¿Por qué perdió México ante Inglaterra?

La selección mexicana mostró algo que durante muchos años no había tenido: carácter. Peleó, compitió, hizo sufrir a uno de los favoritos incluso cuando el marcador parecía sentenciado. Pero el fútbol de élite no premia el esfuerzo; premia los proyectos bien construidos. Y ahí es donde México volvió a fracasar.

En la cancha hubo errores evidentes. Faltó imaginación para romper una defensa ordenada. El ataque dependió demasiado de impulsos individuales y nunca encontró variantes cuando el rival cerró espacios. Tácticamente el equipo tardó en reaccionar y defensivamente hubo desconcentraciones imperdonables en la marca que terminaron costando goles. Esos errores existen y deben señalarse.

Pero quedarse únicamente con el análisis del partido sería engañarnos otra vez. México no perdió este Mundial por noventa minutos malos. Lo perdió durante años. Lo perdió cuando el fútbol dejó de ser un proyecto deportivo para convertirse exclusivamente en un negocio.

Porque mientras las grandes potencias invierten en formación, infraestructura, desarrollo de talento y competencia, aquí seguimos administrando un mercado cautivo.

La abolición del ascenso y descenso fue quizá el golpe más duro para la competitividad del fútbol mexicano. Se eliminó el miedo al fracaso. Se acabó la urgencia por mejorar. Muchos clubes entendieron que ya no era indispensable competir para permanecer; bastaba con cumplir los requisitos administrativos y financieros.

¿Para qué invertir en fuerzas básicas si el descenso ya no existe? ¿Para qué arriesgar con jóvenes si es más sencillo traer futbolistas extranjeros de nivel mediocre que, además, generan comisiones para representantes y directivos?

Nadie discute que los extranjeros enriquecen una liga cuando elevan su nivel. El problema es que en México llegan demasiados jugadores que no son mejores que el talento nacional. Ocupan plazas, frenan procesos y reducen oportunidades para futbolistas mexicanos que necesitan minutos para desarrollarse.

Después nos preguntamos por qué en la Selección faltan laterales, centrales o extremos capaces de competir al máximo nivel. La respuesta juega todos los fines de semana… sentado en la banca. 

Y mientras eso ocurre, las televisoras y los grupos empresariales siguen controlando buena parte del ecosistema del fútbol mexicano. Durante décadas el balón dejó de ser solamente un deporte para convertirse en un producto televisivo. Los horarios responden al rating. Los calendarios a los contratos. Las decisiones deportivas a los intereses comerciales. Los dueños poseen varios equipos. Los conflictos de interés se normalizan. Las multipropiedades sobreviven.

Y la Federación Mexicana de Fútbol parece mucho más preocupada por vender derechos comerciales que por construir un modelo deportivo capaz de competir con las mejores selecciones del mundo.

Cada fracaso mundialista promete una “reestructuración histórica”. Cambian nombres, cambian entrenadores, cambian directores deportivos; pero nunca cambia el modelo. Porque tocar el modelo significa afectar negocios y eso nadie quiere hacerlo.

Resulta mucho más sencillo culpar al entrenador de turno o al delantero que falló una oportunidad que preguntarse quién diseñó este sistema donde la rentabilidad importa más que la competencia.

Mientras Argentina exporta futbolistas formados en una estructura competitiva y Europa convierte a sus ligas en laboratorios de desarrollo, México presume estadios llenos, contratos millonarios y balances financieros saludables.

El negocio funciona. El fútbol, no. Quizá por eso este Mundial deja una sensación distinta, no porque México estuviera cerca de eliminar a Inglaterra, sino porque quedó claro que los jugadores pelearon con las herramientas que tenían.

El problema no fueron únicamente ellos, el problema empieza mucho antes de que ruede el balón. Empieza en las oficinas donde se decidió cancelar el ascenso y descenso, empieza cuando se privilegió el espectáculo sobre la formación, empieza cuando se entendió al aficionado como consumidor y no como parte de una cultura deportiva, empieza cuando la Federación olvidó que el objetivo de una liga profesional no es únicamente producir ganancias, también debe producir futbolistas.

Y mientras esa lógica no cambie, seguiremos haciendo lo mismo cada cuatro años: cambiar de entrenador, buscar culpables en la cancha y convencernos de que el próximo Mundial será diferente. No lo será, porque México no necesita otro director técnico, necesita recuperar el fútbol de quienes hicieron del negocio su cancha favorita.

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