Recuerdo perfectamente aquel viaje. Yo tendría unos 14 años cuando, en unas vacaciones, mi padre me dijo: “Acompáñame a la Ciudad de México”. En aquellos años viajar desde Veracruz hacia la capital era toda una aventura. Íbamos en un Nissan Tsuru de dos puertas, sin aire acondicionado; el “clima” era bajar los vidrios y dejar que el aire entrara mientras avanzábamos entre curvas, neblina y carreteras interminables.
Al acercarnos a Xalapa el ambiente cambiaba por completo. El calor del puerto quedaba atrás y comenzaban los paisajes montañosos, los bosques húmedos y ese frío característico rumbo a Puebla y la Ciudad de México. Para un adolescente ver aquello era como entrar a otro mundo.
Pero el destino de ese viaje no era turístico
Íbamos a visitar a un viejo amigo de mi padre que se encontraba preso en el Reclusorio Oriente: Cirilo Vázquez Lagunes, personaje polémico y conocido en el sur de Veracruz, particularmente en la región de Acayucan. Su nombre marcó una época completa en la política regional veracruzana. Para unos era un hombre generoso y protector; para otros, símbolo del viejo sistema político mexicano donde el poder regional se mezclaba con negocios, control territorial y relaciones políticas profundas.
Recuerdo perfectamente aquel ingreso al penal. Las revisiones, los pasillos, las puertas metálicas, custodios observando cada movimiento y, al final, una especie de convivencia donde se reunían amistades, abogados y personajes ligados a la política y al periodismo. Yo era apenas un muchacho observando en silencio un mundo que todavía no entendía.
Entre quienes rodeaban aquella mesa se encontraba el famoso abogado y exfiscal Javier Coello Trejo, conocido durante décadas como “El Fiscal de Hierro”, un hombre que tuvo enorme peso dentro de la procuración de justicia mexicana durante los años setenta y ochenta.
Con el paso de los años entendí mejor quién era aquel personaje que observé de lejos en aquel reclusorio. Javier Coello Trejo construyó una carrera basada en una política de mano dura contra la corrupción y el narcotráfico. Fue precisamente el expresidente José López Portillo quien le otorgó el apodo de “El Fiscal de Hierro” debido a la cantidad de órdenes de aprehensión y procesos que impulsó contra funcionarios públicos, empresarios y personajes ligados a redes de corrupción.
Durante su paso por la entonces Procuraduría General de la República, Coello encabezó investigaciones que derivaron en el encarcelamiento de cientos de funcionarios y exfuncionarios acusados de corrupción. Su trayectoria dentro de la PGR fue creciendo rápidamente hasta convertirse en uno de los hombres fuertes dentro de la procuración de justicia mexicana. Años después ocuparía posiciones clave dentro de la Subprocuraduría de Investigación y Lucha contra el Narcotráfico, una de las áreas más delicadas del país en aquellos tiempos.
México atravesaba una etapa extremadamente compleja
Comenzaban a crecer estructuras criminales ligadas al narcotráfico mientras coexistían enormes redes de corrupción política dentro de distintos niveles de gobierno. Coello Trejo se volvió conocido por actuar contra personajes que parecían intocables. Su nombre quedó ligado a investigaciones de alto impacto nacional y a una generación de fiscales que operaban directamente bajo la influencia del poder presidencial mexicano.
Sin embargo, también fue una figura profundamente polémica. Su paso por la procuración de justicia estuvo acompañado de fuertes críticas relacionadas con abusos de autoridad, métodos excesivos y señalamientos sobre violaciones a derechos humanos. Esa dualidad convirtió a Javier Coello Trejo en uno de los personajes más controvertidos del sistema judicial mexicano contemporáneo.
También recuerdo perfectamente escuchar hablar de José Luis Mejías, periodista veracruzano muy conocido en la región de Acayucan y dentro de los círculos políticos nacionales de aquella época. José Luis Mejías era amigo personal de Cirilo Vázquez y fue precisamente él quien lo vinculó y presentó con importantes personalidades de la política mexicana de aquellos años. Su famosa columna “Los Intocables”, iniciada en 1964, llegó a convertirse en una de las más leídas e influyentes del país. Primero fue publicada en El Universal y posteriormente en Excélsior, donde alcanzó gran notoriedad nacional.
Mejías pertenecía a una generación de periodistas que convivían directamente con gobernadores, líderes sindicales, empresarios, mandos policiacos y figuras del poder presidencial mexicano. Eran tiempos donde el periodista no solamente escribía: investigaba, negociaba información, caminaba oficinas gubernamentales y conocía personalmente a quienes tomaban decisiones en el país. Su estilo crítico y directo le permitió construir una enorme red de contactos políticos en una época donde Veracruz tenía un peso importante dentro del sistema político nacional.
Debo decirlo con honestidad: muchas de esas historias ocurrieron cuando yo todavía era muy pequeño o incluso antes de que naciera, ya que soy de 1981. No me tocó convivir directamente con personajes históricos del periodismo mexicano como José Luis Mejías o Manuel Buendía. Sin embargo, crecí escuchando hablar de ellos, de sus columnas, de su influencia política y del respeto y también temor que generaban dentro de ciertos sectores del poder mexicano. Con el paso de los años fui comprendiendo mejor la dimensión de aquellos personajes y el contexto político del México que les tocó vivir.
Tampoco tuve el gusto de conocer personalmente a Manuel Buendía, pero sí he leído ampliamente sobre su trayectoria y tuve la oportunidad de ver documentales sobre su vida periodística y el enorme impacto que tuvo dentro del periodismo nacional. Buendía representó quizá una de las figuras más importantes del periodismo de investigación moderno en México. Su columna “Red Privada” era leída diariamente por políticos, militares, empresarios y funcionarios federales, ya que abordaba temas delicados relacionados con espionaje, corrupción, narcotráfico, servicios de inteligencia y relaciones de poder dentro del gobierno mexicano.
Lo impresionante de Buendía era que logró investigar estructuras que para muchos eran prácticamente intocables en aquellos años. Sus publicaciones incomodaban profundamente porque exhibían conexiones entre poder político, seguridad nacional y grupos de interés. Su asesinato el 30 de mayo de 1984, en plena Ciudad de México, conmocionó al país entero y se convirtió en uno de los casos más emblemáticos contra la libertad de expresión en México.
Años después comprendería mejor la dimensión de aquellos tiempos. México era distinto. El país vivía una mezcla extraña entre poder político centralizado, cacicazgos regionales, estructuras priistas dominantes y un periodismo que, aunque muchas veces limitado por el propio sistema, también produjo figuras verdaderamente valientes.
Hoy el periodismo atraviesa otra crisis, quizá distinta, pero igual de peligrosa
Antes muchos periodistas eran silenciados por el poder; hoy, además de eso, existe una batalla brutal por la narrativa. Redes sociales, grupos políticos, campañas digitales, intereses económicos y hasta estrategias internacionales buscan imponer percepciones a velocidades nunca antes vistas. El problema es que mucha gente ya no busca informar: busca destruir, polarizar o manipular.
Y sí, hay periodistas extraordinarios en México. Guste o no su línea editorial, figuras como Joaquín López-Dóriga, Ciro Gómez Leyva, José Cárdenas, Carlos Marín o Azucena Uresti han sobrevivido décadas completas enfrentando presiones políticas, amenazas, cambios de régimen y ataques públicos. Eso no significa coincidir siempre con ellos; significa reconocer trayectoria y resistencia profesional.
México necesita volver a encontrar equilibrio
No todo lo pasado fue perfecto, pero tampoco todo fue absolutamente malo. Grandes políticos hicieron cosas positivas por el país, incluso desde partidos hoy criticados. Y también hay funcionarios actuales intentando sacar adelante una nación profundamente golpeada por violencia, corrupción, desigualdad y presión internacional.
Debemos dejar de ver la política como una guerra de fanáticos donde unos son demonios absolutos y otros santos perfectos.
La realidad mexicana siempre ha sido mucho más compleja
Aquel viaje al reclusorio me dejó algo más que una anécdota. Me permitió entender que detrás del poder existen historias humanas, contradicciones, lealtades, traiciones y también silencios. Entendí que México no se puede explicar en blanco y negro.
Y quizá por eso hoy valoro más a quienes todavía se atreven a informar con responsabilidad, aun en medio de amenazas, intereses económicos, campañas digitales y polarización.
Porque mientras existan periodistas dispuestos a buscar verdad en medio del ruido, todavía habrá esperanza de entender realmente al país que somos.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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