La derecha quiere golpe, no liderazgo

La polarización originada por la amenaza de un golpe de estado ha reducido las alternativas políticas. Estar contra la Presidenta es estar a favor del golpe de Estado y estar a favor del gobierno de Claudia Sheinbaum, significa alejar esa posibilidad.
Reducir alternativas no es una elección que fortalezca la democracia; sin embargo, estamos en tiempo de guerra.

Para la embestida de la ultraderecha con rostro de mujer, con discursos engañabobos, que contrata Salinas Pliego como hostes de importación, Estados Unidos, no es una amenaza para nadie, negando no sólo la historia sino la lucha de los pueblos oprimidos en el mundo entero.

La visión de los conservadores tiene un faro que terminó por convertirse en mito, el poderío de Estados Unidos. Llaman imperio a un país que sólo porque dice serlo le creen. Ha perdido todas las guerras, su pueblo vive en la miseria, la quinta parte de sus habitantes son adictos y está endeudado con su peor enemigo.

Con una democracia inexistente, que, con sólo dos partidos dice representar a 338 millones de ciudadanos. La política colonialista del vecino del norte que no pesa ya, ni pisa fuerte. Está en decadencia.

Al evidenciarse un golpe de Estado en proceso con la presencia de espías de la CIA en México, a quienes abrió la puerta la panista Maru Campos, ahora la derecha tiene la consigna de negar que existe, por lo menos en proceso. En medio de una política externa radical del delirante Trump, y una convulsión mundial por los energéticos, sería muy ingenuo pensar que los espías eran turistas y las armas de juguete.

A la oposición, los medios y Estados Unidos les urge reducir la aceptación de la Presidenta Claudia Sheinbaum aunque sea de manera artificial, porque en la medida que se reduce su aprobación popular, aumentan las posibilidades de un golpe de Estado. Es esa proporción la que ha detenido, una embestida mayor.

El nado sincronizado inició con un lapsus de Azucena Uresti, creyendo que el porcentaje de rechazo de Trump era aceptación y tenía mayor popularidad que Claudia Sheinbaum, fue el banderazo de salida para iniciar la batalla por la descalificación de su apoyo popular.

Después apareció la encuesta de El Universal que difundía una reducción tan rápida como ilógica en la aceptación de Morena y de la Presidenta. Sorprendió a todos menos a la oposición. Después publicó El País y W Radio, una encuesta realizada por Enkoll, con el título tendencioso: “La aprobación de Sheinbaum cae siete puntos tras la crisis de Sinaloa y Chihuahua”.

Llama poderosamente la atención el hecho de que hayan sido medios de comunicación los que mandaron a elaborar dichas encuestas, en tiempos que no son previos a elecciones.

Así, la narrativa de los medios ofrece su propia interpretación: “Su respaldo sigue siendo alto (70.1 por ciento), pero buena parte de esa calificación continúa sostenida por los programas sociales”.

La lectura de los medios muestra el desconocimiento de la asimilación de la población sobre sus derechos, que, desde hace años, sabe que los programas sociales son un derecho, elevados a rango constitucional, no parte de la publicidad electoral. El derecho en México ahora tiene destinatario pero no remitente.

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