación no puede reducirse a una toma del poder político o económico.

    Antes de que cualquier transformación material sea posible, es necesario disputar el sentido común, construir una contrahegemonía capaz de mostrar como arbitrario lo que se presenta como natural, y de ofrecer una narrativa alternativa que permita a los sujetos subalternos reconocer su propia condición sin los lentes prestados por quienes se benefician de su sumisión. La revolución, en esta lectura, no comienza en la calle ni en la fábrica, sino en la conciencia: en la posibilidad de que el trabajador deje de custodiar, por convicción propia, las ideas que lo mantienen atado.

    Pensar la hegemonía en estos términos no resta importancia a la coerción ni a las condiciones materiales de explotación, pero sí obliga a mirar con otros ojos los fenómenos culturales que, a simple vista, parecen ajenos a la política: un chiste, un refrán, una serie de televisión, una clase escolar. En cada uno de ellos puede estar operando, silenciosa y eficazmente, la reproducción de un orden que ninguna fuerza policial podría sostener por sí sola.

  • Sin palabras

    Sin palabras

    ¡qué despiadados son
    en su callar los muertos!
    con razón
    todo mutismo trágico y glacial,
    todo silencio sin apelación
    se llaman: un silencio sepulcral.

    Amado Nervo, ¡Cómo callan los muertos!

    Intercambiamos mensajes con miles, pero cada vez hablamos menos con quienes tenemos enfrente. El silencio se propaga en medio del escándalo. Vivimos instalados en una paradoja comunicacional de proporciones inéditas, y de consecuencias difíciles de prever. Por un lado, estamos cada vez más interconectados, las bocinas zumban perpetuamente, las bandejas de entrada rebosan de mensajes y el tsunami digital atiborra todas las pantallas con un volumen titánico de signos gráficos, fotos, infografías, videos, iconos, memes… Nunca antes habíamos emitido tantos caracteres por segundo. Sin embargo, en el plano de la oralidad viva, de la palabra hablada, de la vibración directa de la voz en el espacio compartido, la marea humana está retrocediendo de manera sigilosa. Nos estamos quedando mudos o, al menos, muy callados.

    Aldo recibe cientos —literalmente, cientos— de mensajes en su celular a lo largo del día. La mayoría son memes, reenvíos, noticias que no le interesan y chistes bobos. No contesta casi nunca. Sin embargo, invariablemente responde los que le envía su jefe, aunque pertenezcan a la misma categoría. Casi siempre se limita a escribir: «Ja, ja, ja…», o envía una carita carcajeándose. Esa mañana se encontró con él en el elevador, en la planta baja. Buenos días. Buenos días. Aldo presionó el botón del PH. Ninguno volvió a decir una palabra hasta que llegaron arriba. Durante el trayecto, ambos permanecieron absortos en sus teléfonos.

    Un reciente estudio publicado en la revista Perspectives on Psychological Science —liderado por los investigadores Valeria Pfeifer, de la Universidad de Misuri-Kansas City, y Matthias Mehl, de la Universidad de Arizona— pone cifras rigurosas a este fenómeno. A partir del análisis de datos de audio ambiental procedentes de 22 estudios recopilados entre 2005 y 2019, con la participación de más de 2,000 participantes en Estados Unidos, México, Australia y Europa, los científicos pudieron evidenciar un descenso constante, medible e implacable en la cantidad de palabras que pronunciamos en nuestra vida cotidiana.

    Los datos son contundentes. En 2005, el promedio diario de palabras pronunciadas en persona, cara a cara, oscilaba entre las 16,000 y 17,500 vocablos; hacia 2019, esa cifra se derrumbó hasta situarse entre 12,000 y 12,700. Dicho en términos dinámicos: cada año transcurrido durante ese periodo significó un promedio de 338 palabras por persona menos al día. Si acumulamos la disminución, esto representa una caída global del 28% en nuestro intercambio verbal cotidiano, lo cual equivale a pronunciar más de 120,000 palabras menos cada año en comparación con el precedente. ¡120,000 palabras menos cada año!

    ¿Qué ha ocurrido para que nuestra voz pierda tanta presencia? Los autores del estudio advierten que esta merma no responde a un acontecimiento dramático o a una gran ruptura comunicativa, sino a la suma microscópica de pequeños momentos cotidianos que hemos ido desterrando de nuestras rutinas.

    En primer lugar, tenemos que referirnos, claro, a la mutación tecnológica. El desplazamiento de la llamada telefónica o la charla cara a cara hacia la mensajería instantánea y las redes sociales ha transformado el vínculo. Hoy los oficinistas se mandan mensajes estando a unos metros de distancia entre sí. Aunque el texto escrito es ágil, los especialistas recuerdan que carece de la riqueza prosódica, de los matices emocionales y de la lectura gestual inmediata que sólo la oralidad humana es capaz de sostener. El pulso del afecto se empobrece cuando se reduce a una burbuja digital. Lo peor, quizá, sea que esa pobreza comunicativa pasa desapercibida para los comunicantes y suponen que un “OK” significa siempre exactamente lo mismo, aunque es frecuente escuchar: “¡Sólo me contestó ‘OK’!”, como queja, como prueba indiscutible de falta de interés o como reporte tranquilo y confiado del fin de una “conversación”.

    En segundo lugar, la obsesión contemporánea por la eficiencia productiva ha rediseñado el entorno urbano. Las cajas de autoservicio en los supermercados, los menús digitales accesibles mediante códigos QR y las plataformas de pago sin contacto han eliminado casi por completo la necesidad de interactuar con cajeros, meseros o personal de mostrador. Imaginen ustedes cuántas conversaciones casuales han sido borradas del mapa cotidiano por las compras solitarias en línea. Cada plataforma automatizada es una aduana que nos exime de saludar, preguntar o negociar la breve fricción de la alteridad.

    A ello se suman los nuevos hábitos laborales y sociales, marcados por el teletrabajo y la reclusión doméstica, el intercambio de información vía correos electrónicos o chats corporativos. ¿Se han dado cuenta? Los teléfonos cada día repican menos en las oficinas. Todo eso reconfigura las dinámicas de convivencia presencial. Por supuesto, el impacto generacional de esta tendencia no es homogéneo. Si bien el declive afecta a todos los grupos etarios —lo que muestra que estamos ante una transformación social estructural—, la caída es significativamente más pronunciada entre los menores de 25 años. Este sector, plenamente habituado a los códigos de la digitalización nativa, registró una pérdida anual de 451 palabras, un 44% superior a la observada en los participantes de 25 años o más.

    Los crujidos en la vida diaria que provoca esta sequía verbal se escuchan más allá de la estadística. Esta pérdida constante se asemeja a la erosión geológica provocada por el agua: gota a gota, el silencio va minando los cimientos de nuestra sociabilidad. Menos palabras habladas equivalen, de forma directa, a una menor conexión humana, alimentando los vapores de esa epidemia de soledad que las autoridades de salud pública llevan años señalando como un problema prioritario. El aislamiento no sólo lacera el bienestar subjetivo, sino que tiene derivaciones somáticas y psicológicas científicamente comprobadas. Más allá de las graves consecuencias sociopolíticas que indiscutiblemente tiene el fenómeno, no hablar entre nosotros deteriora la salud mental.

    Frente a esta inercia colectiva hacia el mutismo digital, la solución no demanda reformas faraónicas ni batallas tecnológicas imposibles. La salida se halla en el rescate de lo micro. Recuperar siquiera 300 palabras adicionales al día —un intercambio amable con el vecino en el pasillo, un comentario con un colega, una respuesta menos esquemática a la pregunta elemental sobre cómo transcurrió nuestra jornada— constituye un acto de micropolítica afectiva. Volver a hablar, en definitiva, para recordarnos que existimos en la voz del otro.

    @gcastroibarra

  • Civilización y cultura

    Civilización y cultura

    Seguimos compartiendo capítulo por capítulo la Cartilla Moral de Alfonso Reyes. En su apartado tercero se habla de la civilización y cultura. La Enciclopedia de Conocimientos Fundamentales UNAM-SIGLO XXI define la moral de manera general a la conciencia moral como el darnos cuenta cotidianamente de lo bueno y lo malo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo justo y lo injusto.

    La moral en el texto de la Máxima Casa de Estudios, se considera la articulación de todas las creencias, prácticas y valores que conforman la estructura básica de la concepción del mundo social. Es decir, que la moral expresa nuestras convicciones sobre lo que creemos que permite o promueve una mejor relación con los demás.

    Ante estas definiciones la cartilla moral indica textualmente: “La voluntad moral trabaja por humanizar más y más al hombre, levantándolo sobre la bestia, como un escultor que, tallando el bloque de piedra, va poco a poco sacando de él una estatua. No todos tenemos fuerzas para corregirnos a nosotros mismos y procurar mejoramos incesantemente a lo largo de nuestra existencia; pero esto sería lo deseable.

    Si ello fuera siempre posible, el progreso humano no sufriría esos estancamientos y retrocesos que hallamos en la historia, esos olvidos o destrozos de las conquistas ya obtenidas.

    En la realidad, el progreso humano no siempre se logra, o sólo se consigue de modo aproximado. Pero ese progreso humano es el ideal a que todos debemos aspirar, como individuos y como pueblos.

    Las palabras “civilización” y “cultura” se usan de muchos modos. Algunos entienden por “civilización” el conjunto de conquistas materiales, descubrimientos prácticos y adelantos técnicos de la humanidad. Y entienden por “cultura” las conquistas semejantes de carácter teórico o en el puro campo del saber y del conocimiento así como las creaciones artísticas. Otros lo entienden al revés. La verdad es que ambas cosas van siempre mezcladas. No hubiera sido posible, por ejemplo, descubrir las útiles aplicaciones de la electricidad o la radiodifusión sin un caudal de conocimientos previos; y a su vez, esas aplicaciones han permitido adquirir otras nociones teóricas.

    En todo caso, cultura y civilización, creaciones artísticas y conocimientos teóricos y aplicaciones prácticas nacen del desarrollo del espíritu; pero las inspira la voluntad moral o de perfeccionamiento humano. Cuando pierden de vista la moral, cultura y civilización degeneran y se destruyen a sí mismas.

    Las muchas maravillas mecánicas y químicas que aplica la guerra, por ejemplo, en vez de mejorar a la especie, la destruyen. Nobel, sabio sueco inventor de la dinamita, hubiera deseado que ésta sólo se usara para la ingeniería y las industrias productivas, en vez de usarse para matar hombres. Por eso, como en prenda de sus intenciones, instituyó un importante premio anual, que se adjudica a los sabios o escritores que hayan contribuido al mejoramiento humano o a quienes hayan hecho más por la paz del mundo.

    Se puede haber adelantado en muchas cosas y, sin embargo, no haber alcanzado la verdadera cultura. Así sucede siempre que se olvida la moral. En los individuos y en los pueblos, el no perder de vista la moral significa el dar a todas las cosas su verdadero valor, dentro del conjunto de los fines humanos y el fin de los fines es el bien, el blanco definitivo a que todas nuestras acciones apuntan.

    De este modo se explica la observación hecha por un filósofo que viajaba por China a fines del siglo XIX. “El chino -decía- es más atrasado que el europeo; pero es más culto, dentro del nivel y el cuadro de su vida”. La educación moral, base de la cultura, consiste en saber dar sitio a todas las nociones: en saber qué es lo principal, en lo que se debe exigir el extremo rigor; qué es lo secundario, en lo que se puede ser tolerante; y qué es lo inútil, en lo que se puede ser indiferente. Poseer este saber es haber adquirido el sentimiento de las categorías”.

  • Medios de la trivialidad

    Medios de la trivialidad

    Los rumores provenientes de Estados Unidos, desde cualquiera de sus oficinas burocráticas no sólo obligan a la Presidenta a hablar de temas que nada tienen que ver con su responsabilidad sino que sirven de insumo para los medios convencionales mexicanos ante la falta de temas que pudieran afectar al gobierno.

    Existen temas que ni siquiera valen la pena comentar, pero los medio elevan, a calidad de noticia un rumor proveniente de Estados Unidos, pero su intención eternamente desestabilizadora no es la única fuente de distracciones mal intencionadas en los temas que está obligada a tratar la Presidenta.

    Hay otras alteraciones de la realidad que debiendo estar fuera de cualquier diálogo serio los medios insisten en trivializar, como Anabel Hernández quien habla sobre la supuesta “terapia” de Claudia Sheinbaum, a base de mariguana.

    Los medios han extraviado lo sustancial, y esto puede comprobarse en sus espacios principales que antes eran ocupados por informaciones serias y ahora pertenecen a declaraciones vacías de famosos y deportistas. Así es más fácil convertir en héroe a Juan Gabriel que a cualquier luchador social sin sorpresas.

    Carlos Manzo tiene una estatua en Uruapan, a pesar del rechazo los diputados locales a quienes extorsionó, por eso declararon persona non grata a Grecia en el Congreso estatal.

    Al trivializar la política ya nada tiene importancia, todo contiene el mismo significado y lo mismo significa soberanía que invasión, todo está dentro de un mismo paquete de información donde las palabras extravían su significado ante el abuso de su repetición.

    La tarea de convertir en algo trivial lo serio, no requiere de ningún esfuerzo, no se necesitan conocimientos ni de redacción ni de historia ni de cultura, simplemente se sueltan jaurías de ignorantes disfrazados de periodistas.

    La derecha siempre ha sido frívola. Recordemos los partidos de tenis de López Portillo en horas hábiles, o el avión presidencial de Peña Nieto o la admiración de Calderón por Los Bukis, o la debilidad de Diaz Ordaz por la canción vernácula interpretada por La Tigresa. Lo cual mostraba no sólo mal gusto sino un amanera de mostrarse como protagonistas de una movilidad social corrupta, advenediza y poco ilustrada.

    Mostrar que subieron de clase social, es vico de algunos nuevos ricos, quienes toman la política como trampolín para enriquecerse, ejemplo claro es el porro de Alito Moreno, quien graba videos políticos en un campo de golf.

    La frivolidad tiene las puertas abiertas a la política desde hace muchos años y ahora los medios malbaratan cualquier suceso y hacen de la realidad una fusión entre el mundo del espectáculo y la profundidad de una reflexión donde el destino del país está de por medio. Para esto La Mañanera es terreno fértil, donde con el pretexto de que la Presidenta debe estar informada de todo y la intención de regresarle las riendas de los tres poderes, le preguntan de todo.

    La trampa está puesta, si evita hablar de un tema, es no está informada y si habla de temas cuyas atribuciones no le corresponden, lo difunden como un ejemplo de autoritarismo, donde todo el poder está en manos del Ejecutivo.