Hay batallas que comienzan sin que nadie declare la guerra.
No siempre llegan con tanques a las calles, soldados en las esquinas o discursos que anuncian abiertamente la supresión de las libertades. Algunas comienzan de manera mucho más silenciosa: con una aplicación que registra nuestros movimientos, un algoritmo que decide que información veremos, una cámara que identifica nuestro rostro o una inteligencia artificial capaz de fabricar una realidad que nunca ocurrió.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad no es si la tecnología es buena o mala. La pregunta es mucho más incómoda:
¿Quién controla la tecnología, para qué la utiliza y qué ocurre cuando ese poder deja de tener límites? Ahí comienza la discusión sobre el tecnofascismo. El concepto no debería emplearse como una simple consigna política ni como sinónimo de cualquier gobierno que utilice tecnología, concentración de poder, vigilancia, propaganda, manipulación de la información y debilitamiento de las libertades civiles-
El fascismo del siglo XX necesitó controlar el territorio y los cuerpos. El poder contemporáneo puede aspirar a algo todavía más profundo: controlar la información que recibimos, los estímulos que determinan nuestras emociones y, eventualmente, anticipar nuestro comportamiento.
La nueva frontera del autoritarismo puede no estar frente a nuestros ojos. Puede estar dentro de nuestros dispositivos.
El poder ya no necesita tocar la puerta
Durante décadas, las sociedades democráticas construyeron mecanismos para proteger al ciudadano frente al poder: constituciones, división de poderes, tribunales, elecciones, libertad de prensa y derecho a la privacidad. Pero la revolución digital modificó la relación entre individuo y poder. Hoy producimos información constantemente. Cuando buscamos algo en internet, cuando nos desplazamos con un teléfono, cuando compramos, cuando publicamos una opinión o cuando interactuamos con una plataforma, dejamos rastros digitales. Individualmente pueden parecer insignificantes. Juntos pueden construir un mapa extraordinariamente preciso de nuestra vida. Nuestros hábitos, preferencias, relaciones, intereses y comportamientos que pueden convertirse en datos susceptibles de ser analizados y utilizados para predecir conductas.
Y cuando una sociedad comienza a clasificar a sus ciudadanos como objeto de medición, y a verlos como: confiables, sospechosos, útiles, inconvenientes. La tecnología deja de ser solamente una herramienta y se convierte en una infraestructura del poder. Y lo más peligroso en una vigilancia que aceptamos voluntariamente, tan sofisticada que la aceptamos hasta con gusto porque no parece control parece interés genuino por beneficiarnos.
Nadie nos obliga a dar nuestros datos (no nos ponen una pistola y poco a poco, casi sin sentirlo bajamos aplicaciones, aceptamos términos y condiciones que rara vez leemos, descargamos una y otra vez app. Activamos permisos, compartimos fotos, ubicaciones, opiniones. Alimentando cada día sistemas capaces de aprender de nosotros. Nos ofrece velocidad, entretenimiento, conexión y personalización a cambio de información. El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto estamos entregando y quién puede utilizarlo.
El nuevo campo de batalla: nuestra mente
A las plataformas digitales les hemos dicho qué nos interesa, qué nos indigna, qué nos provoca miedo y qué temas nos mantienen conectados. La información puede entonces convertirse en un instrumento de influencia extraordinariamente preciso.
La inteligencia artificial profundiza el desafío. Un video falso puede parecer auténtico. Una voz puede ser clonada. Una fotografía puede ser fabricada…
Las grandes plataformas digitales poseen datos, infraestructura, capacidad de comunicación y enormes cantidades de información sobre la población.
La pregunta es ¿cómo evitamos que cualquier actor (políticos, empresas) acumulen un poder tan grande que pueda escapar de la supervisión democrática? Por otro lado la tecnología ha permitido documentar abusos, conectar comunidades, democratizar conocimientos y dar voz a personas que no tenían acceso a los grandes medios. Una cámara de teléfono puede convertirse en evidencia.
La tecnología por si misma no tiene ideología.
El problema no es la herramienta es la forma de utilizarla. Y el tecnofascismo se refiere a una forma de utilizar la inteligencia artificial que quiere controlar primero que nada nuestro pensamiento en aras del poder, y no es nuevo, solo cada vez más sofisticado.
No vendamos nuestro pensamiento. Cuestionemos todo el tiempo, qué puede existir detrás, para qué y por qué.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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