
Hay personas cuya influencia en otros no termina con su vida. Permanece en quienes las escucharon, en las decisiones que ayudaron a despertar y en las generaciones que encontraron en su ejemplo una razón para participar. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano es una de ellas. Su trayectoria forma parte de la historia democrática de México, pero también de muchas historias personales. La mía comenzó con los relatos que escuchaba en casa desde niña.
Mi abuela, María Ena Medina Castro de Orozco, comenzó su participación política junto al ingeniero Cárdenas. En 1985 fue postulada por el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) como candidata propietaria a diputada federal por el Distrito XVIII del Distrito Federal. A través de ella, mi padre tuvo la oportunidad de conocerlo. Aquellos encuentros despertaron en él el interés por la política y la transformación democrática del país. Años después, presidió el Partido de la Sociedad Nacionalista y fue diputado federal durante la LVIII Legislatura, de 2000 a 2003. Su partido formó parte de la coalición Alianza por México, que postuló nuevamente al ingeniero Cárdenas a la Presidencia de la República.
Así, una historia que comenzó con mi abuela continuó con mi padre y llegó hasta mí a través de sus recuerdos. Crecí escuchándolos hablar del ingeniero Lázaro Cárdenas, del trabajo que realizaron y de lo que significó para ellos participar en aquella etapa de la vida nacional. Por eso menciono sus trayectorias: porque forman parte de la historia familiar en la que crecí y me permiten explicar de dónde vienen algunos de mis propios referentes. En casa, el nombre de Cárdenas evocaba una época de organización, esperanza y compromiso con México. Mucho antes de comprender su dimensión política, aprendí, a través de sus experiencias, que el servicio público podía ser una manera de contribuir al país y mejorar la vida de su gente. Con los años, entendí que aquellas historias también habían dejado una huella en mi manera de concebir la responsabilidad y vocación de servir.
Para entender por qué Cuauhtémoc Cárdenas despertó una movilización que marcó la historia de México, hay que regresar a 1986. Junto con Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo, encabezó la Corriente Democrática dentro del PRI. Cuestionaban un sistema en el que las decisiones se concentraban en la dirigencia, sin escuchar a la militancia, ni a la ciudadanía. Exigían que la elección de quienes aspiraban a gobernar el país no dependiera de la voluntad de unos pocos que buscaban conservar sus privilegios. El enojo y la inconformidad llegó al punto de quiebre en 1987, cuando la dirigencia priista respaldó a Carlos Salinas de Gortari como candidato presidencial. Cárdenas y quienes compartían aquella postura abandonaron el partido. Romper con el PRI significaba desafiar a una estructura que durante décadas había concentrado el poder y se resistía a abrir espacios para otras voces.
El 14 de octubre de 1987, el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) postuló a Cárdenas como candidato a la Presidencia. Aquella candidatura pronto rebasó las fronteras de un partido. El 12 de enero de 1988 se constituyó el Frente Democrático Nacional, una alianza que reunió a organizaciones, fuerzas políticas y ciudadanos de distintas regiones y convicciones. Lo que estaba ocurriendo iba mucho más allá de una contienda electoral. La inconformidad dejó de expresarse únicamente en los espacios políticos y llegó a las calles, las plazas y las comunidades de todo el país. Miles de mexicanos comenzaron a exigir algo fundamental: que el pueblo pudiera decidir su propio destino. Ya no querían limitarse a observar cómo unos cuantos privilegiados decidían por ellos; querían que su voto se respetara, que su voz tuviera consecuencias y que las decisiones del país también pasaran por sus manos. Para aquellos que se sumaron al movimiento, sabían que no se trataba solamente de apoyar a un candidato, sino de reclamar algo que nunca debió negárseles: el derecho de ser protagonistas de la historia de su propio país. Así fue como el 6 de julio de 1988, millones de mexicanos acudieron a las urnas. La elección quedó marcada por la interrupción del cómputo de los votos, en un episodio que pasó a la historia como la “caída del sistema”. A ello se sumaron las denuncias de fraude, las irregularidades y las acusaciones de presiones durante el proceso electoral. Finalmente, Carlos Salinas de Gortari fue declarado ganador, pero para millones de mexicanos aquel resultado dejó una pregunta que sigue pesando en nuestra historia: ¿se había respetado realmente la voluntad del pueblo expresada en las urnas?
Para quienes habían participado en el movimiento, no se trataba solamente de perder una elección: estaba en juego el respeto a la voluntad expresada en las urnas. La indignación no terminó con el resultado. Tampoco desapareció la organización que había nacido en las calles y comunidades del país. Quienes habían comenzado a participar no estaban dispuestos a regresar al silencio. El movimiento continuó hasta que, el 5 de mayo de 1989, se fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD), del que Cárdenas fue fundador y primer presidente nacional. Porque una vez que el pueblo descubre que puede organizarse y exigir que su voz sea tomada en cuenta, es difícil convencerlo de que vuelva a permanecer al margen.
Cárdenas volvió a contender por la Presidencia en 1994 y, en 1997, fue elegido por voto popular como el primer jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal. En el año 2000 participó nuevamente en la contienda presidencial. Pero su historia no se explica solamente por las veces que buscó gobernar el país, ni por los cargos que llegó a ocupar. Su trascendencia también está en haber contribuido a romper la resignación de una sociedad a la que durante décadas se le había hecho creer que las decisiones del poder no estaban en sus manos. Su participación en la defensa de la soberanía, los recursos nacionales y la justicia social estuvo acompañada de una movilización que llevó a miles de personas a organizarse, cuestionar el poder y exigir que su voluntad fuera respetada. Porque un país no cambia únicamente cuando alguien llega al gobierno; también cambia cuando su gente pierde el miedo a levantar la voz, deja de aceptar que otros decidan por ella y descubre que tiene derecho a escribir su propia historia.

Tras conocerse su fallecimiento, llegaron mensajes de condolencia y reconocimiento de representantes de distintas fuerzas políticas, incluidos antiguos adversarios. Ese hecho también merece una reflexión: reconocer la relevancia de una trayectoria no significa compartir todas las decisiones de quien la protagonizó. La democracia necesita diferencias, pero también respeto y capacidad para reconocer las aportaciones de quienes han seguido otros caminos.
Este 31 de octubre se cumplirán dos años de la muerte de mi padre. Al mirar sus fotografías junto al ingeniero Cárdenas y recordar las historias que me contaba, pienso en la manera en que una persona puede influir en otras vidas sin llegar a conocer el alcance de su ejemplo. Cárdenas inspiró a mi padre; mi padre me transmitió esa inquietud por participar y servir. Hoy, como jueza federal electa en materia penal, entiendo que esa herencia no consiste en repetir el camino de quienes nos precedieron, sino en asumir nuestras propias responsabilidades con honestidad.
Desde la judicatura, esa vocación tiene una expresión concreta: impartir justicia sin privilegios ni influencias, con independencia e imparcialidad. El servicio público pierde su sentido cuando se utiliza para beneficio propio o para colocarse por encima de los demás. Su razón de ser es responder a la sociedad y proteger los derechos de las personas.
La historia de Cuauhtémoc Cárdenas no se limita a sus candidaturas, los partidos que encabezó o los cargos que ocupó. También está en quienes, a partir de su ejemplo, decidieron participar en la vida pública, organizarse y trabajar por un país distinto. Esa influencia no se mide únicamente en resultados electorales; también se encuentra en las vocaciones que despertó y en las personas que acercó a la tarea de construir democracia.
Al recordar al ingeniero Cárdenas, inevitablemente vuelvo a mi abuela y a mi padre. Pienso en aquella niña que creció escuchando sus historias, sin imaginar que algún día tendría la oportunidad y la responsabilidad de servir a México desde una función pública. Entonces no alcanzaba a comprender la dimensión de aquellos relatos; hoy entiendo que, sin proponérselo, me estaban transmitiendo una forma de amar al país y de asumir un compromiso con su gente.
Mi abuela encontró en Cárdenas un ejemplo que la llevó a participar; mi padre hizo suyo ese compromiso y yo tuve la fortuna de crecer escuchando sus experiencias. No pretendo comparar mi camino con el de ellos ni con el de quienes protagonizaron aquella etapa de nuestra historia. Me basta reconocer que recibí de ambos una enseñanza que sigue dando sentido a mi vida: servir a México exige convicción, honestidad y disposición para trabajar por los demás. Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas del ingeniero Cárdenas: que el ejemplo de una persona puede trascender su tiempo, llegar a hogares que nunca conocerá y despertar en otras generaciones el deseo de contribuir. Porque los ideales no pertenecen a quien los pronuncia, sino a quienes los convierten en acciones. Y mientras haya mexicanos dispuestos a trabajar por un país más justo, la esperanza que inspiró aquella generación seguirá encontrando quién la mantenga viva.
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