Categoría: Opinión

  • Transformación y Bienestar en Iztacalco: Por un Iztacalco seguro y en Paz

    Transformación y Bienestar en Iztacalco: Por un Iztacalco seguro y en Paz

    Por Lourdes Paz Reyes, alcaldesa de Iztacalco

    Cuando llegué a Iztacalco asumí una responsabilidad que para mí va mucho más allá de gobernar: hacer que las familias puedan vivir, caminar, trabajar y regresar a casa con tranquilidad.

    Porque detrás de cada cifra de seguridad hay una historia. Está la mamá que quiere que sus hijos regresen seguros, el adulto mayor que necesita sentirse tranquilo al salir, la joven que merece caminar sin miedo por un camino seguro de Paz y las familias que quieren disfrutar de sus calles, sus parques y sus espacios públicos. 

    Pero también hay resultados que llenan de orgullo, que nos recuerdan que no podemos bajar la guardia. 

    De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, la percepción de inseguridad en Iztacalco disminuyó 5.8 puntos porcentuales entre marzo y junio de 2026, al pasar de 65.1 a 59.3 por ciento. Además, en la comparación anual, pasamos de 63.4 por ciento en junio de 2025 a 59.3 por ciento en junio de 2026: 4.1 puntos porcentuales menos. Pero como si no fuera suficiente, las y los iztacalquenses nos calificó como buen gobierno en atender de manera oportuna y eficiente las problemáticas de la demarcación. 

    Estos números representan mucho más que una estadística. Representan a una vecina que hoy se siente tranquila al caminar por su colonia. A una familia que vuelve a utilizar un espacio público. A quienes poco a poco recuperan la confianza de que sus autoridades están presentes y trabajando para cuidarles.

    Pero sé que todavía falta mucho por hacer, por ello, desde el primer momento de esta administración decidí que la seguridad sería una prioridad. Sabemos que tenemos que actuar por un Iztacalco seguro y en Paz, por lo que en marzo de 2025 aumentamos las patrullas de 8 a 40 y adquirimos 10 motocicletas nuevas para la Policía Auxiliar, porque nuestras vecinas y vecinos nos habían pedido algo muy concreto: mayor presencia policial en las calles.

    También fortalecimos la atención a las mujeres, por lo que tres de esas nuevas patrullas fueron destinadas a la Primera Policía Violeta, con 18 mujeres policías preparadas para atender casos de violencia de género y delitos cometidos contra ellas. 

    Porque una alcaldía segura también es una alcaldía donde las mujeres puedan vivir libres y sin miedo, así que di continuidad al programa “Sendero Seguro” implementado por nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo cuando era jefa de Gobierno, y que sigue con nuestra actual jefa de Gobierno Clara Brugada bajo el nombre de “Caminos de Mujeres Libres y Seguras”, por lo que se implementan 80 kilómetros de luminarias en la demarcación, con el programa “Caminos de Paz, por un Iztacalco Seguro e Iluminado”.

    Ese mismo mes dimos otro paso importante: inauguramos instalaciones para elementos del Ejército Mexicano en Agrícola Pantitlán. La presencia y coordinación de las instituciones de seguridad nos permite sumar capacidades y estar más cerca de quienes necesitan nuestra atención.

    A la par, fortalecimos el estado de fuerza de la alcaldía, incrementando el número de policías auxiliares extramuros de 35 a 100 elementos. Esto significa más presencia, más proximidad y mayor capacidad para atender las necesidades de nuestras colonias.

    Pero nuestra estrategia no se quedó en entregar vehículos o aumentar la presencia de elementos. Entendemos que la seguridad también se construye caminando las calles, escuchando a la gente y estando presentes en las colonias.

    Por eso implementamos operativos permanentes, recorridos pie-tierra y más de dos mil patrullajes con perifoneo en horarios de 9:00 pm, 2:00 am y 5:00 am. Queremos que cuando una patrulla recorra una colonia, nuestras vecinas y vecinos sepan que no están solos; que detrás de cada recorrido hay un mensaje muy claro: Estamos aquí. Estamos cuidando Iztacalco. Su tranquilidad es nuestra prioridad.

    También entendimos que la seguridad vial forma parte de la seguridad de las personas. Por eso, en coordinación con el Gobierno de la Ciudad de México y la Secretaría de Seguridad Ciudadana, incorporamos a 10 elementos de la Policía Auxiliar de Tránsito, debidamente capacitados y certificados para contribuir al orden y a una movilidad más segura para peatones, ciclistas, motociclistas y automovilistas.

    Recientemente dimos el banderazo de salida a cuatro nuevas grúas que se incorporan a la Dirección de Seguridad Ciudadana y Prevención del Delito, como parte del programa Movilización Iztacalco, ya que la seguridad también significa tener capacidad para actuar de manera oportuna, mantener el orden y recuperar nuestras calles cuando sea necesario.

    Todo este esfuerzo tiene un mismo propósito: que la seguridad deje de ser solamente una promesa y se convierta en una realidad que nuestras vecinas y vecinos puedan sentir todos los días.

    Mi compromiso con Iztacalco es seguir trabajando para que la seguridad no sea un discurso, sino una realidad que se pueda sentir en cada colonia, en cada calle y en cada hogar.

    Quiero un Iztacalco donde nuestras niñas y niños crezcan sin miedo; nuestras mujeres puedan caminar libres; los adultos mayores se sientan protegidos; las familias puedan salir a disfrutar de sus espacios públicos y que cada persona sepa que su gobierno está cerca. Porque gobernar también es cuidar.

    Para mí, cuidar Iztacalco es trabajar para devolverle a nuestra gente algo que nadie debería perder: la Paz y su tranquilidad de sentirse segura en su propia casa, en la calle y en su comunidad.

    Este es el Iztacalco, de la Casa de la Sal y de los Grandes Espectáculos que estamos construyendo en Paz. Un Iztacalco con más presencia, más proximidad, más coordinación y, sobre todo, con más tranquilidad para todas y todos. Por un Iztacalco de la Casa de la Sal y de los Grandes Espectáculos más seguro e iluminado. 

  • La UNAM y la cultura del atajo

    La UNAM y la cultura del atajo

    Hay algo más profundo que un fallo técnico en lo que acaba de ocurrir con el examen de ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México. Hay una forma de ser que nos atraviesa como sociedad y que, una vez más, se ha impuesto: la cultura del atajo. Esa lógica que busca el resultado sin recorrer el camino, la ventaja sin el mérito y el lugar sin el esfuerzo. Cuando esa cultura se cuela en el proceso de admisión de la máxima casa de estudios del país, no solo se vulnera un concurso. Se pone a prueba una institución que durante más de un siglo ha representado la idea de que el conocimiento y el esfuerzo son el camino legítimo para transformar la vida de las personas.

    En 2026 la Universidad dio un paso ambicioso. Por primera vez aplicó el examen de admisión a licenciatura de forma completamente en línea. Más de 191 mil personas aspirantes se registraron y alrededor de 158 mil 700 presentaron la prueba desde casa, con supervisión apoyada en inteligencia artificial. Era una apuesta por la modernización y por demostrar que una institución centenaria también podía adaptarse a las tecnologías contemporáneas.

    Los resultados, sin embargo, revelaron una anomalía difícil de explicar únicamente por una mejor preparación. El porcentaje de aspirantes con 100 o más aciertos pasó del 3.5% histórico al 16.3%. La propia UNAM canceló alrededor de tres mil exámenes por irregularidades, presentó una denuncia penal y convocó a un examen presencial de control para cerca de 58 mil personas aspirantes. En redes sociales circularon tutoriales para burlar la supervisión mediante cámaras, dispositivos ocultos, ayuda externa e inteligencia artificial. Como consecuencia de esta crisis, la secretaria general, Patricia Dávila Aranda, dejó el cargo el 31 de julio y fue sustituida por Javier de la Fuente Hernández.

    Estos hechos no son un simple problema administrativo. Son la evidencia de que la tecnología, por sofisticada que sea, no puede sustituir a la ética. La plataforma contratada, el monitoreo humano y los algoritmos detectaron irregularidades, pero no pudieron impedir que miles de personas decidieran aprovechar la oportunidad para hacer trampa. El problema no estuvo únicamente en el diseño del proceso. Estuvo en la cultura del atajo. Porque la verdadera infraestructura de una institución no está en sus edificios, sus plataformas digitales o sus reglamentos. Está en la confianza. Y la confianza solo existe cuando la mayoría decide respetar las reglas, incluso cuando podría obtener una ventaja al incumplirlas.

    Ahí está el verdadero corazón del asunto. Exigimos profesionalismo, honestidad y transparencia a las instituciones públicas. Reclamamos meritocracia y sanciones para quien incumple las reglas. Pero cuando una de las universidades más importantes del mundo intenta innovar, una parte de la sociedad responde con la misma lógica que dice condenar. Preferimos el beneficio inmediato a la construcción de confianza. Preferimos la ventaja individual a la legitimidad colectiva.

    El verdadero riesgo no es que se haya descubierto la trampa. El verdadero riesgo es acostumbrarnos a ella. Si aceptamos que el atajo es una alternativa legítima cuando la tecnología lo permite, no solo ponemos en entredicho un examen de admisión. Debilitamos la idea misma de que el mérito debe seguir siendo el criterio para acceder a las oportunidades. Ninguna innovación, por avanzada que sea, puede sustituir una cultura de integridad.

    Como egresado de esta casa de estudios, estoy convencido de que su legitimidad es un patrimonio nacional. Defenderla implica exigir honestidad a las autoridades, pero también asumir nuestra propia responsabilidad. Porque la confianza es la infraestructura invisible que sostiene a las universidades, a los tribunales, a las elecciones y a todas las instituciones que hacen posible la vida en sociedad. Construirla toma décadas. Perderla puede comenzar el día en que el atajo deja de avergonzarnos.

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  • Los privilegios que se disfrazan de libertad de expresión

    Los privilegios que se disfrazan de libertad de expresión

    Hay un sector en México que solo cree en la libertad cuando le conviene. Es el de los grandes consorcios mediáticos que, durante décadas, confundieron un privilegio empresarial con un derecho humano.

    Bastó que se publicaran los nuevos lineamientos para proteger los derechos de las audiencias para que comenzara el espectáculo. Las mismas voces de siempre anunciaron la llegada de la dictadura. Hablaron de censura, de mordazas, de persecución y del supuesto fin de la libertad de expresión. Parecía que el Estado había prohibido el periodismo crítico, cuando en realidad se estaba hablando de algo mucho más sencillo: reconocer que quienes consumen radio y televisión también tienen derechos.

    La reacción fue tan exagerada como reveladora. Porque cuando alguien afirma que proteger a las audiencias equivale a censurar a los medios, en realidad está diciendo que cualquier límite a su poder le resulta intolerable.

    Durante años nos quisieron vender una idea bastante peculiar del derecho de las audiencias: “si no te gusta, cambia de canal”. Una respuesta tan cómoda como absurda.

    Siguiendo esa lógica, si una empresa vende alimentos contaminados bastaría con recomendar a la gente que compre en otro lado. Si un banco engaña a sus clientes, el problema sería de quienes firmaron el contrato. Si una farmacéutica miente sobre un medicamento, la solución sería dejar de comprarlo.

    No funciona así. Los derechos existen precisamente para equilibrar relaciones de poder.

    Las audiencias no son simples consumidores cautivos. Son personas con derecho a distinguir información de opinión, a saber cuándo un contenido es publicidad, a exigir mecanismos para presentar inconformidades y a esperar estándares mínimos de responsabilidad en los contenidos que reciben.

    Eso no elimina la libertad de expresión. La fortalece.

    Porque una democracia necesita medios críticos, sí, pero también necesita ciudadanos protegidos frente a prácticas engañosas.

    Resulta curioso que quienes hoy levantan la bandera de la libertad guardaran un silencio casi absoluto cuando durante décadas unos cuantos grupos empresariales concentraban buena parte de la radio y la televisión nacionales. Aquella concentración nunca les pareció un problema para el pluralismo. Tampoco parecían demasiado preocupados cuando los intereses comerciales definían qué temas merecían cobertura y cuáles desaparecían del debate público.

    No deja de sorprender que algunos editorialistas describan cualquier regulación como una agresión a la democracia, mientras en otros ámbitos defienden sin reparo la regulación de mercados, empresas o plataformas digitales. Parece que las reglas solo son aceptables cuando se aplican a otros.

    El fondo del debate nunca fue la libertad de expresión. Es el poder.

    Porque los derechos de las audiencias significan que los medios dejan de ser la única parte con voz. Significan reconocer que la ciudadanía no está obligada a aceptar pasivamente información confusa, publicidad disfrazada de noticia o contenidos que incumplen las obligaciones previstas en la ley.

    Y eso incomoda. No porque impida hacer periodismo. Sino porque reduce la idea, instalada durante años, de que un concesionario puede actuar sin responder ante nadie más que sus anunciantes.

    La libertad de expresión merece ser defendida siempre, especialmente frente al poder político. Pero precisamente por su importancia no debería utilizarse como escudo para rechazar cualquier discusión sobre responsabilidad, transparencia o derechos de las audiencias.

    Quizá esa sea la mayor ironía de toda esta polémica. Quienes hoy aseguran defender la libertad de expresión parecen mucho más preocupados por conservar sus viejos privilegios que por reconocer los derechos de quienes los escuchan, los ven y, al final del día, hacen posible su existencia: las audiencias.

    Redes sociales

  • La Cuauhtémoc merece más

    La Cuauhtémoc merece más

    La Alcaldía Cuauhtémoc constituye uno de los principales motores económicos de México. Por sí sola, si fuera considerada una entidad federativa, se ubicaría en el séptimo lugar nacional por el tamaño de su economía (representa el 5% del PIB nacional). Sin embargo, su relevancia no es meramente económica, sino que también tiene más de la mitad de los museos y centros culturales que se encuentran en la Ciudad de México.

    Podríamos hablar de sus emblemáticos barrios y colonias —como Tepito, la Roma o Buenavista—; de los monumentos que alberga —como el Ángel de la Independencia o el Monumento a la Revolución—; de sus vestigios arqueológicos —como Tlatelolco y el Templo Mayor—. Incluso podría dedicar una columna entera a la riqueza histórica, cultural y económica de esta alcaldía. Sin embargo, en esta ocasión me concentraré en su importancia política.

    No temo equivocarme al afirmar que la Alcaldía Cuauhtémoc es, sin lugar a duda, el corazón político de México. Aquí se encuentran los tres poderes federales, además de albergar las sedes de los tres poderes de la Ciudad de México.

    Con semejante relevancia cultural, económica y política, la administración de la Alcaldía Cuauhtémoc adquiere una importancia que trasciende el ámbito local para convertirse en un asunto de interés nacional. Lo que ocurre en esta demarcación suele ocupar los principales espacios en los medios de comunicación y marcar la conversación pública. Por ello, quienes la gobiernan deben estar a la altura de las circunstancias y de la responsabilidad que implica encabezar el corazón político del país. Aquí le hago una pregunta al lector ¿Hemos tenido gobiernos buenos en los últimos años?

    El PRIAN lleva gobernando nuestra alcaldía desde hace más de un lustro y los resultados están a la vista. Calles llenas de baches, un deterioro evidente del espacio público, servicios urbanos deficientes y una administración que, en demasiadas ocasiones, ha privilegiado la confrontación política por encima de la solución de los problemas cotidianos de las y los vecinos. Llevamos dos gobiernos de alcaldesas con un pensamiento en demasía superfluo y políticas deficientes en contraste con los problemas de la alcaldía.

    Durante los últimos años hemos visto gobiernos más preocupados por la imagen que por la transformación de fondo de la alcaldía. Administraciones que han reducido la política a la promoción personal y a la disputa constante, dejando de lado las necesidades reales de quienes habitan, trabajan y recorren diariamente sus calles.

    La Alcaldía Cuauhtémoc necesita una transformación. No basta con administrar los problemas ni con presentar soluciones temporales; se requiere un proyecto de gobierno que coloque en el centro a las personas y que atienda de manera seria los grandes retos de la demarcación.

    Para que este cambio de rumbo sea posible, la Alcaldía Cuauhtémoc necesita abrir paso a una nueva etapa de transformación. Este cambio sin embargo requiere requiere organización, participación ciudadana y, sobre todo, unidad. Ningún proyecto que aspire a cambiar de fondo la realidad de una demarcación tan compleja puede avanzar si prevalecen las divisiones y los intereses particulares por encima del bienestar colectivo.

    Hoy la Cuauhtémoc tiene ante sí una oportunidad histórica., la oportunidad de recuperar su papel como una alcaldía de vanguardia, donde la riqueza de su historia y la energía de su gente se traduzcan en mejores condiciones de vida para todas y todos.

    Porque la Cuauhtémoc, por lo que representa para México, merece más.

  • La falacia de la censura: Cuando el victimismo mediático atenta contra el derecho a la verdad

    La falacia de la censura: Cuando el victimismo mediático atenta contra el derecho a la verdad

    Los grandes imperios de la comunicación y sus voceros de turno construyeron un criterio inamovible, derivado de sus intereses, pretender que el derecho a informar era propiedad privada de quienes poseían un micrófono, una cámara o una red con millones de seguidores. Durante años se instaló un patrón en el que se esperaba que la ciudadanía escuchara, consumiera y guardara silencio. Hoy en un México soberano donde la verdad y la rendición de cuentas han recuperado su lugar en el espacio público, somos testigos de la incomodidad de quienes no toleran el escrutinio. El episodio reciente en el que la influencer y abogada Natalia Torres acusa una supuesta «censura» tras ser evidenciada en la conferencia matutina de la Presidenta de la República, no es más que una burda maniobra de manipulación mediática, disfrazada con el ropaje del victimismo.

    Como juzgadora penal federal y como mexicana comprometida con la justicia social y el Estado de Derecho, no puedo permanecer en silencio frente a la tergiversación de nuestra Constitución. Mi responsabilidad con la patria y con el pueblo me exige hablar con absoluta claridad jurídica: la narrativa de Torres no solo es falsa desde el punto de vista legal, sino que representa un ataque directo a los verdaderos derechos de las audiencias.

    En el marco de nuestra Constitución, de los tratados internacionales y de los Derechos Humanos, la censura previa tiene una definición clara. Ocurre únicamente cuando la autoridad impone medidas coercitivas para prohibir, decomisar, vetar o impedir con carácter previo la difusión de una idea o información (artículos 6º y 7º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos).

    Para que realmente exista censura, debe mediar la fuerza del Estado cancelando el mensaje antes o durante su emisión. Contrastar una cifra, desmentir una afirmación engañosa o exhibir la inconsistencia de una postura pública jamás será censura. Es, por el contrario, el ejercicio pleno de la libertad de expresión, la transparencia y el derecho de réplica en una democracia viva.

    Ahora la narrativa de Natalia Torres parte de una premisa equivocada o de una conveniente estrategia discursiva al intentar equiparar la confrontación con datos al silenciamiento.

    Primero, el derecho a la información no constituye un privilegio exclusivo de quien comunica; es una garantía pensada para proteger a la sociedad y su derecho a recibir información veraz, plural y oportuna.

    Segundo, la verdad no admite concesiones. Tener un micrófono de amplio alcance no otorga inmunidad frente a la responsabilidad de informar con rigor. La verdad es un bien público que pertenece a todas y todos los mexicanos.

    Tercero, la rendición de cuentas es un principio universal; exigir precisión y sustento a quienes difunden información no restringe su libertad de expresión, sino que fortalece el derecho de la ciudadanía a no ser víctima de la desinformación ni del engaño deliberado.

    Existe una profunda carga clasista en la presunción de que el pueblo de México carece del discernimiento necesario para comprender el alcance de las leyes, identificar los sesgos en los contenidos informativos o formarse un juicio propio sobre los asuntos públicos. Sostener que la réplica de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, vulnera los derechos de la influencer Torres, constituye un insulto a la inteligencia de nuestra sociedad, pues parte de la premisa de que la ciudadanía es incapaz de valorar por sí misma los argumentos que escucha y las evidencias que se le presentan. Más aún, esa equiparación banaliza el verdadero significado de la censura y representa una falta de respeto a la memoria histórica de quienes sí padecieron el autoritarismo, fueron perseguidos, silenciados o incluso perdieron la vida por ejercer su libertad de expresión y defender la verdad.

    Como juzgadora de la Nación lo afirmo categóricamente: las aulas de la justicia y los espacios de discusión pública le pertenecen al pueblo soberano, no a las élites ni a los mercaderes de la información. Defender la verdad y el derecho de réplica no es un acto partidista; es la defensa firme de nuestro texto constitucional frente a quienes buscan sustituir el rigor informativo por el titular vendido.

    La función jurisdiccional se ejerce de cara a la ciudadanía, no de espaldas a ella. En un Estado democrático, la justicia trasciende la mera resolución de un expediente y asume una función social: comunica sus razones, fortalece la confianza pública y contribuye a la consolidación de una auténtica cultura jurídica. Una justicia que explica con claridad el fundamento de sus decisiones y se somete al escrutinio de la sociedad no debilita su autoridad; por el contrario, la legitima, la fortalece y la acerca a quienes está llamada a servir, el pueblo de México.

    El verdadero peligro para la democracia no surge cuando un gobernante ejerce su derecho de réplica; el peligro real radica en la normalización de la mentira disfrazada de periodismo. Si permitimos que el victimismo, la manipulación y las mentiras prevalezcan sobre la verdad, estaremos cediendo las libertades de la ciudadanía a grupos de poder que pretenden confundir la libertad de prensa con el derecho de imponer sus narrativas sin contraste ni responsabilidad. La ética en los medios no es una concesión voluntaria, sino una exigencia constitucional que protege al eslabón más vulnerable de la cadena informativa: el espectador, cuyo derecho a recibir información veraz constituye uno de los pilares esenciales de toda democracia.

    México ha cambiado, y sus instituciones tienen el deber de evolucionar con la misma convicción. La Constitución no es un documento inerte, ni un refugio para preservar privilegios o resistirse a la transformación democrática; es el pacto fundamental que da origen a las legítimas exigencias de una sociedad que reclama el pleno respeto al Estado de Derecho. La ciudadanía mexicana dejó atrás el papel de espectadora pasiva para afirmarse como una sociedad crítica, informada y plenamente consciente de sus derechos. Por ello, no puede permitirse que el victimismo, ni las narrativas construidas desde posiciones de poder confundan a quienes hoy exigen un debate público sustentado en hechos, responsabilidad y verdad.

    La verdadera libertad de expresión florece en la confrontación abierta de ideas, en el rigor jurídico y en el apego siempre a la verdad; el engaño y el mercantilismo mediático, por más que se revistan de causa noble o de persecución imaginaria, jamás serán un derecho.

    Porque lo que está en juego no es la narrativa de unos cuantos, sino el derecho de toda una nación a vivir informada con verdad. Y mientras exista una Constitución que la ampare, La dignidad de México jamás será negociable.

  • Los políticos presos

    Los políticos presos

    La oposición llama presos políticos a los delincuentes, como en el caso de Ernesto Ruffo, acusado de huachicolero y lavado de dinero, más lo que se acumule en el desarrollo del proceso. A partir de la visión de la impunidad ante delitos graves se advierte el país en el que vivimos por muchos años, impunidad y mentira, gracias a un Poder Judicial extremadamente corrupto.

    El afán de repetir como mantra que Ruffo es un preso político crea sospechas, e implica a sus defensores, porque hay documentos que prueban su responsabilidad; por otra parte, Alito Moreno, líder del PRI, demandará al INE, dentro y fuera de nuestras fronteras, porque le exigieron retirar spots personales y de lo que queda de su partido, calificaba a Morena de narco partido en una serie de spots, y como asegura que esto es verdad sin una sola prueba, la autoridad electoral le ordenó sacar de circulación sus agresiones sin fundamento.

    Para Alito es una gran derrota porque le anticipa descalabros mayores ante la justicia, que lo pueden colocar tras las rejas. Esta era la punta de lanza para conocer la postura del INE. De ahí su evidente desesperación.

    La regulación a los medios trata de regular, por sus mismos empleados, sus excesos porque derivaron en partidos políticos, y sus trabajadores claman censura, sólo porque se les pide que aclaren, con precisión, si la información es real y comprobada o supuestos más cercanos a la mentira que a la verdad.

    Nada puede moverse en el área de la información porque cualquier ajuste al libertinaje es calificado de ley mordaza, por mínimo que sea, mientras mienten a diestra y siniestra.

    Dan la opinión como un hecho, así aseguraron que López Obrador sería una maldición para el país, no lo fue. Cuando llega a Morena al gobierno el país estaba en ruinas.

    Esos mismos medios que le dieron vuelo a las declaraciones fantasiosas ocultan verdades que no les conviene a sus socios difundir, como es el caso de la apropiación de casas y departamentos en la alcaldía Benito Juárez, con la anuencia de las autoridades de la demarcación y el visto bueno del PAN, que tiene en ese lugar la sede del cártel inmobiliario que encabeza Jorge Romero, problema del que nunca ha hablado el líder nacional del PAN.

    Los delincuentes llegan en grupo de más de treinta personas entre hombres y mujeres a casas donde viven personas vulnerables como discapacitados y de la tercera edad, para sacarlo de sus casas, por la fuerza, y empezar a reconstruir sus casa s par aponerlas en venta. La indiferencia del alcalde, el panista Luis Mendoza Acevedo, es sintomática.

    Bastante sintomático que este despojo haya empezado en la alcaldía Benito Juárez, donde la vulnerabilidad de los habitantes se conjuga con la permanencia del PAN en su administración desde 1995.

    La derecha tiene en sus filas a delincuentes comunes, con víctimas lastimadas severamente, y su simple militancia les permite gozar de impunidad ante el temor de que se califique de gobierno autoritario cuando en realidad se aplica la ley.

  • Criando energúmenos y alimentando corruptelas

    Criando energúmenos y alimentando corruptelas

    El educador democrático no puede negarse el deber de reforzar, en su práctica docente, la capacidad crítica del educando, su curiosidad, su insumisión.
    Cuanto más pienso en la práctica educativa y reconozco la responsabilidad que ella nos exige, más me convenzo de nuestro deber de luchar para que ella sea realmente respetada. Si no somos tratados con dignidad y decencia por la administración privada o pública de la educación, es difícil que se concrete el respeto que como maestros debemos a los educandos.”

    Paolo Freire

    En mi seria, pero modesta opinión, la UNAM está dando a luz a una generación de energúmenos proclives a la deshonestidad y al fraude académico porque serían hechos a la imagen y semejanza de quienes encabezan la pútrida cúpula puma. No son verdaderos universitarios. ¿Qué dirían los gigantes constructores de la UNAM, el Ing. Javier Barros Sierra, el Ing. Nabor Carrillo Flores, el Dr. Ignacio Chávez Sánchez o el Mtro. Pablo González Casanova? Seguramente pedirían la renuncia de Lomelí y de toda la Junta de Gobierno, además de demandar por fraude a Territorium Life.

    Es un asunto de la mayor importancia porque se trata del prestigio de la máxima casa de estudios de nuestro país y resulta intolerable que ocurra semejante situación. Por otro lado, la repetición del examen solamente a quienes obtuvieron los más altos porcentajes, tampoco es una solución ética ni justa, lo correcto es que se hiciera un nuevo examen presencial a todos los que presentaron el anterior.

    Siempre ha sido muy molesto que se tenga que hacer un examen para acceder a la educación superior en una universidad pública, por muy autónoma que sea. La UNAM ya tendría que haber incrementado su capacidad de matrícula, en especial en aquellas carreras en las que hay mayor demanda y asociarse con instituciones públicas para tener espacios de práctica de frente a la realidad laboral y económica del país.

    He sido testigo y sujeto del enfrentamiento al medio laboral sin haber tenido contacto práctico de lo que ocurre y se necesita en la realidad. Los maestros en la universidad y en la Normal Superior, igual que a otros cómo yo, pero de diferentes carreras y especialidades, siempre decían que la realidad laboral era muy distinta de lo que aprendíamos en la escuela. No era cinismo sino advertencia. Esta sola afirmación provocaba confusión y en mi caso, incluso molestia y enojo y alguna vez discutimos entre compañeros de licenciatura sobre para qué servía tanto esfuerzo si al final el campo laboral nada tenía que ver con la realidad laboral.

    Esta es una cuestión que muchos docentes en México nos hemos planteado y las conclusiones son las mismas, si debe haber una base de conocimientos en común, pero planteados desde las realidades de las comunidades en las que ocurre la escuela y partiendo del planteamiento de problemas concretos indagando en el conocimiento científico, usando la lengua, las ciencias y las humanidades como fuente y así planteando soluciones reales y posibles.

    Considero que en gran medida esto sería una verdadera solución al problema educativo, desde la Educación Básica, hasta la Media Superior y la Superior. El “nombre” de la institución tendría poca importancia si en cada caso se indagara a partir de la necesidad y del deseo de los estudiantes. El origen del deseo por aprender, nacería de la visión “aterrizada” en problemas concretos de las comunidades y la curiosidad misma de los estudiantes de cualquier nivel.

    Formar ciudadanos responsables y con conciencia tendría que ser la verdadera meta y, al parecer, es el objetivo de la Nueva Escuela Mexicana, a la que los neoliberales enquistados en la SEP, bajo el mando de Mario Delgado cuya gestión se ha caracterizado por rechazar todo lo que se avanzó contra la educación individualista y egoísta del neoliberalismo que padecimos desde el sexenio del asesino del Cine Cosmos hasta el final del periodo del títere de Televisa.

    La UNAM tiene que ampliar su cupo y aliarse con las universidades que ha creado la 4T, unificar programas y posibilidades de vinculación entre si y con el medio laboral de cada especialidad. Lo mismo tiene que ocurrir con el IPN, cuya problemática no ha sido debidamente abordada por el Gobierno de la República, soslayándolo como si solo se tratar de intereses internos por obtener la Dirección General del Poli, hay mucho más de fondo y tiene que ver con el cupo, la calidad educativa, el presupuesto y cómo se está usando. Sigue siendo un callo gigante en el pie de Claudia Sheinbaum, Presidenta de México y quien se lo está pisando es Mario Delgado.

    Pronto veremos la misma situación en la UPN, a la que el Secretario de Educación Pública también ha engañado dando largas a la solución de los problemas que vive esa Universidad en cada Unidad en todo el país.

    Vuelvo, ¿Hasta cuando valedores? Como decía el ilustre Tomás Mojarro.

  • Esa gran asimetría

    Esa gran asimetría

    “Las benditas redes sociales”. Así se refería Andrés Manuel López Obrador a las redes cibernéticas que lograron romper el cerco informativo con miras al proceso de electoral de 2018. El error de la derecha, cuyas consecuencias siempre lamentarán desde esa trinchera, fue centrar la campaña para mantener el statu quo solamente en los medios más convencionales, pues en su cálculo, las redes sociales eran solo un divertimento banal y pasajero, sin el potencial para definir el rumbo de una elección. Hice un libro al respecto, por cierto: La primavera digital mexicana.

    En los primeros años del gobierno de AMLO, pensaron que sería muy fácil debilitar al régimen. Se fraguaron intentos de golpismo que a la postre resultan patéticos. El movimiento FRENAAA del empresario histriónico Gilberto Lozano, pretendió “tomar” el zócalo con tiendas de campaña. Enardeció a muchos incautos a base de mentiras, y la ocupación del zócalo, que jamás fue reprimida, fue sucumbiendo ante las divisiones internas, la insostenibilidad, pero, sobre todo, a la falta de apoyo popular. Hubo otros intentos como la llamada “alianza federalista”, que efímeramente integraron los gobernadores de estados que en su momento regía la oposición.

    Pretendió también erigirse en movimiento de resistencia la Coparmex. Sin embargo, con el paso del tiempo, quienes la integraban se fueron dando cuenta de que es más redituable seguir haciendo negocios, incluso con el propio gobierno, dejando atrás la evasión fiscal y las prácticas corruptas en general; y que financiar campañas de actores políticos fracasados era una pésima inversión.

    Una muy reducida caterva de empresarios sigue patrocinando la perenne campaña mediática en contra de la 4T, al grado de ya producir flojera por lo predecible que se ha vuelto. Y como llegaron tarde a la fiesta de las redes sociales, tratan de compensar inundándola de una cantidad de mentiras y tendencias artificiales, que, sin embargo, no logran hacer mella en las cotas de aprobación del gobierno de Claudia Sheinbaum.

    Desde la izquierda mexicana seguimos clamando por un debate a la altura, y unos adversarios dignos, pero creo que nunca se nos va a hacer, pues, en vez de echar mano de argumentos reales, el odio y las mentiras son su principal arma.

    Recordemos que hubo un muy moderado repunte en las tendencias electorales en 2021 a causa del llamado “voto de castigo” que motivó el trágico accidente de la línea 12. Sin embargo, en la elección de 2024, el resultado a favor de la 4T fue avasallador. A día de hoy, y con la elección intermedia de 2027 cada vez más cerca, la derecha sigue esperando una nueva línea 12, pero tal vez nunca llegue. En su lugar prefieren sostener hasta donde se pueda la narrativa del narco, que viene acompañada del entreguismo pro-yanqui.

    El racismo y el clasismo son también su bandera, pero al mismo tiempo su principal lastre. Muchas de las personas que repudian al actual gobierno, podrían jurar ante un juez que existen lo que ellos laman “ninis del bienestar”. Y esta creencia no es solo propia de altas esferas sociales, sino que también permea en estratos de la clase trabajadora, pues se lo he escuchado a compañeros del IMSS cuya fuente principal son los reels de Facebook o Tiktok. Cuando los mencionan, categóricamente les he dicho que no existe una persona en edad laboral y pleno uso de sus facultades físicas y mentales, que no estudie, no esté capacitándose en empresa o no sea madre soltera, recibiendo dinero gratis solo como un incentivo que le asegure el voto al gobierno. Pero si también les es molesto que las personas con discapacidad y los adultos mayores reciban una pensión que dignifique su existencia, ya estaríamos hablando de misantropía.

    Cuando Fito Páez aún no envejecía mal, igual que Joaquín Sabina o Andrés Calamaro, en términos ideológicos, acuño la gran frase: «No es bueno nunca hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto». Desgraciadamente, estos enemigos, pequeños en número y en ideas, pero ruidosos y con los alcances económicos para hacer aún más ruido, nos impiden vivir la experiencia de un debate elevado, estimulante y sano, como en una democracia ideal (que no existe). Pero bueno, quieren guerra y se la seguiremos dando, pero con el conocimiento y el humanismo como argumentos.

  • La oposición y sus cosas

    La oposición y sus cosas

    A los prianistas, los medios de comunicación, los comunicadores “independientes”, los sujetos de las redes sociales, los que se dicen apartidistas (obviamente son prianistas o de MC), a los que les pagan o, peor, lo son por convicción propia, la nueva Ley de Telecomunicaciones les cayó como un balde de agua fría. Pero ¿por qué le tienen tanto temor a poner sus comentarios aclarando que son su opinión y que no es una noticia falsa? Si tan convencidos están de lo que dicen, ¿o será que saben que sólo inventan noticias para generar dinero? ¿Será que perderán adeptos y sus redes sociales se empezarán a vaciar? No creo. Hay mucho fanático, mucho clasista disfrazado de humilde, que tiene una fiel convicción en la oposición, aun cuando sea de ultraderecha, como ya lo ha demostrado. Ese odio a los pobres que tienen algunos es digno de un estudio, aun cuando esas personas no son de un nivel socioeconómico que pueda vivir sin trabajar una semana.

    Se molestan tanto porque ahora, para decir “narcogobierno de Morena”, tendrán que probarlo. Y es obvio que hasta la fecha no pueden probarlo. No porque lo digan los gringos es una verdad; si así fuera, ya hubieran ganado su disque guerra contra Irán en las primeras 48 horas, como lo aseguró, presumió y gritó a los cuatro vientos Trump. Y hasta ahora siguen perdiendo (aunque para mucho progringo —incluyendo a varios de la 4T— se enojen y digan lo contrario), o sólo tendrían que aclarar que esa es su opinión y aguantarse la réplica.

    Pero no, a los prianistas y demás fauna no les gusta la réplica cuando ellos la tienen que aguantar, por decirlo así. A ellos sólo les gusta presumir que hay censura —contra ellos, obvio— en esta dictadura, donde han gritado y pregonado dicha censura desde 2018, cuando ganó AMLO. Esta moderna censura/dictadura mexicana es muy especial.

    Tanta es la dictadura que ya a varios de la oposición se les ocurrió copiar las ideas gringas de que las mujeres no puedan votar, de que los pobres no puedan votar, de que sólo una persona de una familia pueda ejercer el voto; obviamente, según ellos, tendría que ser el hombre; de que para votar hay que tomar un curso y, de acuerdo con la calificación obtenida en el curso, podrían o no votar. Lo más preocupante es que esas ideas las han hecho públicas, desde diputados hasta voceras del prianismo, que al mismo tiempo son nada más y nada menos que profesoras de Derecho Constitucional (¿qué les enseñarán a sus alumnos? Qué pérdida de dinero por parte de las familias de estos alumnos).

    Ahora, como ya lo he expresado en textos anteriores, Morena y la 4T tienen que mirar hacia los jóvenes para evitar que la ultraderecha, disfrazada de buenas ideas e ideas tradicionales, gane territorio; empezar a cuestionar el ultrafeminismo característico de este gobierno, que, quieran o no, hace y hará perder adeptos en las futuras elecciones. Por ejemplo, el profesor Jasso, que prefirió quitarse la vida antes que tratar de luchar contra el gobierno, las leyes y la sociedad, porque a una de sus alumnas le pareció buena idea acusarlo. Y como la orden viene de que hay que creer en los dichos de las “buenas mujeres”, las mujeres que nunca mienten ni son problemáticas, dejan a los hombres en indefensión…

    Por cierto, para ser un gobierno dirigido por una ecologista, preocupada por las energías verdes (que contaminan más), su Secretaría del Medio Ambiente no funciona muy bien que digamos, o sólo se hace de la vista gorda, porque hay empresas que siguen queriendo quedarse con zonas protegidas y a dicha Secretaría le preocupa más el “desarrollo social” en esas zonas. No vaya a ser que esa preocupación por el desarrollo social sea sólo por negocio. Ahora, ¿de quién vendrá la orden, de la Secretaría o más arriba?

    El nuevo Poder Judicial empieza a quedar a deber, y mucho… OJO AQUÍ. Y esperemos que Clara Brugada y el Gobierno de la Ciudad de México ya actúen contra la mafia de despojadores de casas que empieza a azotar la ciudad.

    Y a #laperritadetrump no le gustó que ya no podrá esparcir noticias falsas.

    No se les olvide: este texto está plagado de opiniones, cuestionamientos personales, algunos hechos reales y chunga.

    Gracias.

    BLOG: https://chimpando.blogspot.com/

  • Zapatos derretidos, ecoansiedad y la trampa de la resiliencia

    Zapatos derretidos, ecoansiedad y la trampa de la resiliencia

    Ese sentirse arrastrado hacia el abismo, el agitarse inútilmente.
    La impotencia. […] ¿Qué será de nosotros en un hipotético futuro?
    ¿Qué herencia dejaremos a las generaciones posteriores?»

    Henning Mankell, Arenas movedizas.

    Hace apenas un par de días, mi hija AM, que vive en París desde hace varios años, me mandó unas fotografías que mostraban algo grotesco que, además, desafía cualquier manual de urbanismo civilizado: sus zapatos se derritieron. Resulta que salió de trabajar, caminó unas cuantas cuadras sobre un asfalto que parecía emanación reciente de lava y luego tomó una bicicleta para llegar a su departamento. Después de pedalear un rato, el calor brutal acumulado en el metal hizo que la suela sintética de su calzado se adhiriera de tal forma a los pedales que, al intentar bajar, los zapatos simplemente se deshicieron, convertidos en una masa plástica inservible. La estampa es tan grotesca como sintomática de este verano de 2026, en el que las olas de calor han azotado a Europa con una furia inusitada, cobrando vidas humanas por miles y desatando voraces incendios forestales, históricos, que ya han devorado miles y miles de hectáreas en España y Francia, y obligado a la evacuación de cientos de miles de personas. Ya no hablamos de anomalías estacionales o de una exageración mediática, sino del paisaje cotidiano de un planeta que parece decidido a decirnos, a golpe de termómetro y registros históricos pulverizados, que la breve tregua climática de 10 mil años que permitió las civilizaciones está llegando a su fin…, con nuestra ayuda.

    De esta asfixia atmosférica al colapso mental hay solo un paso, el mismo que recorre a diario la creciente ecoansiedad. Como ya apuntaba recientemente al revisar los indicios de malestar emocional que arrojan tanto las mediciones estadísticas nacionales —como la ENBIARE 2025— como el pulso global de la salud mental, el dolor psíquico contemporáneo no surge en el vacío; es el reflejo de un entorno convulso donde, entre guerras y pavores tecnológicos bien fundamentados, la crisis climática ocupa un lugar estelar y terrorífico. Los estudios internacionales más recientes —incluyendo los amplios sondeos publicados en The Lancet Planetary Health y los informes periódicos de la Asociación Psicológica Americana (APA)— confirman con datos duros y escalofriantes lo que ya es una obviedad para quienes tengan oídos para escuchar al prójimo: una abrumadora mayoría de la población mundial, con especial incidencia entre los jóvenes y las nuevas generaciones, experimenta altos niveles de ansiedad, miedo, tristeza y profunda impotencia ante la aceleración del cambio climático.

    Ya no se trata de una preocupación abstracta por los osos polares en placas de hielo lejanas, sino de la certeza cotidiana de que el futuro se achica, de que el soberbio sapiens está devastando los recursos naturales y de que las instituciones globales observan el incendio planetario mientras debaten sobre tecnicismos mercantiles.

    La ecoansiedad no es una neurosis caprichosa ni una debilidad de carácter que se resuelva con aromaterapia, meditación guiada o buenos propósitos de reciclaje doméstico. Es, antes bien, una respuesta perfectamente racional, lúcida y proporcionada ante un mundo profundamente irracional. Cuando los jóvenes ven que sus zapatillas se derriten en pleno centro de París, o que las sequías prolongadas vacían presas y campos de cultivo tanto en México como en el sur de Europa, lo verdaderamente psicótico no sería estar angustiado, sino permanecer plácidamente indiferente ante el panorama. Sin embargo, en lugar de revisar las causas estructurales y políticas de este desastre ecológico, el sistema ha ideado un sofisticado y cínico mecanismo de defensa para seguir operando como si nada ocurriera: la coartada de la resiliencia.

    En los últimos años, el concepto de resiliencia se ha vuelto omnipresente. Ha colonizado los discursos oficiales de los organismos multilaterales, las políticas de gestión urbana, los manuales de autoayuda y las matrices de riesgo institucionales. Se nos convoca permanentemente a ser “ciudades resilientes”, “sociedades resilientes” e “individuos resilientes”, como si la supervivencia civilizatoria dependiera exclusivamente de nuestra capacidad elástica para soportar los golpes sin rechistar.

    Dicho en corto, la dichosa resiliencia, en su acepción más difundida y mercantilizada, constituye una trampa monumental. ¿Por qué? Porque la resiliencia sistémica no cuestiona el modelo económico extractivista y fósil que nos trajo hasta el borde del abismo; únicamente busca hacerlo más tolerable y soportable para el capital.

    La gran trampa consiste en desplazar arteramente la responsabilidad de la catástrofe desde los grandes corporativos petroleros, los gobiernos omisos y los arquitectos del despojo ambiental en el que se soporta el leviatán del consumismo hacia las frágiles espaldas del ciudadano de a pie. Si una tormenta extrema destruye tu casa o una ola de calor asfixia tu ciudad, la culpa nunca es de la especulación inmobiliaria, de la desregulación industrial o de la inacción climática, sino de que tú no separas bien la basura y de tu supuesta falta de resiliencia para adaptarte a las nuevas condiciones. Se nos entrena sistemáticamente para resistir el daño en lugar de impedir que nos dañen. Nos venden la resiliencia como una virtud heroica y moderna, cuando en realidad opera como el anestésico perfecto para que el sistema siga extrayendo, quemando y contaminando sin que nadie se atreva a mover una sola viga del edificio central. Nos quieren flexibles como el caucho para aguantar mejor los latigazos, mientras los dueños del circo siguen cobrando la entrada en primera fila.

    De ahí que la falacia de la resiliencia conduzca, de forma inexorable, a su opuesto más corrosivo: la ansiedad. La resiliencia deporta necesariamente a la ansiedad porque parte de un postulado intrínsecamente derrotista, sombrío y macabro: asume como axioma ineludible que en el futuro nos irá peor que ahora, que el desastre es inevitable y que lo único que podemos hacer es agachar la cabeza y apretar los dientes. Nos prepara para un mañana catastrófico, obligándonos a vivir en un perpetuo estado de culpa difusa y alerta defensiva, midiendo los daños venideros y calculando cuántas suelas de zapatos nos quedan antes de que el asfalto termine por tragarnos por entero. Mientras sigamos celebrando la resiliencia institucional en lugar de exigir justicia climática, redistribución y una transformación radical del modelo, lo único que seguiremos cultivando en los campos de la salud mental será el miedo. Y unos zapatos, claro está, cada vez más difíciles de calzar.

    @gcastroibarra