Barcelona y Madrid: dos reuniones, dos proyectos de mundo

Este fin de semana, Barcelona fue sede de una reunión de líderes progresistas que articuló respuestas comunes frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo: desigualdad, crisis climática, avance autoritario y debilitamiento democrático. No es solo un encuentro político. Es también un contraste inevitable con otra postal reciente: la reunión de sectores de derecha realizada en Madrid, donde coincidieron figuras como María Corina Machado y otros referentes del conservadurismo iberoamericano.

Lo que se ve constantemente en Madrid es la consolidación de una internacional reaccionaria que ha entendido algo con claridad: el miedo moviliza. Por eso su discurso gira en torno a enemigos permanentes —migrantes, feminismo, izquierda, Estado social, movimientos populares, socialismo— y a la promesa de restaurar un orden supuestamente perdido. Es una política que se alimenta de la nostalgia y de la confrontación.

No es casual que muchas de esas expresiones compartan una retórica agresiva, militarizada y profundamente elitista. Hablan de libertad mientras defienden privilegios. Invocan la democracia mientras relativizan resultados electorales cuando no les favorecen. Se presentan como antisistema mientras protegen las jerarquías económicas de siempre.

En cambio, lo que representó el encuentro en Barcelona es otra tradición política. Una que parte de la idea de que la política debe servir para ampliar derechos, reducir desigualdades y construir comunidad. Una visión que entiende que la seguridad no nace del odio, sino de la justicia social; que la paz no se impone con amenazas, sino con condiciones dignas de vida; que la libertad no consiste en abandonar a las mayorías al mercado, sino en garantizarles posibilidades reales de desarrollo.

Por supuesto, el progresismo no está exento de contradicciones ni errores. Ningún proyecto político serio lo está. Pero hay una diferencia de fondo entre los valores que se ponen en juego.

De un lado, la lógica del sálvese quien pueda.

Del otro, la convicción de que nadie se salva solo.

De un lado, la política del resentimiento convertida en espectáculo.

Del otro, la apuesta por la solidaridad como principio público.

De un lado, quienes normalizan la guerra cultural permanente y convierten cada diferencia en enemigo.

Del otro, quienes insisten en que la diversidad social puede ser una fortaleza democrática.

Madrid reunió a voces que suelen mirar hacia atrás, idealizando jerarquías del pasado y proponiendo recetas conocidas: mano dura, privatización, exclusión y concentración de poder.

Barcelona convocó a quienes, con distintas tonalidades, buscan mirar hacia adelante: transición ecológica, bienestar social, cooperación internacional y ampliación de derechos.

En el fondo, la pregunta es sencilla.

¿Queremos una política fundada en el miedo o una fundada en la esperanza?

¿Una sociedad organizada desde el privilegio o desde la dignidad compartida?

Redes sociales

Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *